A QUIEN LE INTERESE

En este rincón apartado he decidido publicar. La hipocresía que se vive en la página de TR (Todo Relatos) me obligó a abandonarla. Disfruto escribiendo y aún siendo consciente de que mis fantasías son minoritarias me parece injusto que aquellos que me seguían en TR se queden sin poder disfrutar de mis relatos.



No pretendo ser pretencioso. No quiero decir que mis escritos sean buenos, soy consciente de que no es así, pero aún lo soy más de que en este mundo retorcido de nuestras íntimas fantasías muchos buscamos algo que echarnos a los ojos que se acerque a nuestros fetiches, tabúes y quimeras eróticas.



Mi propósito es dejar al lector interesado y que se pueda identificar con mis inofensivos delirios una muestra de mi producción literaria dedicada al mundo de la sumisión, dominación, esclavitud y relaciones de poder. Fabulaciones en suma con las que más de uno sueña en secreto y que yo me dedico a poner negro sobre blanco con mayor o menor acierto.

Como que esta es una página abierta, he creado un grupo de admisión restringida en Yahoo (ver enlace) donde he puesto aquellos relatos que considero más fuertes, no sea que un alma sensible de esas que van por ahí salvando al mundo de la gente mala como yo se topase con uno de esos relatos y le salieran sarpullidos en el hipotálamo.



En este grupo sólo aceptaré miembros bajo petición expresa y siempre que me convenzan de su buena fe. Los relatos están en formato docx. y pueden ser descargados directamente.



Los relatos de ADELA también están en este grupo.



Aquí tenéis un enlace directo al grupo, pero recordad: miembros SOLO bajo admisión.



http://es.groups.yahoo.com/group/relatosdeluk



miércoles, 14 de julio de 2010

CATHERINE SCARLETT

MI VERSION DE «LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ»


Catherine Scarlett.-

Nunca antes había pegado a una esclava, es más, cuando Ellen, su madre, administraba las correcciones a las negras y negritos de Tara solía dar alguna excusa para escaparse a montar a «Snow», su yegua blanca, porque no soportaba ver a los esclavos retorcerse de dolor bajo los latigazos con que de manera implacable los azotaban. Sus hermanas por el contrario parecían disfrutar con los llantos de las negras. Incluso Carreen, su hermana más pequeña, en ocasiones le pedía a su mamá que le dejara manejar la vara de bambú con la que se castigaba a los más pequeños.

―Pero no te dan pena...? – le preguntaba a Carreen cuando la veía devolver la vara a Mammie y una de las negritas de la casa salía llorando con el culo en carne viva y las manos hinchadas por los golpes.

―Claro que me dan pena... pero es necesario castigarlos, los negros son como animalitos y hay que domesticarlos... eso dice mamá – le contestaba Carreen a su hermana mayor.

Catherine Scarlett levantó el brazo y le soltó a Prissy una bofetada que la arrojó al suelo.

―¡Eres una negra embustera y estúpida! – le gritó a la aturdida Prissy que comenzó a gritar como una histérica.

Catherine Scarlett no tuvo tiempo de sorprenderse por lo que acababa de hacer. Tenía a Melissa en el piso de arriba llorando y quejándose por los dolores del inminente parto, los soldados a punto de entrar en la ciudad, el ruido del constante cañoneo, el polvo que se le metía por todos los poros y le resecaba la garganta y el calor, un calor asfixiante que la hacía sudar como una esponja empapada. No. No estaba para sorprenderse.

―¡Deja de gritar como una loca, no te he hecho nada, y levanta de una vez. Pon agua a calentar y la subes con toallas limpias! ¡Rápido o te juro que te vendo como negra de campo!

―No señorita Scarlett, no me venda... no me venda señorita Scarlett...

―¡Deja de lloriquear y muévete, estúpida! – le gritó al tiempo que le daba una patada en el trasero y la obligaba a obedecerla.

La zapatilla acababa de salir disparada tras lanzar la patada en el culo de la negra. Se quedó con el pie en el aire y se apoyó en el respaldo de una silla para no perder el equilibrio.

―¡Tráeme la zapatilla antes de nada! – le gritó a Prissy que tras haberle dado una bofetada y una patada parecía que empezaba a espabilar.

Prissy cogió la zapatilla de su dueña y se le acercó temerosa de que volviera a pegarle.

―¡Rápido idiota, pónmela! – le gritó.

Catherine Scarlett temía subir al piso de arriba y enfrentarse con lo que le esperaba. Se sentó en la silla en cuyo respaldo se había agarrado. Estaba sudorosa y tenía miedo.

Nunca antes había tenido que enfrentarse a un problema, siempre estaban papá o mamá o incluso Mammie, esa vieja esclava que tanto la quería y que siempre había cuidado de ella.

Tampoco nunca antes había tenido que trabajar, que hacer las cosas por sí misma, para eso tenía una legión de esclavas que se ocupaban de hacer por ella lo que a ella no le apeteciese hacer. Pero ahora no tenía más remedio que actuar, que hacer cosas que nunca antes había hecho. Sólo tenía a la estúpida negra que se había llevado con ella de Tara y ahora se daba cuenta de que no servía para nada.

A pesar de que nunca había maltratado a ningún esclavo, si en estos momentos estuviese en Tara la haría azotar de lo lindo, pero no estaban en Tara y tenía que resolver un problema urgente que no sabía ni cómo afrontar. No podía perder el tiempo lisiando a aquella imbécil.

Le entraron ganas de ponerse a llorar. Esperaría a subir a la habitación cuando la inútil de Prissy subiera el agua caliente y las toallas.

Porqué se había marchado de Tara? Allí lo tenía todo. Allí era cuidada y mimada. Sus únicas preocupaciones eran acrecentar su enorme colección de zapatos, botas y sandalias, y aumentar el fondo de su armario con nuevos vestidos traídos de los barcos ingleses que atracaban en Savannah.

Se miró los pies y vio las viejas zapatillas que calzaba. Incluso le había parecido vergonzoso que Prissy le calzara una zapatilla que consideraba vieja e indigna de estar en sus hermosos pies.

Recordó con añoranza su vida tres años antes sin ir más lejos, antes de abandonar Tara para seguir a Charles, su esposo y hermano de Melissa, con la intención de intentar arrebatarle a ésta el amor de su vida, Leslie. Tenía sólo 16 años recién cumplidos y se había casado por despecho con Charles, al que no quería, y ahora la había dejado viuda y con una niña de casi tres años.

Antes de cometer aquella locura tenía en Tara dos negritos que la única misión que tenían era seguirla llevando cada uno un par de zapatos por si le apetecía cambiarse de calzado... y vaya si le apetecía, no había muchacha en todo el condado que sintiera tanto amor por los zapatos como ella.

Los pequeños gemelos, Tin y Tina, estaban siempre a su lado, dispuestos a cambiarle los zapatos. Cuando se sentaba los negritos lo hacían también a sus pies. Ella sólo tenía que tocar con el pie la cabecita de uno de los dos y el ungido por su bello pie le sonreía mostrando aquella hilera de dientecitos blancos que contrastaba con la negritud de su rostro. Los gemelos se sentían orgullosos de ser los portadores de los zapatos de la señorita Catherinne Scarlett.

Antes de calzarle los zapatos siempre le daban un beso en los pies y Scarlett les daba un azucarillo como se da a los animales. ¡Qué vida aquella, sin preocupaciones, sin sobresaltos, todo estaba controlado, todo estaba organizado, tenían docenas de esclavos en la casa y cada uno tenía un cometido dirigido a hacer la vida más fácil a los miembros de la familia!

Y ahora Melissa esperaba que ella afrontara un problema que podía representar incluso la pérdida de su vida. ¿Porqué estaba siendo tan injusta la vida con ella? Y todo por culpa de la maldita guerra.

Vio a Prissy cargando con la cacerola llena de agua caliente. Si al menos estuviera allí su madre, ella sabría qué hacer. Prissy la miró con miedo. Hacía cuatro años que la tenía y nunca le había pegado hasta ahora. Scarlett la fulminó con la mirada y la niña subió las escaleras.

Fue horrible. Melissa era estrecha de caderas y ella no sabía qué hacer. La muy estúpida de Prissy le había dicho que ella sí sabía lo que había que hacer en un parto y cuando Scarlett la llamó porque había llegado la hora la muy burra se había puesto a sollozar diciéndole que era mentira, que no sabía porque lo había hecho pero que era mentira.

El polvo se metía entre las rendijas de las ventanas y el calor infernal junto con el ensordecedor estruendo de los cañones convertían la habitación en un auténtico infierno.

El parto duró ocho horas. Finalmente, viendo que la cabecita del niño asomaba pero no avanzaba había cogido una navaja y había cortado la carne de la vulva de Melissa por los extremos sin que la pobre y odiosa muchacha profiriese un solo lamento.

Con las manos manchadas de sangre sostuvo al bebé, una niña. Se lo dio a Prissy para que lo aguantara mientras ella cortaba con hilo de seda el cordón umbilical y luego comenzaba a coser los dos tajos que le había producido en la entrepierna. Si sobrevivía sería un milagro.

En la media noche las tropas que defendían la ciudad comenzaron a abandonarla. Los soldados enemigos estaban entrando. Catherine Scarlett aún no se había repuesto de aquella horrible tarde que tuvo que tomar una decisión: había que abandonar la casa.

No había otro remedio. Los soldados rebeldes entrarían a fuego y sangre en la ciudad. Durante los tres meses de asedio el mayor problema había sido la falta de alimentos pero la población se sentía protegida. Ahora, con los soldados en retirada el pánico se adueñó de todo el mundo.

En la ciudad prácticamente sólo quedaban ancianos, mujeres y niños porque los hombres estaban en el frente. En los corrillos de comadres, en las reuniones sociales, en cualquier charla entre damas sólo se hacían comentarios sobre las atrocidades que cometían los rebeldes contra la población civil cuando tomaban una ciudad. Violaciones, mutilaciones, crueles asesinatos, incendios... las mujeres se horrorizaban sólo de pensarlo, pero hasta el momento aquello no había sido más que una amenaza posible, ahora iba a convertirse en una trágica realidad.

También se comentaba que en las filas rebeldes se habían alistado muchos de los esclavos negros que aquellos liberaban cuando entraban en las plantaciones del sur y se contaba que aquellos desagradecidos eran con mucho los que se mostraban más implacables a la hora de hacer sufrir a las indefensas mujeres y niños sobre los que caían.

Scarlett pensaba en sus negros, en los esclavos de Tara. Ellos nunca se rebelarian contra sus amos, pensaba, pero sabía que ese pensamiento correspondía más a un deseo que a una realidad. Se le antojaba monstruoso que los negros se mostraran desleales pero no podía obviar que, aunque ella nunca había maltratado a ningún esclavo, en Tara, como en el resto de plantaciones, era moneda corriente.

Su padre, su madre y hasta sus hermanas no siempre se habían mostrado justas con los negros. Scarlett tenía claro que los amos tenían el derecho divino de vida y muerte sobre los negros porque eran sus propiedades pero a veces se preguntaba si era justo que se les tratara con tanta crueldad. En cualquier caso el peligro estaba ahí, acechando y tenía que hacer algo.

Comenzó a dar órdenes a Prissy, no había ninguna otra esclava y la que tenía era una inútil.

―¡Envuelve al bebé en toallas limpias, recoge mi ropa y la de la señorita Melissa y ponlo todo en una bolsa! – le ordenó.

―A dónde vamos, señorita? – preguntó con voz de atontada la esclava.

―¡Calla y obedece si no quieres que te pegue! – le chilló porque ni ella misma sabía a donde se dirigirían, en su mente sólo estaba escapar.

Mientras encargaba la recogida a la inútil de la esclava ella se fue al corral. Enganchó el caballo al carro y lo sacó a la entrada de la casa. No había hecho nunca aquello pero lo había visto hacer a los esclavos en Tara por lo que no le pareció excesivamente difícil.

Luego subió hasta el piso superior. Prissy estaba cargada con la bolsa en una mano y la pequeño de Melissa en el otro brazo. Ella agarró a Melissa por debajo de las axilas e intentó levantarla. No pudo. Estaba agotada y sudaba como un pollo remojado. Su pequeña hija, Sarah, dormía en el piso de arriba. La cogería cuando hubiera cargado a Melissa en la calesa.

―Haz un esfuerzo querida – le dijo a punto de llorar por la tensión – hemos de salir de aquí cuanto antes... venga, yo te ayudo. El carro está listo y esperándonos abajo.

Melissa, medio inconsciente, facilitó cuanto pudo las cosas a Scarlett. Bajaron a tientas por las escaleras porque no había ninguna luz encendida ni que pudiera encenderse y con gran esfuerzo llegaron al porche.

―¡Prissy, pon al niño y la bolsa en la calesa y ve a buscar el pequeño colchón de plumas para la señorita Melissa – ordenó pensando en que ésta necesitaría un mínimo de comodidad para afrontar el viaje después de un parto tan duro – y coge a la señorita Sarah – dijo en referencia a su hija – procura que no se despierte...

―Pero señorita, me da mucho miedo... no hay luz en...

―¡Muévete ahora mismo o te juro que te arranco la piel de la espalda a latigazos cuando lleguemos a Tara!

¡Tara! ¡Claro! ¡Volvería a Tara! ¿Cómo no se le había ocurrido? Eran veinticinco millas. Sólo tenía que llegar a Morgan Chapel y desde allí conocía el camino. Dejó a Melissa sentada en el balancín del porche y salió disparada.

Tenía un pequeño plano antiguo. Tenía que encontrarlo. Rebuscó a oscuras por su habitación hasta dar con él. Bajó corriendo y a la luz de la luna y de la pequeña tea del porche lo estudió. Prissy ya había puesto el pequeño colchón de plumas en la parte posterior de la calesa y acomodado al bebé de Melissa y la pequeña Sarah que seguía durmiendo.

―¡Ven aquí idiota, ayúdame a llevar a la señorita Melissa! – le gritó a la asustada Prissy.

Le costó Dios y ayuda acomodar a Melissa. La pobre había sufrido tanto y perdido tanta sangre que se encontraba demasiado débil.

Era probable que no resistiese el viaje pero no había alternativa, los yanquies estaban llegando y todos sabían que incendiarían la ciudad que tantos meses se les había resistido.

Cuando azotó el lomo del esquelético animal y comenzó a avanzar las primeras llamas se hicieron ver al sur de Atlanta. Los soldados habían entrado. Avanzaron por calles oscuras que más o menos conocía. La gente huía en desbandada. Algunos pretendían subirse a la calesa y Scarlett los apartaba a latigazos. Finalmente abandonaron la ciudad.

El pequeño mapa le había servido de mucho. A las cuatro de la mañana estaban a quince millas de Tara. El pobre jamelgo se negó a dar un paso más. Scarlett le azotó el lomo con furia, con crueldad, pero resultó inútil. Al final dejó de azotar al animal y saltó al suelo. Un dolor intenso estuvo a punto de hacerla gritar: acababa de pisar una afilada piedra.

La zapatilla que calzaba se le salió del pie. Scarlett lanzó una maldición y tras frotarse el pie dolorido tanteó en la oscuridad hasta que localizó la zapatilla. Se la puso y notó que se había roto. Lo que le faltaba. ¿Porqué no se había puesto unos zapatos antes de huír? pensó enfadada consigo misma y con las circunstancias.

Examinó el terreno. Parecía que estaban en la entrada de una plantación que parecía abandonada. No se oía nada ni a nadie. En la calesa Melissa, Sarah, Prissy y la niña recién nacida de aquélla dormían. Se acercó al carro y sacudió a Prissy con rabia.

Le molestaba que su torpe esclava durmiese cuando ella estaba despierta. Nunca había sido así. En Tara Prissy no podía estirarse en el suelo a dormir hasta que se cercioraba que Scarlett dormía profundamente en su amplia y cómoda cama, rodeada de sedas y sobre un delicado y confortable colchón de plumas.

―¿Qué pasa... señorita? – se quejó Prissy asustada al ser bruscamente despertada.

―¡Levanta, idiota... has de mover al caballo para apartar la calesa del camino!

―¡Pero señorita Scarlett... me dan miedo los caballos... puede cocearme...! – se quejó.

Ya le había pegado una vez, la primera en su vida que maltratara a un esclavo y ya había abierto la caja de los truenos. No había tenido remordimientos porque la tensión del momento se lo había impedido y ahora no iba a tenerlos. Alargó el brazo y pellizcó con crueldad el pezón de Prissy hasta que ésta iba a lanzar un agudo chillido que impidió dándole una fuerte bofetada al tiempo que la ordenaba callar.

―¡Baja ahora mismo o te juro que cuando lleguemos a Tara te ataré al cepo y te daré de latigazos hasta que se te vean las costillas! – la amenazó después de golpearla.

Prissy enmudeció. Le dolía el pecho del terrible pellizco que su ama le había dado. Saltó de la calesa y se puso a la poco grata, para ella, tarea de hacer que el agotado caballo la obedeciera y se moviera retirando así la calesa del paso del camino.

Scarlett seguía atenta las evoluciones de su esclava con el jamelgo. La luz de la luna iluminaba el sendero. Prissy era incapaz. Scarlett se arremangó la falda y sumó sus esfuerzos a los de la necia negra.

El agotado animal finalmente cedió y se movió en la dirección hacia la que lo presionaban. Cuando el carro quedó escondido bajo las frondosas ramas de un roble mandó a Prissy que fuera a por agua.

―Pero adonde voy a ir, señorita, está muy oscuro...

―Métete dentro de la plantación. Parece abandonada pero seguro que hay un pozo cerca. Trae agua para mí, para la señorita Melissa y las pequeñas y lo que sobre para el jamelgo. Si queremos que nos lleve hemos de darle al menos agua.

Prissy marchó temerosa. Le asustaba la oscuridad pero más le asustaba la señorita Catherine Scarlett a quien desconocía desde la mañana del día anterior cuando le había pegado por primera vez.

Siempre, en los cuatro años que hacía que era su esclava, la había tratado con indolencia y altivez pero nunca la había pegado. Prissy se sentía orgullosa de que su ama no la pegara nunca, al contrario de lo que sucedía con las esclavas de las señoritas Carreen y Suzanne, que parecían buscar un motivo para castigar a las suyas. Pero la señorita Scarlett había cambiado y ahora le daba miedo, más que la oscuridad.

Regresó media hora después cargada con un gran balde de agua fresca que iba perdiendo por el camino. Scarlett estaba sedienta y se arrojó prácticamente sobre el cubo de agua. Metiendo la cabeza en él bebió con glotonería hasta que sació su sed.

―¡Señorita... que no quedará agua para mí...! – se quejó Prissy.

Scarlett levantó la cara mojada, goteando por los labios y la nariz y le dio una nueva bofetada a su negra.

―¡Tú beberás lo que deje el caballo! – le dijo con rabia y Prissy pudo ver el fulgor de sus relampagueantes ojos verdes en la noche – ¡Ve a dar de beber a las demás y luego al caballo... si sobra algo te lo bebes y si no sobra nada y quieres beber te vuelves a ir al pozo...!

Cuando todos hubieron aplacado su sed, Scarlett comenzó a sentir punzadas de hambre. Rebuscó por el suelo y encontró una manzana. Se la comió como si se tratara de un manjar. Prissy la miró con cara de cordero degollado. Seguro que también estaba hambrienta.

Prissy se había alimentado siempre de las sobras de su ama, primero de las escasas sobras que le dejaba su primera amita, la señorita Honey Wilkinson, la hermana pequeña de la señorita Melissa de quien era antes esclava y que además la pegaba mucho, y luego de las de su actual amita, la señorita Catherine Scarlett.

Scarlett la miró cuando sólo quedaba el corazón de la manzana. Melissa y las pequeñas dormían. Menos mal pensó, sólo me faltaría tener que buscar ahora comida para todas. Pero estaba Prissy y no iba a dejar que se muriese de hambre aunque con lo que la había hecho enfadar estaba tentada de dejarla sin sobras. Finalmente le arrojó el mordido corazón de la manzana al suelo.

―Puedes comerte esto... y métete debajo del carro a dormir un rato. Cuando amanezca partiremos.

Durmieron unas cuantas horas. Hacía ya rato que había salido el sol cuando Scarlett se despertó. Había dormido en el suelo, sobre la hierba. Prissy lo había hecho a su lado. Qué ironía, pensó Scarlett al abrir los ojos y ver a su esclava durmiendo a su lado, qué baja he caído para tener que dormir en el suelo con una esclava.

Se levantó y se sintió sucia. Cuando fue a dar un paso sintió una terrible punzada en el pie. La noche antes se había herido con una piedra al saltar del carro y ahora le dolía una barbaridad. Se miró el pie y vio la zapatilla que estaba rota. La afilada piedra la había reventado por uno de los costados. Le duraría poco antes de que acabara de romperse.

Cojeando ligeramente se acercó al cuerpo durmiente de Prissy y le metió el pie sano bajo la cara. La niña se estremeció al notar el tafilete lleno de barro y polvo que le rascaba la mejilla. Lanzó un gemido y apartó de su cara con la mano el intruso que la molestaba.

Scarlett se sonrió. La situación no daba para echarse unas risas pero la divirtió los aspavientos que hacía dormida su esclava. Recordó cuando, en algunas escasas ocasiones, se había despertado en Tara y Prissy seguía durmiendo en el suelo, sobre la pequeña alfombra de cama.

En más de una ocasión se había divertido sentándose con las piernas fuera de la cama y tocando ligeramente la cara de su dormida esclava con las plantas de sus pies, hasta que se despertaba y entonces se tronchaba de risa al ver la cara de miedo que ponía la muy tonta. En Tara estaba prohibido que una esclava permaneciera durmiendo cuando su ama ya se había despertado.

Cuando Prissy se despertaba y veía las plantas de los pies de su señorita jugueteando con su cara se asustaba, no, mejor dicho, se aterrorizaba, porque pensaba que la iba a castigar.

Sabía que las hermanas de su ama no toleraban que sus esclavas durmieran si ellas se habían despertado. Por ese motivo una vez la señorita Suzanne hizo azotar a su esclava con veinte latigazos.

Prissy volvió a apartar el pie que ahora le pisaba ligeramente la nariz pero ahora Scarlett ya no reía.

―¡Arriba, perezosa... venga... arriba!

La tonta de Prissy se levantó asustada. Dio un salto hacia atrás y se golpeó la cabeza contra uno de los radios de madera de la rueda del carro. Se puso a llorar, más que por el golpe por el miedo que le producía ahora la señorita. Pero no pasó nada. Scarlett empezó a indagar el lugar ahora que tenían luz del sol.

―¡Ve a por agua... y busca por ahí si encuentras algo que comer! – le ordenó.

Scarlett no se fiaba de que Prissy encontrara nada para comer así que ella misma se adentró en la plantación. Sólo había algunas manzanas maduras caídas, nada más. Recogió las que pudo y las metió en el hueco que había improvisado con su falda.

Cuando regresó al carro la pequeña de Melissa lloraba. Tenía hambre y Melissa, acodada intentaba darle el pecho. Scarlett la miró con pena. No sabía bien porqué pero intuía que la tonta de Melissa no tenía ni una gota de leche en sus pechos.

Melissa la miró angustiada. Parecía que estuviera esperando que ella encontrara la solución. Aquello irritó a Scarlett. ¿Porqué tenía ella que resolver los problemas de los demás? Ella nunca había tenido que resolver problemas, siempre había tenido quien se los resolviese, ya fuera su madre, su padre, Mammie o cualquier esclavo.

Ella no tenía problemas, ella exponía el problema y alguien se lo solucionaba. Pero ahora estaba rodeada de dos criaturas, de una muchacha débil que sus pechos no producían leche y de una pequeña esclava estúpida. ¡Menudas esperanzas para que le resolvieran los problemas! Sólo podía confiar en ella misma.

Entonces, para acabarlo de arreglar escuchó el llanto de su hijita. Se olvidó de Melissa y su hijita. Volcó las manzanas medio podridas en el interior de la calesa y cogió la que le pareció más madura. Con las uñas la partió y la troceó en varias partes. Le dio a la pequeña un trozo que parecía el más jugoso. Sarah lo cogió con su manita y se lo llevó de inmediato a la boca. Debió gustarle porque la pequeña calló de inmediato.

Scarlett miró a Melissa que estaba angustiada. Tenía el rostro demacrado. Los ojos hundidos por el sufrimiento. Miró hacia todos lados pero no había allí nada que sirviera para aplacar el hambre del bebé de Melissa.

―¡Señorita Scarlett... señorita Scarlett...! – era la voz de la tonta de Prissy que venía por el sendero cargando el cubo con agua – ¡He visto una cabra, señorita Scarlett!

―¡Dios mío! ¿Y puede saberse porqué no la has traído?

―¡No podía señorita... el cubo pesa mucho...! – comenzó a lloriquear la negrita.

―¡Deja el cubo... ya me encargaré yo de él... tú vete a por la cabra...!

―¡Pero señorita, eso es trabajo de los esclavos de campo... yo soy una esclava doméstica! – se quejó Prissy.

A Scarlett se le incendiaron las pupilas, avanzó renqueante dos pasos, se plantó frente a la negrita que acababa de dejar el cubo lleno de agua en el suelo y le pegó una fuerte bofetada.

Prissy salió disparada en busca de la cabra. Scarlett levantó el cubo y se dio cuenta de lo mucho que pesaba. Tuvo que hacer fuerza con todos los músculos de la espalda y de los brazos para levantarlo y desplazarlo. Cuando lo soltó se miró las manos. Sus blancas y delicadas manos estaban llenas de llagas y ampollas. Le entraron ganas de llorar.

―¿Pesa mucho? – preguntó con la vocecita apagada Melissa que parecía sufrir al no poder ayudar.

―¡Sí, mucho! – respondió secamente Scarlett.

Sus recuerdos la llevaron a los dulces y felices días en que vivía en Tara. Cuando querían bañarse sólo tenían que ordenar a las negras que les llenaran la bañera. Era simple, sencillo.

Cuando la bañera estaba llena ellas se bañaban, pero para eso había sido necesario que una o dos esclavas acarrearan pesados baldes, como el que ella acababa de mover, llenos de agua que tenían que transportar desde el pozo y subir hasta las habitaciones que estaban en el piso superior y eran necesarios varios viajes para llenar una sola de las bañeras.

Nunca se le había ocurrido pensar en lo mucho que pesaban aquellos cubos que tenían que cargar sus esclavas para que ella y sus hermanas se dieran un placentero baño. Y luego había que vaciar la bañera de la misma manera.

Se paró un momento a pensar si eso que hacía a las esclavas, el que tuvieran que deslomarse como burras para atender sus caprichos no sería una forma de maltrato que justificara una acción desleal. Apartó esos pensamientos de su mente y se puso a distribuír agua para todos.

El bebé de Melissa, al que aún no había puesto nombre su madre, seguía llorando. Apareció Prissy con el rostro constreñido intentando hacer que la cabra la siguiese. Scarlett, que la vio, cogió una cuerda de la calesa y se acercó a Prissy. Lazó a la cabra por el cuello y al instante el animal obedeció.

Scarlett miró bajo el animal y suspiró. Era una hembra y posiblemente podrían obtener leche de ella.

―¡Ordéñala, Prissy! – le ordenó a su negra.

La esclava la miró como si se hubiera vuelto loca. No era posible que le ordenara aquello. Ella nunca lo había hecho. Ya se lo había dicho a la señorita, ella no era una esclava de campo, ni de corral, ella era una doméstica.

―¡No sé como se hace, señorita! – rompió a llorar Prissy.

―¡Cállate! ¡No sirves para nada, te juro que te venderé! – le grió Scarlett enojada.

Cogió la cuerda e hizo que el animal la siguiera. Ella tampoco había ordeñado nunca ningún animal. Pero había que obtener leche de aquella cabra, como fuese.

Una hora después, tras la que los balidos del animal casi las hace enfermar, Scarlett mostraba orgullosa dos dedos de leche en el fondo del cazo con que repartía el agua.

Mientras Scarlett conseguía ir sacando pequeños dedales de leche con gran esfuerzo y una deplorable técnica, Prissy, por miedo a que su ama se lo hiciera hacer a ella se distrajo por los huertos de la plantación en que se hallaban. Si tenía suerte a lo mejor encontraba algo de comer. Si así ocurría primero comería ella y después, si sobraba algo lo llevaría para que comiesen las amas.

Scarlett paró de ordeñar. Las niñas habían conseguido tomar suficiente leche de momento y no era cuestión de dejar las ubres de la pobre cabra inflamadas de tanto apretar sin saber cómo ni donde apretar. Se pasó el dorso de la mano por la frente y miró buscando a Prissy.

―¡Jodida negra! – se dijo – ¿dónde se habrá metido?

Iba a chillar su nombre seguido de una espantosa sarta de amenazas de crueles castigos cuando se escuchó un grito agudo e intenso. Melissa levantó la cabeza y miró asustada. Scarlett se levantó como un resorte. A pesar de que le dolían las rodillas y las pantorrillas por haber estado mucho rato en cuclillas, se puso a caminar a un lado y a otro por si veía algo.

―¡Priiiiissyyyyyyyy...! – gritó.

La negrita llegó corriendo. A pesar de lo oscuro de su piel parecía que hubiese palidecido. Jadeaba y se arrojó en brazos de Scarlett que por poco no da con su trasero en el suelo debido a la embestida.

―¡Qué te pasa... cálmate... cálmate y dime qué ha pasado...! – le dijo Scarlett intentando calmarla y apartándosela de encima.

Scarlett pensó en qué pensaría su madre si la viera con su esclava abrazada a ella. Antes nunca la había pegado pero de seguro que si entonces Prissy hubiese osado arrojarse en sus brazos no habría tenido empacho alguno en ordenar cualquiera de los castigos que solían ordenar sus hermanas pequeñas y seguro que no hubiese sentido remordimiento alguno. Pero eso seguro que, en tiempo de paz, no hubiese ocurrido jamás. Ahora, en tiempo de guerra todo se alteraba, incluso el hecho de que una esclava no supiera comportarse como debía ante su ama.

―¡Venga Prissy, deja de llorar y gritar... cálmate o te doy una zurra con la vara ahora mismo!

Prissy se separó de la señorita y se secó las lágrimas.

―Estaba buscando comida y me he metido por detrás del huerto y... y... – Prissy volvió a romper a llorar. Scarlett la zarandeó con violencia y le dio una bofetada con ánimo de calmarle la histeria. – He visto un cadáver, señorita... espantoso...

Melissa soltó un gemido y Scarlett, por miedo a que la desbordante imaginación de Prissy provocara excesiva alarma en su débil cuñada le tapó la boca y se la llevó de allí agarrándola con fuerza por el brazo.

―Ahora vas a enseñarme ese cadáver y pobre de ti que se trate de otra de tus mentiras porque entonces te juro que te vas a arrepentir – le dijo apretando los dientes y arrastrando las palabras – y no esperaré a llegar a Tara para desollarte.

Prissy gimió porque le estaba haciendo daño en el brazo. La blanca mano de Scarlett se lo estrujaba con tanta fuerza que le había cortado la circulación.

Cuando Prissy señaló un bulto tras un matorral, Scarlett soltó a la niña y se acercó. A punto estuvo ella también de chillar. Se llevó ambas manos a la cara y la boca y ahogó un alarido.

Era terrible. No podía ser cierto. Una muchacha, de más o menos la edad de su hermana Carren yacía desnuda, con un machete clavado en la vulva ensangrentada.

Los pechos estaban cortados y se los habían colocado uno en cada mano. Su blanco cuerpo estaba lleno de mataduras, cardenales y hematomas.

De haber tenido algo en el estómago lo habría vomitado. Se giró con el rostro congestionado de ira. Vio a Prissy que volvía a llorar, ahora en silencio y pensó que aquella terrible atrocidad bien la podían haber cometido los propios esclavos de aquella muchacha. Se estremeció de miedo y de odio. Le soltó un terrible bofetón a Prissy que la mandó de culo al suelo.

―¡Busca una pala en el cobertizo y cava un agujero para enterrar a esta señorita! – le gritó con odio.

No tenía ninguna prueba de que aquella atrocidad la hubieran cometido esclavos o soldados rebeldes pero ahora que había visto con sus propios ojos lo que antes eran habladurías de salón pensó que tanto daba quien lo hubiese hecho, para ella eran lo mismo los soldados rebeldes como los esclavos traidores a sus amos.

Prissy no se quejó. No sabía porqué su ama le había pegado pero vio tanta furia en sus ojos que se quedó muda. Buscó la pala, cavó hasta deslomarse y metió el cuerpo sin vida de aquella joven ama. Luego lo cubrió con la misma tierra que había sacado y Scarlett fabricó una cruz con dos maderas y rezó una oración.

―No se te ocurra decir nada de esto a la señorita Melissa o te arranco la lengua. Entendido?

―Sí señorita Scarlett – respondió muerta de miedo la pobre negra.

Tres horas después se ponían en marcha. El sol estaba alto y abrasaba. Scarlett intentó protegerse del sol con el sombrero que llevaba pero le daba la impresión de que tenía la cabeza ardiendo. Ella que nunca salía a pasear sin una negrita que le llevara la sombrilla y ahora se encontraba despellejándose las manos con las riendas de la calesa y achicharrándose bajo el terrible sol meriodional. Seguro que le saldrían miles de pecas, con lo que ella odiaba de pequeña que le saliesen pecas.

Avanzaron lentamente. Scarlett azotaba el lomo del cansino jamelgo con todas sus fuerzas pero ya le dolía el brazo de repetir tantas veces el movimiento. El pie le dolía, sentía la herida que se había hecho la noche anterior. Las manos las tenía llagadas y sucias, y le hacían rechinar los dientes cuando el cuero de las riendas le abrasaba las delicadas palmas llenas de ampollas. Sudaba. Se sentía sucia. Tenía hambre. Pero todo ello no significaba nada para ella en aquel momento. Solo tenía una meta. Llegar a Tara.



***



Habían recorrido casi todo el trecho que las saparaba de Tara pero el animal se negó a seguir. Estaba famélico y su lomo estaba despellejado de la cantidad de veces que Scarlett se lo había azotado con la vara de abedul que usaba como fusta.

―Al suelo, Prissy, carga con la señorita Sarah y la bolsa. La señorita Melissa y el bebé seguirán en el carro. Voy a hacer andar a este animal aunque sea lo último que haga o moriré en el intento – dijo desesperada Scarlett mientras saltaba al suelo.

Cogió al animal por los correajes del cuello y tiró de él. Prissy caminaba a su lado cargada con Sarah y la pesada bolsa que casi arrastraba por el suelo. Scarlett estaba dolorida pero una fuerza en su interior la obligaba a despreciar su dolor, una fuerza que se llamaba Tara. No podían faltar más de tres o cuatro millas. Estaban llegando y aquel animal no podía dejarlas ahora tiradas. Melissa no podía andar por lo que el caballo era imprescindible.

De no ser por Melissa, Scarlett hubiese abandonado al jamelgo y hubiese hecho el resto del camino a pie. Pero Melissa estaba muy débil. ¡Dios, con lo que ella odiaba a aquella estúpida muchacha, y ahora estaba allí, sufriendo por ella! La promesa que le hizo a Leslie antes de marchar a la guerra, de que siempre la protegería si él llegaba a faltar, la tenía ahora atada contra su voluntad.

Se había casado despechada con Charles, el hermano de Melissa, sólo para poder estar cerca de Leslie, el amor de su vida. El único hombre que había resistido a sus encantos. Leslie la quería como a una hermana y se había casado con la estúpida de Melissa.

Scarlett estaba convencida de que Leslie la amaba a ella y que por una cuestión de falta de valor a romper el compromiso que los padres de ambos habían concertado se había casado con la débil Melissa, pero Scarlett sabía que él la amaba.

El día en que le hizo prometer que cuidaría de Melissa si él faltaba la había besado y en sus dulces labios había sabido leer que la amba apasionadamente aunque en secreto.

Ahora estaban las dos viudas, con un hijo cada una y juntas porque la ataba la promesa que le había hecho a Leslie, hacía ahora un año, de cuidar de Melissa si algún día faltaba él. Y ahora faltaba.

El dolor del pie la hacía sufrir tanto como el de las manos, y el hambre y la suciedad también la mortificaban, pero tenía que andar esas cuatro millas y llegar a Tara. Toda la terquedad de la que era capaz se encontraba ahora concentrada en cumplir su objetivo.

Andaban muy lentamente pero al menos había conseguido que el animal, aligerado con buena parte de la carga, tirase ahora del carro donde seguía Melissa.

Scarlett miró hacia atrás y vio que su odiosa cuñada se encontraba francamente mal. Llegó a compadecerse de ella. No le era simpática, de hecho la odiaba por haberle robado su único amor, pero había de reconocer que era valiente. No se había quejado ni un solo instante, y eso que tenía motivos para hacerlo.

La noche se les echaba encima y el hambre y las llagas de pies y manos ― hacía millas que andaba descalza porque el fino tafilete de sus zapatillas no había resistido la dureza del camino y tenía las plantas de los pies destrozadas ― la atormentaban pero se obligaba a dar un paso más. Tara esperaba ya a menos de una milla. Habían entrado ya en la avenida de robles que antaño cruzara velozmente con su alada jaca.

Faltaba la ligera cuesta y ya divisarían la vetusta y sólida construcción del edificio principal, el que construyeran sus abuelos, donde había vivido siempre en un sueño hasta que el corazón hizo enloquecer su cabecita de niña mimada y se dejó arrastrar por el despecho.

Ahora lo lamentaba profundamente pero en el alma de aquella caprichosa mujercita de apenas dieciocho años se había producido una profunda transformación. El brío y el nervio que sacara antes para reprender a una esclava porque sus zapatos no estaban listos le servía ahora para encarar las dificultadas más monstruosas que jamás hubiese imaginado que habría de enfrentar.

Pero la ligera cuesta de la avenida que su jaca cruzaba a velocidad de vértigo fue demasiado para el pobre animal que tiraba del carro con la liviana carga de Melissa y su bebita.

El flaco caballo se paró y ante los ojos atónitos de Scarlett dobló las patas delanteras y ya no se movió. Scarlett desesperó en aquel momento. No debían faltar ni quinientas yardas y los dejaba ahora tirados.

Cogió la vara de abedul y comenzó a azotar el lomo del desgraciado animal que ni se estremeció. La vara caía con fuerza movida por el frenético brazo de Scarlett. Como caía en el mismo sitio pronto comenzó a abrirse la dura piel y comenzó a encharcarse de sangre.

Por los belfos del jaco caía una espesa baba de color parduzco y ladeando ligeramente contempló con ojos vidriosos, sin apenas vida en ellos, a la enloquecida muchacha que lo estaba matando a golpes.

―¡Scarlett... Scarlett...! – sonó la voz débil de Melissa – ¡Déjalo, por favor... lo vas a matar!

―¡Y qué me importa si se muere o lo mato! ¡Nos ha dejado tiradas! – gritó con voz ronca Scarlett que finalmente dejó caer el brazo agotado y la vara ensangrentada a su lado – que Dios me perdone por lo que he hecho – musitó Scarlett.

―Qué curioso – se escuchó la chillona voz de Prissy – cuando azotan a los negros nunca piden perdón a Dios... será que el caballo es mejor que los negros.

A Prissy se le había escapado aquel comentario, a todas luces justo, porque se había sorprendido que su ama pidiera perdón a Dios por azotar al animal y jamás la hubiese escuchado un comentario de piedad cuando uno de los esclavos era azotado, pero no tenía intención de que la escuchase nadie, aunque su voz aguda había diseminado las palabras con claridad en el silencio de la noche.

Scarlett la miró con los ojos chispeantes. Por un momento pensó en coger la vara y emprenderla a golpes en la espalda de Prissy pero se contuvo. Ahora la necesitaba. Ya le arreglaría las cuentas a aquella insolente.

―¡Espérate a llegar a Tara, maldita negra insolente y estúpida – le gritó Scarlett hecha una furia – ¡Te juro que te azotaré... y no pediré perdón a Dios ni a nadie!

Prissy se quedó helada. Se maldijo por haber hablado en voz alta. Se encogió ante la figura imponente de Scarlett que seguía mirándola con odio.

―¡Ya estamos cerca... caminaré el trozo que falta... no te preocupes por mí! – intervino Melissa para romper la tensión que la estúpida de la esclava acababa de generar con su insolente comentario.

―¡No... no puedes... es que te quieres morir? Estás perdiendo sangre... mírate el camisón... lo tienes manchado de sangre...!

Melissa estaba de pie en la calesa y la luna que ya había salido iluminaba su blanco camisión sucio con el que había salido de su casa para emprender la huída. Una sombra oscura debía ser la sangre que decía Scarlett que perdía.

Con decisión férrea, Melissa descendió de la calesa. Agarró a la pequeña que volvia a llorar y se puso a caminar al lado de Scarlett. Dejaron al animal enganchado a la calesa y Scarlett cogió del trémulo brazo de Prissy a su hija Sarah. Al hacerlo se le acercó lo bastante para darle un pisotón con el pie sano. Prissy no se atrevió ni a gritar.

Avanzaron penosamente las tres con sus cargas, estimuladas por la cercanía de la casa.

Tardaron casi una hora en recorrer la menos de media milla que les separaba de Tara. Scarlett sintió una inmensa alegría al ver bañada por la luz de la luna la rotunda figura de la mansión que la había visto nacer, pero al mismo tiempo una fuerte opresión en su pecho.

De camino habían pasado por las plantaciones vecinas y muchas de ellas estaban arrasadas, quemadas. Otras parecían abandonadas. Tara seguía en pie, no había sido pasto de las llamas pero el silencio espectral y la ausencia de la más mínima luz en la siempre iluminada fachada la sobrecogió.

Todos los temores acudieron a su cabeza. Estaban en guerra y el condado había sido objeto de la invasión de las tropas enemigas. Vivirían sus padres? Y sus hermanas? Sabía que muchas plantaciones habían perdido a sus esclavos, liberados por el enemigo. Qué habría sucedido en Tara?

Llegaron al patio central frente a la mansión. Scarlett no podía con su alma. No se veía ningún movimiento, ninguna voz, ninguna luz. Miró hacia donde sabía que se alzaban las cuadras y más a lo lejos los primeros pabellones de los esclavos y las cabañas de los que tenían ese privilegio. Nada. Ni voces, ni ruido alguno, ni movimiento alguno.

En Tara siempre había grupos de esclavos haciendo vigilancia. Recorrían en pequeños grupos los campos de algodón, los huertos. Vigilaban los corrales, las caballerizas, y apostados frente al pórtico de la gran casa había al menos cuatro de los más fuertes negros de la plantación. Nada. No se veía ni un alma.

Subieron pesadamente las escaleras del pórtico y entonces Scarlett adivinó un pesado arrastrar de pies. La puerta se abrió con un lento chirriar que no había escuchado nunca antes y vio los blancos y asustados pero reconocibles ojos de Mammie.

―¡Oh, santo Dios, Mamita, Mammie...! – casi no pudo contener un sollozo Scarlett al reconocer el rostro de su vieja Mamita.

―¡Señorita Scarlett... señorita Scarlett... por fin a regresado... alabado sea Dios...! – la negra sí que no pudo contener las lágrimas y estalló en un impresionante sollozo mientras Catherine Scarlett la abrazaba con un brazo mientras con el otro sostenía a Sarita.

―¡Pero quien es esta preciosidad de niña! – exclamó la negra cuando a la luz de la luna vio la dulce carita de Sarah.

―¡Es tu nueva amita, Mammie... la señorita Sarah...! – exclamó orgullosa Scarlett mostrándole a su pequeña.

La niña tenía hambre y sueño y al ver el rostro negro de la esclava que se le acercaba se puso a llorar.

―Déjemela señorita, déjemela... es igualita que usted cuando era pequeña... – dijo la vieja negra sin dejar de llorar de alegría por volver a ver a su ama que ahora venía además con una nueva amita a la que ella intentaría cuidar como había cuidado de la señora Ellen y de las hijas de ésta, las amitas Catherine Scarlett, Suzanne y Carren.

Scarlett se desprendió de Sarita entregándosela a Mammie e inmediatamente se puso a organizarlo todo.

―Dónde están los esclavos de la casa, Mammie? Necesito a todos los disponibles. Tienen que subir a la señorita Melissa, que está muy enferma a una habitación. Necesito una negra de leche para su criatura... ¡Prissy, sube a mi habitación y prepárame un baño con agua caliente... y que preparen otro para la señorita Melissa! ¡Rápido! ¡Y quiero luz... mucha luz! qué pasa en esta casa que no hay luz? ¿Dónde está mamá..., y padre? ¿Y mis hermanas?

Mamita entró casi empujada por la increíble energía de Scarlett que a pesar de estar al borde del colapso parecía fresca como una rosa.

Un negro adulto, Pops, encendió una lámpara y luego otra. El salón se iluminó y dejó ver a Scarlett, con horror, el deprimente estado en que se encontraba. Poco a poco fueron apareciendo caras negras asustadas, caras de sueño y de miedo.

En total una docena más o menos: tres adultos, dos hembras y un macho, una de ellas, Babsy la madre de Prissy, con un bebé en brazos, Tesia, y una niña de unos tres años, Nelly, de la mano; la otra hembra adulta era María, la cocinera; el negro adulto era Tom, el marido de Babsy; cuatro niñas de entre los diez y los trece años que eran las hijas de Mammie y Pops, Marnie, Popsy, Tiddy y Flaty. Todos vestidos con retales desgastados y sucios. A esos había que sumar Mammie y Pops, que era algo así como el marido de Mammie.

Scarlett se quedó parada mirando aquella deprimente tropa.

―Qué es esto, Mammie? – preguntó a la vieja esclava.

―Todos los esclavos de la casa... como usted ha ordenado, mi ama – contestó con pesadumbre y con la cabeza humillada.

Scarlett no podía creer lo que veían sus ojos. No podía asimilar ver el gran salón en aquel deplorable estado y menos aún que el servicio doméstico de Tara fuera aquella patética cuadrilla de esclavas famélicas, sucias, desarrapadas, temerosas y somnolientas.

―Y los esclavos del campo? Queda alguno? – preguntó temiendo la respuesta.

―Dos, mi ama.

Scarlett notó que le fallaban las piernas. No podía ser. Cuando había visto Tara en pie su corazón se había henchido de orgullo pero había temido lo que ahora veían sus ojos. Tara ya no era la de antes. Antaño, y de eso no hacía mucho, el plantel de domésticos de Tara era la envidia del resto de plantaciones del condado.

Ellen se sentía orgullosa cuando todas las esclavas la recibían dispuestas en dos filas desde la entrada del pórtico y lo más alto de la gran escalera de mármol que llevaba a las habitaciones superiores. Hasta cincuenta negras de diferentes edades, todas con sus vestiditos de doncella, con sus cofias, con sus delantales blancos, todas sonrientes ante la gran señora y sus hijas, inclinándo sumisamente la cabeza a su paso.

Y ahora quedaba aquella miserable representación de esqueléticas y andrajosas negras, la mayoría niñas a las que habría que azotar para que pudieran aprender a moverse con gracia.

Y los esclavos de campo: más de cien negros que trabajaban sin descanso de sol a sol. La mayoría en el algodón y el resto en otros trabajos duros de la finca, y quedaban dos. Scarlett sufrió una súbita bajada de tensión, fruto del agotamiento y de la desagradable sorpresa que acababa de llevarse. Se tuvo que coger al alto respaldo de una de las polvorientas sillas del salón comedor.

―Y mamá?

―Señorita Scarlett... – la voz de Mamita se estremeció. Hacía rato que pensaba cómo iba a darle la noticia.

―Habla Mammie, dónde están papá y mamá?

―Murieron. Primero la señora, hace cosa de tres semanas. El tifus. El amo se volvió loco de dolor. No probó bocado en diez días y una mañana lo encontramos muerto en su cama.

―Y mis hermanas? Dónde están? Qué les ha pasado? – Scarlett estaba chillando sin darse cuenta.

Melissa se había sentado en una silla, no podía más y Prissy tenía al bebé de ésta en sus brazos. La pobre negrita también estaba agotada. Ambas miraban ahora a Scarlett con miedo.

―Están enfermas, señorita Scarlett... – carraspeó la negra –. Están arriba, en una habitación las dos. Yo las cuido noche y día.

Scarlett se dejó caer en la silla en la que se había apoyado. Se pasó el dorso de la mano por la frente. Estaba ardiendo. No podía ser que lo que estaba viviendo fuese realidad.

Esperaba despertarse de un momento a otro y ver el salón con los tapices, con los muebles brillantes, con la pintura fresca en las paredes, con docenas de esclavas uniformadas sirviendo con diligencia. Esperaba oír la firme pero dulce voz de madre dando órdenes a las criadas, y ver a padre dormitar la siesta.

Scarlett suspiró. Todo su mundo había cambiado y encima ella era ahora la responsable de la casa y la familia. Por su mente pasó velozmente la ingente cantidad de problemas a los que tendría que enfrentarse mañana y se sintió sola. Pensó en sus hermanas. Aunque estuviesen sanas no serían de ninguna ayuda. De repente se levantó.

―¿Qué tienen las amitas, Mammie? – le preguntó a la negra al darse cuenta que no se lo había dicho.

Mammie miró al suelo. Carraspeó. Levantó la vista, entornó los ojos y volvió a mirar al suelo.

―Mamita...?

Mammie repitió el mismo proceso: Miró al suelo. Carraspeó. Levantó la vista, entornó los ojos y volvió a mirar al suelo.

―Recuerdas la última vez que te hizo azotar mamá? – le preguntó a la esclava.

Mammie levantó los ojos y Scarlett vio que estaba llorando. ¿Se habría pasado con la amenaza, porque estaba claro que acababa de amenazarla con el látigo? A pesar de que Mammie era algo más que una esclava, que había cuidado siendo apenas una niña de su madre y había cuidado de todas sus hijas, Ellen no había dudado en azotarla más de una vez y Scarlett aún recordaba la última vez que eso ocurrió.

Mammie estuvo llorando una semana entera y no fue por las cicatrices por que su madre dio órdenes expresas de que los latigazos no fuesen dados con excesiva fuerza, lloró por la inmensa humillación que supuso para Mammie, a su edad y después de los grandes servicios y desvelos por toda la familia, el ser azotada como una vulgar esclava. Ella no se sentía esclava, ella amaba a Ellen como amaba a las amitas y aunque la obligasen a huir no lo haría. Ella pertenecía a su madre y ahora a ella. Ella pertenecía a Tara, era como una institución.

Mammie gimió y sollozó. Scarlett se le acercó y le pasó un brazo por el hombro. La esclava era más bajita que ella y rechoncha, y eso que Scarlett era de estatura normal, más bien bajita.

―¿Quieres explicármelo a solas? – le susurró al oído.

Mammie asintió y Scarlett la llevó hacia el despachito que solía utilizar Ellen y desde el cual dirigía la plantación con mano de hierro. Cerró la puerta tras ellas y obligó a Mammie a mirarla.

―¿Qué tienen?

―Fueron violadas, señorita Scarlett – logró decir antes de echarse a llorar y abrazarse a su ama.

Scarlett pensó que últimamente debía atraer a las negras porque en pocas horas era la segunda vez que una esclava se echaba en sus brazos. A Mammie no la repelió como había hecho con Prissy, sinó que la rodeó con sus brazos y le palmeó cariñosamente la espalda.

Mammie le contó cómo hacía cosa de un mes vinieron los soldados rebeldes con intención de quemar Tara. El amo y el ama les hicieron frente con valentía. Tuvieron suerte, lo más normal es que les hubiesen disparado y después quemado la casa pero la señora vio entre las tropas rebeldes unas cuantas caras conocidas.

―«¡Stuart McCoy, Jason Burr, Colin Douglas... no os escondáis que os he visto. Si hoy podéis estar aquí es porque cuando vuestros padres necesitaron daros de comer nosotros les dimos comida... así es como pagáis vuestras deudas?» - tronó la voz de la señora, dijo Mammie haciendo un relato épico de lo sucedido.

»Luego los muchachos, cabizbajos y avergonzados salieron de las filas y hablaron con el que comandaba aquella cuadrilla. El resultado es que no quemaron Tara, pero sí liberaron a cuantos negros quisieron unirse a ellos para engrosar las filas de los rebeldes con el objetivo, les decían, de acabar con la esclavitud. Sólo fueron fieles Sansón y Samuel, que ahora ocupan ambos uno de los pabellones vacíos de esclavos. Del personal doméstico se fueron todas menos mis hijas; María y Babsy, la madre de Prissy, con su bebita Tesia y su pequeña Nelly, y su marido Tom y lógicamente Pops y una servidora. Antes de que los rebeldes se marcharan con todos los negros hubo una especie de conciliábulo entre los rebeldes y los esclavos liberados. Más de veinte negros y soldados irrumpieron en el pórtico tirando al suelo al señor y a la señora y se fueron, guiados por algunas esclavas domésticas que estaban entre las desertoras, a las habitaciones superiores dónde estas últimas sabían que se encontraban las amitas.

»Las señoritas Carren y Suzanne estaban en la habitación de ésta última, escondidas y temerosas. Iban a por ellas. Entraron y las violaron... – la voz de Mammie parecía monótona, como si lo que relatara fuera algo que nunca había ocurrido, como si se tratara de la lectura de una triste fábula – ...repetidas veces. Yo intenté entrar a salvar a mis niñas pero varios de los esclavos de campo me retuvieron y me obligaron a mirar. Las violaron varios hombres, entre negros y blancos, entre esclavos y soldados. Las golpearon con saña y las penetraron una y otra vez. Finalmente se fueron.

»La señora sufrió una crisis nerviosa y a la semana enfermaba de tifus. Yo tuve que cuidar de mi ama y de las amitas. La señora murió, el señor murió y yo sigo cuidando a las señoritas. Ahora están más o menos recuperadas pero tienen miedo. Cada vez que se oyen cascos de caballo se ponen a gritar. Fue espantoso señorita... de lo único que me alegré es que usted no estuviera aquí – terminó Mammie el trágico relato secándose los ojos con el sucio delantal.

Scarlett se quedó como muerta. Pensó en la muchacha que había visto aquella mañana y a la que había dado sepultura y pensó que al menos sus hermanas seguían vivas. Mancilladas pero vivas. Entonces, olvidándose por un momento de sus hermanas le vino algo a la mente y preguntó a Mammie:

―Y mis gemelos... Tin y Tina?

―Huyeron con los rebeldes... pero he de decir en su favor que ellos no querían pero su madre los obligó.

―Ya... – dijo lacónicamente Scarlett – Voy a subir a ver a mis hermanas – dijo de repente decidida Scarlett.

―No, señorita... ahora duermen. Les cuesta mucho dormir. Espere a mañana, usted descanse, lo necesita. Mañana será otro día. El primer día de nuestras vidas teniéndola a usted de ama, dueña y señora de Tara. Usted volverá a hacer de Tara lo que fue.

Scarlett se estremeció ante la carga que Mammie acababa de endosarle, aunque ella sabía en su interior que eso era precisamente lo que le correspondía hacer: hacerse con las riendas de Tara y volver a hacer de aquella plantación lo que fue. Sonrió a la vieja nurse y abrió la puerta del despachito. Salieron las dos y ella cojeando se acercó a todos los reunidos en el salón.

―¡Mañana será otro día! – dijo y empezó a caminar hacia su habitación – ¡Encárgate de Melissa, Mammie – le dijo girándose un momento.

Mammie y el viejo Pops ayudaron a Melissa. Babsy, la negra adulta que tenía una negrita en brazos se ocupó de la bebita de Melissa. Tenía leche para las dos criaturas, y de sobras. Luego Mammie encargó a varias de sus hijas que cargaran baldes de agua para calentar y subir a las habitaciones de las amas.

Prissy puso en una camita a Sarah y se entregó en cuerpo y alma a cuidar de su ama.

Desvistió a Scarlett y ayudó a llenar la bañera. Luego ayudó a su ama a levantarse de la cama en la que se había estirado para que la desnudara y la llevó hasta la dorada tina con patas de león que estaba en el cuartito anexo.

Scarlett sintió verdadero dolor cuando su pie herido entró en contacto con el agua caliente. Se hundió en el agua y estiró las piernas para apoyar los pies fuera de la bañera.

Prissy la enjabonó con mucho cuidado. Desde que se habían precipitado los acontecimientos de eso hacía dos días, que temía a su ama.

―Ve con cuidado con este pie – le dijo Scarlett dándole una suave patada en la cara con la planta del otro pie – tengo una herida.

―Sí mi ama, perdóneme...

Ahora estaban en Tara y en la cabecita de Prissy sólo se oía la voz histérica de Scarlett cuando la había amenazado, durante la travesía, con azotarla en cuanto llegaran a Tara y ahora tenía miedo, mucho miedo. Hacía muchos años que no era azotada, desde que su primera amita, la señorita Honey la vendiera.

―Señorita Scarlett – musitó Prissy que estaba limpiando con cuidado la herida del pie de su ama.

―¡Mmm...!

―Me va a azotar? – preguntó temerosa.

―Esta noche no... estoy muy cansada – le contestó – acaba de una vez con mis pies... tengo sueño.

Tras el baño reparador, Scarlett, una vez que Prissy la hubo secado, se estiró en la cama y se quedó dormida al instante. Ni el hambre atroz había podido con el agotamiento, tanto físico como emocional que había acumulado en aquellos dos días.

Prissy se estiró en el suelo, en el duro suelo, entre la camita de la niña y la cama de su dueña. También quedó profundamente dormida.



***



Al día siguiente se despertó más o menos pronto. Prissy y su hija seguían durmiendo. Al principio creyó estar de nuevo en Tara, como antes de la guerra, como antes de abandonarla precipitadamente por su loca cabeza, pero enseguida todas las desgracias de los últimos días desfilaron por su mente y se dio cuenta de que ahora toda la plantación, o lo que quedaba de ella, con los pocos negros que tenía, con Melissa y con las pequeñas... todo dependía de ella.

Sintió una gran opresión en el pecho y se sentó en la cama jadeando. Sacó las piernas fuera de la cama y se miró la herida del pie. El baño de la noche anterior le había ido bien pero la herida seguía supurando y le dolía. Sólo le faltaba eso. Cruzó la pierna sobre la rodilla de la otra y cogiéndose el pie se lo giró para poder ver el aspecto de la herida. Tenía un tajo en la planta, justo en el pulpejo al lado del dedo gordo.

Miró a Prissy dormir y le entraron ganas de despertarla a zapatillazos en la cara. Se rió sólo de pensar el susto que se llevaría la muy estúpida si se decidía a hacerlo. En ese momento llamaron a la puerta.

Scarlett se volvió y esperó. Las esclavas sabían que si no obtenían respuesta quería decir que se podía pasar pues de lo contrario el ama en cuestión se encargaba de negar la entrada. Scarlett esperaba ver la cara de Mamita pero en su lugar vio el cariacontecido rostro de Babsy. Cargaba con dos bebés, el suyo y el de Melissa. La cara de Babsy era de estar muy asustada.

―Mi ama... el bebé del ama Melissa, no quiere comer. Yo tengo leche de sobras pero le pongo el pezón y aparta la carita. No quiere comer.

Scarlett se mesó el alborotado cabello. Estuvo a punto de lanzar una maldición. Aún no se había levantado y ya tenía un problema más en ciernes. Le entraron ganas de llorar.

Porqué no estaría Ellen con ella? Ellen sí sabría qué había que hacer en estos casos. Igual que podía hacer azotar a un negro hasta que se le vieran las costillas o pelar el culo de uno de los negritos con su paleta agujereada, si un negro se ponía enfermo ella iba a ver qué le pasaba y las sanadoras le consultaban lo que era mejor hacer y no hacían nada si ella no lo autorizaba. Y si veía que aquellas ignorantes aprendizas de hechizera iban desorientadas mandaba que fuesen a buscar al veterinario de Jonesboro. Ellen era una roca.

Su padre rebautizó el nombre de la plantación con el de «Tara», que en gaélico quiere decir «Roca», o eso decía él, en honor a Ellen. Scarlett miró a Babsy y luego a la hija de ésta que seguía durmiendo en el suelo abrazada a sus zapatillas.

―Mandaré a alguien que vaya a Jonesboro... para que traiga a un médico.

―Disculpe señorita, pero será inútil. No tenemos caballos, se los llevaron los negros que huyeron y en Jonesboro no hay médico, ni siquiera veterinario. Están todos los hombres disponibles en el frente.

―¡Pero alguien debe haber que sepa qué hay que hacer en estos casos...! que me estás sugiriendo... que deje morir a la amita? – gritó Scarlett fuera de sí lo que despertó tanto a Sarah como a Prissy.

Prissy, al darse cuenta de que su ama y su madre estaban hablando se puso de inmediato de rodillas y cogió las zapatillas de Scarlett dispuesta a calzárselas cuando ésta se lo indicara.

―No, señorita Scarlett... cómo iba yo a sugerir semejante atrocidad... – intentó justificarse Babsy.

―A lo mejor lo que ocurre es que eres tú quien no quiere alimentar a la amita... sí, eso debe pasar... – la acusó Scarlett recordando que en tiempos Babsy había sido esclava en casa de Melly y que podía estar intentando vengarse.

―No señorita Scarlett, le juro que es la niña que rechaza mi pecho. He alimentado a muchos niños blancos porque tengo buenas ubres. Yo quiero a los niños, sean negros o blancos, se lo juro... incluso cuando criaba a Prissy en más de una ocasión la había dejado sin comer porque la amita a la que había dado primero de mamar me había secado lo pechos... no me diga eso, señorita... se lo ruego... no me diga que no quiero alimentar a la hermosa criatura de la señorita Melissa.

―No... claro... perdona... es que estoy un poco nerviosa – se excusó Scarlett que se dio cuenta de que había ido demasiado lejos a causa de los nervios y de la pesada carga que se le venía encima –. Dime una cosa Babsy... alguna vez te has encontrado con un caso parecido?

―No mi ama, nunca... por eso me he permitido molestarla.

―No me has molestado. Has hecho lo que tenías que hacer. Baja a ver a Mammie, a lo mejor ella sabe qué es lo mejor en estos casos. Yo bajaré enseguida... si tu hija está ya lo bastante despierta como para calzarme y vestirme – dijo estas últimas palabras mirando a Prissy que se sintió empequeñecer de terror.

Babsy abandonó la habitación de Scarlett. Prissy comenzó una letanía de disculpas en su peculiar tono de negra estúpida. Scarlett pensó si realmente hablaba de aquella manera como parte de una estrategia estudiada o sencillamente es que era imbécil. Llegó a la conclusión que debía tratarse de lo segundo.

Prissy la calzó, la ayudó a lavarse, la peinó y la vistió en menos tiempo del que de normal hubiera utilizado. El miedo la hacía ir deprisa.

―Vigila a la amita Sarah. Voy a bajar. Cuando vuelva quiero mi habitación arreglada y la amita también, lavada, peinada y vestida.

―Sí, señorita Scarlett.

Cuando llegó a la cocina se encontró a Mammie, que tenía en brazos a la pequeña amita, la hija de Melissa, y a Babsy que miraba apenada. Scarlett pensó que había sido muy dura con la pobre esclava. Prácticamente la había acusado de querer matar a la niña cuando Babsy se había portado bien porque no había huído habiendo tenido la oportunidad de hacerlo.

―¿Qué opinas Mamita? – le preguntó Scarlett – ¿Habías visto algo así antes?

―No señorita Scarlett... nunca he visto a un bebé blanco que no quiera la buena teta de una negra.

A Scarlett le pareció una insolencia lo que acababa de decir Mammie. A pesar de que Mamita tenía una especie de bula por haber sido la nurse de varias generaciones de amitas de la familia, Scarlett pensó que no debía tolerarle esa manera de hablar de sus amos.

Teniendo sólo un año más que Ellen la había cuidado y protegido desde que comenzara a caminar. Luego había amamantado a todas sus hijas y sólo después de que Carren destetara Ellen la puso a preñar y parió cuatro niñas, a razón de una por año. A pesar de todo Scarlett quiso dejar claro desde el principio su autoridad.

―Procura ser un poco más respetuosa cuando hables de una señorita blanca, Mammie, ahora soy yo quien lleva la plantación y aunque os esté agradecida por no haber huído no debéis olvidar que seguís siendo esclavos. Azotaré yo misma a quien no me obedezca o quien se muestre insolente. Queda claro?

―Sí señorita Scarlett, perdone señorita Scarlett – dijo Mammie muy afectada por haber sido reconvenida delante de Babsy.

Scarlett sabía que Mammie y Babsy eran las fuerzas vivas de los esclavos que habían quedado en Tara, por lo que aquel pequeño incidente le había venido bien para poner las cosas en su sitio ante las que podían tener influencia sobre el resto de esclavos.

Los dos machos domésticos harían lo que sus mujeres, Mamita y Babsy, dijeran. Los dos esclavos de campo no eran tampoco ninguna amenaza para Scarlett pues ambos eran tan fuertes y corpulentos como sumisos e imbéciles mentales y el resto eran las hijas de esas dos esclavas.

―¿Qué opinas que hagamos, Mamita? – le dijo Scarlett con amabilidad para que viera que no estaba enfadada y que lo que acababa de decir había sido sólo un tema de orden doméstico, de relación, de dejar las cosas claras desde el principio.

Los blancos dientes de Mammie brillaron tras su sonrisa de agradecimiento por volver a restablecer su autoestima consultándole antes que a Babsy.

―Podría probar con una infusión de cáñamo, señorita... – sugirió Mammie.

Scarlett dejó que Mammie llevara la iniciativa en aquel problema ya que a ella no se le ocurría nada. Babsy y Mammie prepararon la infusión y mojaron el chupete de tetilla de ternera de la amita. Fueron dándole de esta manera una buena dosis e inicialmente pareció funcionar pero al cabo de poco rato de haberse abrazado al jugoso pezón de Babsy la pequeña lo volvió a rechazar.

―Tengo hambre, Mamita... qué hay para desayunar? – preguntó Scarlett que comenzaba a estar harta de la atención que las dos negras prestaban a la pequeña amita.

Mammie la miró entornando los ojos y luego llamó a Marnie, su hija mayor.

―¡Marnie... Marnie! – gritó y al poco se presentó una flacucha negrita de 13 años que al ver a Scarlett sentada en la mesa de la cocina por poco se desmaya.

La noche antes la había visto cuando Scarlett y Melissa llegaron a Tara en la anochecida pero había sido poco rato. Además ella estaba somnolienta y Scarlett parecía un ser de ultratumba, pero esa mañana a Marnie le pareció que la señorita Scarlett no era la misma que la noche anterior. Estaba más fresca, más guapa.

La recordaba porque cuando la señorita marchó de Tara al casarse, ella tenía 10 años. Lógicamente había cambiado, ahora la señorita se la veía más mujer pero seguía siendo la más hermosa con mucha diferencia, no sólo la más hermosa de Tara sino la más hermosa de todo el condado, Jonesboro incluído.

―S-se-señorita... – balbuceó nerviosa Marnie que bajó la mirada al suelo al instante.

―¡Dios mío... cómo ha crecido esta criatura – comentó Scarlett más a Mammie que a la niña – al menos ha crecido palmo y medio de cuando la recuerdo...!

Mammie se ufanó por el reconocimiento elogioso de la señorita sobre su primogénita y lo demostró volviendo a enseñar su perfectamente alineada hilera de blancos dientes cuando sus gruesos labios se abrieron en una sonrisa de orgullo que parecía que le hubiesen dado un premio a la mejor madre.

―¡Marnie, tonta...! esas son maneras de dirigirse a la señorita Scarlett? ¡Ahora ella es el ama de todos, así que muéstrale tus respetos...!

Marnie hizo una profunda reverencia y Scarlett se rió. Le acercó la mano para acariciarle la cara y Marnie hincó una rodilla en el suelo, se la tomó entre sus manos y se la besó.

―Ve a buscar unos ñames para que la señorita Scarlett desayune... dáselos a María para que los cueza y le dices que son para la señorita Scarlett, que les ponga un poco de salsa de arándanos que tenemos escondida – le ordenó a su hija.

―¿Queeeé... ñameeeeees...? ¡Pero qué demonios...! ¿Esto es lo que vais a darme para desayunar? ¡Esto es comida de esclavos! ¡Yo quiero huevos, y salchichas... y tortitas con mantequilla y tocino... y café... me muero de hambre...!

Mamita transfiguró el rostro. Ahora no se veían sus dientes blancos. Parecía a punto de llorar.

―Apenas podemos comer ñames, nabos, guisantes secos y algunas alubias aunque esto lo guardo para comer. No hay comida en Tara, señorita...

―Entonces... qué comen mis hermanas? Qué han estado comiendo?

―Todos comemos lo mismo, señorita Scarlett... amos y esclavos... sencillamente lo que hay.

―Quieres decir que mis hermanas sólo comen comida de esclavos?

―Mírelo de otra manera, señorita Scarlett. Ya no hay comida para hacer diferencias entre la comida de los amos y la de los esclavos. Ya no hay gallinas, ni patos, ni faisanes, ni cerdos, ni terneras... sólo tenemos unas vacas que nos permiten sacar leche. Todo se lo llevaron los rebeldes y los malditos negros traidores – dijo con desprecio al hablar de los de su misma raza – si lo prefiere piense usted que los negros de la casa comemos las sobras de las señoritas.

Scarlett había pasado hambre en los últimos seis meses de asedio en Fayetteville. De hecho en esa época reciente soñaba con estar en Tara donde siempre se había comido en abundancia. En la mesa no podían faltar verduras, purés, asados, aves, pescados, frutas, pasteles... todo bien elaborado y condimentado con ricas salsas y regado con buenos vinos.

Cuando de camino de regreso a Tara había tenido que pasar con un par de manzanas medio podridas su mente procesaba los recuerdos de aquellas comidas y aquellas cenas dignas de los emperadores romanos y estaba convencida, al ver que Tara seguía en pie, que todo iba a seguir como antes. Pero Scarlett no era una estúpida y sabía que Mammie decía la verdad.

―Está bien... – suspiró resignada – comeremos ñames...

Scarlett se dedicó a contemplar a las dos negras que procuraban por todos los medios incitar a la pequeña amita a abrazarse al pezón de Babsy hasta que llegó su desayuno que María se lo sirvió con gran lujo de menage aunque en el plato no había más que unos sosos ñames cocidos a los que había añadido una cucharadita de salsa de arándanos.

―Dime Mammie... esta mañana has estado ya con mis hermanas?

―Claro señorita Scarlett – le contestó ofendida por lo que le parecía una muestra de desconfianza – es lo primero que he hecho. Las suelo despertar más o menos a esta hora.

―Iré yo. Dime... qué me encontraré?

Mammie miró a Babsy y luego a Scarlett, como dando a entender que no era propio que se hablara de un tema delicado delante de otra esclava que no tuviera la consideración de ella. Scarlett le hizo una seña para que se olvidara de Babsy y hablara.

―Están ya bastante recuperadas, pero están un poco flacas.

―Todas estamos un poco flacas – comentó para sí mientras pensaba que ahora dependían todos de ella y no quería seguir comiendo nabos hervidos y ñames cocidos el resto de sus días.

Una vez hubo terminado su desayuno Scarlett decidió dejar a las dos negras con el bebé y se dirigió hacia la habitación donde dormían sus hermanas.

No llamó. Entró en la habitación. Eran las diez de la mañana y sus hermanas estaban despiertas pero en la cama. Las dos gritaron a la vez, histéricas. Eran gritos de sorpresa primero y de inmensa alegría después. Las dos se levantaron y se pusieron de pie encima de la cama y comenzaron a saltar, con tanta fuerza que Scarlett, que también se había contagiado de los saltos y los grititos de sus hermanas, pensó que se iba a romper el somier si seguían saltando.

Se acercó a ellas y las dos saltaron sobre ella. Scarlett perdió el equilibrio y cayó de culo al suelo con las dos muchachas encima. Las tres reían ahora como locas mientras se abrazaban y se besaban.

Carren y Suzanne se habían llevado más o menos bien entre ellas, pero con Scarlett nunca habían tenido una relación buena. Ella las despreciaba porque las consideraba tontas y engreídas, eran las pequeñas, y ellas la odiaban porque Scarlett era guapa, muy guapa y cuando un pretendiente las rondaba siempre aparecía ella para tontear con él. Lo hacía sólo para fastidiarlas, para demostrarles que si alguna vez se casaban sería porque ella, generosamente, no se interpondría entre ellas y los posibles pretendientes, pero les dejaba bien claro que podría manejar a sus posibles admiradores cómo y cuando a ella le diera la gana.

Scarlett además consideraba que sus hermanas pequeñas eran crueles y estaba convencida de que lo eran porque de esta manera hacían algo que ella no les podía impedir.

Carren y Suzanne eran unas chicas que no podían ser consideradas bellezas pero bien arregladas causaban su impresión pues tampoco eran feas y siendo ricas podían adecentarse de manera que resultaran aparentes. En cambio Scarlett era hermosa. Hasta vestida con percales deslucidos y remendados brillaba con luz propia, como una estrella del firmamento.

Ahora las hermanas de Scarlett, sin sus preciosos y caros vestidos, sin arreglar, pálidas y delgadas, ofrecían un aspecto mucho más penoso que Scarlett, pero a ésta en estos momentos no se le ocurrió pensar en ellas en términos de belleza, de rivalidad, como lo hiciera antes de la guerra. Ahora estaban de nuevo las tres reunidas y si antes no se habían querido especialmente ahora no tenían más remedio que afrontar juntas su incierto futuro.

Se levantaron y se sentaron en la cama liberando a Scarlett de su abrazo impulsivo y emotivo. De repente cesaron las risitas y los grititos. Pareció como si ambas recordaran el triste y humillante episodio de su violación.

―Lo sé todo – se adelantó Scarlett que decidió ir al grano y matar el asunto cuanto antes – cómo estáis?

―Que cómo estamos? Yo te diré como estamos, hermanita – fue Suzanne quien le respondió – estamos jodidas. Nos golpearon, nos humillaron y nos violaron una pandilla de esclavos. Esclavos que antes tenían que agachar la cabeza y besarnos los pies nos magrearon, nos ensuciaron, nos penetraron. Sólo pensamos en el día que podamos vengarnos, hermanita. Ahora vivimos aquí, encerradas, prisioneras. No tenemos nada. Papá y mamá murieron y nosotras estábamos destrozadas. Mammie dice que no hay comida y nos da lo mismo que comen los esclavos... ¡a nosotras, Scarlett, a nosotras... la misma comida que los esclavos! ¡Oh, Scarlett... tú nos rescatarás de la miseria! Pops dice que estamos arruinados, pero yo pienso que eso es imposible, es mentira. Pienso que se aprovechan de que somos dos débiles criaturas y nos tienen aquí encerradas. Ya no tenemos a nuestras esclavas personales, sólo Mamita entra a servirnos, nos tienen encerradas, secuestradas. No nos atrevemos a salir de la habitación por miedo a encontrarnos con los que nos violaron, pero ahora se acabó, ahora les daremos su merecido. Verdad hermanita?

Scarlett negó con la cabeza.

―No os tienen encerradas. Mammie se ha dedicado a cuidaros. Estuvisteis muy mal y ella os cuidó, como siempre ha hecho. No quedan esclavos, niñas, huyeron casi todos, y vuestras esclavas personales las primeras. De los ciento cincuenta que teníamos entre domésticos y peones ahora tenemos a dos de estos y a una docena de domésticos, de los cuales la mayoría son niñas. No hay peligro de que os encontréis con los que os violaron.... sencillamente huyeron. Los negros y los rebeldes se llevaron casi todos los animales. No hermanitas. Mammie no os miente, ni os miente Pops, al contrario, ellos se han quedado aquí para cuidaros, por que nos son fieles. Ahora hemos de ser fuertes y estar unidas, estamos casi arruinados y ahora hay que ver el modo de salir de ésta.

Suzanne y Carren no daban crédito a lo que su hermana mayor les contaba. No podía ser. Ellas, guapas y ricas, hijas de ricos plantadores propietarios de más de cien esclavos, estaban solas y arruinadas. Las dos se echaron a llorar como niñas desprotegidas, como lo que eran. Scarlett se arrodilló junto a ellas y las abrazó.

―¡Eah... no lloréis... veréis como todo se arregla... confiad en vuestra hermana! – les dijo para infundirles unos ánimos que ella no tenía.



***



Scarlett mandó a Mammie a la habitación de sus hermanas con órdenes de bañarlas, arreglarlas, ponerlas guapas, vestirlas y sacarlas de aquella habitación. Pensó que la única medicina que necesitaban era sol y aire fresco, afrontar la vida, por dura que fuera.

El resto de ese día Scarlett lo dedicó a inventariar, seguida de Pops, todas las pertenencias y existencias de la plantación. Revisó las cuentas, las despensas, las bodegas, los establos, los corrales, el ahumadero, los dos pabellones de los esclavos, las cabañas, ahora vacías, del barrio de esclavos, sus huertos, el huerto de la parte posterior y los campos de algodón.

Al final del día el balance era desolador. En total había logrado juntar media docena de gallinas, una cerda y cinco crías, una vaca y un ternero, grano almacenado para un mes, conservas y salazones para dos, veinte balas de algodón, un par de arrobas en total entre guisantes y alubias y casi nada de verduras y frutas.

Los huertos estaban destrozados, el algodón de los campos a punto de echarse a perder y sólo tenía cuatro esclavos macho si contaba a Pops y a Tom que el trabajo más duro que habían hecho en su vida había sido enlustrar botas o guiar una calesa.

Scarlett había tenido que ponerse ella misma a inventariar y a buscar por todos lados para dar con las reservas que los rebeldes y los esclavos fugados no habían sabido encontrar.

Estaba convencida de que desde la muerte de sus padres los esclavos se habían estado alimentando de ñames, puerros y nabos hervidos por que eran incapaces de hacer las cosas sin tener una mano férrea que los gobernara.

¡Y los rebedes pensaban darles la libertad... qué estupidez... los negros eran menos que animales – al menos estos se buscan la vida cuando tienen hambre – y necesitaban constantemente de una mano dura y severa combinada con algunas muestras de cariño para sacarles el máximo rendimiento! pensó Scarlett.

Ahora que ella era la cabeza de familia entendía a su madre. Scarlett le había reprochado muchas veces que impusiera castigos tan duros a los esclavos, que casi nunca los perdonara. Ellen le decía que lo hacía por el bien de los esclavos y por el bien de todos.

«La disciplina es fundamental para dirigir a los esclavos. No es fácil gobernar una plantación con más de ciento cincuenta esclavos. Son una mezcla de niño y de animal. Necesitan látigo y azúcar. Has de ser dura y dulce a la vez. Hazme caso, algún día tú llevarás la plantación y si haces como yo los tendrás siempre pendientes de tus ordenes, por caprichosas que éstas sean. No debes mostrarte cruel por capricho pero tienes que ser valiente y a veces tendrás que ordenar castigos que te dolerán tanto a ti como a ellos, pero si los esclavos ven en ti un ama justa y después de hacerlos sangrar te preocupas por ellos y les dedicas una palabra amable, besarán el suelo que pises» le dijo en una ocasión que Ellen había mandado azotar a una muchacha que había sido sorprendida robando una pieza de fruta de la ensaladera que hacía de elemento decorativo de la gran mesa del salón.

Los esclavos tenían prohibido coger comida de los amos, ni siquiera de la que tiraban por exceso tras una gran comilona. Los esclavos sólo podían comer lo que Ellen disponía. Después de ser azotada, Ellen le dio un azucarillo y se interesó por su estado.

La chiquilla besó los pies de Ellen y le juró que nunca más volvería a portarse mal. Ellen miró a Scarlett, que le había reprochado la crueldad del castigo, y ésta agachó la mirada en reconocimiento de la sabiduría de su madre.

En un principio Scarlett había pensado en azotar a Mamita y Pops. Eran unos inútiles. Habían estado dando de comer a sus hermanas ñames cocidos y batatas hervidas cuando en realidad sí había comida, sólo que habían sido incapaces de dar con ella, pero después pensó en la escena de la niña a la que azotó su madre por coger una pieza del frutero del salón y casi los entendió.

Los pobres esclavos estaban acostumbrados a que su comida era siempre fruto de la generosidad del ama que seguramente no habían intentado buscarla por miedo a faltar a una de las normas básicas. Eran tan simples, pobrecillos, pensó Scarlett que sintió un poco de lástima de ellos y aparcó la idea de azotar a Mamita y a Pops. Ni siquiera los reñiría por ello.

A partir de hoy, al menos, ella, Melisa y sus hermanas comerían un poco más decentemente.

Por la noche, mientras estaba encerrada en el despachito de su madre terminando el inventario y después de haber dado instrucciones a Mammie, la encargada de los esclavos, y a María, la cocinera, sobre los alimentos rescatados, dejándoles bien claro que éstos eran para uso exclusivo de las amas y que los esclavos seguirían comiendo racies y bulbos hervidos, se le acercó Babsy con la pequeñita de Melissa.

―Has conseguido que coma, Babsy? – le preguntó Scarlett sin mirarla.

―No señorita Scarlett. Me da muy mala espina.

―Como está la señorita Melissa? Hoy no la he visto.

―Ha estado descansando. Está muy débil.

―Llévale a la niña. Cuéntale lo que pasa. A lo mejor a ella se le ocurre algo.

―No me parece buena idea – objetó Babsy que antes de ser comprada por Ellen había sido esclava en casa de los Wilkinson y temía a la señorita Melly – si me permite...

―¡Obedece! – le gritó Scarlett contrariada por el hecho de que una esclava osara poner en cuestión sus órdenes – ¡y no vuelvas a contradecirme nunca más si aprecias en algo tu espalda! ¡Cuando yo doy una orden hay que cumplirla inmediatamente!

―Sí mi ama... perdóneme mi ama – contestó Babsy sin soltar a la pequeña blanquita y agachando humildemente la mirada.

Babsy marchó. Scarlett suspiró hondo. Todas las responsabilidades recaían sobre sus hombros y ella no estaba acostumbrada a aquella presión. Siempre había habido alguien que asumiera por ella las decisiones y soportara el peso de las responsabilidades, pero ahora todos venían a ella. Claro que no había nadie más.

Ella misma se había erigido en dueña y señora de la miseria que le tocaba administrar, entre otras cosas porque era la mayor. Melissa era un año mayor que ella pero además de ser más débil y de estar físicamente más débil no pertenecía a la familia por vínculo de sangre. Era su cuñada y ahora estaba allí con ella por culpa de una promesa que se sentía incapaz de romper, pero Melissa ni podía ni debía soportar el peso de la responsabilidad, eso le correspondía a ella, Catherine Scarlett Riordan.

Al poco de salir Babsy, que aunque Scarlett no se hubiese dado cuenta llevaba una cara que le llegaba al suelo, atenazada por el miedo de enfrentarse a la señorita Melissa para darle la noticia de que su hija no quería comer, entró en el despachito Mammie.

Scarlett casi se asustó al verla porque no la había oído entrar. A veces se preguntaba cómo era capaz de, a pesar de su gran peso, desplazarse, cuando le convenía con el sigilo de un gato.

―¿Qué haces aquí? Me has asustado – rezongó Scarlett mirando a la negra.

―Estoy preocupada, mi niña – cuando no había oídos indiscretos cerca se permitía la familiaridad de llamarla así y Scarlett no se ofendía.

―¿Tú... preocupada? ¡Yo sí tengo preocupaciones! – le dijo con aspereza volviendo la mirada a los libros de cuentas para intentar descifrar si podía haber algo de dinero efectivo en alguna parte.

Al momento se arrepintió Scarlett de haberle hablado así a Mammie. Si hoy tenían una docena de esclavos de los ciento cincuenta que había antes seguro que Mammie tenía mucho que ver.

―¿Qué te pasa, Mamita? – le preguntó dulcificando la voz y dejando la pluma en el escritorio, volviéndose hacia la masa de negra humanidad que permanecía de pie con la mirada sumisa en el suelo, ofendida por el tono que su niña, su amita preferida, acababa de emplear con ella.

―¡Oh, mi niña... es Babsy...!

―¿Qué le pasa a Babsy?

―No tenía que haberla mandado a ella sola con la niña a comunicarle a la amita Melissa lo de su niña...

―Y porqué... si es que puede saberse...? – preguntó irritada Scarlett que por segunda vez en menos de cinco minutos veía como otra esclava ponía sus órdenes en tela de juicio – que hay de malo que la haya enviado a ese recado? Qué esperabas, que fuese yo?

―Pues ya que lo dice usted misma... sí amita.

―Qué sabes tú que yo no sé... cuéntamelo... – le apremió golpeando el pie con la suela de su bota que estaba llena de barro y suciedad.

―Babsy fue, hasta hace tres años, esclava en casa de los Wilkinson. Usted sabe que la señora Ellen la compró a ella y a sus dos hijas porque Tom, que era su marido, llevaba años suplicándoselo...

―Sí que lo sé... sí... y de haber estado en mi mano no habría comprado a Prissy ahora que sé lo tonta e inútil que es... menudo despilfarro – comentó Scarlett cortando a Mammie que esperó a que su ama terminara de hacer el comentario para seguir.

―Su madre aceptó porque ella podía ser muy dura con nosotros pero era una mujer justa. Tom recibió permiso para casarse con una esclava de otra plantación como es frecuente. Lo que no es tan frecuente es que después los amos se pongan de acuerdo en vender al resto de la familia con el objeto de reagruparlos. Su madre decía que la familia era sagrada y que aunque se tratase de esclavos quería que las familias permanecieran unidas bajo un mismo amo ya que las separaciones sólo que traían fugas temporales para poder ver a la esposa e hijos que estaban en otra plantación y eso incidía en el rendimiento de los esclavos.

»La señora Ellen tardó ocho años en convencer a la señora Wilkinson para que le vendiera a Babsy, Prissy y Nelly pero al final lo consiguió. Yo no sé qué pasaría en la plantación de los Wilkinson pero me temo que Babsy sufrió mucho porque ella presionaba a la señora para que la vendiera a Tara y la señora se negaba una y otra vez. Estoy segura de que cuando Babsy le ha dicho que no era buena idea que ella fuese a comunicarle a la señorita Melly lo de su hijita sus buenas razones tendría. No olvide que la señorita Melly también era su ama... – y Mammie dejó la frase en suspenso suponiendo que la señorita Scarlett entendería qué quería decir.

Pero Scarlett no entendió nada.

―De acuerdo, antes era su ama... y resulta que ahora vuelve a serlo de alguna manera... y qué?

Mammie no se atrevía a decir lo que pensaba. Creía que la señorita Scarlett entendería que podían existir viejas rencillas, odios y rencores antiguos y ahora la mandaba a verla con una responsabilidad que excedía la propia de Babsy. Además el tema era delicado, la señorita Melly no estaba bien y aquella noticia podía afectarla más de lo que para Babsy podía ser prudente.

Entonces Scarlett recordó que ella misma, a quien en realidad importaba poco la niña de Melly, había reaccionado culpándola de querer dejar morir de hambre a la criatura. Mamita tenía razón, seguramente Melisa hiciera una interpretación similar.

Pero Scarlett no iba a darle la razón a una esclava y admitir que se había equivocado.

―Bueno, ahora déjame en paz... tengo problemas más importantes y urgentes que atender. Lárgate – la despidió con un gesto brusco de la mano.

Mamita abandonó con pesar y abatida el despachito se retiró a sus dominios, las dependencias de los esclavos. Cuando Scarlett se hubo cerciorado de que Mammie se había ido se levantó sin hacer ruido se encaminó en silencio hacia el piso superior.

Avanzó intentando que sus botas no hicieran ruido. Pasó por su habitación, luego por la de sus hermanas y finalmente llegó ante la puerta de la de Melly. Pegó la oreja a la puerta y pudo oír con claridad.

―¡Eres una puta negra vengativa y rencorosa. Te estás vengando de cuando eras nuestra esclava... quieres dejar morir de hambre a mi hija... pero ahora resulta que también tienes que servirme y obedecerme... vuelves a ser mi esclava y vas a pagar tu mala fe... tu perversa maldad...!

La voz de Melly sonaba extraña. Parecía poseída. Estaba aún débil y no podía razonar. Llamó con los nudillos al tiempo que abría la puerta sin esperar respuesta.

Babsy estaba de rodillas y Melly, con su hijita en una brazo estaba abofeteando el rostro de la negra.

―¡Melly, querida... espera... – le dijo acercándose a ella y al ver que ésta dejaba de golpear a la negra le ordenó a ésta –: ¡Babsy, sal... espérame fuera!

Babsy miró con agradecimiento a su nueva ama y salió con rapidez al pasillo cerrando la puerta tras de sí.

―Esa maldita zorra negra quiere matar a mi pequeña... no lo consentiré, Scarlett, tienes que castigarla... un castigo ejemplar... mi madre la haría hervir si pudiese, Scarlett... ahora tienes que ser tú quien imponga sentido. Esa negra ha atentado contra la vida de su amita... debe tener una muerte espantosa... – gritaba totalmente histérica Melly.

Scarlett la abrazó con dulzura, apretando con suavidad para no dañar a la pequeña que cada vez abultaba menos y ya ni lloraba.

―No es culpa de Babsy, cielo... – le dijo intentando mostrarse lo más cariñosa posible con su cuñada – ella está muy preocupada. Ha venido a decirmelo varias veces – mintió relativamente Scarlett – y, junto a Mamita le han preparado todo tipo de pócimas para que le entren ganas de comer, pero es inútil, Melly, tu bebé rechaza todo alimento. Es como si no quisiera formar parte de un destino que no está hecho para ella. Dame a la niña – le ordenó finalmente Scarlett.

Cogió a la pequeña con poca gracia y con la mano libre se desabrochó el vestido y sacó al aire uno de sus pechos. Lo apretó con la mano y se dio cuenta de que desde que comenzara el sitio hasta ahora había adelgazado mucho. Sabía que no tenía leche pero si la niña embocaba su pezón llamaría a gritos a la negra que estaba esperando fuera. Fue en vano. A pesar de que con la mano guiaba la carita del bebé hasta su pecho, la criatura lo rechazó vehementemente apartándose con las escasas fuerzas que le quedaban.

Scarlett miró apenada a Melly que se negaba a aceptar la evidencia de la dramática situación. Melissa se puso a llorar y Scarlet la volvió a calmar acariciándola ahora en sus flacas mejillas. Todas se estaban quedando delgadas.

―Yo me ocuparé de la niña – le dijo Scarlett levantándose con ella en brazos – no te preocupes Melly. Te mandaré a una de las hijas de Mamita para que te vele esta noche. Y te subirá un poco de caldo... tienes que comer.

Melissa se la quedó mirando con ojos desvaídos. En esos momentos confiaba ciegamente en Scarlett, ella era la única fuerte, la única capaz de resolver cualquier problema.

Scarlett abandonó la habitación de Melissa con la sensación de llevar sobre sus espaldas un peso que sería incapaz de sobrellevar. Todas confiaban en ella para que resolviera cualquier problema y ella no se veía con fuerzas, aunque paradójicamente esa necesidad que las demás tenían de que ella fuese la luz y la referencia a seguir le daba fuerzas de donde creía que no había posibilidad de extraer más: de su propio corazón.

Babsy la miró con miedo. La pobre esclava tenía las mejillas hinchadas tanto por los golpes como por el llanto que había vertido mientras esperaba fuera.

―Ven... vamos... acompáñame – le dijo Scarlett que le dio a la pequeña.

Babsy tomó a la pequeña en sus brazos y la estrechó contra su pecho. Scarlett vio el gesto de la esclava y se enterneció. No sabía si de la relación de ama y esclava de antaño quedaban rencores en Babsy hacia Melly, su hermana Honey o la madre de ambas Teodora, pero lo que sí tenía claro que la pobre mujer sufría viendo a la pequeña amita desvanecerse, consumirse en sus brazos.

―Mi ama...

―Dime...?

―Mi pequeña... Tesia... tengo que darle de comer...

Pobre Babsy, había desatendido a su hijita por cuidar de la hija de Melly. Cómo se le había ocurrido pensar que Babsy podía desear ningún mal a la pequeña.

―Voy a sentarme un rato en el porche... trae a tu pequeña aquí y le das de mamar... me harás compañía... y de paso mira si encuentras a alguna de las hijas de Mammie... necesito una esclava con urgencia y Prissy está con la señorita Sarah.

―Sí ama – respondió Babsy que partió con la pequeña de Melissa en brazos en busca de su hijita.

Cuando regresó lo hizo con Dothy, la hija pequeña de Mammie que tenía 10 años. La niña venía tras la falda de Babsy, miedosa y vergonzosa.

―Anda... el ama te necesita – le dijo Babsy empujándola con dificultad porque cargaba con los dos bebés, el suyo y el de Melissa.

Dothy se acercó temerosa hacia Scarlett que estaba sentada en un balancín. La niña carraspeó y atrajo la atención de su ama.

―Vaya... y tú quien eres? – preguntó Scarlett a la niña – no... espera... no me lo digas... tú tienes que ser la pequeña de Mamita... Dothy, no?

―Sí señorita Scarlett – respondió con un hilo de voz, totalmente atemorizada.

―Anda... acércate... descálzame que necesito un masaje en los pies... estoy molida – le ordenó con dulzura.

La pequeña se arrodilló a los pies de Scarlett y ésta los levantó ligeramente para que pudiera sacarle las botas. La pobre Dothy estaba muy nerviosa y le costó sacárselas. Tiraba con fuerza pero sin habilidad.

―Ten cuidado, estúpida... aún tengo el corte que me hice en el pie y me haces daño – le dijo con aspereza.

Dothy pensó que el mundo se hundía a su alrededor. Mammie las había educado en la más absoluta sumisión a las amas. Sus hijas habían mamado el servilismo y la devoción a sus dueñas junto a la leche que las alimentaba.

―Perdóneme señorita – comenzó a lloriquear la niña – no me azote, señorita... me esforzaré señorita...

―No te voy a azotar por eso, tonta... venga... prueba de nuevo... pero con cuidado. Tienes que coger la bota del talón y de la punta y mover hacia delante y hacia atrás, con cuidado, con movimientos lentos – la instruyó Scarlett que se había quedado sorprendida de la reacción de la niña.

Esta vez sí consiguió su objetivo y miró orgullosa y sonriente a la señorita, mostrándole las botas en sus manos. Scarlett le apoyó los pies en los muslos y sintió la carne tibia de la esclava en sus plantas, lo que la reconfortó. Luego volvió a levantar las piernas y le acercó los pies a la cara.

―Venga... ahora hazme un masaje... pero vigila con el corte que tengo en la planta de este pie – le dijo agitándolo delante de su nariz.

Dothy cogió con manos temblorosas los pies de Scarlett y como no podía utilizar las manos, ocupadas en sostenerle las piernas por los tobillos, comenzó a acariciarlos y masajearlos con sus mejillas, frotándose la cara contra las ardientes y olorosas plantas de los pies de Scarlett, quien nada más notar las suaves embestidas del rostro de la esclava en sus pies suspiró de placer.

Tenía los pies molidos, no había parado quieta en todo el día, y la herida que aún le producía dolor. Movió los dedos hacia arriba y hacia abajo y los separó y los cerró. A la luz de la tea que iluminaba el porche se fijó que tenía las uñas desesmaltadas. Hacía tiempo que ninguna esclava cuidaba de sus pies como antes y además había caminado más en los últimos tres días, dos de ellos casi descalza, que en toda su vida.

Antes de la guerra o montaba a caballo o se hacía llevar por dos esclavos en su silla de manos. Ahora tenía, además de un molesto corte en la planta, algunas ampollas en los pies que le dolían y se los afeaban.

A Dothy, que tenía que acariciarle los pies con la cara, le llegó el olor a sudor mezclado con el que desprendían las botas y Scarlett no se preocupó de que ese olor pudiera ofender a la esclava. De hecho a Dothy no la ofendía especialmente pues, como todas las esclavas, estaba acostumbrada a él.

Babsy se había sentado en el suelo, cerca del balancín en el que descansaba Scarlett y su pequeña Tesia mamaba con fruición de su pecho lleno de leche. Scarlett ladeó la cabeza ligeramente y contempló la tierna estampa.

―Dime una cosa Babsy... cuando escaparon los esclavos... porqué no lo hiciste tú también? Porqué te quedaste?

―Por lealtad, señorita Scarlett... por lealtad.

―Lealtad? Que bonita palabra. Lealtad a qué... a quién...?

―Lealtad a la señora Ellen, señorita. Ella no paró hasta que nos compró a la señora Wilkinson. Ella hizo que mi hija y yo nos reuniéramos con mi esposo, como una familia de verdad. Usted no sabe qué es vivir ocho años separada del marido. Mi Tom se jugaba cada dos por tres ser azotado por arriesgarse a venir a verme a mí y a la niña... porque la señora lo hizo azotar varias veces, aunque lo importante fue que ella intentó comprarnos desde que nuestros amos autorizaron nuestra boda. Por eso nos quedamos, por lealtad a la señora. Por puro agradecimiento. Porque yo hubiese muerto por la señora... y ahora lo haría por usted, porque usted es su hija y la que ha tomado el mando en Tara.

Scarlett se sintió emocionada ante aquella manifestación de gratitud de la esclava.

―Ocho años dices que mamá tardó en compraros?

―Sí señorita, en ese tiempo la señora Wilkinson y sus hijas se negaron siempre a vendernos.

―Porqué?

Babsy se encogió de hombros porque no podía decir que las Wilkinson eran sencillamente crueles, con Teodora Wilkinson a la cabeza y sus hijas, Melisa y Honey siguiendo los pasos de su madre.

―No lo sé señorita. Yo solo sé que varias veces al año la señora Ellen venía a la plantación con el objetivo de comprarnos a mí y mi hija pero la señora Wilkinson se negaba siempre. Cada vez que la señora Ellen abandonaba la plantación habiendo fracasado la señora Wilkinson me hacía azotar. Decía que era yo la que presionaba a la señora Ellen a través de Tom para que nos comprara... como si nosotros pudiésemos presionar de algún modo, señorita Scarlett – se lamentó Babsy – y lo que era peor, la señorita Honey y la señorita Melissa azotaban a Prissy. Ya sé que mi Prissy es tonta, es una esclava inútil, pero es mi hija, señorita, y no puede imaginarse el dolor que sentía viendo a las jóvenes señoritas azotarla hasta sangrar. Después de cada intento de la señora Ellen de comprarnos mi Prissy y yo vivíamos varios meses de infierno. Nos pegaban por nada, nos humillaban continuamente. Un día la señorita Honey defecó en el suelo de la cocina y mandó a Prissy que limpiara las cacas con la lengua. Mi Prissy se negó y la señorita Honey y la señorita Melissa la estuvieron pegando patadas hasta que la niña limpió el suelo con la lengua. Perdóneme señorita Scarlett por contarle estas cosas, pero son la verdad. Y por no faltar a la señorita Melissa que ahora vuelve a ser mi ama no le contaré más detalles, que los hay, de nuestra vida en casa de las Wilkinson.

Scarlett no daba crédito a lo que le contaba Babsy. ¡Melissa! ¡La dulce Melly! ¡Era increíble! Pero creyó a Babsy y agradeció que no siguiera contándole escabrosos detalles de lo que las habían hecho sufrir.

Dothy seguía acariciándole los pies con sus mejillas y eso hacía que se encontrara en la gloria. Tesia, la pequeña de Babsy, había dejado de mamar y ahora ocupaba su lugar en el pecho la hija de Melissa, aunque la pequeña no se agarraba al pezón. Babsy se limitaba a sostenerla cerca de él, a acercárselo y esperar a que se produjera el milagro.

―A Nelly y a Tesia las tuviste siendo ya esclava nuestra, verdad?

―Sí señorita Scarlett, ellas han tenido suerte, no como la pobre Prissy. Ya sé que a usted la saca de las casillas porque es tonta y torpe, pero ha sufrido mucho señorita Scarlett. Perdónela si a veces se comporta como una tonta. Yo sé que usted nunca la ha hecho azotar y quería agradecérselo, señorita.

―Bueno, alguna bofetada sí le he pegado últimamente...

―Las que usted considere, señorita, es usted el ama... como si quiere matarla a latigazos. Me dolerá porque soy su madre, pero lo entenderé porque usted es su dueña.

Scarlett se sonrió de escuchar la propuesta de Babsy de moler a palos a Prissy, algo que hacía ya días que tentaba a Scarlett.

―Cuantos añitos tiene tu Nelly, Babsy?

―Tiene tres años, y va para cuatro, señorita Scarlett.

―Igual que la señorita Sarah. He estado pensando que mi hija no tiene esclavas de su edad para jugar salvo tu hija. Que pensarías de que le regalara Nelly a mi hija? Ahora le serviría de distracción y cuando fuese más mayorcita a eso de los seis años podría empezar a servirla como doncella... al menos en cosas sencillas. Qué me dices?

Babsy no respondió. Sintió una punzada en su corazón. Ya había pasado antes por esto con Prissy al nacer, cuando la señora Teodora Wilkinson se la regaló a la señorita Honey. La señorita Honey debía tener en aquel momento un par de añitos y cuando Prissy fue destetada tuvo que separarse de ella para entregársela a su amita. Al principio todo fue bien pero a partir de que la señorita Honey cumplió los seis años comenzó el infierno de Prissy que no finalizó hasta que la señora Ellen las compró, a ella y a su hija.

Scarlett, viendo que Babsy no contestaba la miró y la vio como transtornada. Seguía sentada en el suelo, con el bebé de Melissa entre sus brazos y se balanceaba hacia delante y hacia atrás. A la luz de la luna y de la tea encendida, Scarlett, se fijó en el rostro aterrorizado de la esclava.

―Babsy...? Has oído lo que he dicho?

La esclava asintió pero siguió meciéndose sin hablar.

―Se diría que no te entusiasma la idea... pero a mí sí. Ya te comunicaré mi decisión en cuanto la tome... ahora tengo otros problemas en la cabeza y éste es uno más, aunque de menor relevancia que los otros.

Scarlett calló. Entendía el temor de la esclava pero eso a ella la traía sin cuidado. Era una consecuencia lógica que tomara aquella decisión. Seguramente, de tratarse de los buenos tiempos donde había montones de negritas recién nacidas o de la misma edad que su hija, dejaría en paz a Babsy.

Conociendo los antecedentes de su historia con sus antiguas amas, Scarlett, lo más probable es que decidiera coger a cualquier otra, pero no había más esclavas con el perfil adecuado para regalar a su hija por tanto Nelly tenía ya su futuro más que sellado.

Babsy, viendo que su ama aparcaba momentáneamente su decisión sobre su hijita se fue calmando y lentamente dejó de mecerse. Se estaba bien. La noche era serena y se escuchaban los grillos. Permanecieron un buen rato en silencio, mientras Dothy, a quien le dolían ya los brazos y los rodillas, seguía acariciando con su carita los pies de Scarlett.

Entonces, cuando Scarlett estaba a punto de retirarse, sobre todo porque veía que Dothy estaba muy cerca de sucumbir al esfuerzo que llevaba haciendo durante más de una hora, arrodillada en el duro suelo y sosteniendo sus piernas con las manos, tuvo lugar un hecho que llenó de alegría e ilusión tanto a Scarlet como a Babsy.

―¡Señorita... señorita...! – dijo en un susurro Babsy pero denotando gran excitación en la voz – ¡Mire... mire señorita...! – le dijo señalando con un movimiento de cabeza a la pequeña niña de Melisa.

Scarlett miró en la dirección señalada por la esclava y vio a la bebita arrimada al pecho de Babsy y succionando con extraordinaria energía.

―¡Está mamando señorita... la niña está mamando... y cómo mama la condenada... me va a arrancar el pezón! – dijo Babsy excitada.

―¡Esto es fantástico, Babsy... parece un milagro! – repuso Scarlett que pasó por alto el insolente comentario de la esclava a la hora de definir la manera de mamar de la niña, porque era evidente que lo había dicho como una muestra de alegría en el lenguaje propio de una esclava.

―¡Uy... perdone señora... no quería decir lo que he dicho... yo... yo me...!

―¡Está bien Babsy... haré como que no he oído el grosero comentario! ¡Estoy demasiado feliz como para castigarte... además quiero pensar que ha sido fruto de tu alegría, lo cual te honra...! – la tranquilizó Sacarlett que, para alivio de Dothy y al objeto de poder presenciar bien el evento, había bajado los pies al suelo y ahora miraba con ternura la linda estampa de la pequeña mancha blanca bombeando sin compasión el pecho de la negra esclava.

Scarlett decidió no retirarse a dormir. Tenía que ver si aquella reacción positiva de la pequeña de Melly iba a tener continuidad. Si así era se salvaría pero no quería decirle nada a su cuñada hasta cerciorarse de que la recuperación de su hija era ya un hecho incuestionable. Tampoco convenía que Babsy se moviera de donde estaba. Tenía que seguir en el sitio procurando no distraer el apetito de la amita.

Scarlett se quedó como estaba, sentada en la mecedora con los pies desnudos sobre el suelo. Babsy esgrimía una sonrisa enorme que escondía la tensión que había pasado hasta aquel momento y estaba rezando en silencio para que la pequeña amita siguiera comiendo. Tenía muy claro que si la pequeña se negaba a comer y moría, la señorita Melissa la culparía por ello.

Habían pasado cinco minutos. La bebita parecía que iba a saciar el hambre atrasada. Babsy se mecía ahora ligerísimamente, con el fin de ayudar a la pequeña tranquilizándola con el suave vaivén de su cuerpo, al menos siempre lo había hecho así.

Scarlett, que al principio no había notado nada debido a la excitación del momento, sintió frío en los pies. Miró a Dothy que también se había quedado observando a la pequeña amita y además parecía aliviada porque sus manos y sus brazos comenzaban a recuperar el tono muscular perdido después de pasarse más de una hora aguantando a pulso las piernas de Scarlett.

―¡Estírate, Dothy! – le ordenó suavemente.

La niña la miró sin entender la orden.

―¡Que te estires en el suelo! – le dijo ahora en un tono menos amigable al tiempo que le daba un cachete en la mejilla, sin demasiada fuerza.

Dothy entendió y se estiró en el suelo. Scarlett se sonrió y levantando las piernas le puso los pies en el vientre. La calidez del cuerpo de la negrita pronto alivió el frío acumulado en las plantas de sus pies y de esta manera Scarlett se dispuso a seguir las evoluciones de la pequeña de Melissa.

Finalmente la niñita, totalmente saciada, soltó el pezón de Babsy y con los ojos cerrados emitió una especie de sonrisa que hizo reír a ama y esclava.

Babsy se la colocó sobre el hombro, le golpeó ligeramente la espalda y tras unos golpecitos suaves la niña soltó un ruidosa eructo que volvió a provocar la carcajada de Scarlett y la sonrisa de alivio de Babsy.

―Hoy dormirás con la niña y con tu Tesia en mis aposentos. No quiero que esté Melissa cerca, en su estado sería contraproducente. Cuando crees que, si todo va bien, volverá a reclamar tu pecho?

―En unas cuatro o cinco horas, señorita Scarlett.

―Bien, pues vamos a dormir, aprovecharemos este tiempo para descansar. Quiero que cuando la amita te pida más comida me despiertes. Entendido?

―Sí ama – respondió ilusionada Babsy que en la vida había visto a nadie, salvo las madres esclavas, preocuparse tanto por un bebé, máximo cuando no era el suyo.

Dothy le llevó las botas hasta la habitación y Scarlett caminó descalza seguida de Babsy con sus pequeñas, la amita y su propia hija, una en cada brazo, dormiditas las dos.

―Dale mis botas a Prissy para que me las limpie – le dijo a Dothy – y puedes marcharte. ¡Babsy... coloca a la amita en la cuna que encontrarás en el cuartito acomódate con tu pequeña en el suelo, donde puedas. Aprovecha para dormir. ¡Prissy... mis botas... las quiero como espejos! – ordenó Scarlett mientras ella misma se desnudaba y se metía en la cama.

Prissy, que se había quedado dormida a los pies de la camita de la amita Sarah, que dormía felizmente, se desveló sacudiendo la cabeza y tomando las botas que le entregó Dothy se fue a sentar en un rincón para comenzar a lustrarlas. Estaban totalmente cubiertas de polvo y barro y le esperaba un duro trabajo.

Exactamente cuatro horas después Babsy despertaba con sumo cuidado a Scarlett.

―Señorita, perdóneme señorita... pero me dijo que la despertara si...

―Sí Babsy... ¿te pide más?

―Sí señorita... hace cinco minutos la oí lloriquear inquieta. La he cogido en brazos y se ha lanzado con la boquita abierta contra mi pecho. Tiene hambre.

Babsy se sentó en el suelo, justo al lado de donde dormía Prissy. Scarlett se sentó en la cama con las piernas fueras. Notó que hacía un poco de frío. Alargó una pierna y con la planta del pie pisó suavemente la cara de Prissy. La esclava se removió dormida y se zafó de la inesperada y desconocida presión que sentía sobre su mejilla. Scarlett insistió y esta vez le golpeó la chata nariz, presionándosela con la yema del dedo gordo hasta que Prissy abrió los ojos.

Babsy había encendido una débil luz y a su reflejo vio Prisy el pie de su ama que la pisaba. Se asustó y se incorporó de golpe. Puso en marcha su torpe cerebro para intentar averiguar qué ocurría, qué había hecho mal ¿Se había quedado dormida y ya era hora de despertar a su ama? No podía ser. Miró hacia el ventanal y vio que aún era de noche. Miró hacia la camita de la amita Sarah y la vio durmiendo plácidamente. Luego vio a su madre al lado. No entendía nada.

―¡Ponme un chal sobre los hombros... hace frío... y las zapatillas... pónmelas! – le dijo Scarlett sin darle ninguna explicación de lo que estaba sucediendo.

Prissy obedeció frotándose los ojos para despegarlos y bostezando porque estaba aún medio dormida. Cubrió los bonitos hombros de su ama y luego le puso las zapatillas.

Nadie le decía de qué iba todo aquello, así que se sentó en el suelo y se acurrucó en silencio mientras se frotaba los brazos y las piernas para hacerse pasar el frío que se estaba apoderando de sus músculos y sus huesos.

La pequeña de Melly volvió a saciarse con gran apetito, provocando la felicidad de Scarlett y el alivio de Babsy.

―Señorita... se ha dado cuenta de que la amita aún no tiene nombre? – comentó Babsy mientras la niña apuraba los últimos chupetones de leche y comenzaba a hacerle daño.

―Es verdad. Salimos con lo puesto para venir aquí y la señorita Melly acababa de tenerla. Imagino que la señorita Melly debe tener pensado un bonito nombre para ella. Lo cierto es que pensaba que no iba a hacer falta más que para su pequeña lápida, pero si todo sigue como esta noche tendremos que bautizarla – comentó llena de gozo Scarlett.

Antes de comunicarle a Melissa el milagro, Scarlett dejó que pasaran dos días más en los que la recuperación de la pequeña era ya evidente. Dada la debilidad de Melly y sobre todo su excitación ante el temor de perder a su hijita, Scarleet dio órdenes de que la sedaran y pasó los dos días prácticamente durmiendo.



***



Scarlett siguió trabajando en la finca, poniendo orden en aquel caos, sin descuidar la evolución de su sobrinita. Hizo que Marnie, la hija mayor de Mamita, la tuviera al corriente de cada una de las tomas. Cada vez que Babsy se sacaba el pecho y daba de mamar a la pequeña amita, Marnie tenía que correr y buscar a Scarlett por donde fuera para comunicarle la noticia.

Durante esos dos días, Scarlett comenzó a organizar a los negros. Puso a Samuel, a Sansón, a Pops y a Tom a recoger todo el algodón antes de que se echara a perder en las ramas. Tuvo que enfadarse y mucho con Pops y Tom, hasta llegó a amenazarlos con azotarlos ella misma. Para Tom y para Pops representaba una terrible humillación hacer trabajo de campo.

―¡Somos esclavos domésticos, ama... usted no puede hacernos trabajar como si fuéramos vulgares esclavos de campo...! – se quejó amargamente Pops cuando Scarlett se los llevó al campo de algodón para que trabajaran codo con codo con Samuel y Sansón.

―¡Cómo que no puedo haceros trabajar... pero qué te has pensado! ¡Yo soy el ama y si digo que trabajaréis recogiendo algodón es que trabajaréis recogiendo algodón! – contestó enfurecida Scarlett cuando ya estaban en medio del campo.

Sansón y Samuel tuvieron que contener y disimular la risa. Entre los esclavos del campo y los domésticos existían profundas diferencias. Los últimos se consideraban superiores a los primeros porque estaban cerca de los amos y aún cuando en muchas ocasiones sufrían más castigos que los que trabajaban en el campo ellos preferían mantener lo que pensaban era una posición más elevada.

Los esclavos domésticos alardeaban ante los del campo que en ocasiones los amos les dejaban comer de sus sobras y aquello era para ellos la diferencia más evidente de su posición junto con el hecho de que podían vestir mejores ropas.

―¡La señora Ellen nunca nos habría rebajado de esta manera, señorita Scarlett! – insistió Pops al que la perspectiva de verse rebajado a negro de campo le producía verdadero horror.

―¡La señora Ellen ya no está. Ahora la señora Scarlett es la que manda – le contestó Scarlett conteniéndose para no abofetear con su fusta el rostro de aquel atrevido – además, si la señora Ellen se encontrara en las circunstancias en que yo me hallo seguro que haría lo mismo que yo! ¡Además... no hay alternativa! ¿Qué quieres, que ponga a tus hijas a hacer el trabajo que te toca hacer a ti como macho?

―No, claro que no, señora Scarlett... pero seguro que Sansón y...

―¡Basta... a callar! – chilló Scarlett fuera de sí y levantando el brazo armado con la fusta – ¡si vuelves a abrir esa bocaza de negro llorón te azoto yo misma! – los preciosos ojos de Scarlett echaban chispas y estaba haciendo verdaderos esfuerzos por no golpearle con toda su alma en esa cara bobalicona – ¡Ahora no quiero oír una sola palabra! ¡A trabajar los cuatro! ¡Y al que vea que descansa un solo segundo le dejaré la espalda en carne viva a latigazos! – dijo cogiendo el látigo que usaban los mayorales para azotar a los negros y que se encontraba enrollado en el interior del carro.

Los cuatro negros se pusieron al trabajo al instante. Scarlett se sentó en el pescante del carro con el largo y terrible látigo desenrollado, dispuesta a vigilarlos y a cumplir su terrible amenaza.

Scarlett, cuando vio que los cuatro esclavos se metían de lleno en el trabajo condujo el carro hasta la sombra de una encina para protegerse de los inclementes rayos del sol. En el carro llevaba varios odres con agua que ella misma racionaría a los esclavos.

Aquello era un suplicio para Scarlett. A pesar de no trabajar, el hecho de tener que estar vigilando a los esclavos la ponía de mal humor. En la vida se había tenido que preocupar por si los esclavos trabajaban o no, ya había otros esclavos o capataces que se encargaban. A ella lo único que le interesaba eran sus vestidos, sus zapatos, sus fiestas, sus excursiones, sus reuniones con amigas, sus coqueteos con los hijos de los plantadores que la cercaban constantemente, cosa que a ella le agradaba.

Su única preocupación con los esclavos era que le tuvieran sus vestidos lavados y planchados, que le tuvieran sus botas y sus zapatos brillantes y relucientes, que su yegua estuviese perfectamente atendida y a punto para cuando la reclamara, que sus porteadores la esperasen en lugar de esperarlos ella a ellos, que las doncellas no tardaran nada en cumplir sus órdenes.

Además, no había tenido nunca necesidad de castigar a sus esclavas y esclavos. Alguna bofetada, reñirlos y amenazarlos con atroces castigos le habían bastado para imponer su capricho.

Y ahora ahí estaba, protegida del sol, con un látigo en la mano, tan grande que se veía incapaz de azotar a nadie sin hacerse daño ella misma en caso de que se viera obligada a usarlo, vigilando a cuatro negros estúpidos para que recogieran una cosecha que no podía permitirse el lujo de perder.

Cuando se cansó de permanecer allí como una vulgar capataz decidió que los esclavos trabajasen solos. Se le antojó un buen sistema para tenerlos motivados y temerosos.

―¡Venid aquí... acercaros...! – los llamó – ¡Sansón...! dónde se guardan los grillos de los esclavos?

―En la cabaña del capataz, señorita ama – respondió el enorme negro.

―Pues acércate y trae grilletes para cuatro – le ordenó.

El enorme negro asintió con una reverencia – los negros del campo no estaban acostumbrados a la cercanía de los amos y menos de una señorita ama. Corrió con toda la potencia de sus enormes piernas y en menos de dos minutos regresaba con cuatro pesado juegos de cadenas y grillos que manejó como si fuesen de papel en lugar de pesado hierro.

―¡Engrilla a tus compañeros y luego hiérrate tu mismo!

Tom y Pops se miraron aterrados. Aquello era el colmo de la infamia y la humillación para un esclavo doméstico. Scarlet los miró y tuvo que contenerse las ganas de reír para no aumentar el escarnio de los pobrecillos negros.

―¡Dame la llave Sansón!

El gigantón le tendió la gruesa y pesada llave de hierro que abría los candados que cerraban los grilletes y ella la arrojó al fondo de la carreta. Luego les dio agua de los odres y finalmente les habló con claridad haciéndoles la siguiente advertencia... mejor dicho la siguiente amenaza:

―¡Os dejaré solos... sin vigilancia. Por eso os he hecho engrillar. No tengo un capataz que os vigile y yo no puedo perder el tiempo en vigilaros. Sé que no escaparéis porque lleváis pesados herrajes pero además alguno tiene a su familia en la casa grande, verdad Pops? – le dijo en tono amenazante – pero no puedo estar aquí haciendo que recojáis el algodón, por eso al anochecer regresaréis y me mostrará cada uno su cosecha. Este campo da para cien balas de algodón. Si traéis al menos para doce balas no pasará nada pero si traéis menos azotaré al que haya cosechado menos!

Los dos negros domésticos se estremecieron. No sabían si serían capaces de cumplir con lo exigido por la señorita. Scarlett marchó contenta por su decisión y porque sabía que podía estar tranquila.

Los dos gigantones no escaparían porque no sabrían a donde ir. Habían nacido en la plantación y de pequeños habían vivido casi a los pies de Ellen hasta que ésta, cuando crecieron y vio su formidable estatura decidió que estarían más aprovechados en el campo que cortando leña o transportando las literas de manos de sus hijas.

A Pops y Tom los sabía fieles pero por si acaso les había recordado que si se les ocurría escaparse dejaban a sus familias a su merced. De lo que no estaba demasiado segura era de su exigencia de la cosecha que debían presentar.

Antes, teniendo a más de cien negros recogiendo algodón se tardaba un día entero en cosecharlo saliendo más o menos a una bala de algodón recogida por esclavo.

Ahora eran cuatro y con la misma exigencia tardarían una eternidad en terminar con el consiguiente peligro de que buena parte de la cosecha se perdiera en las ramas, así que había triplicado la exigencia de cosecha. No tenía ni idea si los esclavos podrían cumplir con ella. A la noche lo vería.

Scarlett tenía que estar en todos los sitios. Ahora el trabajo en el campo de algodón no iba a requerir su presencia por lo que podría dedicarse a otros problemas.

Sus hermanas se habían convertido de repente en un problema. Desde que decidiera que la mejor medicina era el sol y el aire libre, unido a que desde que tomara las riendas de la plantación podían comer con cierta decencia, lo cierto es que en pocos días se habían recuperado mucho, su aspecto era cada día más saludable.

Bajó del carro y entró en la casa. En el salón se enfrentó al primer problema. Suzanne y Carren tenían a todas las esclavas de la casa reunidas en el salón y al parecer se estaban enfrentando con Mamita.

―La señorita Scarlett es ahora el ama de todo y me ha dicho por la mañana que todas las esclavas domésticas tenían que trabajar para arreglar la casa... Señorita Suzanne, sea usted comprensiva...

―¡Necesitamos tener una esclava cada una... me importa un bledo lo que te haya dicho Scarlett, haz el favor de decirles a dos de tus hijas que vengan con nosotras! – oyó Scarlett que decía su hermana.

Mamita vio entrar a Scarlett y corrió hacia ella moviendo los brazos y lanzando patéticos gemidos.

―¡Ay señorita Scarlett... dígaselo usted señorita, las amitas no me creen...!

―¡Vaya, veo que por fin te dignas aparecer! – le dijo Suzanne en su habitual y sarcástico tono, recuperado tras su milagrosa convalecencia – ¡Esta maldita negra parece que se le han subido los humos. Parece que sólo va a obedecerte a ti. Si no me encontrara tan débil yo misma la hubiese azotado, espero que sepas ponerla en su sitio... y haz el favor de disponer que dos de las hijas de Mammie nos sirvan. Hemos perdido a nuestras esclavas personales y necesitamos tener al menos una cada una!

―Lo siento Suzanne... nos hemos quedado sin prácticamente esclavos y la casa, toda la plantación está medio en ruinas. Los rebeldes y los negros que con ellos huyeron arrancaron cercas, destruyeron pastos, nos robaron casi todo el ganado y destrozaron la casa. Hay que dejar la casa, los jardines, los establos, las cuadras... todo... como estaba antes y necesitamos todas las manos, todas las esclavas.

―¿Y no hay esclavos macho para hacer estas cosas? – intervino afectada Carreen.

―¡Cuatro. Sólo hay cuatro y dos son Tom y Pops, y los tengo engrillados recogiendo el algodón para que no se heche a perder y poder venderlo para sacar algo de dinero! Estamos al borde de la ruina, mis niñas, y ahora tendremos que prescindir de algunos lujos. Ya llegarán tiempos en que volveréis a tener a vuestras esclavas para vosotras y podréis holgar, pasear, leer, montar a caballo o hacer lo que os dé la gana... pero ahora no. Ahora es tiempo de ayudar. Había pensado que vosotras dos podríais colaborar en la recuperación del jardín y de la casa...

―¿Cómo? ¿Qué insinúas? ¿Trabajar nosotras?

Scarlett sabía que sus hermanas no se dejarían convencer. ¡Al menos que no molesten!, pensó.

―¡Bueno... no he querido decir que tengáis que trabajar... podríais encargaros de hacer trabajar a un grupo de esclavas cada una! ¡Cuando se terminen los trabajos, al caer el sol os prometo que cada una tendrá una esclava para ella solita, que la servirá hasta el día siguiente después del desayuno! ¿Qué os parece el trato?

Carren y Suzanne no eran tan tontas como se lo hacían ver a Scarlett. Hicieron algunos ascos y algunos aspavientos y simularon aceptar con resignación para que se viera su buena voluntad.

Scarlett puso a María, la cocinera, y a Marnie y a Popsy, las hijas mayores de Mamita, bajo la vigilancia y control de Suzanne y a la propia Mamie y a sus hijas Tiddy y Dothy bajo la de Carren. A Suzanne le asignó la casa y la cocina y a Carreen el jardín.

―¡Quéeeee...! ¿sólo tres esclavas?

―¡Pero qué os pensáis! ¡Babsy tiene que amamantar a dos criaturas y encargarse de Melly que está aún convalenciente, Prissy cuida de Sarita y los machos los tengo en el campo. No hay nadie más! Sé que son pocas manos para tanto trabajo por eso vuestra misión es muy importante – les dijo para halagar su vanidad – consiste en hacer que trabajen hasta perder el resuello para poder recuperar más pronto que tarde el esplendor que antaño tenía Tara.

―Y tú... qué harás tú mientras tanto? – la interrogó Carreen.

―Controlarlo todo... incluso a vosotras – dijo enojada – y buscar la manera de encontrar dinero. Teníamos almacenados 150.000 dólares en algodón que los malditos negros traidores quemaron antes de escapar. Tenemos provisiones para un par de meses, hemos de comprar semillas... necesitamos dinero... mucho dinero para pagar los impuestos y la reconstrucción de Tara y hemos de conseguir alimentos para un año y poder subsistir hasta que la nueva cosecha de su fruto. Quieres ocuparte tú de mi parte de trabajo y yo me encargo de la tuya? Te juro que te la cambio ahora mismo. Te aseguro que preferiría pasarme el día con un látigo en la mano haciendo trabajar a tres estúpidas negras antes que enfrentarme a las responsabilidades que me esperan.

Carreen no replicó. Era evidente que ella no quería cambiar su responsabilidad por la de su hermana mayor. Suzanne tampoco rechistó.

Catherine Scarlett reunió a las seis esclavas que quedaban disponibles y les comunicó que a partir de aquel momento quedaban repartidas bajo el mando de sus hermanas.

Mamita fue la única que protestó. ¡Cómo podía ser que una negra de confianza como ella cuya misión debía ser permanecer al lado de Scarlett, dirigiendo a otras esclavas, se viera bajo el control de una muchacha caprichosa, armada de látigo, ordenándole sus trabajos! ¡Qué había de saber aquella mocita de qué había que hacer para reconstruír la hacienda si hasta aquel día su máxima y única preocupación en esta vida había sido holgar bien y comer mejor!

―Pero señorita Scarlett, yo debería estar a su lado...

―¡Cállate Mamita! ¡No me lo pongas más difícil, por favor! ¡Obedece a la señorita Carren en todo lo que te mande y todo irá bien! ¡Ahora esperad fuera, tengo que acabar de hablar con las señoritas!

Carreen y Suzanne miraron con arrogancia a las esclavas que se habían quedado petrificadas después de oír las órdenes y disposiciones de Scarlett, sobre todo María y Mammie, aunque esta última era la que había mostrado abiertamente su gran decepción.

―Escuchadme bien... por favor – comenzó Scarlett intentando evitar herir la vanidad de sus hermanas – no tenemos más que estas esclavas más los cuatro machos del campo. Hay mucho trabajo por hacer, muchísimo, y van a hacerlo ellas...

―Naturalmente que sí... no vamos a trabajar nosotras – la interrumpió Suzanne.

―Precisamente por eso. Si queremos que ellas puedan hacer todo el trabajo por nosotras debemos evitar darles azotes si no es rigurosamente imprescindible. Lo ideal sería que el látigo que llevéis no sea más que un instrumento intimidatorio y no de castigo.

―Pues yo sólo conozco una manera para hacer que las perezosas negras trabajen, y es a base de latigazos – fue Carreen quien habló y Suzanne asintió enérgicamente con un repetido movimiento afirmativo de cabeza para dar apoyo a lo dicho por su hermana.

―Lo sé, y tendríais razón si estuviéramos como antes de la guerra, pero ahora dependemos de dos negras cansadas y cuatro débiles niñas, si las moléis a latigazos no nos serán de gran ayuda. Amenazadlas, si es necesario golpeadlas con el látigo pero procurad no hacerles profundos cortes, sólo algún golpe estimulante... si es que no queréis poneros vosotras a hacer su trabajo...

Suzanne y Carreen parecieron entender el sentido de los consejos de su hermana mayor en quien comenzaban a confiar porque les demostraba que tenía las ideas claras.

―Y otra cosa... te lo digo a ti especialmente, Carreen... Mamita... ya la conoces, ella no se siente una esclava. Procura no humillarla... sería capaz de agredirte y me vería obligada a matarla... y no podemos permitirnos el lujo de prescindir de ella. Mamita, si la sabes llevar es un verdadero mulo de carga.

―Está bien... pero tú procura encontrar dinero... necesitamos urgentemente más esclavos – le contestó Suzanne en nombre de las dos.

―Ya os he dicho que mi misión es conseguir dinero. Los rebeldes han hecho mucho daño en las plantaciones del sur, como la nuestra. El bloqueo no permite que lleguen barcos cargados con nuevos esclavos por lo que los pocos que hay no están en venta y si lo están lo son a precios desorbitados. Aunque ahora consiguiera dinero, que por otra parte no sé cómo, me resultaría difícil conseguir nuevos esclavos, por tanto hemos de apañarnos con los que se han quedado voluntariamente. Hagamos que nos duren y una manera es evitarles penosos castigos, sobre todo si estos son impuestos por capricho.

Carren y Suzanne no replicaron. Estaba muy claro que aquel sermón iba claramente dirigido a ellas, que antes de la guerra solían comportarse con las esclavas de manera caprichosa y cruel.

Carreen y Suzanne se retiraron a sus habitaciones y minutos después regresaban con sus látigos y llevando en la mano sus botas de montar. Salieron al pórtico, se sentaron en las escaleras principales y llamaron a dos de las hijas de Mammie para que les calzaran las botas.

Scarlett las contempló desde el salón, mientras rezaba a no se sabe bien qué Dios suplicándole que sus hermanas hubieran entendido bien lo precaria que era su situación y supieran comportarse con responsabilidad.

Una vez en marcha las dos cuadrillas de esclavas bajo las órdenes de sus hermanas, Scarlett subió a sus aposentos. Allí estaba Prissy que distraía a las dos pequeñas, Sarah y Nelly y Babsy que volvía dar de comer a la hija de Melissa.

―Sigue comiendo la pequeña amita, Babsy?

―Sí mi señora... parece un milagro. Y cada vez come con más apetito.

Ya llevaba tres días de comidas regulares y en el frágil aspecto de la niña se notaba mucho aquel cambio. Scarlett se sentó en el borde de su cama.

―Estoy organizando el trabajo de todo el mundo, Babsy y he tomado ya una decisión respecto a ti y tus hijas. Sé que no te va a gustar pero es mi decisión... y es inapelable. Seguirás como ama de cría de la amita... que por cierto aún no tiene nombre... y serás la esclava personal de la señorita Melly. El tiempo que te quede podrás dedicarlo a criar a la pequeña Tesia, que además será el regalo de bautizo de la amita.

»También voy a quitarte a Nelly. Sólo sería un estorbo. Desde este momento tu hija pasa a ser esclava de mi hija, la señorita Sarah. La semana que viene es su cuarto cumpleaños y creo que tu hija será un buen regalo. Lógicamente ahora sólo será algo así como un animal de compañía. Más adelante será su doncella. Prissy, que es mayor, se ocupará mientras tanto de servir a mi hija y también vigilará a la tuya, no en vano es su hermana. Como es un poco corta le doy un trabajo fácil. Para no agobiarla yo me cogeré a Marnie, la hija mayor de Mamita... – Scarlett vio que Babsy estaba a punto de llorar y decidió hacer un poco más liviana su carga – ...y a la señorita Melly, y para que tú puedas dedicarte más a las pequeñas, le daré a Popsy, aunque Marnie y Popsy sólo podrán hacer de doncellas por la noche pues necesito todas las manos disponibles en Tara para llevar a cabo su reconstrucción. Te ha quedado claro, Babsy?

―Sí señora ama.

―Pues coge a Tesia y a la señorita y vamos a ver a mi cuñada.

Scarlett entró en la habitación de Melissa y ésta estaba despierta. Vio a Babsy con su hijita detrás de Scarlett y frunció los labios, temerosa de que se la trajeran muerta. A pesar de haber pasado dos días en estado de semi inconsciencia, la mente y el alma de Melissa no habían dejado de torturarse pensando en que su pequeña iba a morir.

―¡Melly, querida... tenemos una gran sorpresa que te va a llenar de alegría. Mira a tu hijita – le dijo apartándose un poco tras sentarse a su lado en la cama para que pudiera ver a la niña que estaba dormidita en los brazos de la negra – lleva ya tres días comiendo... y lo ha conseguido Babsy. Se ha dedicado en cuerpo y alma a hacer que tu niñita aceptara la leche que al principio rechazaba.

Melissa abrió los ojos y una enorme sonrisa iluminó su demacrado rostro. Con gran esfuerzo se incorporó un poco y con los brazos abiertos pidió tener a su niña. Scarlett le hizo una seña a Babsy y ésta se acercó para depositar el durmiente cuerpecito del bebé en los brazos de la que volvía a ser su ama.

A pesar de que Scarlett no era devota de su cuñada, la tierna escena la conmovió tanto que a punto estuvo de verter una lagrimita.

―¡Bueno...! – intervino Scarlett – has pensado ya en un nombre para esta hermosa criatura?

―¡Sí, la llamaré Catherine... en tu honor! ¡Cathy... Cathy... Cathy... – repitió el nombre varias veces mientras acercaba sus labios a la dormida carita de su hija!

―Fantástico. No sé si podremos hacer una ceremonia de bautizo como es debido, pero yo, que soy su madrina voy a hacerle a Catherine Wilkinson su primer regalo. ¡Babsy! – ordenó secamente Scarlett.

Babsy, con todo el dolor de su corazón depositó a Tesia, que estaba despierta, sobre la cama de Melissa.

―Es Tesia... la hija de Babsy... ella es el regalo para Cathy, ¿no es perfecto? Tendrá su propia esclava de nacimiento.

Melissa miró con los ojos bañados en lágrimas a su cuñada. Luego miró a su hijita, miró a la pequeña e inmóvil Tesia y luego a Babsy. La negra lloraba en silencio y aquello aún reconfortó más a Melly.



***



Pasaron los días, las semanas. Tara se iba reconstruyendo muy lentamente. Scarlett se sintió aliviada cuando vio que no iba a ser necesario azotar a ninguno de los negros que recogían el algodón.

Estaba convencida de que Sansón y Samuel habían hecho la mayor parte del trabajo, pero quien lo hiciera en aquel momento la tenía sin cuidado. Lo importante era que el algodón estaba recogido y almacenado en balas a cubierto en uno de los vacíos pabellones de los esclavos.

Pops y Tom habían quedado heridos en su orgullo de esclavos dométicos pero respiraron aliviados cuando Scarlett comprobó las cosechas y les dijo que no iba a azotar a nadie.

Como que aún faltaba tiempo para plantar las semillas de las que aún no disponía puso a los cuatro negros a limpiar el campo de malas hierbas y después a ayudar a las cuadrillas que dirigían sus hermanas a reparar los cercados, los ahumaderos, los establos y el jardín.

Scarlett se pasaba el día controlándolo todo. Estaba en el campo, estaba en los ahumaderos, en el jardín, en el huerto, en la casa, en la cocina. Mandaba remendar cortinas, reparar muebles, pulir suelos. Controlaba la despensa. Visitaba a Melly que cada día se encontraba más recuperada. También dedicaba el tiempo que sus ocupaciones le permitían a estar con Sarita.

No paraba un momento en todo el día, a todo eso había que añadir la preocupación que le generaba la falta de dinero y la merma diaria de la despensa.

Tuvo varios encontronazos con Carreen y Suzanne por su extrema facilidad en descargar el látigo en las espaldas de las esclavas de sus cuadrillas. No quería desautorizar a sus hermanas delante de las esclavas por lo que esperaba a estar a solas con ellas para reprenderlas.

Normalmente no las veía azotar a las esclavas porque lo hacían cuando ella no estaba presente pero después era fácil adivinar lo que habían hecho viendo las cicatrices sangrantes de las esclavas.

Solía obtener el compromiso de sus hermanas de comedirse en el uso del látigo pero raro era el día en que no viese a alguna esclava andar con dificultad, síntoma evidente de que le habían dejado profundas señales de látigo en la espalda.

Tuvo que soportar las amargas quejas de Mamita porque Carreen no la respetaba. Incluso en más de una ocasión la había golpeado.

―¡Trabaja más rápido, negra perezosa... holgazana! – le decía Carreen y a Mamita aquello la humillaba en lo más profundo de su corazón!

―¡Carreen... por favor... Mamita ha sido tu ama de cría... ella te ha dado el alimento de su pecho mientras eras pequeña... no puedes tratarla así! – le había dicho en más de una ocasión.

―¡Es una esclava como las demás y debe obedecerme! – le había respondido Carreen altiva y arrogante.

―¡Pero no se azota a quien te ha dado el pecho! ¿Es que no puedes respetar eso? – zanjaba Scarlett la discusión.

Uno de los problemas más acuciantes que se le presentó a Scarlett y la llevó a tomar decisiones impensables en tiempos de abundancia y que provocó la ira y el enojo de sus hermanas, incluso de Melly, fue el tema de la comida.

Los esclavos seguían alimentándose de raíces y bulbos hervidos mezclados con batata en el mejor de los casos y ella, sus hermanas y Melissa comían alimentos sólidos. No podía compararse la mesa de ahora con la de antes de la guerra en que había gran abundancia de deliciosos manjares, pero las señoritas podían comer pollo, cerdo, huevos, alubias, pan y algunas frutas.

Las pobres esclavas trabajaban como burras, como animales de carga bajo la despótica vigilancia de Carreen y Suzanne durante todo el día y a la hora de las tres comidas se tenían que lavar, ponerse sus raídos uniformes de criada y servir a la mesa a las amas.

Si antes de la guerra las esclavas que servían a los amos en la mesa destilaban envidia y deseo viendo los deliciosos manjares que tenían que servirles y que sólo cataban si alguno de ellos se dignaba dejarles las sobras de sus platos, ahora lo que Scarlett leía en los rostros de las famélicas y agotadas esclavas no era ya envidia o deseo, ahora veía desesperación, porque además ahora en los platos que retiraban al final de las comidas no había ni siquiera las migas.

A Scarlett no la movía la compasión. Las negras eran sus esclavas y comían comida de esclavas. Ellas eran las amas y comían lo mejor. Ya está. No había tema de discusión, ni siquiera le suponía un mero problema de conciencia. Lo que a Scarlett le asustaba era que en cualquier momento, las escasas esclavas de que disponían enfermaran de debilidad y desnutrición.

En realidad ocho esclavos, dos hembras adultas, cuatro niñas débiles y cuatro machos adultos hacían el trabajo que antes hacían casi ciento cincuenta esclavos. Ahora la cuota de trabajo por esclavo superaba con creces la capacidad humana de resistencia, máxime cuando su alimentación era deficitaria en todo.

Además, las hijas de Mamita, después de una agotadora jornada de trabajo en la que habían trabajado en todo lo que se les había ordenado y habían hecho de doncellas en las comidas, tenían que dedicarse a atender a sus respectivas amas.

Scarlett sólo exigía de Marnie, su esclava, que la bañara, la desnudara, le hiciera un masaje en sus cansados pies y que le tuviera las botas abrillantadas para el día siguiente, pero sus hermanas seguían viviendo ancladas en el pasado. Para ellas la guerra no era más que un molesto paréntesis que las privaba de algunos lujos y en cualquier caso las traía sin cuidado que sus esclavas reventaran a causa de sus caprichos.

En los noches muy calurosas Carreen tenía por costumbre que Dothy pasara horas y horas abanicándola cuando se metía en la cama. Si se despertaba a media noche y veía que Dothy se había tirado al suelo, agotada, derrengada, para dormir unas pocas horas antes de volver a levantarse y comenzar una nueva y agotadora jornada, Carren no dudaba en despertarla tirándole sus zapatillas a la cara y le ordenaba que siguiera aventándola, y si ya no hacía calor le ordenaba que le acariciara los pies hasta que volviera a dormirse.

Además Carreen hacía que su esclava se levantara al alba para remendarle sus vestidos o abrillantarle sus botas y sus zapatos. Suzanne hacía algo parecido con Tiddy con el agravante que la buena de Tiddy tenía el don de sacar a Suzanne de sus casillas y ésta no dudaba en castigarla toda la noche a permanecer arrodillada haciéndole una vigilia, castigo muy común y habitual antes de la guerra que llevaba a las esclavas que lo padecían a una auténtica crisis nerviosa que las destrozaba totalmente.

El resultado era evidente. Dothy y Tiddy había muchos días que parecían muertos vivientes por lo que luego sufrían los estimulantes latigazos de sus amas durante la dura jornada diaria de trabajo en la casa o en el jardín.

Scarlett contemplaba con preocupación como sus fuerzas de trabajo, las únicas con que contaba iban desmejorando cada día que pasaba y temió que finalmente cayeran agotadas y entonces preferirían morir, aunque fuese a latigazos, que seguir viviendo de aquella horrible manera.

Scarlett entonces tomó una decisión que le granjeó el enojo de sus hermanas y hasta de Melly: decidió que las esclavas y los esclavos comieran, en menor medida, también de los alimentos que se reservaban para ellas.

―¡Esto es inaudito! – bramó Suzanne cuando Scarlett les contó la decisión que acababa de tomar y que, según les avanzó, era irrevocable por meditada – ¡Las esclavas comiéndose nuestros alimentos, comiendo lo mismo que nosotras! ¡Pero a dónde vamos a llegar!

El coro se extendió al instante como un reguero de pólvora. Carreen y Melly apoyaron las quejas de Suzanne y ante la atónita mirada de las esclavas, Scarlett dio un puñetazo en la mesa.

―¡Basta! ¡He dicho que los esclavos comerán lo mismo que nosotras y no quiero oír ni una sola queja! ¡Ahora yo dirijo Tara, y si alguien no está de acuerdo es libre de marcharse!

Aunque las caras de sus hermanas y de Melly indicaban a todas luces que abominaban de aquella irracional decisión, la aceptaron porque sabían que sin Scarlett se morirían de hambre.

Todos los esclavos y esclavas de Tara que quedaban elevaron a Scarlett al altar de una diosa venerada. Gracias a la decisión de Scarlett los esclavos pudieron sobrevivir y pudo aumentar más su ritmo, ya de por sí infernal, de trabajo.

Sólo había un problema. Si antes la despensa tenía alimentos para un mes ahora, con la participación de diez bocas más se reduciría a una semana.

Scarlett tenía que hacer algo y no sabía qué. La reconstrucción iba viento en popa pero no tenían dinero. Necesitaban comida y más esclavos y eso, además de ser difícil de conseguir, valia mucho dinero, un dinero que no tenían.

Pero Dios demostró estar de parte de Scarlett. Iba a premiar su tesón y su lucha en forma de divina providencia.

Una tarde en que Scarlett había mandado a Carreen y Suzanne con las seis negras a las marismas a buscar dos cochinillos que se habían escapado y que sabían estaban en aquella zona, ocurrió un hecho que a punto estuvo de acabar con la vida de Scarlett pero que a la postre supuso la definitiva salvación de Tara.

Scarlett se encontraba sóla en su habitación. Las niñas, Sarita y su esclava, estaban jugando distraídas en el suelo de la habitación. Prissy se limitaba a vigilarlas, sentada en un rincón y Scarlett se había sentado en su sillón para descansar y estar cerca de Sarah.

―Te aburres, verdad Prissy? – le preguntó a la muchacha.

―Oh, no... no ama... estoy muy atenta a las niñas... que no tomen daño... – dijo temerosa de que le pusiera trabajo, como así fue.

―¡Ya...! ¡Pues sácame las botas y me las lustras mientras vigilas a tu amita!

―Claro ama, desde luego – contestó aliviada pues el trabajo la permitiría seguir sentada en el rincón.

Prissy se acercó a Scarlett y la descalzó las botas, no sin grandes esfuerzos porque Scarlett había pasado muchas horas de pie y andando de aquí para allá y se le habían hinchado un poco los pies. Cuando los pies de Scarlett recibieron el aire cálido se sintió aliviada. Mandó a Prissy que le pusiera un almohadón en el suelo para estirar las piernas y tener los pies apoyados.

Scarlett recordó los buenos tiempos, cuando si quería descansar los pies se hacía poner a uno de los numerosos chiquillos de la plantación estirado en el suelo. Ahora tenía que usar un almohadón, señal de que eran malos tiempos.

Prissy se volvió a su rincón y se puso a limpiarle las botas, en tanto que Scarlett cerró los ojos e intentó descansar mientras daba vueltas a su principal preocupación: encontrar dinero.

El sonido de los cascos de un podenco pisando la enarenada entrada del patio principal la despertó de sus pensamientos. Se levantó descalza y se acercó a la ventana. ¡Dios mío... un rebelde! Miró hacia la avenida esperando ver una nube de polvo levantándose correspondiente al resto de jinetes que debían seguir a aquel soldado. Pero no vio nada.

Volvió a mirar al soldado rebelde que ahora había desmontado del jaco y avanzaba lentamente hacia el pórtico de entrada. Scarlett sufrió un ataque de miedo repentino cuando se dio cuenta de que en la casa sólo estaban ella y Melly para hacer frente a una incursión. Incluso un solo soldado era un gran peligro para dos mujeres solas.

Caminó descalza, sin hacer ruido y abrio la puerta. Se giró hacia Prissy y le susurró que si se movía de donde estaba le cortaría las orejas. No quiso darle más información porque la muy boba se asustaría y podría echarlo todo a perder.

Pasó por delante de la habitación de Melissa y no escuchó ningún ruido. Debía estar haciendo la siesta. Se detuvo cuando escuchó el sonido de los pasos del soldado caminando por el salón. Escuchó cómo se alejaban, debía ir hacia la cocina, luego volvían a acercarse y de nuevo se alejaban. Estaba recorriendo las distintas estancias de la planta principal.

Scarlett sintió un escalofrío de terror recorrer su espalda. ¿Qué podía hacer? Se quedó paralizada, con la mente en blanco, sin saber cómo debía reaccionar. Entonces recordó que Melly conservaba los dos revólveres y el cinturón de balas de Leslie, que se lo habían entregado junto con su sable después de muerto.

Abrió la puerta de la habitación de Melly y entró sin hacer ruido. Encontró a Babsy arrodillada en el suelo, sollozando, a los pies de la cama donde dormitaba Melly. Posiblemente ésta la había castigado. Las niñitas dormían, Cathy en la cunita y Tesia en el suelo, a los pies de la cuna de su amita.

Scarlett le hizo señas a Babsy de que se le acercara. Babsy le hizo un gesto negativo con la cabeza e intentó transmitirle con los ojos la imposibilidad de obedecerla.

―¡Ven! – exclamó en un susurro tenso Scarlett.

La esclava dudó un momento pero finalmente, con dificultad, se levantó y se acercó, frotándose las entumecidas rodillas.

―Señora Scarlett, el ama Melissa me ha castigado... si despierta y no me ve de rodillas me lo hará pagar – le dijo a modo de súplica.

―¿Dónde guarda tu ama las armas de su difunto marido? – le preguntó directamente Scarlett obviando los justificados temores de la esclava.

―En la mesilla de noche, mi señora.

―Anda... tráeme un revólver... sin hacer ruido.

Babsy obedeció. Se desplazó descalza, en silencio, abrió el cajón de la mesita y extrajo un revolver de gran calibre.

«Dios, necesito balas» pensó Scarlett. Cuando iba a pedírselas a Babsy ésta le entregó la pistola y con la otra mano le puso en la suya un puñado de proyectiles. Scarlett sabía manejar un arma porque era aficionada a la caza. Sonrió débilmente a Babsy y salió.

―Sigue con tu castigo – le dijo en un susurro antes de cerrar la puerta e intentando emular una sonrisa para calmar a la esclava.

Scarlett descendió por las escaleras, lentamente. Escuchó remover de cajones y nuevas pisadas. El soldado estaba buscando dinero, eso estaba claro, o joyas. Sólo conservaba las de su madre que se había negado a vender y que sólo vendería en caso de extrema necesidad. Entonces supuso que si había entrado en el despachito de Ellen ya debería tenerlas en su poder.

Scarlett siguió descendiendo escalones lentamente, mirando de poner firmemente sus pies descalzos en cada peldaño. Pero un inesperado crujido de la madera sonó de repente como un trueno en el salón.

―¿¡Quien anda ahí!? – gritó el soldado girándose de golpe y esgrimiendo un arma.

Estaba nervioso. Scarlett sabía que estaba ya descubierta y quizás perdida. Escondió la mano que sostenía el revólver tras la espalda y terminó de bajar unos cuanto peldaños. Entonces el soldado la vio. Aunque Scarlett había adelgazado bastante seguía siendo una mujer bella, muy bella, con unos increíbles ojos verdes y su largo cabello oscuro que le caía sobre la espalda formando ligeros rizos que contrastaban con el blanco de su piel y del camisón que llevaba puesto para estar más cómoda.

―¡Vaya, vaya... buenas tardes, señorita... ¿sola... verdad?

Scarlett lo miró firmemente. Tenía un miedo atroz pero algo en su interior le daba fuerzas. Con lo que había luchado por Tara no iba vender barata su defensa. La muerte la asustaba pero en aquellos momentos no sentía pánico. Miedo sí, pero no pánico. El miedo era bueno, te ayudaba a ser prudente, el pánico no te dejaba pensar. Así que pensó.

―Mis esclavos volverán de un momento a otro – optó por decir.

―Se refiere a esa cuadrilla de niñas que andan por las marismas, señorita?

¡Maldición... su visita no era casual, debía haber estado esperando que la casa quedara desprotegida! Porqué no estarían allí Sansón y Samuel? Ellos la adoraban y darían la vida por protegerla.

―Acérquese, señorita... por favor – le pidió esgrimiendo el revolver y moviéndolo en un gesto de fuera hacia adentro para señalarle dónde quería que fuese.

Scarlett obedeció. Se acercó lentamente. Entonces se fijó que sobre el mueble del salón donde estaba rebuscando el soldado cuando el crujir de la madera la había delatado, se encontraba la cajita de palo de rosa que Ellen utilizaba para guardar sus joyas. El muy cabrón ya la tenía en su poder. Scarlett sintió como un fuego nacer de sus entrañas. Entonces no se lo pensó dos veces. Sacó la mano de detrás de la espalda y encañonó al soldado.

―Tira la pistola – le ordenó secamente.

El rebelde parecía sorprendido. Lo había pillado por sorpresa, con el brazo bajado. Si intentaba levantarlo ella le pegaría un tiro. El soldado se agachó lentamente y depositó su arma en el suelo. Entonces el soldado se movió con rapidez y antes de que se diera cuenta se había abalanzado sobre ella, arremetiendo con su cabeza sobre el vientre de Scarlett. La muchacha se vio lanzada hacia atrás y antes de pensar qué ocurría se encontró en el suelo. El revolver de ella se disparó y la bala rozó el hombro del soldado.

Él estaba acostumbrado a la lucha y ella no. El soldado estaba a horcajadas sobre su cuerpo. Con rapidez le quitó la pistola y la abofeteó varias veces. Scarlett no gritó, no chilló, no lloró. Una fuerza interior la hacía mantenerse digna. Ahora ni tan siquiera sentía miedo. Sabía que su hora había llegado.

El soldado le encañonó a la cara y Scarlett pudo ver la negra boca del cañón a un palmo de su rostro. Miró más allá de la bocacha y vio que el rebelde se sonreía en una mueca que sólo podía decir una cosa: pensaba violarla antes de matarla.

El rebelde, sin dejar de encañonarla a la cara, con la mano libre comenzó a desabrocharse la bragueta. Momentos después su enorme pene estaba cortando el aire. Con la misma sucia mano le rasgó el camisón y los pechos de Scarlett, pequeños pero prietos y hermosos, quedaron al descubierto. Luego le levantó las faldas y le arrancó la bragas. Scarlett cerró los ojos.

De repente un estruendo, un estallido resonó en el ambiente. Scarlett abrió los ojos y vio un pequeño agujerito en medio de la frente del soldado que seguía erecto, a horcajadas sobre ella. Dos o tres larguísimos segundos después, el cuerpo del joven se ladeó y cayó como un saco de patatas de lado. Estaba muerto. Scarlett se puso en pie de una salto y buscó detrás de ella de dónde había provenido el disparo. Vio a Babsy, empuñando aún la humeante arma que acababa de dispara y con la que había dado muerte al rebelde salvando la vida, y algo más, de Scarlett.

Las miradas de ama y esclava se cruzaron intensas durante unos segundos. Babsy, como esclava no tenía permitido sostener la mirada de un ama, bajó los ojos. Scarlett miró de nuevo el cuerpo sin vida del soldado. Se agachó, recogió su revolver y le descerrajó dos tiros más, uno en cada ojo. Luego, con el arma humeante en la mano caminó hacia Babsy que parecía petrificada en el mismo sitio desde el que había disparado.

Scarlett subió los cinco peldaños de la escalera hasta llegar donde seguía Babsy. Le cogió con delicadeza el arma con la que le había salvado la vida y la dejó, junto a la que ella llevaba, en el suelo. Al incorporarse miró de nuevo a Babsy que ahora temblaba.

―Podías haber esperado a que me violara y me matara para dispararle. Coger las joyas de mamá y huír. Porqué no lo has hecho?

Babsy giró el rostro hacia Scarlett y la miró con ojos llorosos.

―Porque soy leal, mi señora... ya se lo dije un día. Le debía todo a su madre, a la señora Ellen y usted ha ocupado su lugar. Ahora le soy leal a usted.

―Aunque te haya separado de Nelly para dársela como esclava a mi hija y aunque te haya dado a ti y a Tesia a la señorita Melissa, a la que sé que odias?

―Aún así, mi señora. Siempre tendrá mi lealtad. Le seré fiel, mi ama.

―Gracias Babsy – le dijo Scarlett que era la primera vez en su vida que le daba las gracias a una esclava y la abrazó.

Ama y esclava se fundieron en un abrazo y las dos dieron rienda suelta a la tensión acumulada llorando a moco tendido.

―Ven, Babsy... ayúdame a registrar el cadáver – le dijo Scarlett cuando se hubieron desahogado las dos.

Ama y esclava corrieron descalzas hacia el cuerpo sin vida del soldado. Lo registraron y encontraron un saquito con monedas de oro de diez dólares. Había por lo menos cien repartidas por todos sus bolsillos, en el interior de sus botas, y en el interior de su cinturón. Scarlett cogió la cajita con las joyas de su madre y junto con las monedas de oro corrió a guardarlo todo en el despachito de Ellen.

―¡El caballo Babsy, deprisa! ¡Registremos sus alforjas!

Las dos salieron corriendo descalzas. Scarlett sintió las piedrecitas del patio clavarse en las finas plantas de sus pies. Localizaron al caballo cerca del establo. Babsy lo asió por las riendas que colgaban sueltas y Scarlett registró las alforjas.

―¡Dios mío, Babsy, Dios nos lo ha enviado... Dios nos lo ha enviado! – casi gritó de alegría Scarlett cuando sus manos entraron en contacto con más monedas de oro y joyas.

Descargaron las pesadas alforjas y metieron al animal en la cuadra. Ya tenían un caballo. Entre las dos entraron las bolsas de cuero gastado y las vaciaron en el salón. Allí debía haber como mínimo medio millón de dólares en oro. Convinieron que se trataba de un desertor que estaba recorriendo las grandes plantaciones para robar y conseguirse un exilio dorado.

Melissa apareció de repente, con su bata deslucida, el cabello revuelto y descalza, en el despachito de Ellen.

―¡Babsy! – le gritó encolerizada – ¿Por qué no estás de rodillas como te había ordenado? – pasa para mi habitación, te vas a enterar.

Babsy bajó los ojos e inició el camino de vuelta a su castigo. Al pasar por el lado de Melly, ésta le soltó una tremenda bofetada en la oreja.

―¡No... Melly... no... no la pegues... no la castigues...! – gritó Scarlett.

―¡Es mi esclava, Scarlett. La había castigado y me ha desobedecido!

―¡Es cierto, pero lo ha hecho para salvarme la vida! ¡No sólo eso Melly, me ha salvado de ser violada, me ha salvado la vida y ahora además somos ricas... muy ricas...! – le dijo poniéndose a reír como una loca.

Babsy, que tras el bofetón había corrido a arrodillarse, miraba ahora a la señorita Scarlett y a su ama abrazarse y saltar y gritar como dos niñas felices.

Cuando Carreen y Suzanne, seguidas de las esclavas, regresaron a la casa contentas porque habían capturado a los dos cochinillos, se encontraron a Scarlett y a Melissa aún abrazadas, llorando y riendo a la vez, a Babsy que seguía de rodillas, dos pistolas en la escalera y el cuerpo sin vida del rebelde, con una balazo en la frente y las cuencas vacias de sus ojos.

―¡Pero... pero...! ¿Qué es esto... qué ha pasado aquí? – preguntó Suzanne.

Scarlett corrió hacia sus hermanas y las abrazó. Se lo contó todo, sin olvidar la heroicidad de Babsy. Una inmensa y alocada alegría estalló de nuevo. Las cuatro jóvenes se abrazaron. Luego se cogieron de las manos y comenzaron a bailar en círculo, ante la desorbitada y extrañada mirada de las esclavas. Sólo Babsy seguía de rodillas. Las esclavas, Mamita la primera, fueron a abrazarse con Babsy, y la felicitaron por haber salvado a la señora Scarlett.

―¡Vamos Babsy! – le ordenó Melissa cuando la algarabía cesó – ¡Arriba está mi hija y yo quiero arreglarme! – le dijo a Scarlett.

―Vas a castigarla? – le preguntó a su cuñada – le debo la vida... y probablemente tú también, y nuestras hijas – le dijo Scarlett.

―¡Claro que la castigaré! La había castigado a permanecer todo el rato de rodillas, me despierto y no está y la encuentro disparando sobre un soldado. No tengo opción... pero te prometo que no seré muy dura con ella – añadió Melissa al oído de Scarlett que emitió una agradable sonrisa de satisfacción.

Scarlett se acercó a Babsy, que ya estaba de pie con la mirada humillada. Scarlett la cogió de las manos y se acercó a su oído.

―Me ha prometido que no será muy dura contigo – le susurró.

Babsy levantó la vista y miró los verdes ojos de Scarlett que irradiaban gratitud.

―Gracias mi señora, gracias...

Babsy recogió las pistolas del suelo y subió tras su ama. Scarlett suspiró. Estaba aún nerviosa por los recientes y peligrosos sucesos pero se sentía inmensamente feliz.

Le supo mal que Melly, a pesar de asegurarle que no sería muy dura con la esclava, no le hubiera perdonado el castigo. Pero así eran las cosas. Babsy era una esclava y había desobedecido a su ama, aunque el motivo fuese salvar la vida de Scarlett. Melly era su dueña y si ella no quería perdonarla no había nada que hacer.

Melissa no fue muy dura con Babsy. Se limitó a unos pocos latigazos en la espalda dados con la fusta de equitación, casi con desgana.



***



La guerra seguía pero ahora se luchaba lejos de Tara. Con la fortuna que el destino había puesto en sus manos, Scarlett, lo primero que hizo fue comprar alimentos, semillas y material necesario para la reconstrucción de Tara que cada día estaba más avanzada, además de invertir en animales.

Sus hermanas le pidieron que comprara esclavos, muchos esclavos, para poder disponer de sus propias sirvientas personales a tiempo completo.

―Lo siento, niñas... qué más quisiera yo que poder comprar esclavos, tantos como teníamos antes... pero el problema es que no hay. Los que están en venta tienen precios prohibitivos y a la mayoría, sus amos, no quieren venderlos – les dijo desilusionándolas – pero compraré comida, y animales, llenaremos los establos y las cuadras.

Quince días después el granero tenía sacos de semillas para ser plantadas, los corrales, establos y piaras se convertían de nuevo en lugares llenos de vida animal, cerdos, gallinas, patos, faisanes, terneras, vacas... y cuatro magníficos ejemplares de yegua llenaron las caballerizas y acompañaron al caballo del soldado rebelde que también se habían quedado. Botín de guerra, decía Mamy.

Scarlett tuvo que ir a hacer las compras muy lejos. No convenía hacerlas en Jonesboro para evitar suspicacias y comentarios sobre de donde había salido el dinero. Pronto lo sabrían todos los plantadores del valle pero tendrían que pasar muchas semanas antes de que todo el mundo lo supiera, lo que les daría tiempo a elaborar su estrategia para explicar la súbita aparición de aquel dinero. Dirían que acababan de heredar de una tía lejana.

De nuevo la mesa estaba surtida de manjares como antes. Scarlett sufrió un acoso pertinaz por parte de sus hermanas y de Melly para que las esclavas no comieran de aquellos lujosos alimentos y lógicamente lo consiguieron porque a Scarlett le pareció que ahora sí podía destinar una buena parte del dinero a acumular alimentos básicos para los esclavos.

Estableció, ayudada por Melissa, una dieta compuesta por pasta de trigo o de maíz, batatas, raíces bulbosas hervidas y salazón que todo bien triturado y revuelto se convertiría en una bazofia plenamente alimenticia y que constituiría la dieta, nutritiva aunque no sabrosa, de los esclavos. Sólo las hijas de Mamita, que hacían además de esclavas de las señoritas se podrían beneficiar en alguna ocasión con las sobras que quisieran sus amas dejarles.

La guerra parecía que pronto había de acabar. Las tropas rebeldes y los esclavos liberados iban perdiendo poco a poco las posiciones que en un principio habían ganado.

La sorpresa por la rapidez de la sublevación y el hecho de que los propietarios de esclavos nunca hubiesen creído que se pudiesen sublevar, había permitido a los rebeldes ganar muchas batallas en un principio pero a medida que los plantadores y el gobierno se rehicieron de la sorpresa inicial fueron recuperándolas poco a poco.

Ahora ya se daba por hecho que la guerra pronto iba a terminar y los que habían huído despavoridos ante el temor de ser asesinados por sus propios esclavos regresarían a sus diezmadas plantaciones.

Scarlett viajaba muy a menudo por las diferentes plantaciones vecinas en busca de esclavos que comprar pero se encontraba que todos se encontraban en situación parecida a la de ella o peor. Una vez por semana se acercaba a Jonesboro en busca de noticias ya que no había mercado de esclavos.

―La guerra parece que está punto de acabar – comentó Scarlett a sus hermanas durante la comida – las últimas noticias hablan de que el ejército rebelde está diezmado y acorralado al norte. En cuestión de semanas los habremos vencido.

―Y qué pasará con nuestros negros? – preguntó interesada Carreen – los recuperaremos?

―Aún no se sabe, en cualquier caso será lento y complicado. Hoy, en Jonesboro, me he enterado que una vez finalizada la guerra el gobierno reagrupará a todos los esclavos y los que estén marcados podrán ser reclamados por sus legítimos propietarios...

―¡Y los nuestros lo estaban... estaban todos marcados! – exclamó con un grito de alegría Suzanne y las demás se unieron a ella gritando de alegría.

La noticia del fin de la guerra llegó un mes después y con ella las primeras partidas de esclavos capturados. En Tara era todo excitación. Scarlett, sus hermanas y Melissa esperaban ansiosas las noticias de la reagrupación de esclavos que estaba haciendo el gobierno.

Quien con más alegría recibió la noticia de que posiblemente serían recuperados por sus amos los esclavos huídos fueron los pobres negros que se habían mantenido fieles porque sobre ellos había recaído la dura, pesada, difícil y agotadora misión de reconstruir Tara. Las hijas de Mamita habían pasado un auténtico calvario teniendo que trabajar durísimo a la vez que tenían que seguir sirviendo a sus jóvenes amas.

A Suzanne y Carreen les traía sin cuidado que sus siervas llegaran agotadas al final del día, ellas les exigían lo mismo que si sólo tuvieran que dedicarse a servirlas en exclusiva.

Una mañana llegó la noticia de que a Jonesboro, enclave del que dependían muchas grandes plantaciones, habían llegado grandes partidas de esclavos capturados. Los propietarios que tuviesen su marca registrada podían ir a las oficinas aperturadas por el gobierno y reclamar todos aquellos que les pertenecían.

Melissa recibió la noticia de que su madre y su hermana Honey habían regresado a la plantación que habían abandonado cuando los peores momentos de la guerra. Una tarde Teodora y Honey Wilkinson se presentaron en Tara.

La alegría por el reencuentro fue celebrada con gran alborozo y lágrimas de felicidad. Su madre le pidió que regresara con ellas a su plantación para entre las tres, ahora que habían recuperado a la mitad de sus antiguos esclavos, reconstruírla.

Scarlett llamó a Melissa a parte, en el despachito de Ellen que ahora era el suyo.

―Supongo que te irás con tu madre y tu hermana.

―Sí... es mi obligación. Te debo mucho... mi vida y la de mi hija, pero debo ir con ellas.

―Lo entiendo... y quiero que te lleves esto – dijo extendiendo un cheque por una importante cantidad de dinero – tú también mereces una parte.

Melissa y Scarlett se abrazaron. Scarlett nunca había apreciado a Melissa, es más, la había odiado por que Leslie se casó con ella, pero varios años de convivencia y penurias habían convertido aquel odio en algo parecido a la amistad.

―Un último favor, Scarlett – le pidió Melissa – puede Cathy quedarse con Tesia? La pequeña Cathy está ya acostumbrada a su pequeña esclava y sería muy cruel separarla de ella.

Cathy, la hija de Melissa, y Tesia, su pequeña esclava e hija de Babsy, tenían ya dos añitos y estaban siempre juntas.

―Claro que se la puede quedar. Es suya. Fue mi regalo cuando la bautizamos.

―Lo digo porque sé que tienes aprecio por Babsy. Te salvó la vida y lo comprendo.

―Babsy es una esclava y a veces esas cosas pasan. Tendrá que separarse de su hija. No te preocupes por Babsy, es leal y aceptará lo que yo decida.

Melissa mandó que Babsy bajara a las niñas, Catherine y su pequeña esclava, Tesia, la hija de Babsy. Scarlett pensó que era muy cruel separar a Babsy de su pequeña pero eran esclavas.

―Lo siento Babsy, pero la pequeña Tesia tiene que irse con su amita – le dijo llamándola aparte.

Scarlett estaba sentada en su silloncito del escritorio y miraba a Babsy que permanecía de pie, con la mirada llorosa humillada a sus pies.

―No llores. Tesia es propiedad exclusiva de la señorita Cathy y es probable que sea una buena ama para tu hija. Además aquí aún tienes a Prissy y a Nelly. La señorita Sarah está mucho de tu Nelly – le dijo para consolarla –. Me gustaría que siguieras conmigo pero si no quieres separarte de Tesia lo comprenderé y te dejaré marchar como esclava de la señorita Melissa.

Babsy cayó de rodillas y se postró a los pies de Scarlett. La negra se puso a llorar.

―Señorita Scarlett – dijo entre sollozos – máteme por favor, máteme... no quiero vivir. No quiero regresar al infierno de donde su madre me rescató, pero no puedo dejar a mi pequeña. Máteme señora Scarlett y así no tendré que afrontar esta pena que me corroe.

Scarlett estaba conmovida. Sabía por lo que había pasado Babsy y ahora, para no separarse de su pequeña la única alternativa que le quedaba era regresar allí de donde con tanto esfuerzo y sufrimiento había logrado salir. Entendía a la pobre esclava.

―Lo siento. Tesia se marcha con su amita. Tú puedes decidir, quedarte aquí o seguir con ella. Si eliges esto último ya sabes que volverás a ser esclava de las Wilkinson – le dijo Scarlett fingiendo una dureza que no sentía.

―Volveré al infierno, señora Scarlett – decidió finalmente Babsy.

Scarlett se levantó y abrió la caja fuerte. Dentro estaban los títulos de propiedad de todos los esclavos de Tara, incluso aún guardaba los de aquellos que huyeron. Buscó el título de Babsy para firmar el traspaso de propiedad y entregárselo a Melissa.

Cuando lo tuvo en sus manos miró a Babsy. Lo firmó y cuando iba a poner el nombre de su cuñada se detuvo. No dijo nada. Se limitó a guardar de nuevo el título de propiedad en la caja fuerte. El de Tesia ya lo tenía Melissa desde el día en que se lo regaló a su hija Cathy.

―Puedes ir con tu ama – le dijo Scarlett mientras cerraba la caja fuerte en donde había dejado el título de propiedad de la esclava.

Babsy, con los ojos llorosos, se acercó a Melissa se arrodilló a los pies de ésta y se los besó. Melissa sabía que había decidido regresar con ella. En los labios de Honey y Teodora Wilkinson se esbozó una sonrisa cruel. Scarlett las despidió en las escaleras del porche. Cuando las vio marcharse suspiró. Melly no le había reclamado el título de propiedad de Babsy.



***



Un mes más tarde, Scarlett, Suzanne y Carreen viajaban en la calesa en dirección a Jonesboro. Habían recibido una notificación del gobierno en la que se les comunicaba que una cincuentena de esclavos con la marca de Tara estaban a su disposición en los almacenes de Jonesboro.

Cuando entraron en las mazmorras improvisadas para recoger los centenares de esclavos que eran constantemente repatriados para devolverlos a sus legítimos amos, un oficial las llevó hacia donde estaban aquellos que les pertenecían.

―Apenas hay machos, la mayoría murieron en combate, pero tienen un buen lote de hembras y niños – les comentó el oficial.

Abrieron la inmensa celda donde estaban todos hacinados, encadenados y con aspecto de pasar hambre y agotamiento. Se pasearon por entre las filas de esclavos que las miraban con terror. En sus ojos se leía una súplica sorda, como si les pidieran clemencia.

Carreen esbozó una sonrisa y soltó un gritito de alegría cuando distinguió entre los encadenados a la que había sido su esclava personal. Estaba echada en el suelo y tenía una niña de tres años en brazos.

―¡Pero si es Lissi! – dijo con una alegría apenas contenida – ¿Me recuerdas? – le preguntó acercándose lentamente y haciendo resonar los tacones de sus botas sobre el duro y húmedo suelo.

―¡Oh, señorita Carreen... qué alegría volver a verla... me obligaron a huír con ellos, señorita, yo no quería...! – explicó Lissi que se había arrodillado.

―Y la niña?

―Me violaron el mismo día que marchamos de Tara y nació ésta – dijo señalando a la pequeña que tenía a su lado.

―Muchas esclavas, sobretodo jóvenes, han sido capturadas con niños. Éstos no tienen marca alguna por lo que suponemos que han sido concebidos durante la larga guerra, pero en derecho les pertenecen a ustedes – les explicó el oficial.

Suzanne también encontró a su antigua esclava personal, Tina, y experimentó el mismo placer que su hermana, un placer malsano pensando en hacerles pagar cara su traición.

Regresaron el mismo día. La cincuentena de esclavos, encadenados por los tobillos avanzaron penosamente tras la calesa en que viajaban Scarlett y sus hermanas, felices porque habían recuperado parte de su patrimonio.

Carreen parecía la más dichosa. En un momento del viaje se giró hacia la larga recua de esclavos que los seguía penosamente. Divisió a Lissi, su antigua esclava, y le hizo una señal con la fusta de que corriese a acercarse junto a la calesa.

La pobre esclava hizo cuanto pudo pero los grilletes y cadenas apenas la dejaban correr. Llegó jadeante junto a su ama y llevando de la mano a su pequeña de tres años a la que también habían engrillado.

―Sabes que vuelves a ser mi esclava, verdad Lissi?

―Sí señorita Carreen – respondió jadeante la esclava que precisamente a eso era a lo que temía.

―¿Cómo se llama tu hijita?

―Gloria, mi ama – respondió orgullosa Lissi.

―Olvídate de ese nombre. Ella también es mi esclava. La llamaré Perrita.

―Sí mi ama – repuso con evidente disgusto Lissi.

―Haz que se acerque más la niña – le ordenó Carreen.

Lissi empujó a la niña que sufría mucho a consecuencia de las cadenas. Medio llorosa, la niña llegó a la altura de Carreen. La calesa seguía su marcha que no era rápida pero para los esclavos encadenados parecía muy veloz.

Carreen miró a la pequeña que desde abajo la miraba con miedo. Levantó el brazo, lo bajó con velocidad y azotó el rostro de la niña produciéndole un corte en la cara del que brotaron algunas gotitas de sangre. La pequeña soltó un alarido y se puso a llorar y Carreen se sonrió por lo que acababa de hacer.

―Regresad con los demás – ordenó Carreen dándose la vuelta y sonriendo a sus hermanas que acababan de ver lo que había hecho. – Muchas de las esclavas que escaparon han regresado ahora con hijos... no es maravilloso? – les preguntó.

―Desde luego – contestó Suzanne – creo que mañana mismo deberíamos marcar a los niños. Ha resultado una buena idea que mamá siempre hiciera marcar a los esclavos, no crees Scarlett?

―Sí, supongo que es una buena idea... mañana hablaremos de eso – contestó Scarlett a quien la perspectiva de marcar a todas aquellas criaturas con los hierros candentes le pareció atroz... pero como había dicho Suzanne, necesaria.

Scarlett convirtió a Samuel y Sansón en capataces. Serían los encargados de hacer trabajar a los destinados a los campos, esencialmente las esclavas adultas y los pocos machos que habían logrado recuperar. Las niñas y muchachitas más jóvenes fueron destinadas al servicio doméstico.

Carreen se quedó igualmente con Dothy, la hija menor de Mamita, a la que ya se había acostumbrado y añadió a Lissi y a Perrita, su hija, a su servicio personal. Suzanne también continuó con Tiddy que la había estado sirviendo en estos últimos tiempos y recuperó a Tina, que como Lissi había sido capturada con su hijita Benita.

Scarlett se quedó con Marnie y Popsy, que desde la marcha de Melissa no estaba adjudicada a nadie. Prissy siguió al encargo de vigiliar a la señorita Sarah y su esclava Nelly y hacer de doncella de la primera. Tom y Pops pudieron volver a la casa como domésticos.

Mamita volvió a ejercer su dominio sobre un pequeño ejército de esclavas domésticas sólo que el de ahora no era tan extenso como el de antes de la guerra y sus miembros no eran más que chiquillas pues las hembras adultas y unos cuantos machos fueron destinados a los campos donde, encadenados constantemente trabajaban bajo la vigilancia de Samuel y Sansón.

No era el mismo esplendor que había antes pero de momento era suficiente personal esclavo para llevar la plantación y permitió recuperar a las señoritas su vida anterior de perezosa indolencia.

Scarlett se sentía sumamente feliz porque ahora Tara estaba casi reconstruída, en la casa tenían al menos una veintena de domésticas y los campos eran trabajados por cerca de cuarenta esclavos. En el banco tenía mucho oro y alhajas que obtuvieron del soldado rebelde que Babsy mató cuando éste intentaba violar y asesinar a su ama. La vida volvía a sonreírle a ella y a sus hermanas.

Posiblemente las más satisfechas por haber recuperado su antigua posición eran sus hermanas. Carren y Suzanne demostraron una crueldad sin límites con los esclavos que habían huído y que ahora habían sido recuperados.

A Scarlett no le hacía ninguna gracia ver la crueldad con la que sus hermanas se comportaban pero las podía entender. Se estaban vengando en los esclavos capturados de la innoble afrenta que habían sufrido al ser humilladas, golpeadas y violadas por sus propios esclavos.

Al principio les pidió que no se mostraran tan crueles porque ahora no tenían tantos esclavos como antes. Tras los castigos que imponían, algunos esclavos acababan siendo inservibles y Scarlett apelaba a que Tara necesitaba esclavos para trabajar.

―Ahora tenemos mucho dinero... somos ricas, hermanita – le contestó Suzanne – si alguna de éstas no puede continuar trabajando compramos más y se acabó el problema... ahora vuelve a haber comercio de esclavos, no es cierto?

Era cierto. Scarlett no supo o no pudo rebatir a sus hermanas y tuvo que dejarlas que dejaran verter su odio sobre las pobres esclavas. El primer acto de gran crueldad que llevaron a cabo fue el marcaje de los hijos, todos pequeños, que habían parido algunas de las esclavas huídas mientras habían creído que eran libres.

Scarlett quería hacer del cruel acto una cuestión meramente funcional: marcar a los esclavos era necesario para poder reclamarlos en caso de fuga. Quería hacerlo de manera rápida y eficaz pero Carreen y Suzanne querían hacer de aquel acto todo un ritual de venganza. Scarlett no supo negarse al capricho de sus hermanas.

Fue por la tarde. Todos los esclavos, absolutamente todos estaban congregados en el patio principal frente a la casa. Al pie del pórtico estaban dispuestos un par de grandes braseros con ascuas candentes y dentro los hierros de la marca que distinguía a los que eran de su propiedad.

Había catorce criaturas, cada una con su madre, separadas del gran grupo de los esclavos. Esperaban para que sus hijos sufriesen la marca con los hierros.

Scarlett, seguida de Carreen y Suzanne, salieron al porche. Bajaron las escaleras y se quedaron junto a los braseros. Carreen era quien había organizado el espectáculo.

Cada una de las esclavas debía acercarse, por turnos, llevando a su hijito de la mano y sujetarlos para que una de las amas lo marcara. Scarlett no quiso participar. Estuvo presente para sancionar con su presencia la autoridad de sus hermanas pero rechazó marcar ella misma a ninguna de aquellas criaturas.

El olor a carne quemada y los brutales alaridos de los chiquillos hicieron estremecer a todos los esclavos reunidos para presenciar aquel acto de castigo, porque de eso se trató, de infligir un duro castigo a las madres que en su día habían escapado, torturando a sus hijos, ya que Carreen y Suzanne convirtieron en tortura cada una de las marcas que llevaron a cabo, entre otras cosas porque aplicaban los hierros lentamente, los mantenían mucho rato aplicados y la novedad, decidieron aplicar dos marcas en dos sitios diferentes.

Fue dantesco. Después de que comenzaran a marcar a los primeros, los niños que esperaban su turno se pusieron nerviosos. No querían ir donde estaban las señoritas porque sabían lo que les esperaba. Se pusieron a llorar y a forcejear. Las madres, llorando de impotencia, rabia y angustia se vieron obligadas a sujetarlos. Cuando les llegaba el turno volvían a gritar y a llorar histéricos, ante la complacida mirada de Carreen y Suzanne.

―¡A éste empezaré por marcarlo en la boca...! qué te parece? – le preguntó retóricamente Carreen a la madre que sostenía a su pequeño – ¡Agárrale fuerte la cabeza, voy a clavarle los hierros en la boca a tu hijo! – le comentó con gran crueldad.

El pequeño se desmayó de dolor y Carreen ordenó a una de las esclavas que reanimara al pequeño.

―¡Ahora lo marcaré en la frente! – le comentó a la madre que lloraba angustiada.

Repartieron las marcas entre las mejillas, la frente, la boca y las tetillas. A algunos que se mostraron más defensivos, tras las marcas los hicieron azotar.

Prohibieron aplicar aceite de palma a las heridas. El objetivo de las dos hermanas no era otro que provocar en aquellas criaturas un sufrimiento apabullante que repercutiera en el alma de sus pobres madres.



***



Varias semanas después Carreen recibía los primeros rayos de sol que atravesaban el ventanal de su habitación y le acariciaban sus bien torneadas piernas. Estaba en su cama, medio desnuda, durmiendo plácidamente, boca abajo, sin ropa por encima.

En el suelo, sin dormir, echadas, Dothy, la hija de Mammie, y Lissi y la pequeña Perrita. La niña tenía la cara hinchada por efecto de la marca. La propia Carreen le había aplicado los hierros en la boca y en la mejilla.

Carreen se despertó y asomó la cabeza por el lado de la cama. Le gustaba ver a sus esclavas en el suelo al despertar. Carreen bajó el brazo y tanteó con la mano por el suelo hasta encontrar su zapatilla. Perrita, cuando vio que la mano de la señorita cogía la zapatilla se puso a lloriquear. Sabía lo que haría ahora la señorita.

Desde el primer día que ocurría lo mismo. La señorita Carreen quería que Perrita permaneciera echada en el suelo, boca arriba, ofreciendo los labios y la mejilla lacerada por los hierros.

De un movimiento rápido la mano de Carreen golpeó la cara de Perrita con la suela de la zapatilla. La niña soltó un agudo aunque contenido grito de dolor que hizo sonreír a Carreen y estremecerse a Dothy que seguía echada en el suelo.

Carreen dejó la zapatilla en el suelo y se sentó en la cama, sacando las piernas por el lado y apoyando sus bellos y descalzos pies en el suelo. Perrita se revolvió en el piso para acercarse a los pies de su ama. La niña sabía que eso era lo que quería la señorita.

―Buenos días, señorita Carreen – musitó la pequeña que aún sollozaba.

Dothy y Lissi también dieron los buenos días a su ama y corrieron a arrodillarse y quedar postradas en el suelo a los pies de Carreen. Ésta levantó ligeramente las piernas y apoyó las plantas de los pies sobre la cara hinchada de Perrita.

La niña, al contacto de los pies del ama con sus labios magullados, volvió a llorar. Dothy y Lissi se pusieron entonces a besar los pies de Carreen, quien sintió una profunda satisfacción al hacer sufrir a Perrita delante de su madre.

―¿Recuerdas cuando me violaron? – le preguntó Carreen a Lissi cuando ésta le besaba los pies que descansaba sobre el rostro doliente de su hija – supongo que sí, que lo recuerdas perfectamente... ¿te debiste divertir mucho, no es así?

―No mi ama, no me divertí... me obligaron a mirarlo... – negó Lissi con vehemencia mientras no dejaba de besar los hermosos deditos de los pies de su ama que se posaban sobre los labios magullados de su hijita que lloraba continuamente.

Carreen presionó con uno de los pies para aplastar un poco más los labios de Perrita que soltó un alarido que hizo estremecer a Lissi.

―Hoy podrás presenciar otra violación... aunque no sé si te divertirá tanto como la mía – se rió Carreen que volvió a pisar con la planta del pie los labios destrozados de la niña.

Lissi se puso a besar y lamer los pies de su ama para ver si mostrándose sumisa, devota y entregada conseguía que ésta dejara de hacer daño a su hijita.

Una hora más tarde Carreen se hallaba en el salón principal. Llevaba de una correa a la pequeña Perrita que la seguía a cuatro patas, pegada a sus altas botas de montar. Lissi y Dothy iban detrás.

―¡Hola Carreen! – dijo Scarlett que acababa de desayunar – cada día te levantas más tarde – comentó sonriendo.

Scarlett parecía feliz, sobre todo porque había recuperado Tara y ahora además veía a sus hermanas felices. Suzanne también estaba a la mesa, terminando el desayuno.

A los pies de Suzanne estaban sus esclavas, Tiddy, la hija de Mamita, Tina, su antigua esclava recuperada y Benita, la pequeña hija de ésta. Tiddy estaba de pie, tras Suzanne, para servirla, y Tina y su hija en el suelo, de rodillas, bajo la mesa.

Carreen tomó asiento a la mesa y Dothy comenzó a servirla inmediatamente. Lissi y su hija Perrita se quedaron arrodilladas a los pies de Carreen.

―Bueno... tengo que deciros que me siento muy feliz porque vosotras dos parecéis totalmente recuperadas y además se os ve dichosas – comentó Scarlett que sin mirar a Marnie, su esclava, le tendió una mano.

Marnie se arrodilló y lamió los dedos de la mano que su ama le tendía. Los tenía manchados de grasa y huevo del desayuno y la hija mayor de Mamita se los limpió con la lengua completamente satisfecha de que su ama se lo dejara hacer porque de esta manera podía añadir a su insulsa dieta un poco de sabor.

Marnie, mientras chupaba para limpiárselos, los dedos de su ama, no quitaba el ojo del plato de ésta. Ya había terminado de desayunar y en él había unas cuantas sobras que se le antojaban muy sabrosas.

―Ahora somos ricas otra vez, podemos comer lo que nos dé la gana, no hemos de trabajar como durante la guerra, podemos tener a nuestras esclavas todo el tiempo y además hemos recuperado a las que nos traicionaron – explicó Suzanne que los motivos de su felicidad coincidían plenamente con los de su hermana Carreen.

Suzanne, que bajo la mesa, a sus pies, tenía a Tina y su hija Benita lamiendo sus botas, metió la mano bajo la mesa y agarró por el pelo a Tina y tirando con fuerza la obligó a sacar la cabeza.

―¡Abre la boca, zorra! – le gritó a Tina quien obedeció al instante.

Suzanne regurgitó unos mocos aspirando con fuerza por la nariz y luego los escupió a la boca de su esclava.

―¡Traga, zorra! – le espetó – y después abre bien la boca para que lo vea.

Tina tragó los verdes mocos que su ama le había escupido en la boca y luego la abrió para mostrar que ya no estaban. Suzanne observó complacida que la esclava se había tragado la inmundicia que acababa de escupirle y soltándole el pelo le propinó una fuerte bofetada mandándola de nuevo a sus pies para que continuase lamiendo sus botas.

―Voy a pasarme un rato por los campos para ver cómo va el trabajo de los esclavos. Confío en Samuel y Sansón pero es bueno que tanto estos como los esclavos que tienen que trabajar vean la presencia del amo de cerca. Os apetece acompañarme? – preguntó Scarlett a sus hermanas.

Suzanne y Carreen aceptaron encantadas. Antes de la guerra, cuando Tara vivía en el esplendor, el lujo y la abundancia, de vez en cuando se hacían llevar en sus sillas de mano hasta los campos.

No era su intención comprobar que los esclavos trabajasen porque lo hacían bajo la vigilancia de los capataces. Lo hacían para divertirse. Les divertía ver a los pobres esclavos deslomarse de sol a sol para hacerlas a ellas más y más ricas y les divertía mandar castigar a algunos cuantos bajo la falsa acusación de que trabajaban poco.

Ahora hacía muchísimo tiempo que no habían podido solzarse con esa antigua costumbre y les apetecía, máxime sabiendo que los esclavos que ahora trabajaban en los campos eran aquellos que habían huído cuando la guerra.

Carreen terminó de desayunar y al igual que su hermana Suzanne en su plato no quedaron ni las migas. Permitió que Dothy le lamiera los dedos para que se los limpiara y después llamó a Perrita que permanecía bajo la mesa a sus pies.

―¡Estírate en el suelo... aquí... boca arriba... al lado de mis pies...! – le dijo a la niña.

Cuando Perrita se hubo colocado como le había ordenado levantó una pierna y apoyó la suela de la bota sobre sus labios macerados y doloridos.

―¡Lissi... repásame el brillo de la bota... con la lengua! – le ordenó a la esclava.

Los gemidos de Perrita provocados por la suela de la bota de su ama sobre sus labios inflamados y quemados se hicieron audibles para Scarlett y Suzanne. Ésta se sonrió y Carreen le devolvió la sonrisa.

―¡Ha sido una gran consideración por parte de nuestras antiguas esclavas que fueran capturadas con sus pequeños! – comentó Carreen que cuando Lissi le hubo lamido la primera bota la retiró de los labios de la pequeña Perrita para ponerle encima la otra bota.

Media hora más tarde Scarlett estaba montada en su yegua, en tanto que Carreen y Suzanne se sentaban en sus sillas de manos. Sus dos esclavas, un delante y otra detrás, cargaban los palanquines llevando la silla en suspenso en el aire. Perrita y Benita se desplazaban de rodillas cada una al lado de la silla de su ama y éstas las llevaban de una correa. Scarlett avanzaba al paso acompañada de Marnie que la seguía a pie.

Carreen daba tirones a la correa para acercar a Perrita. La pobre negrita, absolutamente aterrorizada ante cualquier gesto de su nueva ama se esforzaba en trotar sobre sus maltrechas rodillas para no incurrir en su ira.

Carren, que viajaba en su silla cómodamente, acercó la bota a la carita de la niña de la que tiraba con fuerza de la correa para tenerla cerca. Perrita sacó la lengua y a pesar del movimiento que producía sobre la silla el desplazarse de las esclavas logró alcanzar con ella la bota de su dueña, que tras dejar que se la lamiese un rato volvió a apoyarla en el pequeño pescante sobre el que descansaba los pies cuando era llevada de aquella manera.

Lissi, invariablemente, ocupaba la posición delantera cuando entre ella y Dothy debían llevar a su ama en la silla de manos. Así lo quería Carreen pues de esta manera tenía la espalda de Lissi a mano para lanzar sobre ella fuertes latigazos.

Cuando llegaron a los campos donde los esclavos, la inmensa mayoría formado por hembras adultas y no tan adultas de las que el gobierno les había devuelto, estaban trabajando bajo el sol abrasador y el constante chasquear de los látigos que manejaban Samuel y Sansón, las tres jóvenes bajaron al suelo, Scarlett desde su caballo y Suzanne y Carren desde sus sillas de manos. Se dirigieron al entoldado que siempre debía estar dispuesto de sillas y agua fresca por si las amas se presentaban.

Samuel y Sansón corrieron hacia ellas al verlas. Se arrodillaron a los pies de Scarlett, la verdadera dueña y señora por quien ese par de gigantes sentían verdadera devoción y lealtad y le besaron los pies.

―Trabajan bien los esclavos? – les preguntó cuando aún seguían postrados a sus pies y sus labios aún besaban sus brillantes botas.

―Sí señora Scarlett, no les dejamos ni un momento de descanso. Creo que los de ahora, siendo más de la mitad de los que había antes, hacen casi la misma producción. Si la señora no tiene intención de reponerlos pronto comenzarán a morir – le explicó Sansón.

―Gracias por preocuparte de mis intereses, Sansón, pero de momento quiero que sigan con el mismo ritmo de trabajo y la misma alimentación. Cuando hayamos vendido la cosecha tal vez compre nuevos esclavos, pero te aseguro que no habrá demasiados machos, las hembras pueden trabajar tan duro como ellos y son menos problemáticas.

―Sí señora Scarlett – respondieron sumisos los dos gigantes que seguían a sus pies.

Carreen y Suzanne se habían acomodado ya en sus cómodas sillas protegidas del sol inclemente. Hacía mucho calor y bebieron el agua fresca que sus esclavas les sirvieron.

―¡Sansón! – gritó Carreen – ¡aquella esclava... nos está mirando... ha dejado de trabajar... tráela a nuestra presencia! – ordenó la joven que se moría de ganas por tener un motivo que le permitiese escarmentar a algún esclavo.

El gigantón partió veloz y volvió con la esclava señalada por la joven señorita, arrastrándola del pelo. La arrojó al suelo, a los pies de Carreen.

―¡Mira por donde, aquí tenemos una perezosa! ¡Creo que debería ser azotada, Scarlett!, no crees?

―Probablemente, seguro que tú sabras cómo castigarla – le contestó con sarcasmo Scarlett que no aprobaba los crueles métodos de sus hermanas, aunque entendía el odio que las empujaba a cometer aquellos excesos y no se lo impedía, salvo que viese que la vida de la esclava o esclavo pudiese correr peligro y ella era la única que se atribuía el derecho de vida o muerte sobre las esclavas del campo y el resto de esclavas también, excepto sobre las esclavas personales de sus hermanas.

Carreen había ordenado a Lissi que le sacara las botas, hacía mucho calor. Dothy la abanicaba detrás de ella, Lissi se había quedado las botas para darles brillo con la lengua y Perrita ya se había estirado en el suelo para recibir sobre su inflamado y quemado rostro las plantas de los pies de su joven ama.

―No te parece que latigazos ya reciben bastantes? – fue Suzanne quien intervino aunque no por un sentimiento de compasión hacia la esclava que permanecía de rodillas ante ellas, sino por buscar un castigo más imaginativo que las divirtiera un poco más que los conocidos latigazos que veían aplicar a todas horas.

―Quizá sí... tienes razón... qué te parece... le hacemos cortar una oreja?

―¡Me parece muy acertada tu decisión! ¡Sansón... córtale las orejas! – ordenó Suzanne.

Carreen hizo llorar a Perrita cuando hurgó con las uñas de sus pies sobre las heridas sin curar de los labios de la niña. Se entretuvo en levantar una de las pocas costras que poblaban sus labios purulentos e inflamados con la uña del dedo gordo de su pie. Los gritos de la pequeña se confundieron con los alaridos de la esclava a la que Sansón, con su inmenso machete comenzó a rebanar la oreja, lentamente por orden expresa de Suzanne.

Samuel tenía a la hembra agarrada con todas sus fuerzas porque había comenzado a patear pero la manaza de Sansón le tenía la cabeza perfectamente asida y con la otra mano comenzó a cortar la oreja empezando desde arriba, moviendo la afilada hoja del machete hacia delante y hacia atrás al tiempo que empujaba con fuerza hacia abajo.

Scarlett se apartó unos pasos del lugar donde se estaba llevando a cabo la carnicería. Las risas de sus hermanas la molestaban casi tanto como el demencial tormento.

―¡Atadla a ese poste! – ordenó Suzanne cuando finalmente y entre brutales alaridos de la esclava su cráneo ya no lucía orejas que estaban ahora en el suelo.

Entre los dos gigantes ataron con correas de cuero a la esclava en el grueso poste que clavado firmemente en el suelo era una de las cuatro columnas sobre las que se asentaba el baldaquín bajo el que las amas se protegían del sol.

La esclava, sangrando y sin orejas aullaba de dolor mientras sus compañeros de esclavitud, aparentemente sin vigilancia, parecían doblar más el lomo que cuando eran vigilados.

Perrita seguía llorando amargamente mientras Carreen no dejaba de torturarle los labios quemados con las uñas de sus pies. Lissi, la madre de la pequeña, lamía las botas de Carreen arrodillada a su lado. Carreen movió el brazo con rapidez y le asestó una violenta bofetada a Lissi.

―¡No te olvides de lamerme las suelas, estúpida... creo que he pisado excrementos...! – le dijo a Lissi tras abofetearla.

Scarlett se dedicó a controlar los cestos cargados que los esclavos llevaban a sus espaldas, llenos de cápsulas de algodón. Sonrió satisfecha al ver que la producción, aunque no fuesen las mismas hectáreas cultivadas de antes, estaba siendo excelente, lo que acrecentaría sus arcas con dinero nuevo. Tras sus espaldas seguía escuchando los alaridos de la esclava desorejada y los gritos de Perrita a quien Carreen estaba destrozando los labios quemados.

―¡Ahora los pezones... Sansón... córtale los pezones... pero hazlo aún más lentamente de cómo le has cortado las orejas, creo que has ido demasiado deprisa... quiero que sienta el dolor eternamente! – ordenó Carreen relamiéndose los labios ante la sola perspectiva del apabullante dolor que iba a experimentar la aterrorizada esclava.

Con su enorme manaza Samuel cogió uno de los pechos de la esclava para que su compañero pudiera cortar cómodamente el pezón. Fue un espectáculo terriblemente angustioso. Los alaridos de la esclava, mientras el afilado machete se movía lentamente cortando los tejidos y la carne del pecho, cesaron cuando a mitad de la mutilación perdió el conocimiento. Suzanne mandó que la reanimaran inmediatamente. Tras recobrar el sentido la abominable tortura continuó. Después de que el primer pezón fuese desprendido del pecho, Sansón se aplicó a rebanar el pezón del otro pecho.

Pero el sufrimiento de la pobre esclava distaba aún mucho de haber terminado cuando Sansón le rebanó el segundo pecho.

―Imagino que tendréis agujas para coser sacos... e hilo de esparto... no? – preguntó Carreen a Samuel quien asintió – ¡pues venga... imbécil... ve a por hilo y aguja! ¿a qué esperas?

El gigantón negro corrió hacia la cabaña donde se guardaban herramientas y sacos. Volvió con una gruesa aguja de remendar lonas y sacos y una madeja de basto hilo de esparto.

Por orden de Suzanne, Sansón preparaba los hierros en el brasero.

―Qué vais a hacer? – preguntó Scarlett a sus hermanas después de ver a la pobre esclava desmochada de pechos y orejas.

―No queremos que se desangre... vamos a coserle los muñones y después le aplicaremos los hierros candentes para terminar de cauterizarlos – le explicó con calma Carreen que parecía estar disfrutando de lo lindo con la brutal tortura que estaban haciendo padecer a la esclava.

―¡Venga Sansón... y tú también Samuel... empezad a coserle los muñones de las orejas! ¡Los dos a la vez! – ordenó Suzanne.

Tuvieron que reforzar las ataduras de la esclava, concretamente le ataron la cabeza con una cinta de cuero que la inmovilizó sujetándola por la frente.

Los alaridos de la esclava fueron espantosos. Brutales. Carreen y Suzanne siguieron con atención la chapucera actuación de los dos gigantes negros.

Poco avezados en el arte de coser cometieron una increíble carnicería tanto en la cabeza como en los pechos de la esclava. Intentaban juntar dos trozos de carne cortada y unirla atravesándolos con la aguja, pero los tejidos se iban deshaciendo y tenían que volver a empezar.

Cuando en el lugar que antes ocuparan sus orejas consiguieron dejar un amasijo de carne tumefacta atravesada por docenas de puntadas de hebras de esparto bien prietas, comenzaron a coserle los muñones de los pechos.

Carreen y Suzanne reían como locas viendo lo mal que lo hacían los dos energúmenos y lo mucho que hacían sufrir a la esclava. Sus alaridos no cesaban, al contrario, cuando empezaron a dar puntadas a sus pechos mutilados se redoblaron en intensidad provocando más risas de las dos hermanas que seguían la cruel tortura mientras sus esclavas les lamían los pies.

―Ahora es necesario que le cautericen los muñones con los hierros al rojo vivo – intervino Suzanne – pero Carreen la interrumpió.

―Estoy harta de oír chillar a esta cerda. Primero que le cosan los labios... te parece bien Suzanne? – le comentó con una sonrisa cruel.

―Excelente idea, querida... ya habéis oído a la señorita Carreen, imbéciles... cosedle los labios... tenéis aguja y ha sobrado hilo de esparto.

Cuando finalmente le aplicaron los hierros en las orejas y en los pezones, ahora sólo penosos muñones recosidos, sólo se escucharon gemidos, que eran alaridos que morían en los labios sellados de la esclava. Perdió el conocimiento y su cuerpo quedó desmadejado, sujeto por las correas a la columna.

―Reanimadla y que vuelva al trabajo. Si esta noche no ha alcanzado la producción mínima me lo comunicas – le advirtió Carreen a Sansón – por que en ese caso tendrá que recibir cincuenta latigazos – se rió Carreen.

Scarlett y sus hermanas regresaron a la casa, ella a caballo y sus hermanas en las sillas de manos. Parecían satisfechas de lo que habían hecho.



***



Scarlett se sentía mal. Una cosa era castigar una falta con dureza pero lo que sus hermanas habían hecho con aquella pobre esclava sobrepasaba cualquier límite.

Después de lo que habían sufrido las pobrecillas al ser violadas por sus propios esclavos, Scarlett no se sentía autorizada para reprocharles la crueldad desplegada con aquella desgraciada. Decidió no decirles nada, en definitiva no era más que una esclava que las había traicionado.

A pesar de que la habían dejado con vida sabía que la muchacha moriría en los próximos días. Estaba muy débil, había sido torturada con inusitada crueldad y había vuelto al trabajo. Lo más probable es que no pasara de aquella misma noche pues Carreen quería controlar su producción y si no llegaba al mínimo, que no llegaría, la haría azotar salvajemente.

Antes de la cena vio entrar a sus hermanas. Venían precisamente de presenciar los latigazos que habían ordenado sobre aquella infeliz porque evidentemente su cosecha había sido inferior a la media.

―Crees que vivirá? – escuchó a Carreen preguntar a su hemana Suzanne cuando entraban en el salón.

―Sí... he dado instrucciones para que la mantengan viva... mañana tiene que ir a trabajar – se rió Suzanne y Carreen la secundó.

Scarlett sintió un ligero estremecimiento al pensar en la esclava. Incluso sentía cierta pena por la muchacha. En el fondo también entendía a las esclavas que habían sido liberadas y habían optado por fugarse. De encontrarse en su situación posiblemente ella hubiese hecho lo mismo.

Durante la cena no se habló de lo sucedido aquella tarde en el campo. Se comentaron las últimas noticias del gobierno, que eran de lo más alentadoras puesto que el comercio de esclavos había sido de nuevo restablecido.

Carreen estuvo muy quisquillosa con Dothy durante la cena. La hizo acercarse varias veces para abofetearla por tonterías, ante la angustiosa mirada de Mamita.

―¡Dothy... acércate... ven aquí... – le ordenó por cuarta vez, cuando ya la había abofeteado las tres veces anteriores que la había llamado a su presencia – ¡De rodillas... arrodíllate Dothy...! ¡Pon la mano en el suelo... rápido! – le ordenó esta vez.

Dothy, que era una niña muy dócil y muy sumisa lloriqueó porque sabía lo que su ama iba a hacerle. Obedeció y apoyó la mano en el suelo. Carreen se giró en su silla y levantando un pie le apoyó el tacón de la bota sobre los dedos de la mano. Dothy, intentando aplacar la ira de su ama en un intento de librarse del doloroso castigo que se le avecinaba. Agachó la cabeza y sacando la lengua la pasó repetidas veces por la brillante piel de la bota que tenía sobre su mano.

―¡Mamita... ven aquí...! – chilló Carreen.

La fiel Mammie se acercó temerosa ante la más joven de las amas y la que peor carácter lucía.

―¡Dothy está últimamente despistada y torpe... quiero que se quede dos días sin comer nada...! me has entendido? ¡Nada! ¡NADA! – repitió Carreen gritando.

―Sí señorita Carreen... como usted ordene, señorita Carreen – contestó Mamita en un tono tan servil que nunca Scarlett se lo había escuchado, ni cuando se dirigía a Ellen.

Scarlett reprimió una sonrisa porque en el fondo le hacía gracia ver a la voluminosa Mamita portarse como un cordero ante la pequeña Carreen. Seguro, pensó Scarlett, que lo hace para evitarle más castigo a su hija.

Dothy seguía pasando la lengua sobre la brillante bota de su amita y ésta seguía hablando con Mamita, indicándole que la responsabilizaba a ella de que la esclava cumpliera el castigo.

―Si come algo, aunque sean sobras de la basura lo sabré, Mamita, y tú serás la responsable. Ha quedado claro?

―Sí señorita Carreen, muy claro... no se preocupe, Dothy no comerá nada hasta que usted lo autorice, señorita Carreen – contestó servil Mamita haciendo reverencias delante de la joven ama.

Mamita se retiró haciendo más reverencias pero algo más tranquila porque pensaba que acababa de evitarle a su hija que le rompieran los dedos de una mano. No fue así.

¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH...!

El alarido que profirió Dothy llegó hasta el exterior de la casa donde varios esclavos que montaban guardia, encadenados, se persignaron al escuchar el estremecedor chillido.

Carreen había levantado el pie pero en lugar de retirarlo había soltado un tremendo pisotón con el tacón de su bota sobre los dedos de Dothy, quien también confiaba en salirse de aquella situación con los dos días sin comer, que siendo mucho al menos se evitaba el impresionante y lacerante dolor que ahora recorría todos sus nervios transportando toda la intensidad del dolor a la base de su médula espinal.

Carreen sonrió satisfecha y se sentó bien para terminar de comer. Dothy tenía la mano ensangrentada y varios dedos colgaban inhertes. Se los había roto.

Mamita se acercó a Scarlett cuando las amas se hubieron levantado de la mesa.

―¿Qué te pasa, Mamita? – preguntó Scarlett cuando sabía perfectamente qué le pasaba a la negra.

―¡Ay señorita Scarlett! ¡Qué quiere que me pase...! ¿Qué no tiene ojos en la cara? ¿Qué no ha visto lo que la señorita Carreen le acaba de hacer a mi pobre Dothy? Pero si Dothy es un cielo, es la máxima expresión de la devoción y el servilismo y esta noche le ha pegado un montón de bofetadas sin motivo, luego la ha dejado dos días sin comer y finalmente le ha partido un par de dedos a mi niña...

―¡Mamita! ¡Estás siendo insolente! ¡No te tolero que hables de esta manera de una de tus amas...! ¡Disculpate ahora mismo o te llevo a ver a la señorita Carreen y le digo lo que has dicho! – la amenazó Scarlett visiblemente excitada.

Mamita tenía toda la razón del mundo para estar disgustada pero no tenía ningún derecho a decir lo que acababa de decir. Scarlett, por mucho que quisiera a Mamita no podía tolerar aquella insolencia.

La negra miraba a Scarlett sin comprender aquella reacción. Muchas veces había mostrado su desacuerdo con las caprichosas decisiones de las señoritas y ella nunca la había regañado de aquella manera. Siempre la había tratado de consolar pero no la había reñido ni amenazado. La negra empezó a lloriquear. Se sentía muy dolida. Ella no era una esclava como las demás.

―¿Vas a pedirme perdón a mí o prefieres ir a pedir perdón a la señorita Carreen? – insistió Scarlett golpeando con la suela de su bota el piso de mármol de manera nerviosa.

―Sí mi ama... le ruego que me perdone mi ama... me estoy haciendo vieja y no mido mis palabras...

―Pues aprende a medirlas. Las señoritas Carreen y Suzanne ya no son unas niñas, ahora son ya unas señoritas y has de tenerles el máximo respeto. No puedo tolerar que hables así de ellas.

―Sí señora ama... vuelvo a pedirle perdón... no volveré a decir algo parecido en mi vida... perdóneme, señora ama... se lo suplico.

La voz de Mamita, siempre tan vivaracha, alegre y cordial, hasta cuando parecía que estaba enfadada, se tornó cavernosa y profunda. Era una voz humillada, derrotada.

Entonces Mamita hizo algo que no recordaba haber hecho nunca si no era con su antigua ama, la señora Ellen: con dificultad se arrodilló a los pies de Scarlett.

Scarlett se sonrojó. Ella no había pretendido aquello. Que la buena de Mamita se arrodillara significaba que ya no era la Mamita de siempre. A Scarlett le dio pena. La negra mantenía la mirada baja y sacudía sus anchos hombros a ritmo lento. Estaba llorando.

―¡Oh, Mamita... levanta... levanta... ya te he perdonado... levanta – le susurró asiéndola por los brazos para intentar levantarla.

La negra se tuvo que ayudar apoyando una mano en el suelo para poder incorporarse y ponerse de pie. Scarlett le enjuagó las lágrimas con sus manos, que tras innumerables cuidados de Marnie, otra de las hijas de Mamita y la ausencia de trabajos pesados habían vuelto a ser unas manos preciosas y finas.

―¡No llores Mamita... ya te he perdonado! Tienes que comprender que no puedes ir por ahí diciendo las cosas que has dicho de la señorita Carreen. Además ella es el ama de tu hija y tiene todo el derecho del mundo a castigarla como ella considere. Ni tú ni yo podemos enjuiciar los actos de la señorita Carreen... y tú menos, porque eres una esclava. Por muy especial que seas, eres una esclava.

―Ya sé que soy una esclava... sólo que yo pensaba que con usted...

Scarlett suspiró. Acarició la cabeza de Mamita y ésta se puso a llorar desconsolada.

―¡Venga, no llores... no llores...! ¡Te comprendo perfectamente! ¡Mi hermana ha estado un poco injusta... hasta cruel con tu hija... pero no te queda más remedio que aguantarlo con entereza. Y te prohibo que nunca más vuelvas a decir las horribles palabras que has dicho hoy sobre una de tus amas! ¿Entendido?

Mamita asintió mientras se limpiaba las lágrimas con el dorso de la mano.

Esa misma noche, Carreen hizo una apuesta con su hermana. Estaban sentadas en el porche. Hacía calor y había un par de esclavas aventándolas. Acababan de servirles el thé con hielo y menta.

―¡Que te apuestas a que Dothy me va a suplicar que le deje lamerme las botas...! – le dijo Carreen a su hermana Suzanne con la que, al hilo de los castigos que acababa de imponer Carreen a Dothy, estaba comentando que últimamente las hijas de Mamita estaban excesivamente torpes.

―¡Qué dices...! ¡No me creo nada...! – rechazó de plano Suzanne.

―¡Apuéstate algo! – le insistió Carreen.

―¡Está bien, si pierdo haré que Tiddy me haga esta noche una vigilia con mis botas en las manos – apostó Suzanne.

―¡De acuerdo! ¡Dothy... Dothy...! – chilló Carreen.

La hija pequeña de Mamita, que en aquellos momentos estaba con Scarlett que estaba mirando de hacerle unas tablillas para mantenerle los dedos fijos y que se le pudiesen soldar, miró a la gran señora de Tara con miedo en los ojos.

Scarlett lanzó un suspiro y meneó la cabeza.

―Va a ser difícil que te los podamos curar. Es tu ama quien debe autorizarlo. Anda, ve a ver que quiere... corre... no la hagas enfadar más – le dijo Scarlett.

Dothy llegó corriendo y se arrodilló a los pies de su ama que estaba cómodamente sentada en un sillón de mimbre, con una pierna cruzada sobre la otra.

―Me llamaba, ama?

―Sí, Dothy... acabo de ver que mis botas están sucias. Vete a mi habitación y baja los cepillos y betunes... me vas a lustrar las botas.

Dothy se quedó un momento mirando las botas de su ama. Brillaban como espejos. Estaba claro que quería atormentarla. Con aquella mano rota le sería imposible manejar los cepillos y las gamuzas. Se angustió.

―¿A qué esperas, Dothhe? ¿No me has oído? – le dijo Carreen moviendo la bota del pie que tenía colgando, balanceándola ligeramente bajo la nariz de la esclava – tienes que abrillantarme las botas...

―Perdone señorita Carreen...

―Sí... Dothy...?

―Verá, señorita, quisiera suplicarle que me permitiera limpiarle las botas con la lengua...

―Y eso, Dothy...?

―Para poder pedirle perdón, señorita... hoy he estado muy torpe y usted ha tenido que castigarme por mis contínuas torpezas... y he pensado que si me deja limpiarle las botas con le lengua sería como pedirle perdón por lo mal que me he portado...

―Me parece una petición muy acertada... si quieres puedes limpiarme las botas con la lengua, Dothy...

Carreen miró a su hermana con una sonrisa mientras Dothy comenzaba a pasarle la lengua por el negro y brillante cuero de sus botas.

―¡Tiddy...! – llamó Suzanne a su esclava.

―Sí... ama?

―Esta noche me harás una vigilia con mis botas en las manos...

―Pero señorita Suzanne... si no he hecho nada malo... – comenzó a suplicar Tiddy que no sabía porqué era castigada.

―No es necesario que hagas nada malo para que decida castigarte. Puedo castigarte si me da la gana y por eso vas a hacerme la vigilia.

―Sí señorita – aceptó resignada Tiddy.

―Y ya que te tengo de rodillas aprovecha y límpiame las botas... mira tu hermana... hazlo igual que ella...

―Sí señorita.

Cuando se iban a dormir, Carreen se cruzó con Mamita que parecía desolada viendo a Dothy tras su ama con cara de estar sufriendo por culpa de su mano destrozada.

―Mamita... me voy a la cama... súbeme un vaso de leche caliente – le ordenó Carreen al pasar por su lado.

―Sí señorita Carreen.

Carreen se detuvo al principio de la escalera y se giró.

―Porqué me has pedido que te dejara limpiarme las botas con la lengua? – le preguntó a Dothy.

―Ya se lo he dicho, ama... porque quería pedirle perdón por mis continuas torpezas de esta noche – contestó Dothy que no se esperaba aquella pregunta.

Como siempre, la mano de Carreen fue muy rápida. El bofetón sonó en la estancia y Mamita pudo oírlo.

―¡Estúpida! ¿Me tomas por imbécil? ¡Dime porqué me has pedido lamerme las botas! – le gritó con los ojos chispeantes de cólera.

―Le he dicho la verdad ama...

De nuevo la mano abierta de Carreen se estrelló contra la mejilla de su esclava, volteándole el rostro. Mamita se había quedado a la entrada de la puerta que conducía a las cocinas, mirando angustiada cómo la amita abofeteaba e insultaba a su hija.

―¿Pretendes hacerme creer que no ha sido para evitarte tener que usar los cepillos con la mano rota?

Dothy tenía miedo. Si confesaba que había sido una estratagema para evitarse sufrimiento, tal y como sugería la señorita, temía que ésta se enfadase, pero es que además ya le había mentido dos veces en practicamente un instante. Rectficar y confesar ahora le producía vértigo. La pobre muchacha se sentía atrapada.

―Ha sido para poder pedirle perdón, señorita – repitió sin apenas convicción y temiendo las consecuencias de su mentira.

―Quieres decir que no ha sido para evitarte sufrir manejando los cepillos, es eso, no? Que sólo pretendías mostrarte servil para ganarte mi perdón, no?

―Sí ama – musitó Dothy que se sentía atrapada y vencida.

―¡Muy bien... vamos arriba!

Carreen se dio la vuelta y comenzó a subir las escaleras seguida por una abatida Dothy. Cuando Mamita entró en las habitaciones de la señorita Carreeen vio a ésta sentada en el borde de la cama y a su hija de rodillas intentando sacarle las botas.

―¿Qué ocurre Dothy? ¿Es que no puedes sacarme las botas? ¿Me estás desobedeciendo? ¿Tendré que castigarte? – le dijo con gran satisfacción Carreen.

Dothy tenía la mano que antes le había pisado, absolutamente inservible. Tenía dos dedos rotos que le producían un horrible dolor y que le impedían usar la mano. A pesar de que utilizaba las dos manos para descalzar la bota de la señorita, el tener una impedida para mover la bota y tirar de ella le hacía imposible cumplir la orden de su señora.

―Perdóneme señorita, perdóneme... – se puso a llorar Dothy que se veía incapaz de cumplir la orden que le había dado – no puedo sacarle la bota... me duele mucho la mano...

―¡Vaya... veo que vuelves a pedirme perdón! ¿Pero no habíamos quedado que cuando me has limpiado las botas con la lengua ha sido para pedirme perdón?

La muchacha negó con la cabeza mientras sollozaba.

―No ha sido por eso... bueno, sí, sí quería pedirle perdón... pero... pero... – un acceso de llanto la impidió seguir hablando.

Mamita estaba de pie, apartada, con el vaso de leche caliente en una pequeña bandeja de plata, mirando angustiada el sufrimiento de su pequeña Dothy. Carreen se lo estaba pasando la mar de divertido. Estaba jugando con su esclava y eso la excitaba. Vio a Mammie en un rincón, con el rostro desencajado, a punto de llorar.

―¡Mamita! ¡Mi leche!

La negra se acercó y le tendió el vaso a la señorita mientras veía a los pies de ésta a su hija, llorando como su fuese una Magdalena mientras volvía a intentar sin éxito descalzar la bota de su señorita.

―Ya ves Mamita... tu hija no sólo se niega a obedecerme si no que además me miente y me toma por estúpida. ¿Qué debería hacerle ahora?

―¡Ay mi amita... permita a esta vieja esclava que le descalce las botas... se ve muy claro que mi pobre Dothy no puede... es por la mano... tiene un par de dedos rotos... permítame que sea yo quien la descalce... como cuando era pequeña, señorita... ya no se acuerda usted de lo mucho que yo la quería? Siempre tenía los pies fríos y yo le echaba el aliento para calentárselos y se los besaba hasta que entraban en calor, señorita... y usted estaba muy contenta de que se lo hiciese... si quiere volveré a darle besitos en los pies, señorita... – suplicó Mamita mientras se arrodillaba a los pies de Carreen.

Mamita cogió la pierna de Carreen que su hija había sido incapaz de descalzar y con cuatro movimientos dulces pero enérgicos le sacó la bota. Luego tomó el otro pie y repitió la operación. Mamita le cogió ambos pies por los tobillos y levantándole las piernas se llevó sus finas plantas a la cara. Le hechó su aliento en los pies y comenzó a besárselos con devoción.

―Sé que piensas que soy cruel con tu hija, Mamita... pero no es cierto. Dothy me ha mentido y tengo que castigarla. Piensa que si en lugar de ser tu hija fuese Lissi la haría mutilar... pero no, Dothy seguirá conservando todos sus miembros pero tengo que castigarla...

―¡Oh, señorita Carreen, perdónela, perdone a Dothy... ella la adora, no ha querido mentirle, sólo que se ha visto atrapada en una situación que no ha sabido controlar, pero Dothy es una buena niña, que quiere a su amita por encima de todas las cosas...

Mamita besaba con verdadera fruición los deditos y las plantas de los pies de Carreen quien estaba disfrutando de aquella situación.

―No Mamita... me pides un imposible. No puedo dejar sin castigo la falta de tu hija... y no creas que no me sabe mal... por ti especialmente, porque sé que me quieres mucho pero no tengo más remedio...

―Por favor señorita... – dijo Mamita sin dejar de besarle los pies y además ahora llorando.

―¡No! ¡Lo siento Mamita! ¡Dothy... pasarás la noche de rodillas y aguantando mis botas con las manos... una con cada mano... y pobre de ti si te caen – sentenció con gran placer Carreen, que disfrutaba de la desesperación de sus esclavas, madre e hija – si no obedeces mis órdenes te cortaré los pezones le dijo experimentando gran placer al ver la expresión de terror de madre e hija.

Lissi y Perrita, que por una vez no se sentían protagonistas de los crueles caprichos de la señorita Carreen, miraban desde un rincón con gran pena en su corazón por el sufrimiento de Mamita y especialmente de Dothy, a quien veían que tenía una mano que no utilizaba y suponían lo que le había ocurrido.

―¡Venga, Dothy, quiero verte de rodillas aquí...! – dijo señalando el suelo junto a la mesilla de noche – ¡...coge las botas y ponte brazos en cruz... mientras me entra el sueño quiero ver todo el rato mis botas en lo más alto. Me gusta ver cómo reflejan los destellos que procude la luz de la lámpara cuando incide contra su lustrosa piel!

Mamita sabía que no había nada que hacer. Se encargó ella misma de terminar de desnudar a la amita, de meterla dentro de la cama y arroparla tal y como hacía cuando las señoritas eran pequeñas y ella aún se encargaba de cuidarlas.

―¡Lissi, pasarás la noche en vela, vigilando que Dothy no baje los brazos y mucho menos que suelte las botas.

―Sí ama – respondió la esclava con miedo.

Dothy había cerrado la mano sobre la vaina de una de las botas y ahora debía hacer lo mismo, con la mano rota, sobre la otra bota. El dolor resultó inhumano. Los dedos rotos apenas tenían fuerza y se ayudó de los demás, que estaban muy doloridos por el terrible pisotón que le había seccionado un par de dedos pero que también había interesado a los otros.

Con gran fuerza de voluntad pudo coger la vaina de la alta bota y elevó ambas hasta que puso los brazos extendidos y paralelos al suelo.

En alguna ocasión había hecho una vigilia de castigo como la que ahora tenía que hacer y a pesar de que había sido perdonada al cabo de unas cuantas horas, cuando la señorita se había despertado porque tenía sed, el sufrimiento había sido de lo más atroz.

Ahora, con los dedos rotos le parecía imposible poder aguantar más hallá de una hora.

―¡Puedes retirarte, Mamita... me ha gustado mucho que me calentases los pies con besitos, como hacías cuando yo era pequeña! – le dijo a Mamita con una dulce sonrisa que no escondía la crueldad de aquella muchacha.

Mammie se levantó con dificultad pues sus rodillas estaban muy castigadas por haberse pasado gran parte de su vida en aquella posición. Hizo una reverencia, cogió la bandeja de plata y el vaso de leche vacío y tras lanzar una mirada cargada de pena a su pobre hija que lloraba en silencio mientras intentaba mantener las botas de la señorita en alto, se retiró hacia la puerta.

―Que la señorita tenga felices sueños – se despidió sin poder contener un sollozo.

―¡Por cierto, Mamita! ¡No olvides que ni mañana ni pasado mañana Dothy no puede comer nada! ¡Recuerda que está castigada! ¡Espero que Dothy acabe siendo una buena esclava!

―¡Sí señorita, no lo olvidaré!

―¡Ya ves cuan dura es nuestra responsabilidad para con vosotras las negras... sois seres sin civilizar, que sólo aprendéis con el castigo... y no pienses que disfruto castigando a Dothy... sencillamente no me queda otro remedio... es por su bien, Mamita! – le soltó Carreen ese pequeño, cínico e hipócrita discurso mientras Mamita esperaba con una mano en el pomo de la puerta.

―Sí señorita... gracias señorita por hacer de nosotras buenas esclavas...

―¡Puedes retirarte, Mamita!

Cuando Mammie hubo cerrado la puerta de la habitación, Carreen se arrebujó bajo la colcha y las mantas en su blandita y amplia cama y se quedó mirando a Dothy con una sonrisa dibujada en el rostro.. una sonrisa que daba a entender lo mucho que estaba gozando con aquella situación. A veces, pensaba en aquel momento Carreen, no es necesario amputar miembros a las esclavas para hacerlas sufrir.

―¡Lissi... si me despierto y no veo mis botas colgar de las manos de Dothy mañana pisaré a tu hija con esas mismas botas y le romperé uno a uno todos los huesos de su cuerpo.

―Sí ama... descuide... – respondió Lissi con el corazón en un puño sólo de pensar en la terrible amenaza que su dueña acababa de lanzarle.

Carreen tardó más de una hora en dormirse. Quería permanecer despierta el mayor tiempo posible para disfrutar del sufrimiento de Dothy, que era una manera de disfrutar de su poder.

Dothy sufrió como nunca había sufrido. El dolor de sus dedos rotos teniendo que soportar el peso de la bota de montar de su ama, a medida que fueron pasando las horas, se convirtió en el sufrimiento más brutal que jamás hubiese experimentado.

Pasar más de dos horas de rodillas con los brazos en cruz y soportando el peso de las botas, era considerado como el límite de resistencia, pero las amenazas de crueles amputaciones estimulaban el carácter de las esclavas que padecían este castigo y hasta las más débiles habían superado con creces ese tiempo. Más de una había pasado toda la noche aunque tras semejante castigo habían quedado emocionalmente alteradas.

La vigilia con botas era un castigo bastante habitual. En muchos casos las señoritas, aprovechando que se despertaban a media noche para beber o para orinar, si lo consideraban perdonaban el resto del castigo, pero no siempre era así. Y no fue así en el caso de Dothy. Con la mano rota pasó diez horas aguantando las botas de la señorita en sus manos.

Cuando Carreen se despertó a la mañana siguiente, los brazos de Dothy no estaban en cruz y paralelos al suelo, pero sus botas continuaban colgando de las manos de la esclava y no llegaban a apoyarse en el suelo.

Cuando Carreen autorizó a Dothy a bajar los brazos y soltar sus botas, la esclava perdió el conocimiento y tuvo que ser ingresada todo el día. Carreen tampoco le perdonó el castigo del ayuno.



***



Las cosas se fueron arreglando en Tara, gracias sobre todo a la buena suerte que tuvieron al poder hacerse con el oro del soldado rebelde que había intentado violar y asesinar a Scarlett y al que Babsy mató de un disparo. Luego vino la recuperación de una parte de los esclavos fugados, que aunque mayoritariamente fueron hembras y niños representaron la mano de obra necesaria para que las campos de la plantación dieran cosechas, no al nivel de antes pero sí para empezar a generar suculentos ingresos.

Scarlett amplió la población esclava de Tara con nuevas compras que pudo realizar en el momento que el comercio de la trata fue restablecido. Los mercados de esclavos se volvieron a llenar y cada tres meses asistía a las subastas para hacerse con nuevos esclavos.

Scarlett, escarmentada por la revuelta y fuga de esclavos que acaeció en Tara durante la guerra decidió adquirir mayoritariamente hembras. Buscó a las razas más fuertes físicamente para explotarlas en los campos pero también dedicó una buena parte de las hembras para la reproducción vegetativa de la población esclava. Decidió suprimir la política paternalista de su madre que favorecía la formación de familias de esclavos.

A Scarlett sólo le interesaba que sus hembras quedasen preñadas y para ello se hizo con unos cuantos sementales entre los que figuraron los gigantes Sansón y Samuel, quienes resultaron unos excelentes procreadores.

Scarlett estaba convencida de que la semilla de aquellos fuertes pero devotamente sumisos esclavos había de engendrar esclavos igual de sometidos, y no le faltaba razón como se fue viendo a medida que las pequeñas legiones de esclavos fueron creciendo.

Scarlett estaba muy contenta de que los nuevos retoños se distinguieran por su docilidad.

Scarlett habló con médicos, filósofos y estudiosos del alma y el cerebro y de ellos aprendió que la herencia genética de unos padres sometidos y sumisos combinada con una política de terror sobre la población esclava, producía unos niños dóciles, sumisos y temerosos de sus amos.

Establecer una política de terror en la plantación, aún siendo contraria a ella por principios no le supuso ningún problema puesto que confío esta desagradable misión a sus hermanas Carreen y Suzanne que la aceptaron con sumo gusto.

Carreen y Suzanne reinaban despóticamente sobre la población de niños esclavos, sometiéndolos a una disciplina caprichosa e implacable. Scarlett muchas veces se retiraba cuando sus hermanas decidían escarmentar a alguno de los esclavos. Le dolía ver el horror en las caritas de los pobres niños y le horrorizaba escuchar sus alaridos cuando sus hermanas los despellejaban a latigazos por la simple falta de haberlas mirado a la cara sin autorización.

Pero, se decía, por duro que fuera era necesario comportarse de aquella manera para tener unos esclavos dóciles y totalmente sometidos y entregados... se juró a sí misma que nunca jamás habrían de sufrir una revuelta de esclavos, que ningún esclavo tendría nunca la más mínima posibilidad de cometer sobre ella o sus hermanas el menor acto de vileza, tal y como había sucedido al comienzo de aquella execrable guerra que finalmente había puesto de nuevo las cosas en su sitio.

Su hija Sarah creció rodeada de actos de crueldad y barbarie cometidos por sus tías y la pequeña llegó a parecerle algo normal que a un esclavo se le sometiera a terribles castigos por faltas que a veces incluso eran inexistentes.

Nelly, la esclava de Sarah, creció pegada a las faldas de su amita y parecía que la pequeña esclava adoraba a Sarah. Habían pasado ya unos cuantos años y ahora ambas tenían trece años.

Scarlett, quien en un principio casi había repudiado a su hija en el momento de nacer porque le pareció una carga injusta de llevar debido a que era hija de un hombre con el que se había casado por despecho, ahora se sentía muy orgullosa de su hija. La quería con locura. Scarlett la miraba y se veía a sí misma cuando no era más que una muchachita en el principio de la adolescencia.

Desde hacía ya unos cuantos años, Nelly, su inseparable acompañante durante su infancia, había comenzado a servir a Sarah bajo la atenta mirada de Prissy, en quien Scarlett encontró a la perfecta institutriz.

Scarlett se admiraba de que por fin Prissy le hubiera resultado aprovechable. La había tenido como doncella personal durante unos años y había estado a punto de venderla en más de una ocasión por que se le antojaba una inepta. Si no lo había hecho había sido por deferencia a su madre, Babsy, que sí había demostrado ser eficaz y sobre todo extremadamente leal.

―Parece mentira, Prissy, que seas tan buena diciéndole a Nelly cómo debe servir a su ama y sin embargo cuando eras tú la que tenías que servir resultaras ser una perfecta inepta – le decía a menudo Scarlett.

―Ya ve usted, señora Scarlett, para algo tenía que servir – le contestaba orgullosa de que la gran señora reconociera su valía, ni que fuese sólo en aquel terreno al que se había volcado con entusiasmo.

Las cosas, tras lentos años de lenta recuperación, volvían a ser prácticamente como antes de la guerra en Tara.

Una mañana estaba Sarah en el porche, acomodada en su sillón de mimbre charlando con su madre. Nelly estaba arrodillada a sus pies y se dedicaba a limpiarle las botas que le había descalzado. Sarah descansaba los pies sobre el vientre de uno de los centenares de pequeños esclavos que poblaban Tara.

―Así que la mayoría de estos niños no saben quien es su padre, verdad mamá? – preguntó Sarah mientras apoyaba la suave planta de su pequeño pie femenino sobre los labios atrozmente descarnados de la pequeña esclava que había escogido para que le sirviese de cojín para sus pies.

―Así es... tenemos una docena de esclavos macho que se dedican a preñar a las hembras... nunca se sabe quien es el padre... de esta manera no se crean nucleos familiares.

―Y mi padre? Yo tampoco sé quien es mi padre...

―Eso es distinto. Yo sí sé quien era tu padre, solo que murió antes de nacer tú.

La pequeña esclava se puso a gemir y lloriquear al sentir el dolor que el roce de la planta del pie de la joven ama producía en sus labios. Sarah hizo presión con el pie en la boca de la niña para callarla.

―¡Sarah... por favor! ¿Qué no ves que le estás haciendo daño? – exclamó Scarlett que no le gustaba que su hija se comportase con crueldad sin motivo.

―Y qué tengo que hacer...? Tengo que apoyar los pies, no? No es culpa mía que Carreen le haya arrancado parte de los labios con unas tenazas.

―¡Pues apoyale los pies en el vientre...! – replicó Scarlett molesta.

―A mí me gusta apoyar los pies en los labios de las esclavas – comentó con el tono propio de una niña mimada.

―¡Pues entonces coge a otra que tenga los labios enteros!

En el fondo Scarlett sabía que la culpa era suya. La obsesión por tener a los esclavos plenamente sometidos la había llevado a dar carta blanca a sus hermanas para imponer el terror en la plantación. Aceptaba como un obligado peaje que se cometieran atrocidades a cambio de garantizar la seguridad de los suyos. Se había jurado que nunca más un esclavo amenazaría la vida de ninguno de los suyos y estaba convencida de que la fórmula pasaba por hacer vivir a los esclavos en el más absoluto terror. El terror se creaba aplicando castigos injustos y desproporcionados.

La población esclava vivía permanentemente en estado de angustia y tenían la voluntad, la dignidad y la autoestima destrozadas. Eran capaces de hacer cualquier cosa por temor a las terribles represalias.

Sarah, sobretodo en los últimos cuatro años, había vivido de cerca aquella insdiscriminada represión y comenzaba a parecerle algo normal y habitual ver a esclavas que habían sufrido espantosas atrocidades.

En ese momento Scarlett se sintió estúpida reconviniendo a su hija por limitarse a hacer algo que hacía cualquier otra muchacha de su edad como era descansar los pies en la cara de una esclava. Si las cosas habían llegado a cotas demenciales había sido porque ella lo había autorizado.

―No te da pena esta niña, Sarah? – preguntó a su hija en un tono conciliador viendo que Sarah se había molestado por aquella repentina reconvención.

―No lo sé... Carreen y Suzanne me dicen siempre que imponen esos castigos porque tú quieres que sea así, luego pienso que es correcto lo que hacen.

―Y lo es hija... lo es... lo hacemos para que nos teman y nos respeten... sólo que no es necesario que nosotras aumentemos sus sufrimientos.

Sarah mantenía ahora la planta del pie apoyada sobre el rostro de la niña negra que había dejado de gemir. A Sarah le había molestado que su madre la regañara y no acababa de entender porqué lo hacía. Se limitaba a usar una esclava ¿porqué había de mirar si le hacía daño o no se lo hacía? ¿No era una esclava? Aquella intrusión de su madre la había puesto de mal humor.

―¡Nelly! ¿Aún no has terminado de limpiarme las botas? – le preguntó casi a gritos.

―Ya termino señorita Sarah, ya acabo – respondió su devota esclava.

―¡Pues espabila si no quieres que te haga azotar! ¡No tengo todo el día para esperar a que termines! – le dijo muy enfadada.

―Sí señorita... no se enfade señorita... ya termino.

Scarlett se dio cuenta de que Sarah estaba haciendo pagar su malhumor con su esclava. Le supo mal que la tratara así, aunque tenía el convencimiento interno de que sólo la había amenazado para asustarla pero que no tenía intención real de hacerla azotar. Habían convivido juntas desde que eran muy pequeñas bajo la constante guía y protección de Prissy y habían desarrollado una bonita amistad entre ama y esclava.

Hasta hacía cosa de un año y a pesar de que Nelly ya llevaba tiempo siendo la doncella de Sarah, cualquiera que las hubiera observado hubiese dicho que se trataba de un par de amigas más que de una señorita y su esclava.

Desde hacía cosa de un año, más o menos a partir de que Sarah había tenido la regla por primera vez y su cuerpo había comenzado a adoptar formas mucho más femeninas, que la relación entre ambas, sobre todo por parte de Sarah, se había hecho mucho más distante. Sarah había comenzado a castigar a Nelly por errores que antes siempre había perdonado.

No eran castigos como los que se aplicaban al resto de la población esclava pero a Scarlett le dolía que su hija no respetara el recuerdo de Babsy, una de las esclavas más fieles que nunca hubiese tenido.

―¡Por cierto, mamá... Nelly a veces me pregunta cosas de su madre... y yo no sé que decirle... ¿dónde está la madre de Nelly?

―Se llama Babsy y ya no está con nosotras. Hace años, vosotras erais aún unas niñas de pecho, me salvó la vida, mató al hombre que quería violarme y asesinarme. Después, contra mi deseo, me vi obligada a regalársela a Melissa, junto con una hermanita pequeña de Nelly.

―Quieres decir que es esclava de tía Melly y nunca la hemos visto cuando hemos ido de visita?

―Tú has ido pocas veces y como que llevabas a Nelly, Babsy pidió no estar presente porque temía que se le rompería el corazón si veía a su hijita y no podía estar con ella.

―Pero yo, si lo hubiera sabido, habría dejado que Nelly estuviese un rato con su madre – exclamó Sarah a quien aquella revelación sobre la madre de su esclava había enternecido tanto que se le había pasado el mal humor de antes.

Scarlett se sintió orgullosa de la respuesta de su hija. A veces pensaba que se iba a convertir en un monstruo como sus propias hermanas, Carreen y Suzanne, pero se dio cuenta de que Sarah tenía un buen fondo, capaz de sentir compasión. Scarlett sonrió a su hija ante aquel hermoso detalle y la niña le devolvió la sonrisa.

Entonces Sarah vio que Nelly, al oír hablar de su madre, se había quedado escuchando a sus amas y había dejado de cepillarle las botas. Sarah pareció olvidar sus buenos sentimientos y sin mediar palabra le soltó una bofetada a su esclava.

―¡Quien te ha dado permiso para dejar de lustrarme las botas! ¡Contesta, estúpida! – le gritó dándole una nueva bofetada.

Nelly comenzó a sollozar, agachó la cabeza y se puso a cepillar de nuevo las botas de su amita. A Scarlett le dolió que hubiera pegado a la pobrecilla esclava. Scarlett suspiró. Qué le iba a hacer. Sarah era así, caprichosa, voluble, imprevisible. Había crecido en un ambiente de gran violencia y desprecio hacia las esclavas y, si bien de momento aún se comportaba bastante bien con Nelly a veces tenía reacciones contradictorias como aquella.

―¡Despídete de comerte mis sobras en un par de días! – sentenció Sarah la «terrible» indisciplina de su esclava y no encontrando el castigo suficiente añadió –: y cuando regrese te llevaré a que Carreen te dé diez latigazos.

Dios mío, pensó Scarlett, es la primera vez que impone un castigo tan duro a Nelly, y eso que hace un momento parecía totalmente enternecida por ella al hablar de su madre. La propia Scarlett se sintió conmocionada ante la reacción inesperada de su hija.

―No seas tan dura con Nelly, hija mía – terció Scarlett en un tono lastimero que denotaba la debilidad que sentía por la hija de Babsy.

―¡Mamá, por favor... Nelly es mi esclava! ¡Yo sé cómo debo tratarla! – le respondió Sarah haciéndose la indignada.

Poco después Nelly calzaba las botas a su amita y juntas partían hacia las caballerizas. A Sarah le apetecía cabalgar un rato. Cuando Sarah partió espoleando su yegua, Nelly regresó al porche y se sentó en el primer escalón que daba a la entrada principal. No se la había llevado porque le apetecía galopar. Nelly debía esperar en el patio a su regreso.

―¡Nelly! ¡Acércate, pequeña! – oyó la esclava la voz de Scarlett que la llamaba.

Nelly subió los cuatro peldaños y caminó hasta donde Scarlett descansaba. Marnie, detrás de ella, la abanicaba en silencio. La esclava de su hija se dejó caer a sus pies y rompió a llorar. Scarlett se sintió incómoda.

Le dolía que Sarah maltratara a Nelly y si bien ya hacía tiempo que se comportaba con dureza con ella era la primera vez que llegaba a tal extremo: dos días sin comer y diez latigazos. Aquello, pensó Scarlett, sería terrible para la pobre Nelly.

Scarlett se agachó un poco y acarició la cabecita de la pequeña que estaba llorando abrazada a sus pies.

―No llores Nelly, no llores... por favor cielo, no llores – intentó calmarla.

Pero Nelly estaba desconsolada. Hasta el momento habían sido siempre bofetadas y pequeñas humillaciones que había soportado con estoicidad y resignación, también había habido un par de vigilias que pasadas unas horas le había perdonado pero era la primera vez que la castigaba con azotes. Nelly lloraba de manera que parecía inconsolable.

―Por favor Nelly, no llores... te juro que hablaré con ella, ya verás como cuando regrese de cabalgar se le ha pasado el enfado y te perdona...

Nelly se dejó levantar un poco por Scarlett que la había agarrado de los hombros y tiraba de ella hacia arriba. Nelly se quedó de rodillas y besó las manos de la madre de su ama con pasión y reverencia.

―Antes no me castigaba, señora Scarlett, siempre estaba de buen humor, jugábamos juntas en armonía y me decía que yo era su mejor amiga y que nunca me maltrataría... pero desde hace cosa de un año que cada vez se muestra más dura conmigo – le contó Nelly que aunque Scarlett fuese la gran señora de Tara siempre le había demostrado mucho cariño y le tenía confianza.

―Bueno, bueno... Sarah está creciendo y ahora está un poco desorientada y confusa y por eso te trata de esta manera, pero verás que se le pasará y volverá a quererte... – la consoló Scarlett sin dejar de acariciarle la linda cabellera, una de las pocas esclavas de Tara que podía lucirla.

Nelly se quedó a los pies de Scarlett. Dejó de llorar y se quedó sentada en el suelo, abrazada a las piernas de la señora, como si encontrara protección en ellas. Una hora más tarde el ruido de unos cascos de caballo al galope hicieron que Nelly se levantara como si tuviera un resorte y bajara hasta el centro del patio a esperar a su ama.

La yegua de Sarah entró al paso en el enarenado patio y la detuvo junto a Nelly que inmediatamente se arrodilló a cuatro patas. Sarah desmontó sobre la espalda de su esclava y bajó al suelo. Nelly, al ver las polvorientas botas de su ama frente a sus ojos no pudo evitarlo y poniéndose de nuevo a llorar se las besó mientras le suplicaba que la perdonara.

Scarlett tenía razón. Desde el porche pudo ver que la ira había desaparecido del semblante de su hija.

―Perdóneme amita, perdóneme... se lo suplico... no me haga azotar, por lo que más quiera, amita... perdóneme, sé que me he portado como una estúpida pero no volverá a ocurrir... perdóneme mi amita, se lo suplico – estuvo rogándole Nelly mientras no dejaba de besar las botas de Sarah.

Sarah se quedó un rato contemplando a su esclava humillada a sus pies.

―Lleva a «Mimosa» al establo y haz que la laven... y diles que le curen las heridas de los flancos – dijo Sarah observando la sangre que en hilillos manaba de los sitios donde le había clavado las espuelas con ferocidad para hacerla correr. Luego ven al porche, te estaré esperando... y no tardes...

―Sí amita... ahora mismo amita...

Nelly se puso en pie y tomando las riendas de la extenuada yegua se la llevó hacia el establo para que los palafreneros se ocuparan de ella. Sarah subió al porche y se sentó en el sillón que había dejado vacío una hora antes.

―Qué... estás mejor? Parece que has hecho correr a «Mimosa»... – comentó Scarlett.

Sarah le contestó asintiendo con la mirada. Estaba seria. Parecía preocupada.

―Nunca antes habías hecho azotar a Nelly – comentó Scarlett.

―Ya lo sé... pero eso no queire decir que no tenga que hacerlo nunca... es una esclava, mí esclava – añadió resaltando el posesivo.

―Yo también lo sé... pero... la vas a hacer azotar?

Sarah miró a su madre. Scarlett leyó indecisión en su mirada. Scarlett clavó las zarpas en su presa.

―Tú has visto cómo quedan las espaldas de las esclavas que son azotadas con el látigo grande... eso es lo que quieres ver cuando tengas a Nelly postrada a tus pies? Su espalda desgarrada? Estás segura de que eso es lo que quieres?

―¡No lo sé... no sé qué voy a hacer! – contestó desábrida Sarah – ¡No sé qué es lo que quiero! ¡Po un lado no quiero hacerle daño pero por el otro pienso que si no la pongo en su sitio no será consciente de que es mi esclava y cuando menos me lo espere me hará quedar mal delante de alguien!

―Sabes que Nelly no hará eso nunca, la azotes o no la azotes. Ella es como es, fiel, leal, devota... te adora. Ella sabe que es tu esclava, sabe cual es su sitio. Nunca te hará quedar mal.

Sarah había doblado una pierna y apoyado el tacón de la bota en la punta del asiento del sillón y se había abrazado a su pierna. Tenía el mentón apoyado en su rodilla. Estaba pensativa, indecisa. Scarlett decidió no presionarla más pues podía ser contraproducente para Nelly.

Escucharon los pasos cansinos sobre la arena del patio. Eran los de Nelly, que regresaba de la cuadra, abatida, esperando su cita con el verdugo. Subió los cuatro peldaños del porche y se dirigió hacia donde estaban la señora y la señorita. Se arrodilló delante de Sarah.

―Iremos ahora, señorita Sarah? – preguntó Nelly con la cabeza gacha.

―Iremos? A dónde? – contestó con una pregunta Sarah.

―A que me azoten, señorita Sarah. No me importa que me azoten... si usted lo ordena es porque yo me lo merezco y no tengo derecho a importunarla con mis tontas súplicas de niña. A veces Prissy me cuenta cosas de mi mamá y creo que si me hubiese visto llorando a sus pies y suplicándole que no me azotara estaría muy enfadada conmigo. El ama siempre tiene razón, me dice Prissy que solía repetirle nuestra madre.

Sarah se quedó de piedra escuchando a su esclava. Lo cierto es que se le había pasado el malhumor y ahora no tenía el menor deseo de hacer que azotaran a Nelly, aunque el orgullo le impedía perdonarla. Miró a su madre y vio que ésta se limitaba a sonreír como diciéndole: «ves lo que te decía? Nelly nunca te hará quedar mal delante de nadie, ella es fiel, devota y te quiere. Aún piensas en azotarla?»

Sarah tragó saliva y miró a Nelly que seguía de rodillas, con la cabeza gacha, esperando el martirio.

―No voy a hacer que te azoten – dijo de un tirón, como si le diera vergüenza perdonar a su esclava – se ha hecho tarde y tienes que bañarme... y limpiarme las botas... mira cómo se me han puesto... venga, vamos arriba y prepárame el baño – añadió no sin cierto embarazo.

Nelly se inclinó y le besó los pies. Entre murmullos y sin despegar los labios de las botas de su ama le dio las gracias por perdonarla. Nelly sabía que la perdonaba, que lo que había dicho que no la azotaba porque se había hecho tarde no era más que una excusa para no aceptar públicamente que la había perdonado, para no dejar ver ante su madre una clara muestra de debilidad.

Scarlett sonrió complacida. Sarah se levantó del sillón y acarició el lomo de Nelly que seguía besando sus botas.

―Anda vamos, Nelly, estoy muy cansada... y necesito ese baño.



***



Había pasado mucho tiempo. Sarah acababa de cumplir los quince años y era ya toda una mujercita. Una mañana calurosa Scarlett se encontraba dando una vuelta a caballo por los campos de algodón. Le encantaba seguir de cerca las evoluciones tanto de los esclavos que trabajaban encadenados bajo el ardiente sol tropical como de los brotes de algodón que pronto estarían dispuestos para ser recogidos.

Tenía ahora tantos esclavos como antes de la guerra, solo que la inmensa mayoría eran hembras. Sabía que eran más dóciles, más sumisas, más fáciles de domar y así y todo eran fuertes y Samuel y Sansón sabían sacar de ellas el máximo rendimiento.

Hacia poco habían vuelto a importar esclavos blancos, condenados en Europa que eran deportados a las nuevas tierras y que cumplían su condena como esclavos de los plantadores que compraban sus condenas. Scarlett compró un lote de unas cuantas esclavas blancas que puso a trabajar en los campos. Muchos años antes en Tara había habido esclavos blancos y sabia que podían rendir igual que los negros porque respondían del mismo modo al estímulo del látigo.

Se encontraba sobre su caballo, mirando los movimientos repetitivos de los esclavos. El sonido monótono de los látigos cayendo sobre las espaldas de los esclavos producía una música rítmica que se combinaba con el constante canto de las cigarras que a pleno sol frotaban sus membranas hasta casi reventar.

Tenía interés en ver cómo se iban aclimatando las nuevas esclavas. Se giró cuando el ruido de los cascos de un caballo que se acercaba la sacó de sus ensoñaciones.

―¡Sarah! – dijo Scarlett sorprendida al ver a su hija por allí.

―Hola madre... me apetecía ver a nuestros negros trabajar. Me relaja.

―Sí... a mí me pasa lo mismo. Los veo y veo más dinero en nuestras arcas – se sonrió Scarlett por el cinismo de su comentario.

―Vamos a pasearnos entre los esclavos, mami, me apetece... – sugirió Sarah.

Pusieron sus monturas al paso y bajaron hasta los campos. Los guardianes humillaron la cabeza al verlas y los esclavos, mayoritariamente hembras adultas y niños y niñas adolescentes, redoblaron sus esfuerzos.

―Mamá... esa muchacha de ahí – señaló con su fusta a una adolescente – no te parece que carga poco peso?

―¡Mmm... sí... eso parece...! ¡Veamos qué haces para que trabaje como es debido! – la retó Scarlett riendo.

―Yo...? Puedo...?

―Sí... venga... tú tienes el mando – le dijo Scarlett sonriendo ante el azoramiento y la emoción que translucía el rostro de su hija.

Scarlett se quedó con ambas manos cruzadas sobre el pomo de su silla de montar, viendo a Sarah poner a su jaca en marcha, a paso lento. Scarlett sabía perfectamente que aquella esclava no podía cargar más de lo que estaba cargando pero le divirtió ver cómo se iba a desenvolver su hija en aquella situación.

Sarah se dirigió hacia la muchacha que parecía tener serios problemas para sostener una enorme cesta de mimbre en la que debía transportar guijarros y malas hierbas. Sarah no sabía que hacía apenas quince días su madre había comprado una partida de esclavas blancas. Scarlett pensó que su hija se llevaría una buena sorpresa cuando se diera cuenta de que la esclava hacia la que se dirigía era una de ellas.

De entre el lote de cinco que había comprado había una que le había parecido diferente de las demás. Las otras se veían gente ruda, experimentada y acostumbrada al trabajo duro. Aquella muchacha le dio la impresión de no ser de esas pero de entrada pensó que valía la pena probar cómo se adaptaba a la dureza del trabajo de campo.

―¡Tú, esclava! – la voz de Sarah sonó más alta que de costumbre – ¿porqué llevas la cesta medio vacía? – le inquirió.

La esclava, una linda muchacha de más o menos su misma edad, se detuvo primero y se dio la vuelta después. Al ver a la joven ama a caballo frente a ella, la esclava se turbó y con gran dificultad por su parte se arrodilló en el suelo con la cabeza humillada. Sarah siguió sin percatarse de que aquella esclava no era negra como las demás. El pañuelo con que se cubría la cabeza, la enorme cesta que cargaba a sus espaldas, la suciedad que cubría las partes de su cuerpo que dejaba a la vista y el hecho de que estuviera encorbada ante ella le impidieron que la distinguiera de las demás. Sarah la tomó por una mulata.

―A donde ibas?

―A vaciar, ama, para volver a cargar – contestó con la mirada clavada en el suelo.

―Y porqué llevas el cesto medio vacío. No sabes que debes cargarlo al máximo? Estás aquí para trabajar y no para descansar... ¡Samuel! – gritó – ¡Samuel! ¡Ven, rápido!

El gigante, que al ver que la señorita se metía entre los esclavos imaginó que tendría que intervenir más pronto que tarde, estaba a la expectativa y nada más escuchar su nombre de labios de la señorita Sarah se plantó a su lado en un santiamén, látigo desenrollado en ristre.

―¿Qué ocurre Samuel? ¿Puedes explicarme porqué esta esclava carga tan poco peso?

Samuel tragó saliva. Aquella muchacha tenía tal laceración en la espalda y los hombros que le resultaba imposible cargar más peso. Además aquella esclava era blanca y al parecer no tenía el cuerpo preparado para la dureza del trabajo en el campo. La estaban acostumbrando al trabajo en el campo y eso requería un breve pero necesario período de adaptación.

Scarlett estaba al corriente de la manera en que Samuel y Sansón, que eran los encargados de la producción en los campos, llevaban el manejo de los esclavos.

Los esclavos del campo, casi todo hembras, vivían permanentemente encadenados y comían lo necesario para producir. No las dejaban descansar más que media hora al día y constantemente los estimulaban a producir a base de latigazos, pero habían acordado con Scarlett que si lo que quería era cosecha sin tener bajas de esclavos cada día, lo cual tenía su coste, no podía instaurarse el mismo régimen de terror que regía para el resto de domésticas y esclavos de la finca. Ellos sabían cual era el límite de resistencia de los esclavos en el trabajo del campo y si su misión era hacer ricas a sus amas era fundamental hacerlos trabajar, no matarlos por capricho.

Scarlett estuvo de acuerdo y dejó en sus manos la decisión de cómo tratarlos siempre que las cosechas reportaran buenos réditos y éstos eran cada vez más sustanciosos.

Sarah era aún muy jovencita y desconocía las peculiaridades del trabajo en el campo. Samuel parecía nervioso. Lanzaba miradas hacia la señora Scarlett pero ésta no hacía ademán de intervenir y sólo sonreía. Scarlett puso a su montura a avanzar hasta llegar junto a su hija, la esclava arrodillada y el confuso Samuel.

―¡Te he hecho una pregunta, Samuel...! tengo que azotarte para que me respondas?

―¡Oh, no, no señorita Sarah... verá señorita Sarah... esta muchacha es nueva... y por lo que parece nunca ha hecho trabajo de campo. Hasta que su espalda no se endurezca y sus músculos adquieran tono no es conveniente cargarla con más peso del que ahora lleva...!

―¡Cómo que no es conveniente! ¿Qué quiere decir que no es conveniente? ¿Acaso no es una esclava? ¡Quiero que cargue como todos los demás... hasta arrriba...!

―Sí señorita Sarah... como usted ordene... pero si quiere un consejo esta muchacha no podrá dar dos pasos cargada hasta arriba... incluso dudo de que pueda ponerse en pie. Está en proceso de aclimatación. En quince días, tres semanas a lo sumo y siguiendo nuestro método será una esclava rentable, como las demás...

Samuel estaba nervioso y Sarah parecía molesta de que aquel gigantón que había visto desde que nació ella intentara engañarla.

―¡A qué esperas! ¡No quiero consejos, quiero obediencia! ¡Obedece! ¡Cárgala al máximo! – gritó Sarah blandiendo su fusta ante el rostro de Samuel.

El negro obedeció. Miró furtivamente a la señora Scarlett esperando que ésta interviniese en su favor pero Scarlett parecía divertirse.

Samuel puso a dos esclavas a cargar con piedras y rastrojos la cesta de la pobre muchacha. Cuando estuvo hasta los topes intentó levantarse pero no pudo.

―¡En pie, esclava! – ordenó Sarah, molesta porque la muchacha no obedecía.

―Con todos mis respetos, señorita Sarah... no puede... aún no está entrenada y preparada... lleva muy poco tiempo aquí y además esta muchacha es ... – Sarah no le dejó explicarse.

―¡Insolente! ¡No me repliques! ¡He dicho que se levante! ¡Azótala! ¡Azótala!

―Sí señorita Sarah... – respondió resignado y asustado el negro.

Samuel levantó el brazo y comenzó a descargar latigazos sobre el cuerpo de la muchacha que se encontraba en el suelo. La esclava comenzó a gritar y a llorar pero no pudo levantarse.

En un intento de protegerse de los latigazos sus brazos se soltaron de las correas que le ataban la cesta y ésta rodó por el suelo, volcándose su contenido, pero como estaba encadenada por los tobillos el negro pisó la cadena y la muchacha no pudo huír.

El látigo cayó entonces sobre su espalda arrancando trozos enormes de carne que ya estaba lacerada y provocando espantosos alaridos en la muchacha. La sangre comenzó a bañar su espalda y de algunos profundos cortes salía a borbotones.

Sarah se estremeció al ver cómo manaba la sangre por la espalda, el culo, los brazos y las piernas de la pobre esclava. Se sintió un poco ridícula por no haber querido hacer caso de los consejos de Samuel.

Era joven, rica y mimada y como todas las jóvenes ricas y mimadas pensaba que siempre tenía la razón y que no había motivo para que sus órdenes no fuesen cumplidas.

Se daba cuenta de que el castigo era espantoso y excesivo y entonces se percató de algo que la hizo sorprenderse.

―¡Basta! –gritó cuando la sangre cubría la espalda, los brazos y las piernas de la chica y miró a su madre desolada – ¡Mamá... esta esclava no es negra! ¡Es blanca...! – exclamó llevándose una mano a la boca para ocultar su sorpresa.

―Sí, es blanca. Han empezado a mandar deportados y la compré pensando que sería apta para el campo. Hay otras cuatro trabajando aquí pero ésta no sé si se adaptará. Qué crees Samuel, se adaptará?

―Sí señora, pero ya sabe que le dije que ésta no era válida para el campo, pero si usted quiere que sirva, servirá... es cuestión de tiempo – contestó el negro satisfecho de que la señora le pidiera su parecer.

Scarlett sonrió a su hija y le contó cómo funcionaba el trabajo en el campo. Samuel y Sansón, aparte de buenos sementales, eran unos magníficos capataces que sabían extraer el máximo rendimiento de sus cuadrillas compuestas casi todas por hembras y muchachas y que tenían sus propios métodos y que estos no tenían nada que ver con el régimen de terror que se aplicaba a los domésticos y a los esclavos de la finca.

Sarah se quedó mirando el rostro de la muchacha que estaba tirado en el suelo. Se veía que había sufrido de manera espantosa. Su cuerpo llagado y lleno de cicatrices y mataduras comenzó a decorarse con violáceos hematomas. Llevaba un pañuelo que le cubría el pelo.

Todas las esclavas se protegían del sol en el campo con un pañuelo que normalmente era de color rojo, pero el de aquella muchacha era verde, el color preferido de Sarah, y tenía multitud de pequeñas florecillas de tono amarillento que lo decoraban.

―¡Quítate el pañuelo! – le ordenó Sarah.

―Sí ama – contestó asustada, llorosa y jadeante la joven esclava.

Sarah se quedó consternada. Aquella muchacha tenía el pelo rubio, como ella. A pesar de que su estado era bastante deplorable vio en su rostro y en sus ojos azules algo que la turbó. Nunca había visto esclavos blancos.

Scarlett le contó que en otras épocas había habido muchos, que luego, ante la inestabilidad que ofrecía el país a consecuencia del estado de guerra civil que se vivía, dejaron de llegar deportados porque fueron enviados a otros sitios. Ahora, el gobierno había llegado a nuevos acuerdos para ser receptores de presos deportados.

―¿Cómo te llamas, esclava?

―Rosita, ama – dijo la esclava que a pesar del terror y la angustia consiguió decir su nombre con voz muy dulce, tanto que impresionó a Sarah.

Sarah seguía mirando a la muchacha que ahora estaba prácticamente desnuda, mostrando las espantosas laceraciones y las recientes heridas del látigo en su espalda. Se fijó en su cuerpo. Estaba delgado pero se dijo que debía haber sido una muchacha hermosa. Sarah se estremeció. Un sentimiento turbador se apoderó de ella. No sabía qué le estaba ocurriendo.

Siempre había pensado que los esclavos eran negros y asociaba el color de la piel al estado de libre o de esclavo. Nunca se había parado a pensar que los negros hubiesen sido personas libres, ella siempre los había visto como esclavos.

Aquella muchacha era blanca, como ella y aquello alteró de repente muchos de sus conceptos adquiridos y aprendidos hasta ese momento.

―Está bien, Samuel... haz lo que consideres – dijo finalmente Sarah sintiéndose desconcertada y aceptando su derrota.

Tuvo una desagradable sensación de haber hecho el ridículo. Se había empeñado en obligar a aquella esclava a cargar el cesto lleno de piedras cuando todos, incluída su madre, sabían que no era posible. Samuel había intentado aconsejarla pero ella no se había dejado aconsejar y le había obligado a azotar a aquella muchacha.

¿Porqué su madre no la había advertido de que se trataba de una esclava blanca que además era bastante débil por lo que parecía? ¿Porqué la había dejado hacer el ridículo delante de todos los esclavos?

De no haber quedado impresionada por la belleza de aquella muchacha de buen seguro que Sarah la hubiese hecho azotar hasta dejar de ella una masa sanguinolenta en el suelo porque no estaba dispuesta a que su autoridad quedase en entredicho, pero había quedado impresionada por la belleza de la muchacha.

Se quedó un momento contemplando ensimismada el bello cuerpo lacerado y el rostro demacrado pero hermoso de la joven esclava. Le costó apartar su mirada de la dulce expresión de aquella esclava. Finalmente dio la vuelta a su jaca, picó espuelas y se marchó a toda velocidad del campo.

Estaba roja de vergüenza. Al ver la cara de aquella muchacha se había sentido turbada, totalmente descolocada, desconcertada. No sabía qué le estaba sucediendo. Puso a «Mimosa» al galope para desfogarse. Sentía un torbellino en su interior que no sabía explicar.

Llegó ante la casa y Nelly la estaba esperando para ayudarla a desmontar.

―¡Nelly...! tú sabías que tenemos esclavas blancas? – le preguntó ansiosa nada más desmontar.

―No ama... cómo va a haber esclavas blancas. No puede ser.

―Pues yo te digo que sí, que las hay y nosotras tenemos a cinco. Acabo de ver a una trabajando en el campo – le contó con ansiedad – vamos, quiero que me bañes... estoy muy sudada.

Media hora después Sarah se dejaba lavar por Nelly que como siempre la trataba con exquisita dulzura, frotándola suavemente con la esponja.

―Nelly...

―Ama...?

―Tú sabes qué son los deportados?

Nelly negó con la cabeza.

―Si quiere se lo podemos preguntar a mi mamá – se ofreció la esclava.

―Sí... Mamá me ha dicho que antes habían tenido deportados en Tara, por tanto es probable que sepan qué quiere decir. ¡Por cierto! dónde se ha metido tu madre? ¡Hazla venir... rápido! – le ordenó cuando se encontraba desnuda y estirada sobre la cama esperando a que Nelly le hiciera un masaje con agua perfumada – ¡y vuelve rápido... que me tienes que hacer el masaje!



***



Hacía cosa de un año que Babsy, su madre, había vuelto a Tara. Había tenido que marchar para servir a la señorita Melly porque Scarlett había regalado Tesia, la menor de las hijas de Babsy, a la señorita Cathy, la hija de la señorita Melly, y a ella misma la había dado como regalo a la señorita Melly.

Nelly apenas recordaba a su madre porque era muy pequeña cuando Babsy abandonó Tara para seguir a las Wilkinson, pero siempre que hablaba con Sarah solía preguntarle si sabía quien era su madre. Sarah tampoco lo sabía pero hablaba con su madre y ésta le contaba la historia de Babsy. Les contaba que Babsy y Prissy habían sido esclavas de Teodora Wilkinson y sus hijas, las señoritas Melissa y Honey. Que Babsy se había casado con Tom, esclavo de Tara con el permiso de Ellen y Teodora pero que ésta última se había negado vender Babsy a Ellen.

Una vez al mes Tom podía visitar a Babsy en la plantación Wilkinson y siempre que regresaba le rogaba a Ellen que comprara a su mujer. Ellen le decía que lo intentaba pero que Teodora se negaba. Babsy quedó embarazada y nació Prissy. Ellen insistió en comprarle a la madre y a la hija para poder reunir a la familia de su esclavo, pero Teodora siguió negándose.

Tras tras muchos años de intentarlo, Ellen consiguió por fin que Teodora le vendiera a Babsy y a Prissy. Desde ese momento Babsy depositó toda su lealtad y fidelidad a los pies de Ellen y cuando ésta murió a los de Scarlett, su hija y heredera que había tomado las riendas de Tara.

Durante la guerra y de regreso a Tara, Scarlett tuvo que hacerse cargo de la hacienda que estaba en ruínas y la había sacado adelante. Les contaba que Babsy la había ayudado mucho a reconstruir Tara y que sintiéndolo en el alma, cuando Melly decidió volver con su madre y su hermana tuvo que dejar que Babsy volviera con ellas puesto que la propia Scarlett había regalado a Tesia, la hija pequeña de Babsy, a la señorita Cathy, la hija de Melly, el día que la bautizaron. Babsy había salvado a la pequeña Cathy, que siendo un bebé se había negado a comer nada, pero gracias a la insistencia, los cuidados, el amor y la devoción de Babsy había logrado que la pequeña tomara la leche de su pecho y la hizo sobrevivir. En esa época Scarlett tuvo que poner a Babsy al servicio de Melly, su antigua ama, que se encontraba muy débil tras dar a luz a Cathy en circunstancias de lo más penosas. Aún sabiendo que para Babsy suponía una verdadera afrenta tener que servir a una de las amas que tanto la habían hecho sufrir, la esclava no se quejó en ningún momento y aceptó las decisiones de Scarlett.

En los diez años siguientes a la partida de Melly, Scarlett había visto bastantes veces a Babsy cada vez que iba de visita a ver a las Wilkinson. Nunca se había llevado a Sarah porque sabía que su hija se llevaría a Nelly, su esclava, y Scarlett consideraba que no sería bueno ni para Babsy ni para Nelly volver a verse sabiendo que no podían estar juntas y sobre todo para evitar a Nelly el penoso y lamentable espectáculo de tener que presenciar el sufrimiento y la humillación de su madre.

Cada vez que visitaba a las Wilkinson a Scarlett le apenaba ver cómo Babsy sufría. Las últimas veces la degradación de Babsy y de su hija Tesia habían llegado a extremos dolorosos. Había visto a la pequeña Cathy, que contaba sólo con diez años, humillar a Babsy con crueldad, incluso azotarla con saña.

―¡Por el amor de Dios, Cathy! – la había reconvenido en una ocasión Scarlett – ¿Nadie te ha explicado que si estás viva es gracias a Babsy? ¡No se azota a quien te ha dado el pecho y menos aún si te ha salvado la vida!

―¡Es mi esclava y con mis esclavas hago lo que quiero! – le había respondido la pequeña pero altiva y arrogante Cathy y para demostrar que lo que decía no era una frivolidad continuaba azotando con saña a la postrada Babsy.

Otras veces había visto a Cathy, que había heredado la crueldad de su abuela y de su tía Honey, martirizar a Tesia sólo para hacer sufrir a Babsy. La cruel Cathy gustaba de calzar espuelas y de llevar a Tesia encadenada a sus botas haciéndola ir de rodillas con lo que constantemente se las clavaba en la cara, aprovechando la presencia de Babsy para ensañarse con la pequeña.

Scarlett se sentía responsable de haber mandado a Babsy con Melly y de haber regalado su hija Tesia a la pequeña Cathy cuando fue bautizada, pero la vida era así... muy dura para las esclavas.

Un día que Scarlett había estado paseando por uno de los lindes boscosos de la hacienda, escuchó su nombre como en un susurro.

―Señora Scarlett... Señora Scarlett...

Catherinne Scarlett se volvió rápidamente y buscó entre la maleza con su escrutadora mirada. Escuchó un leve ruido y se asustó. Pensó en primer lugar en algún negro que se hubiese escapado, en su mente aún permanecía el recuerdo de la guerra y de las sublevaciones de esclavos, y en la violación de sus hermanas. El crujido de una rama al ser pisada la hizo cambiar bruscamente la dirección de la búsqueda y se encontró de frente con unos ojos que la miraban suplicantes.

―¡Babsy! – casi gritó por el susto y la sorpresa Scarlett – ¿Qué demonios haces aquí?

La negra se dejó caer de rodillas a sus pies y se arrojó al suelo llorando a besarle las botas.

―¡Ama Scarlett, ama Scarlett, protéjame... se lo suplico... protéjame...!

―Por el amor de Dios, Babsy... levántate... levántate y dime qué te pasa... ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Porqué no estás con tus amas?

Babsy no dejaba de llorar y besar los pies de Scarlett. La pobre negra estaba angustiada y desolada. Scarlett se tuvo que agachar y tirando con fuerza de los hombros de la negra logró que quedara erguida sobre sus rodillas. Scarlett optó por arrodillarse en la hierba y la sacudió con fuerza para ver si conseguía serenarla pues no dejaba de llorar.

A Scarlett le caía bien Babsy, y la apreciaba porque sabía que le había sido leal. Nunca había visto llorar a Babsy y se asustó. Algo gordo tenía que haber sucedido.

―¡Cálmate y cuéntame qué ha pasado... Babsy...! me oyes? – volvió a sacudirla por los hombros – y tu hija Tesia? Dónde está?

Babsy acabó tranquilizándose un poco y entonces le contó la desgracia. Hacía cosa de unas semanas la señorita Cathy había contraído unas fiebres malignas. Tanto Tesia, su esclava personal, como la propia Babsy habían permanecido a su lado cuidándola día y noche. Melly también pasó muchas horas con su hija y terminó contagiándose.

No se sabía bien el motivo pero los negros parecían inmunes a ese tipo de enfermedad. Hacía tres días que tanto la señorita Melly como la señorita Cathy habían muerto. Honey acusó a Babsy y a su hija de haberlas envenenado, de haber lanzado conjuros y sortilegios para minar su salud y terminar con sus vidas. Babsy juró que no habían hecho tal cosa pero la señorita Honey parecía desvariar.

El día antes había azotado a Tesia hasta dejarla al borde de la muerte y después había ordenado a varias esclavas que preparasen el caldero. Babsy le contó a Scarlett, que escuchó horrorizada, la muerte de Tesia: la habían hervido ante los ojos de su madre.

La noche pasada Honey mandó que encerraran a Babsy en una celda con la intención de al día siguiente ofrecer el mayor espectáculo de tortura que su retorcida imaginación pudiera concebir para que sirviera de escarmiento a todas las esclavas y esclavos de la plantación, acusándola de envenenadora. Cuando esa mañana la carcelera le había entrado un mendrugo de pan y agua, Babsy la había atacado con todas sus fuerzas y había logrado escapar.

―He corrido y corrido con una sola idea, encontrar a mi ama Scarlett para pedirle ayuda – concluyó Babsy su relato.

―¡Dios mío, qué horror...! qué haremos ahora Babsy? Has atacado a Honey?

―No ama, nunca he atacado a mis amas, usted me conoce ama Scarlett, sabe que no miento.

―Sí... lo sé... sólo quería saber el nivel del problema, aunque ella siempre puede decir que la atacaste... – Scarlett parecía hablar sola, como meditando posibles salidas a una situación que parecía grave para la esclava.

―Ama Scarlett, he venido hasta aquí para ponerme bajo su protección, pero entenderé que usted no pueda o no quiera comprometerse por una esclava. Estoy en sus manos. Si quiere entregarme al ama Honey lo entenderé, pero si quiere protegerme no quiero comprometerla, sólo le pido que me dé unas horas para que pueda escapar lo más lejos posible antes de que dé la alarma – le dijo Babsy mientras le cogía las manos y se las besaba – y si no es mucho pedir... un poco de comida, estoy hambrienta... llevo casi dos días sin comer.

Scarlett estaba conmovida por la entereza que demostraba Babsy y sobre todo por la confianza que le acababa de demostrar. Se ponía en sus manos enteramente. Scarlett, que desde que Melly abandonó Tara con Babsy y con Tesia sentía que tenía una deuda con la negra, porque consideraba que no había correspondido a la lealtad y fidelidad demostrada por la esclava con un acto valiente por su parte como hubiera sido pedirle precio a Melly por Tesia y quedarse con madre e hija en Tara, pensó en cómo ayudar ahora a Babsy.

―Siempre has sido fiel y leal a mí, y antes a mi madre, Babsy. Hoy vienes a implorarme a mis pies y sólo me pides un poco de comida y unas horas de ventaja. No Babsy, no voy a darte de comer y esas horas que necesitarías para escapar. No. Haré algo más. Haré lo que tenía que haber hecho en su día. Te daré cobijo en Tara. Serás mi esclava. No volverás con Honey y Teodora.

―¡Pero ama... eso es imposible...! ¡Pertenezco a la señorita Melly y ahora que ésta ha muerto pertenezco a la señorita Honey, su heredera...!

―En realidad sigues siendo mi esclava... siempre has sido mi esclava. Nunca has dejado de ser mi esclava – le dijo Scarlett cogiendo las manos de la negra.

Scarlett se puso en pie y Babsy, que siguió de rodillas, levantó la cara para mirar con expresión de asombro, de no entender nada, a Scarlett. Ésta la sonreía desde arriba.

―Nunca le entregué a Melly el título de propiedad. Lo iba a hacer el día que marchasteis de Tara, pero finalmente lo guardé en la caja fuerte. A Melly no se le ocurrió pedírmelo y yo no se lo recordé... así que técnicamente sigues perteneciéndome, Babsy, eres mi esclava, perteneces al patrimonio de Tara.

Babsy abrió los ojos desmesuradamente y la boca también. No podía creer lo que Scarlett le decía.

―¡Alabada sea la Virgen María y la señora Catherine Scarlett Riordan! – dijo Babsy e inclinando la cabeza besó las botas de su ama.

Babsy y Scarlett regresaron a la casa juntas. Scarlett parecía contenta de haber reparado, ni que fuese tarde, la injusticia que había cometido con Babsy hacía ya unos cuantos años. No podría devolverle a su hija Tesia pero aquí se encontraría con sus otras dos hijas, con Prissy y con Nelly.

―Te marcaron con los hierros de las Wilkinson? – le preguntó a Babsy cuando entraban en la casa.

―No ama. A Tesia sí la marcaron... y no hace mucho, fue la señorita Cathy quien lo hizo, pero a mí no me han marcado nunca, ni allí ni aquí cuando pertenecía a su madre y a usted posteriormente.

―Bien, mejor. Te haré marcar inmediatamente. Sé que es doloroso pero con la marca y con el título de tu propiedad en mi poder nada podrá hacer Honey si es que intenta algo, que seguro que lo hará.

―Sí mi ama. Independientemente de que sea mejor que me marque yo quiero llevar la marca de Tara. La llevaré con orgullo. Y además, si no lo considera una insolencia, me atreviría a pedirle que me marcase usted en persona.

―Quieres que te marque yo?

―Sí ama.

―Me conoces y sabes que no me gusta hacerlo, pero no dejaré que lo hagan Carreen o Suzanne. Lo hará alguien en quien quiero que vuelques toda tu lealtad y toda tu fidelidad como lo has hecho antes con mi madre y hasta ahora conmigo: mi hija Sarah.

―Claro mi ama, será para mí un honor ser marcada por la hija de mi ama que es el ama de mi hija... – Babsy se quedó un momento callada pensando en el sentido de la frase para luego añadir – ¡Dios! ¡Si parece una broma! no mi ama...? – y ambas, ama y esclava se rieron.

Media hora más tarde, Babsy besaba los pies de Sarah cuando Scarlett mandó llamar a su hija para contarle lo que había pasado y lo que iba a hacer. Babsy juró fidelidad a Scarlett y a Sarah. Nelly, que había asistido a aquel improvisado ritual, lloró y lloró de felicidad cuando reconoció a Babsy.

―Eres tú mi madre, verdad...? – le preguntó cuando Scarlett y Sarah permitieron que madre e hija se reencontraran. En sus corazones se habían reconocido.

Sarah se sorprendió cuando su madre le dijo que tenía que marcar a Babsy. Nunca había marcado a ningún esclavo, eso lo hacían siempre sus tías, Carreen o Suzanne.

―He de hacerlo, mami? – preguntó Sarah – No sería mejor que lo hiciera Carreen?

―Babsy es una esclava especial. Ella quiere que lo haga yo... es como una especie de ritual, como un tributo. Quiere mostrarme su lealtad. Babsy ha sido siempre leal a tu abuela y a mí. Ahora vuelve a Tara y yo quiero que Babsy deposite en ti toda su lealtad por eso tienes que ser tú quien la marque.

Sarah había presenciado muchas veces el horrible espectáculo de la marca al fuego. No era tan sensible como su madre, que ni siquiera presenciaba los castigos. Sarah sí los presenciaba pero, a diferencia de sus tías, no le entusiasmaba ser ella quien los aplicase.

―Es necesario, mami? – insistió Sarah a quien la perspectiva de producir ella misma el dolor que sabía que se causaba con los hierros no la atraía en absoluto.

―Creo que sí. Ya sabes que gracias a tener a los esclavos marcados pudimos recuperar a muchos tras la guerra. En este caso además es para proteger a Babsy. Si no lo haces tú lo tendrá que hacer una de tus tías y ya sabes cómo lo hacen ellas. No quiero que sufra más de lo necesario y sé que tú no te ensañarás.

A la mente de Sarah vinieron los recuerdos las numerosas veces que había asistido al herraje de las esclavas. Sus tías buscaban las zonas más sensibles para luego mantener el hierro mucho tiempo, normalmente hasta que la esclava perdía el conocimiento.

En más de una ocasión, Sarah se había sorprendido haciendo muecas de espanto ante la crueldad de aquella acción. De hecho se había negado a marcar a Nelly porque no quería hacerla pasar por aquel terrible sufrimiento y porque estaba convencida de que Nelly le sería siempre fiel.

―Está bien... pero... también tendré que marcara a Nelly? – preguntó mirando hacia su esclava que seguía abrazada a Babsy.

―Tendrías que hacerlo, aunque no es necesario que lo hagas ahora.

―Mejor lo dejaré para otro día, verdad Nelly?

―Sí señorita Sarah... gracias señorita Sarah – contestó agradecida Nelly a quien la perspectiva de ser marcada no la atraía en absoluto.

La primera vez que Sarah asistió al marcado de un grupo de esclavas no tendría más de diez años y lo hizo acompañada de Nelly. En esa época Sarah y Nelly eran más amigas que ama y esclava como ahora y cuando se encontraron a solas en su habitación Nelly se arrojó a sus pies llorando. Ese mismo día Sarah le había dicho que un día tendría que marcarla, que no era nada, un poquito de dolor y nada más.

Cuando Sarah vio la cruel realidad y vio a Nelly llorando a sus pies le prometió que jamás la marcaría. Más adelante supo que probablemente no podría mantener aquella promesa pero intentaba por todos los medios postergar aquel suplicio para su esclava.

Scarlett, una vez convencida Sarah de que tenía que cometer aquella atrocidad por sí misma, mandó que preparasen las brasas y los hierros.

―Será mejor que la atemos – dijo Sarah cuando estaba todo a punto.

―Sí, será lo mejor. Si está atada tú podrás marcarla sin que se mueva, de lo contrario se producen auténticas carnicerías.

Se trasladaron al patio y ordenaron encepar a Babsy. Sarah tomó el hierro candente con los símbolos de propiedad de Tara y titubeó. Se acercó a Babsy y sin mirarla a los ojos se lo aplicó en el lado de uno de los pechos. Un alarido brotó de la garganta de la esclava y Sarah retiró el hierro. Un cículo negro comenzó a hincharse en la zona quemada. Sarah dejó el hierro en el brasero y miró a Nelly que lloraba. Se acercó a su esclava.

―He procurado hacerle el menor daño posible, pero aún no se ha inventado una manera de herrar a los esclavos que no sea dolorosa – le dijo acarciándole la cabecita.

Babsy, pasado el dolor inicial esbozó una sonrisa. Ahora ya pertencía completamente a Tara.

Pocos días después apareció Honey a caballo. Scarlett la recibió en el salón, acompañada de Sarah, que tenía a Nelly a sus pies.

―He oído decir que tienes una esclava que me pertenece... sé que la aprecias y te doy mi palabra de que no la castigaré más de lo necesario... – dijo Honey, que se había sentado en un sillón, había cruzado una pierna sobre la otra mostrando sus lustrosas botas y se sacaba los guantes.

―Quieres decir que después de azotarla hasta que pierda el conocimiento no la vas a hacer hervir como hiciste con su hija?

Honey se sonrió mientras miraba fijamente a Scarlett y se golpeaba indolentemente la bota de la pierna cruzada con los guantes que acababa de sacarse.

―Estás censurándome los métodos que uso para castigar a mis esclavas? No creo que en Tara os distingáis por la clemencia a la hora de usar el látigo o de mutilar a vuestras esclavas.

―No. No te estaba censurando. Tienes todo el derecho de hacer con tus esclavas lo que te dé la gana... es cierto, pero no lo tienes si no son tus esclavas.

―Qué quieres decir?

―Que Babsy no es tu esclava. Babsy pertenece a Tara – le dijo al tiempo que le mostraba el título de propiedad de la esclava – es más... ni siquiera me pertenece a mí... acabo de ponerla a nombre de Sarah, mi hija. El día que Babsy se fue con tu hermana, que en paz descanse, saqué el título de propiedad y lo firmé pero no puse ningún nombre. En lugar de dárselo a tu hermana me lo volví a guardar. Nunca me reclamó el documento. El otro día cuando Babsy vino a ponerse bajo mi protección decidí que Melly no se la había merecido y tú aún menos, así que completé el traspaso y puse el nombre de mi hija.

Sarah, que no sabía aquello miró por un momento a su madre sorprendida.

Honey sacaba chispas por los ojos. Se levantó para marcharse y vio a Babsy que permanecía medio oculta al fondo del salón. La miró con desprecio y luego escupió al suelo.

―Tenías que haber visto cómo rugía la niña cuando la hice meter en el agua hirviendo del caldero – le dijo a Scarlett antes de marcharse.

Scarlett no le contestó. Era lo único que le quedaba a aquella zorra que era Honey, un último comentario cruel dirigido expresamente a Babsy.

Cuando Honey marchó Scarlett se levantó. Babsy salió de la penumbra y corrió hacia ella. Se arrodilló y le besó los pies.

―Mamá... es cierto que me has regalado a Babsy?

―Sí. Babsy te será fiel. Yo recuperaré a Prissy y Babsy ocupará su lugar. De esta manera podrá estar cerca de Nelly, su pequeña Nelly a la que nunca ha podido disfrutar. Ya es hora de que pueda estar con ella.

A Nelly se le iluminó el rostro al escuchar la decisión tomada por la señora Scarlett.

―¡Babsy! – dijo Scarlett – ¿Has oído? ¡Ahora eres de mi hija!

―Sí ama Scarlett y le juro que seré su perro más fiel.

Babsy se acercó de rodillas hasta Sarah y le besó los pies. Sarah se sentía ahora importante. Madre e hija eran sus esclavas.

Aún faltaba un año para que conociera a Rosita, la esclava blanca que viera por primera vez en el campo y a la que había hecho azotar por su inexperiencia.

En aquellos momentos Sarah no sabía aún lo bien que iba a servirla Babsy y ésta tampoco sabía lo mucho que habría de sufrir como esclava de Sarah, pero Babsy no esperaba dulzura en el trato. Por lealtad a Scarlett daría su vida por su hija.





***



Sarah, con quince años recién cumplidos había descubierto que estaba enamorada. Era un sentimiento nuevo para ella, pero al instante supo que se trataba de enamoramiento. La visión de la dulce Rosita, después de que la hiciera azotar aquel día en el campo, la había transtornado. Había sido un flechazo de amor. Ese mismo día, después de que Nelly la bañara la mandó a buscar a Babsy porque quería que le explicara qué demonios eran los deportados.

―Son personas blancas que han sido condenadas en sus países de origen a largas penas de prisión que han de cumplir en el destierro. El gobierno de los blancos de aquí tiene convenios con los gobiernos europeos. Éstos deportan a sus presos aquí y los propietarios de esclavos y tierras de aquí pueden comprar sus condenas, con lo que los deportados se convierten en esclavos por el tiempo de la condena – le explicó Babsy mientras Nelly le friccionaba el cuerpo con agua de colonia.

―Y cuando cumplen la condena... qué pasa... son libres?

―Así es, ama Sarah.

Sarah estaba desnuda en la cama. Nelly le hacía las friegas en los muslos y se incorporó para poder hablar mirando a Babsy que permanecía de rodillas.

―Entonces no son esclavos como vosotros. Vosotros nacéis esclavos y morís esclavos. Ellos pueden recuperar su libertad... es así Babsy?

―Teóricamente... sí...

―Qué quieres decir con lo de «teóricamente»? – preguntó Sarah que no tenía mucha cultura y le molestaba que una esclava como Babsy hablara mejor que ella.

―Pues que en un principio la condena es la inicial con la que viene el preso, pero el amo que la ha comprado puede añadir años de condena si se porta mal.

―Sí...? Y cómo puede hacerse eso...? – preguntó intrigada Sarah – ¡Ya está bien de friegas, Nelly, ahora hazme caricias en los pies... estoy cansada...! – se interrumpió para dar órdenes a Nelly y luego volvió a dirigirse a Babsy – ¡Contesta! ¿Cómo puede hacerse eso de añadir años?

―Es muy sencillo, ama Sarah. El amo tiene los papeles de la condena. Si considera que el esclavo lo merece sólo tiene que añadir años y firmar. Luego basta una comunicación en la oficina de los deportados, un funcionario traslada los nuevos años de condena al preso y ya está. Perversamente sencillo.

Sarah se quedó meditando. Todo aquello era nuevo para ella y quería saber bien el terreno que pisaba pues se había propuesto volver a ver a aquella rubita que tanto la había transtornado y era una deportada, todo lo que pudiera concernerla la interesaba.

Mientras Nelly restregaba sus mejillas y sus labios sobre las plantas de sus pies, Sarah estuvo meditando en lo que Babsy acababa de contarle.

«Tendré que enterarme de cuantos años de condena tiene esa chica»

―¿Cuál es el número de años habitual a los que son condenados los deportados, Babsy?

―No hay un criterio fijo. Unos tienen condenas de cinco años, otros de diez, otros de veinte y algunos tienen condena a cadena perpetua, señorita Sarah.

―Y yo puedo poner años de condena a un esclavo deportado que mamá haya comprado?

―Sólo puede hacerlo su mamá, señorita Sarah... salvo que ella le traspase a usted el título de propiedad de la condena.

Al día siguiente pensó en volver al campo pero un cierto sentido del pudor la impidió hacerlo. No podía sacarse la dulce carita de la esclava de su mente. Cerraba los ojos y seguía viéndola, con sus cabellos rubios que quedaron al viento cuando le hizo sacarse el pañuelo que le cubría la cabeza, con su mirada llena de miedo pero que a la vez denotaba gran dulzura. Recordó sus labios jugosos y sensuales que dejaban mostrar tímidamente dos perfectas hileras de blancos dientes.

Finalmente se quedó en la casa. Se moría de ganas por volver a verla pero le pareció que igual se le notaba su enorme interés por ella y esto no estaría bien visto. ¡Dios mío... qué podría pasar si llegaba a oídos de su madre que estaba enamorada de una esclava!

Con quince años había comenzado a sentir la llamada de la naturaleza. Estaba nerviosa, irascible. Sentía que había algo que no controlaba y que la descolocaba. Se hizo bañar por Nelly. Mientras la bañaba, la esclava le había pasado la mano jabonosa por la entrepierna, como siempre hacía, sólo que esta vez Sarah se estremeció de placer y se ruborizó. Nelly notó el azoramiento de su ama y retiró la mano rápidamente.

―¿Porqué has hecho esto? – le preguntó Sarah.

―El qué, ama?

―Ya lo sabes... retirar la mano...

―Esto... bueno... yo... no lo sé, ama... me ha parecido que se molestaba...

―Sigue lavándome... si vuelves a retirar la mano mientras me lavas te pongo dos vigilias seguidas... – le dijo en tono duro.

―Sí ama, perdóneme, no lo volveré a hacer – contestó Nelly y volvió a pasar la mano jabonosa entre las piernas de su ama, que ahora las separó más e incluso se acomodó mejor en la bañera.

Cuando Sarah salió del baño y Nelly la hubo secado fue a sentarse al borde de su cama. Babsy estaba cosiendo un descosido de uno de sus vestidos en un rincón de la habitación. Nelly estaba recogiendo el agua del baño.

―¡Nelly! – llamó a voz en grito – ¿vienes de una vez, o qué? ¡Será estúpida!

―Sí señorita, voy señorita... estoy recogiendo el baño... – respondió jadeante.

―¡Déjalo ya y ven de una vez... te necesito!

Nelly entró sofocada, había tenido que correr para recoger con una bayeta el agua que se había vertido. Si después Sarah entraba en el baño y encontraba pelos en la bañera o agua por el suelo se enfadaba mucho y la castigaba.

―¡Ven aquí... arrodíllate entre mis piernas! – le ordenó.

Babsy dejó un momento la costura y miró. Sarah estaba sentada en el borde de su cama, con las piernas bien abiertas, completamente desnuda. Con los dedos de ambas manos se separó ligeramente los labios vaginales.

―¡Lame ahí! – le dijo secamente.

Nelly se ruborizó. Miró hacia atrás un momento y vio el rostro impasible de su madre. Sarah le soltó una bofetada, no muy fuerte pero sí muy humillante.

―¿Porqué miras a tu madre? ¿No te he dicho que lamas ahí? ¡Pues lame!

―Sí ama, perdóneme ama.

Nelly inclinó la cabeza y desapareció entre los muslos de Sarah. Sacó la lengua y comenzó a lamer. La joven esclava esperaba aquello desde hacía tiempo. Al poco de que su madre, Babsy, regresó a Tara y fue adscrita al servicio de Sarah, un día le preguntó si su ama ya la había mandado que le diera placer con la boca. Nelly se quedó de piedra. Babsy se sonrió.

Era evidente de que aún no había sucedido pero Babsy era esclava vieja y sabía que esas cosas pasaban, que tarde o temprano las señoritas sentían la llamada de la naturaleza e invariablemente eran las esclavas que tenían siempre a mano las encargadas de aliviar esas primeras necesidades sexuales.

Después las señoritas podían flirtear con jovenes caballeros y hacer el amor, pero siempre recurrían a sus esclavas para que las aliviaran de verdad.

Los hombres se vanagloriaban de su pericia sexual pero casi ninguno conducía a las jóvenes y fogosas señoritas al verdadero éxtasis sexual como podían hacerlo sus esclavas sólo con la lengua. Ellas sí conocían, como hembras que eran, incluso sin tener experiencia, qué era lo que su ama necesitaba, qué era lo que haría gozar de verdad a su ama. Incluso después de haberse casado la mayoría de señoritas seguían utilizando a esa esclava que desde los albores de la adolescencia las había iniciado en el mundo sexual.

Babsy había tratado de explicarle a su hija qué sería lo que seguramente un día su ama le exigiría. No tuvo que extenderse en detalles. Nelly también tenía 15 años y sabía que las hembras negras eran bastante más avanzadas que sus amas a la misma edad.

Le explicó lo más básico y estuvo segura de que su hija sabría qué hacer y cómo hacerlo cuando llegara el momento. Babsy sabía que Nelly saldría airosa de la prueba que acababa de comenzar.

Sin ningún rubor por la presencia de Babsy, Sarah comenzó a jadear cada vez con más fuerza y hasta terminó soltando pequeños grititos de verdadero placer.

Acabó recostándose en la cama y enrollando las piernas tras la espalda de Nelly quien por poco se ahoga por la presión de los muslos de su ama que la apretaban contra su entrepierna como si de tenazas se tratara.

Sarah acabó con un grito largo pero contenido y sudando y jadeando sobre la cama. Finalmente aflojó la presión de sus muslos y Nelly se escurrió hasta quedar sentada en el suelo.

También la pobre esclava estaba sudada. Babsy se sonrió y siguió con su labor de costura, pero aún vio cómo Sarah levantaba un poco las piernas y apoyaba sus descalzos pies sobre los hombros de su hija.

―Me ha gustado mucho Nelly – dijo con una voz enteramente ronca – ahora sé buena... bésame los pies un rato, me ha entrado sueño.

Al día siguiente Sarah aún se sentía peor que el día anterior. Una angustia creciente, que no le marchaba de ninguna manera se apoderaba de su vientre y sentía como un gran vacío que pensaba sería incapaz de llenar si no era viendo de nuevo a la joven esclava blanca. Se le había metido dentro como una enfermedad. Decidió volver al campo.

―¡Nelly, prepara mis botas... voy a ver a los esclavos del campo! – le dijo a su esclava cuando se levantó por la mañana.

Sarah se sentó delante del espejo del tocador y se observó detenidamente. Era guapa, lo sabía, más que guapa, era hermosa, bellísma, pero, bastaría su belleza para enamorar a aquella muchacha?

Sarah tenía las típicas dudas de cualquier muchacha de su edad sobre su orientación sexual. Nunca se había sentido atraída por los hombres. Le gustaba flirtear, coquetear con ellos, sí, pero no se sentía atraída por ellos.

Si le gustaba tontear con los chicos era porque de esa manera ganaba prestigio a ojos de sus amigas, pero en realidad Sarah a quien miraba con ojos amorosos era a las muchachas de su edad.

¿La rechazaría aquella esclava porque quizás no le gustara hacer el amor con mujeres? Cabía esa posibilidad y sólo de pensar que fuera cierta la ponía más nerviosa todavía.

Sarah se sentía segura de sí misma siempre. Había conseguido intimar más de la cuenta con amigas suyas de las que había conseguido robar un beso sin que fuesen lesbianas. Sarah intuía que la homosexualidad estaba latente en todo el mundo, sólo había que saber sacarla a flote.

«A poco que le puedan gustar las mujeres será mía – se decía Sarah mientras Babsy comenzaba a peinarla –. Pero... y si es de las que se encierran en sus provincianos conceptos sexuales impuestos por la rígida educación europea? Me da igual, haré que me ame anque no me quiera, yo soy el ama y ella es la esclava, si quiero la tendré, aunque sea a la fuerza. No. Eso no es lo que quiero. Quiero que me quiera. Soy bonita y ella también. Todo irá bien. ¿Cómo haré para estar con ella? La única vez que la vi la hice azotar. Qué pensará de mí? Que soy una señorita cruel. Sí, claro, qué otra cosa puede pensar si quise que cargara el cesto hasta los topes y luego la hice azotar. Dios mío, si lo hubiese sabido antes. Pero ahora no puedo hacer correr el tiempo hacia atrás. Lo que hice lo hice, ahora tengo que pensar en cómo acercarme a ella sin que me tenga miedo. Bueno, al principio me lo tendrá, sería lo lógico, pero he de saber ganármela»

―¿Ya están mis botas, Nelly? – preguntó sin dejar de mirarse en el espejo para seguir de cerca lo que Babsy le hacía a su bonito cabello.

―Sí señorita Sarah, ahora mismo termino de abrillantárselas.

―¡Babsy... no me gusta el peinado que me estás haciendo! – mintió Sarah porque en realidad le encantaba pero aquel peinado era más propio para ir a una fiesta de noche que para ir a ver a las esclavas trabajar en el campo – ¡Recógeme el pelo en un moño alto, estaré más cómoda!

―Claro ama, creo que este peinado es más propio para ir a enamorar apuestos caballeros que para observar a las esclavas trabajando... discúlpeme – le dijo Babsy.

«Sabría algo Babsy de mis atormentados pensamientos?» ― pensó Sarah ruborizándose. «Esta negra es muy lista, seguro que se me nota»

Babsy no sabía exactamente qué le pasaba a su joven ama pero estaba segura de que algo tenía que ver con sentimientos tormentosos como sólo el amor puede provocar.

Sarah se había puesto nerviosa ante el comentario de Babsy. Le molestaba ser tan transparente y estaba segura de que la vieja esclava algo se imaginaba.

―¡Nelly! – gritó de repente enfadada – ¡Cálzame ya las botas! ¡Venga! – añadió irascible.

La negra tuvo que meterse casi bajo el silloncito en que se hallaba sentada Sarah para poder calzarla.

―¡Últimamente estás bastante despistada, Nelly... creo que estás buscando que te haga azotar! – le dijo cuando ya la había calzado y miró a Babsy a través del espejo para ver la reacción de ésta tras la gratuita amenaza que acababa de hacer a su hija.

Sarah sorprendió a Babsy mirándola aunque sólo fue un segundo. Sarah se sonrió. Había notado la incomodidad de Babsy ante la amenaza a su hija. Babsy sabía que hasta la fecha pocas veces Sarah había castigado a Nelly. También sabía que Nelly era eficiente, devota y entregada a su ama, motivo que, junto al afecto que Sarah pudiera sentir por Nelly, la ayudaba a eludir muchos castigos, por tanto aquella amenaza había sido más dirigida hacia ella que hacia su hija. Era como si le dijese: «Si sabes algo procura ser discreta porque puedo hacer que tu hija lo pase muy mal»

Sarah se levantó. Cogió su fusta y se dirigió hacia la puerta. Nelly la siguió.

―¡Hoy no vienes conmigo, Nelly... tienes mucho trabajo que hacer... repasa todos mis zapatos y plancha mis vestidos – le dijo – ¡ah... y por de pronto te quedas dos días sin comer. Supongo que lo preferirás a los latigazos, no? – añadió mirando a Babsy y sonriendo – ¡Ya lo has oído Babsy... tu hija no comerá nada en dos días... encárgate de avisar en cocina!

―Sí ama, así lo haré.

Nelly se quedó a punto de llorar. Agachó la cabeza y se despidió sumisa de su ama cuando ésta cerró la puerta.



***



Sarah llegó a caballo media hora después al altozano que había justo antes de llegar al valle en el que las esclavas trabajaban en el algodón y los otros cultivos del campo y desde el que se veía una fantástica panorámica.

Casi un centenar de cuerpos negros, con algunas motas blancas que eran las deportadas, moviéndose al ritmo de los látigos y bajo el abrasador sol del mediodía.

Sarah se protegió con la mano los ojos del sol para poder lanzar una ojeada en busca de Rosita, aquel pimpollo que la tenía tan obsesionada. La vio. La distinguió fácilmente por el pañuelo verde con florecillas con el que se cubría la cabeza.

El primer día ya le había llamado la atención que el pañuelo de la esclava no fuese rojo como era mayoritariamente el que solían usar las esclavas de la plantación.

«Me gusta ese pañuelo que lleva... ¡Dios, qué horror... no recuerdo su nombre!» se dijo Sarah sintiendo una repentina angustia a consecuencia de este olvido. Picó levemente las espuelas en los íjares de su montura y comenzó a bajar lentamente hacia el valle.

Samuel se percató de la llegada de la joven ama y corrió a su encuentro. El gigante negro se arrodilló ante Sarah que lo miró divertida desde lo alto del caballo. Desde bien pequeña que había visto siempre a Samuel y a Sansón, los dos gigantes, trabajando en la plantación. Ahora Scarlett los había ascendido en su responsabilidad y hacían de capataces.

―Señorita Sarah... usted por aquí... es un honor...

―Hola Samuel, cómo va el trabajo hoy? Rinden las esclavas?

―¡Oh... sí... sí ama... trabajan bien, ama! – contestó el esclavo levantándose.

Samuel tomó las riendas de «Mimosa» y avanzó hacia el chamizo de caña que disponía de un par de sillas por si a alguna de las amas les daba por venir a hacer una visita a los campos. Sansón, que vio acercarse a Sarah corrió a dar instrucciones a un par de esclavas para que tuvieran preparado un cántaro con agua fresca recién sacada del pozo que estaba allí cerca.

―Debe estar sedienta y acalorada, señorita Sarah – le dijo Samuel dirigiendo el potro que montaba Sarah hacia el chamizo.

―Sí, pero primero pasearé entre las esclavas... mamá dice que es bueno que las esclavas del campo vean de cerca, de vez en cuando, a sus amas.

―¡Oh, sí, desde luego señorita ama, su madre siempre tiene razón, señorita ama! – dijo el negro con una sonrisa en su ancha cara.

―Pero dame las riendas... no quiero que se piensen que soy incapaz de manejar yo sola el caballo... – le dijo Sarah al esclavo – tengo ya quince años Samuel... ya soy mayor – añadió un poco altiva para que el negro no pensara que era una chiquilla que necesitaba protección.

―Desde luego señorita Sarah... discúlpeme... sólo pretendía...

―Lo sé Samuel... – le interrumpió Sarah – quieres tenerme controlada para que no haga el tonto como la última vez que vine con mamá... no es eso?

―¡Oh, no, no mi ama... no diga eso... sólo pretendía ser respetuoso... – dijo devolviéndole las riendas y sintiendo un sudor frío recorrer su espalda por si era el caso de que la señorita había vuelto sola para hacerle pagar su osadía de haber puesto en duda sus órdenes cuando hizo que cargara a Rosita al máximo y luego la hizo azotar.

Hacía pocos días, cuando había visto por primera vez a Rosita, de cuyo nombre seguía sin acordarse, Sarah se había sentido humillada porque había tenido la impresión de que su madre la había permitido hacer el ridículo de forma espantosa al no explicarle que aquella muchacha era blanca y que de momento no podía cargar con la cesta hasta arriba, y ella había hecho que Samuel la azotara, demostrando que era una niña tonta y caprichosa.

Era su madre la que se ocupaba desde su regreso a Tara durante la guerra, de llevar todos los asuntos de la plantación y nunca se había preocupado de cómo debían hacerse las cosas.

Las esclavas del campo eran las que producían la mayor parte de la riqueza de «Tara» y si lo que se pretendía era que siguieran produciéndola no se las podía tratar como a las domésticas. Las esclavas que las servían en la casa eran un lujo y había tantas que podían permitirse el capricho de azotarlas incluso sin motivo, como solían hacer sus tías, Carreen y Suzanne, sin que la economía se resintiera, pero manejar a las esclavas del campo requería saber hacerlas trabajar al máximo pero sin echarlas a perder.

Y ella se había comportado con la esclava blanca como si de una doméstica cualquiera se tratara: ella había dado una orden y tenía que cumplirse fuese o no fuese posible llevarla a cabo.

Sarah abandonó aquel día la plantación, no solo turbada porque había visto un rostro hermoso que la dejó sin habla, sino avergonzada porque se había comportado como una niña malcriada y caprichosa que se enfurece y reacciona con crueldad cuando uno de sus deseos no es cumplido de inmediato, y lo peor había sido que todo el mundo, los esclavos concretamente, habían sido testigos.

―No te preocupes Samuel – le dijo ante la cara de angustia que se le había quedado al esclavo – no tengo intención de hacer que seas castigado porque yo sea una tonta... entre otras cosas mamá no me lo perdonaría... parece que se fía mucho de vosotros dos – añadió en referencia a él y a Sansón, el otro gigante, aunque éste era menos inteligente que Samuel, pero era como un inmenso y poderoso perro fiel.

Samuel miró furtivamente a la señorita y se tranquilizó, no sólo por sus palabras sino porque advirtió en ella una linda sonrisa.

Avanzaban, el esclavo a pie y Sarah a caballo, entre las largas hileras de esclavas que trabajaban a buen ritmo. Ahora aún eran menos necesarios los látigos. La sola presencia de la joven ama les causaba terror a las esclavas y trabajaban con mayor ahínco. Cuando el caballo de Sarah pasaba por el lado de un grupo de esclavas éstas inclinaban la cabeza sumisamente.

Sarah ya tenía localizada a Rosita, de cuyo nombre seguía sin acordarse, pero por pudor no quiso ir directamente hacia la muchacha. Pensaba que todo el mundo podía leer en su rostro que estaba ansiosa por ver a la esclava blanca, pero no todos tenían la perspicacia de Babsy, que sin saber exactamente qué le pasaba había intuido que algo sucedido días atrás en la plantación la tenía profundamente confusa.

Tras varias vueltas entre las hileras de esclavas, Sarah enfiló lentamente hacia donde se encontraba Rosita. No cargaba el inmenso cesto si no que con sus delicadas manos se aseguraba del estado de los diferentes capullos en las ramas.

―Es esa la esclava a la que el otro día hice azotar por que no tenía ni idea de cómo lleváis la plantación? – le preguntó Sarah cuando estaban a unos veinte metros de Rosita.

Samuel levantó la mirada hacia su joven ama en actitud suplicante.

―No diga estas cosas, joven ama... su reacción fue de lo más normal... no sabía...

―No es necesario ni que te excuses ni que me protejas, Samuel, ya te he dicho antes que no pienso pedirle a mamá que te castigue... quizás sí fuiste un poco insolente al hablarme como lo hiciste, pero tenías razón... mamá te apoyó más tarde en una charla que tuvimos durante la cena y te aseguro que confía en ti.

El esclavo parecía turbado e incómodo, cosa que satisfizo a Sarah a quien gustaba ver a los esclavos en tesituras incómodas porque le divertía verlos balbucear de miedo aunque rara vez se aprovechaba de su inmenso poder y sólo se limitaba a juguetear con él. Samuel bajó la cabeza y no dijo nada. Mejor era callar, pensó el esclavo.

―¡Bueno... qué... te he hecho una pregunta...! tengo que azotarte para que me contestes? – dijo Sarah divertida ante el azoramiento del esclavo que había olvidado responder a su pregunta – Es esa la esclava? – volvió a preguntar, como si no lo supiera, señalándola con el extremo de su fusta de equitación.

―Sí señora ama, es ésta...

―Hoy no lleva la cesta de mimbre a sus espaldas... – dijo Sarah.

―No ama, ayer quisimos cargarla de nuevo con la cesta pero aún tiene las mataduras en carne viva y además hay que añadir las cicatrices que le dejé con el látigo. Ayer por la noche aún tenía los hombros y la espalda en carne viva... y si la hago trabajar así no nos rendirá, peor aún, no podrá trabajar nada, es por eso que he pensado que hoy haga otro tipo de trabajo... pero si usted quiere hago que la carguen ahora mismo con la cesta – contestó con miedo Samuel.

―¡Ja, ja, ja, ja...! ¡No seas tonto, no voy a hacer el ridículo dos veces seguidas! ¡Mamá confía en ti y yo confío en mamá! ¿Qué hace ahora?

El negro se extendió en los detalles técnicos del trabajo que le había encomendado hoy a Rosita, detalles a los que Sarah apenas prestó atención porque no le interesaban para nada, ella sólo quería verla y sacar el máximo de información de aquella linda muchacha.

―Espero que no se enfade, señorita Sarah... pero ya le dije a su mamá el primer día que esa muchacha, Rosita... – a Sarah se le iluminó el rostro al volver escuchar el nombre que había olvidado y se prometió no volver a olvidarlo – ...no está hecha para estas labores. Esta muchacha debería estar en la casa, cuidando de sus amas y de sus cosas. Tiene unas manos delicadas y hábiles que se están desaprovechando aquí. Mejor servicio haría como doncella que no en el campo... y perdone mi atrevimiento, señorita, pero la señora Scarlett no quiere oír hablar de sacarla de aquí.

―No te preocupes, Samuel, no le diré a mamá que has criticado sus decisiones – le dijo volviendo a causar desasosiego en el negro con la velada amenaza y divirtiéndose ante su evidente inquietud. – Quiero ver cómo tiene la espalda – le ordenó al esclavo cuando prácticamente habían llegado junto a ella.

―¡Rosita! – la llamó el negro – ¡Acércate, el ama quiere verte!

Sarah había detenido su montura. Rosita, nerviosa porque temía a aquella muchacha que la había hecho azotar con crueldad días atrás, se acercó con la cabeza humillada, caminando pesarosamente a causa de las pesadas argollas que unían sus tobillos y se detuvo delante del caballo.

―Date la vuelta y arrodíllate, el ama quiere examinarte – le ordenó Samuel con sequedad a la esclava.

Sarah se mordió los labios cuando vio el dramático estado en que se hallaba la espalda de la esclava. ¡Qué estúpida había sido! ¿Cómo iba a pedonarla nunca aquella muchacha? ¿Qué debería hacer para lograrlo...? Sarah tuvo que apartar la vista porque soportaba ver espaldas en peor estado que aquélla, pero en este caso sintió nauseas y vergüenza por haber sido ella la culpable del estado en que se encontraba.

―Está bien... que vuelva al trabajo! – ordenó Sarah.

«Dios mío, tengo que hacer algo para reponer mi falta – se dijo viéndola dirigirse de nuevo hacia su trabajo –. Sé que es una esclava y no debería importarme, pero no puedo evitarlo. Esta chica me tiene el alma y el corazón secuestrados. Tendré que convencer a mamá de que la traiga a servir a la casa, mejor aún, que venga a servirme a mí, que me la regale»

―Es necesario que las esclavas del campo vayan encadenadas? – le preguntó Sarah al gigante negro.

―Sí señorita Sarah... son órdenes irrevocables de la señora, su mamá. En eso no transige.

Sarah enfiló el camino hacia el chamizo donde Sansón la esperaba con la silla preparada y el cántaro lleno de agua fresca. Sansón se acercó al flanco del caballo cuando éste llegó al chamizo y se arrodilló en el suelo a cuatro patas para que Sarah pudiera desmontar fácilmente.

Sarah puso un pie sobre la espalda de Sansón y luego el otro. Quedó durante unos instantes de pie sobre el esclavo y tuvo la sensación de estar sobre una estructura de cemento. Era como una roca. Cuando descendió al suelo se maravilló de que sus botas apenas dejaran marca en la piel del negro.

La espalda de Nelly solía hacerle aquel servicio cuando iba a caballo y siempre notaba el temblor de su cuerpo en tensión bajo sus pies cuando se ponía encima de su espalda, y al bajar al suelo veía las marcas que en su piel habían dejado los tacones de sus botas.

Se sintió orgullosa de tener unos esclavos tan grandes y tan fuertes, tan sumisos, devotos y leales. Sabía, porque Scarlett se lo había dicho en más de una ocasión que aquellos dos negros darían la vida por ellas y las protegerían hasta la muerte.

Con la mano enguantada limpió un poco de polvo que las huellas de sus botas habían dejado sobre la espalda del gigante negro, quien al ver el gesto de la amita limpiándole lo que acababa de manchar sintió una oleada de agradecimiento perruno y desde el suelo levantó la cara para mirar a la amita. Sarah le concedió una sonrisa y el negro postró la cabeza en el suelo en señal de admiración y sometimiento.

La joven ama se sentó en la silla y una de las esclavas más jóvenes le acercó temerosa el cántaro y un vaso. Le sirvió agua con manos temblorosas y se arrodilló para acercarle el vaso.

―¡Sansón! ¿No es demasiado pequeña esta esclava para estar trabajando en los campos?

―Yo no puedo decir eso, señorita... la semana pasada la mandó aquí el ama Carreen. Estará dos meses.

Sarah volvió a mirar a la chiquilla y le pareció tenerla vista de la casa o del ahumadero o de otro de los servicios de la hacienda.

―Y qué hace?

―Cargar piedras en esa cesta que lleva a su espalda, señorita Sarah... – contestó el gigantón señalando una cesta igual o más grande que la que había visto cargando Rosita.

―No estará llena hasta arriba, no?

―Claro que sí, señorita Sarah, esas fueron las órdenes de la señorita Carreen.

―Y puede con ella?

―No, pero lo hace.

«Si esta chiquilla carga con la cesta, porqué no ha de cargarla Rosita? – pensó Sarah que de esta manera aliviaba su conciencia por lo que había ocurrido días atrás con la esclava blanca – quizás no me comporté de una manera tan estúpida como me pareció entonces. Aunque es evidente que Rosita no tiene ni el cuerpo ni la piel preparadas para estos esfuerzos y la negrita sí lo tiene... es evidente»

―Está bien... que me abanique, hace mucho calor... así podrá descansar un rato – ordenó Sarah.

La negrita se colocó detrás de Sarah y tomando uno de los grandes abanicos de palma se puso a aventarla. Sarah no dejaba de contemplar las evoluciones de Rosita. Aquella muchacha la atraía poderosamente. Antes, cuando la había examinado no había tenido valor para hablar con ella y ahora necesitaba ni que fuese preguntarle como se encontraba. Se miró las botas y luego llamó a Sansón.

―Sansón... necesito otra esclava para que me limpie las botas...

―Claro ama Sarah... ahora mismo le traigo una... ¿tiene alguna predilección o la escojo yo mismo?

―Sí... tengo un antojo. Ves a la esclava de la quinta hilera? La blanca que lleva un pañuelo verde con flores amarillas en la cabeza?

―Sí ama... es Rosita...

―Pues tráemela... ella me limpiará las botas...

Minutos después Sansón se acercaba con Rosita a su lado, que caminaba despacio a consecuencia de las cadenas que le argollaban los tobillos. El gigante negro iba susurrándole al oído.

«Seguro que la está instruyendo rápidamente sobre cómo debe comportarse ante mí» pensó Sarah.

Sansón rasgó un trozo de tela blanca y se lo dio a Rosita con las últimas instrucciones susurradas al oído. Rosita se arrodilló ante Sarah que tenía una pierna cruzada sobre la otra.

―Mi señora... – musitó con su voz dulce Rosita mientras inclinaba la cabeza hasta tocar el suelo con la frente.

―Te ha instruído Sansón sobre para que te he hecho venir?

―Sí mi señora... me ha dicho que os tengo que abrillantar las botas?

―Sabrás hacerlo?

―Sí mi señora... y tengo que daros las gracias...

―Porqué? Porque te mando limpiarme las botas?

―Porque al mandármelo me liberáis durante un tiempo del trabajo en el campo.

―Lo odias, verdad?

―No es que lo odie, soy esclava y tengo que hacer lo que se me ordene... lo que pasa es que para mí es muy duro...

―Ya...

Ama y esclava callaron. Rosita depositó con la lengua saliva sobre el negro cuero de las altas botas y pronto comenzó a esparcirla mientras las frotaba con el pequeño lienzo que Sansón había rasgadado de una tela más grande. Sarah no le quitaba ojo. La contemplaba hacer su trabajo con destreza. No era la primera vez que aquella linda muchacha acometía un trabajo como aquél.

―Porqué estás aquí? – le preguntó de repente Sarah.

Rosita levantó por un instante su dulce carita y miró a la bella muchacha que el otro día la había hecho azotar y que le parecía la mujer más hermosa que jamás hubiera visto. Tenía mucho miedo de ella, no era para menos, pero no podía negar que era muy bella, bellísima, hermosísima.

―Porque me deportaron, ama.

―Eso ya lo sé... quiero saber porqué te deportaron – replicó Sarah en tono áspero del que enseguida se arrepintió.

Sarah se mordió los labios al ver que el tono agresivo de su respuesta había producido miedo en Rosita que había vuelto a bajar los ojos para esforzarse en el trabajo que le habían ordenado.

―Me condenaron hace un año, mi señora. Al morir mi madre, mi hermana y yo quedamos huérfanas. Nos hicieron regresar del internado donde estábamos estudiando para decirnos que teníamos que pagar mil monedas de oro para cubrir las deudas que al morir había dejado mi madre a favor de la condesa de La Fêr. Como no teníamos dinero, la condesa se quedó con las tierras de mamá que lindaban con las suyas y a mi hermana y a mí nos condenaron por deudas a deportación. Al llegar aquí una señora compró nuestras condenas y fuimos regaladas a sus hijas. Yo servía a la señorita Julia McDonald y mi hermana Manuelita a la señorita Marcia, su hermana pequeña.

»Hace cosa de un mes la señorita Julia, mi ama, se casó y marchó a vivir a otro estado. Al parecer no me podía llevar porque allí a donde va no quedaba acreditada mi condición de esclava al no existir tratado de compra de deportados con mi país. Entonces decidieron venderme y me compró la señora Scarlett junto con otras muchachas blancas que estábamos en un lote en el mercado de esclavos.

―Y está tu hermana Manuelita aquí? La compró también mi madre?

―No mi ama, mi hermana sigue siendo esclava de la señorita Marcia, en Jonesboro.

Las botas de Sarah habían adquirido ya un brillo espectacular pero dejó que Rosita continuara lustrándoselas para seguir allí con ella. Sarah tenía una inmensa curiosidad por saber cuantos años tenía Rosita de condena, así que se lo preguntó.

―Y a cuantos años te condenaron?

―A tres años, mi ama...

―Osea que te quedan dos para ser libre, no?

―No mi ama... mi antigua ama, la señorita Julia, antes de venderme me alargó la condena por otro año, por tanto me quedan tres otra vez, como si hubiera llegado ayer deportada.

―Y porqué lo hizo?

―Me dijo que era su regalo de bodas – contestó Rosita con la voz trémula al recordar la angustia que le había provocado aquella infame noticia poco antes de volver a ser vendida.

Sarah no hizo ningún comentario. Su antigua ama estaba en su derecho de hacer lo que hizo.

―Y qué hacías para tu ama Julia?

―Pues la servía a ella. Era su doncella. Entre otras cosas le limpiaba las botas... y mi amaba estaba muy contenta de cómo lo hacía – dijo dejando escapar gotas de orgullo en sus palabras.

―La verdad es que sí... lo haces muy bien... me las has dejado mejor de lo que mi esclava lo hace, y eso que lleva toda su vida haciéndolo – se rió Sarah –. Creo que tendré que azotarla cuando regrese... – volvió a reírse Sarah, una broma que Rosita no rió.

Sarah se dio cuenta de que Rosita ni siquiera sonrió.

―El otro día te hice azotar... no es que tuvieras la culpa pero yo tenía un mal día – le mintió para no tener que explicarle la verdad – ...pero dime una cosa, te habían azotado antes? Tu ama Julia, por ejemplo.

―Algunas veces sí, mi ama, aunque no era freucente que mi ama Julia me hiciera azotar... prefería otro tipo de castigos...

―Ya... – dijo sin saber a qué se refería aunque podía intuirlo.

―Está bien... mis botas están ya limpias – dijo levantándose de la silla – ¡Sansón, mi caballo... y ya puedes enviar a estas esclavas de nuevo al trabajo!

Rosita humilló la cabeza hasta tocar el suelo con la frente delante de los pies de Sarah y ésta se dirigió hacia su caballo, donde Sansón ya estaba de rodillas para que la señorita usara su espalda para montar.



***



Sarah iba casi a diario a visitar los campos. Sansón y Samuel se miraban con complicidad cuando le decía alguno de ellos a qué esclava quería que le trajeran para que la sirviera mientras estuviera allí, porque siempre venía sin Nelly.

Invariablemente Sarah pedía a Rosita y la esclava blanca, al cabo de una semana de ser cada día la elegida, esperaba con ansia ver aparecer la bella yegua de la joven ama por el altozano, y confiaba en ser reclamada por ella para así librarse durante un rato de la dureza del trabajo.

La espalda de Rosita ya estaba mejor y Sarah vio que volvía a ir cargada con la cesta. Se dirigió con el caballo por en medio de las esclavas hasta llegar donde se hallaba Rosita.

―¡Hola Rosita!

―¡Oh, mi ama! – exclamó la muchacha cuando se dio cuenta de que era la señorita a caballo la que se dirigía a ella.

Intentó arrodillarse y tras un gran esfuerzo lo consiguió. Sarah se sintió incómoda. Que Rosita se arrodillara portando aquel pesado cesto le parecía exagerado. De tratarse de cualquier otra esclava la haría azotar por tardar demasiado, pero ver el sufrimiento de Rosita la afectaba, aunque no podía decir públicamente que no se arrodillara, causaría un terrible precedente que no le toleraría su madre y mucho menos sus tías.

―¡Sansón! – llamó Sarah – ¡Quítale la cesta... la necesito en el chamizo!

―Sí ama – contestó con una medio sonrisa el gigante negro.

A Sarah le molestó aquél atrevimiento por parte del fiel esclavo.

―¿Puedo saber de que te ríes? – le preguntó amenazadoramente desde lo alto de su montura.

―Oh, perdone ama, no me reía... es que tengo unas molestias en la cara y hago muecas que parecen sonrisas, pero...

Sarah no le dejó terminar. Con gran rapidez levantó el brazo armado con la fusta y con ella le cruzó la cara al negro, que no soltó ningún grito pero sí miró a su joven ama con sorpresa.

―¿Se te han pasado las molestias, Sansón?

―Sí ama... creo que sí...

―Mejor... no me gusta que mis esclavos tengan molestias en la cara... si te vuelven a aparecer me lo dices, que lo solucionaremos – le dijo con sarcasmo Sarah.

El negro descargó el cesto de la espalda de Rosita y buscó a otra esclava para que lo llevara. Luego acompañó a Rosita hasta el chamizo, caminando lentamente tras el caballo de la joven ama. Rosita apenas podía dar un paso. Los hierros de los tobillos le habían provocado tales laceraciones que los tenía en carne viva y el menor movimiento hacía que los hierros le torturasen las heridas.

Sansón se arrodilló para que Sarah desmontara sobre su espalda. La joven esta vez clavó el tacón de su bota con saña en una de las vértebras al apoyar el pie, con la intención de hacerle daño y recordarle que ella era el ama y él no era más que un esclavo y que no podía reírse de nada que ordenara ella, ni siquiera sonreírse.

Como cada día, Rosita se puso a abrillantarle las botas. Sarah se fijó en el sangrante aspecto de sus tobillos lacerados.

―Debe causarte mucho dolor andar con estas cadenas... no estás acostumbrada, verdad?

―Me hace mucho daño, señorita, apenas puedo andar...

«Tendré que hacer algo por esta muchacha... y rápido... no aguantará mucho tiempo esta situación» pensó Sarah.

―¡Sansón! – llamó a gritos – ¿No ves cómo tiene la carne de los tobillos? ¡Se le va a infectar! – le reprendió cuando se presentó de rodillas ¡Haz que le preparen unas protecciones!

―Sí ama... enseguida, ama.

―Verás cómo con ellas estarás mejor – dijo Sarah sonriéndole a Rosita.

―Gracias, mi señora – respondió con humildad la esclava.

«Es muy guapa, y conmigo se porta muy bien... salvo el primer día que me hizo azotar, los demás días me pregunta como estoy, se preocupa por mí como ha hecho ahora... no tengo ni idea de qué pretende ni porqué lo hace pero ojalá siga haciéndolo, al menos puedo descansar durante el rato que ella está aquí» pensó Rosita.

Rosita comenzó, como cada día, a limpiarle las botas. Primero hacía mucha saliva que con la lengua extendía sobre el negro cuero y después frotaba y frotaba con la tela que le procuraba Sansón.

Como cada día Sarah le hizo preguntas sobre su pasado, de cuando era una muchacha libre, de su experiencia como esclava de Julia McDonald, de su hermana Manuelita.

Sarah se daba cuenta de que Rosita hablaba de su hermana con angustia. Al parecer su joven ama, Marcia McDonald, era muy cruel con Manuelita y Rosita sufría mucho sólo de contarle lo que aquella le hacía a su hermana y que seguramente debía seguir haciéndole.

―Descálzame las botas, Rosita... estoy muy cansada y me apetece que me hagan un masaje en los pies... y no tengo a Nelly para que me lo haga.

―Sí señora ama – contestó Rosita con cierto rubor en sus mejillas.

―¿Qué pasa? ¿Qué no le hiciste nunca un masaje en los pies a Julia?

―Oh, sí claro, muchas veces.

―Es que me ha parecido que te molestaba...

―No, desde luego que no, señora ama... perdóneme si le he dado esta impresión, lo que pasa es que un masaje en los pies es algo bastante íntimo... mi antigua ama me decía siempre que ella sólo quería que fuese yo quien le hiciera masajes en los pies porque eso formaba parte del trabajo exclusivo de una doncella...

―Y es cierto... tu ama tenía mucha razón. A mí sólo me los da Nelly, pero no la tengo aquí y... bueno... no sé... creo que te he tomado confianza...

―Gracias, señora ama... muchas gracias – respondió Rosita que ya tenía en sus manos los hermosos pies de Sarah y comenzaba a acariciar sus cálidas plantas y el tenue olor a sudor mezclado con el olor del cuero que de ellas emanaban comenzaba a llegar a sus narices y le recordaba cuando tenía que acariciar los de su antigua ama.

―Tengo noticias de tu hermana – le dijo de pronto Sarah.

―¿Cómo dice?

―Ayer estuve hablando con mamá. Al parecer conoce a tus antiguas dueñas – le dijo Sarah –. Le pregunté si sabía algo de tu hermana, la esclava de Marcia. Me contestó que cuando te compró a ti pidió precio también por tu hermana, pero Marcia no quería desprenderse de ella.

Rosita miraba ahora a Sarah a los ojos, como si hubiera olvidado la prohibición de tal atrevimiento. Desde que la separaron de su hermana, de eso hacía ya casi dos meses, que Rosita sufría pensando en su destino. Siempre habían estado juntas y habían enfrentado su primer año de esclavitud con energía gracias al hecho de seguir unidas.

Rosita había tenido más suerte con el ama que le había tocado: Julia no se metía tanto con ella como Marcia lo hacía con Manuelita. La pequeña Manuelita, siempre que tenía oportunidad, buscaba a su querida hermana y el simple hecho de contarle sus penas ya la aliviaba en parte de la carga horrenda que suponía ser la esclava de la cruel y caprichosa joven ama, Marcia McDonald.

―Perdone señora ama, su mamá volverá a pedir a la señorita Marcia que le venda a Manuelita? – preguntó inocentemente Rosita.

―¡Ja, ja, ja...! ¡No! ¡El que lo pidiera y conozca a tus antiguas amas no quiere decir que vaya a pedir precio otra vez! – se rió Sarah.

De repente Rosita se echó a llorar. Enterró la cara entre los pies de Sarah y sollozó con amargura.

―¿Qué te pasa? ¿Qué te ocurre? – le preguntó Sarah suavizando su tono al máximo para dar confianza a la esclava.

Las esclavas que estaban trabajando cerca dejaron de hacerlo movidas por la curiosidad y se quedaron mirando la extraña escena. Sarah se dio cuenta y se enfureció mientras Rosita seguía llorando con el rostro escondido entre sus pies llamó a Sansón a bramidos.

―¡SANSÓN... SANSÓN...!

El gigantón acudió corriendo a los gritos de la joven ama. Cuando vio la estampa también se quedó un momento sorprendido, pero supo reaccionar inclinando la cerviz.

―¡Azota a esas dos estúpidas mironas! – le ordenó con destemplanza mientras señalaba a las dos negras cercanas que se habían vuelo a poner al trabajo de inmediato – ¡Azótalas, ahora...! me oyes? ¡Quince latigazos a cada una... y con el látigo grande! – sentenció Sarah indignada.

―Pero ama...

El esclavo iba a preguntar el motivo del castigo pero Sarah no le dejó.

―¡Obedece, perro estúpido, azótalas ahora mismo, quiero ver sus espaldas sangrando antes de marchar!

―Sí ama.

La violenta reacción de Sarah con aquellas dos infelices aún encendió más el llanto de Rosita que lloraba con total desconsuelo.

―¡Cálmate, cálmate...! – le dijo Sarah inclinándose para poder acariciar la cabeza de la esclava – ¿Qué te ocurre?

Mientras se escuchaban los chasquidos de los látigos y los alaridos de las esclavas, Rosita comenzó a calmarse. Entre sollozos le contó a Sarah que estaba muy preocupada por su hermana, que la señorita Marcia la hacía llorar siempre, constantemente y que ahora no la tenía a ella para consolarla como antes, y que echaba mucho en falta a su hermanita... y que temía que no volvería a verla nunca más.

―No te preocupes... veré qué puedo hacer – la consoló Sarah que no sabía qué podría hacer ella para solucionar la angustia de la esclava.

Poco después Sansón le traía a las dos esclavas recién azotadas y arrojaba sus ensangrentados cuerpos a sus pies.

―¡Cálzame ya las botas, Rosita! – le ordenó.

Cuando estuvo de nuevo calzada se levantó y pasó por encima de los cuerpos destrozados de las dos negras, pisando sus espaldas y se dirigió a Sansón.

―¿Has preparado las protecciones para los tobillos de Rosita?

―Sí ama.

―Bien, me voy. Ve a arrodillarte, voy a montar.

Pisó la espalda de Sansón y se aupó a su montura.

―¡Pónle las protecciones y devuélvela a su trabajo! – ordenó y picando espuelas abandonó los campos.



***



En las siguientes dos semanas Sarah no vio a Rosita. No volvió a visitar los campos. Al abandonarlos aquella tarde tenía una idea en mente: conseguir que su madre comprara a la hermana de Rosita y hacer que a ésta la destinara a su servicio.

―Verás mamá... Rosita... bueno, la esclava blanca aquella que injustamente hice azotar aquel día que estábamos las dos en el campo porque no cargaba la cesta lo suficiente... sabes de quien te hablo?

―Sí, lo que no sabía yo era su nombre... o al menos no lo recordaba... cómo es que tú sí sabes su nombre? – le preguntó su madre con cierto tono sarcástico en la voz.

―Lo que insinúas no tiene gracia, mamá... quieres escucharme?

―Pero si yo no he insinuado nada – se rió Scarlett – pero vamos, qué quieres decirme sobre esa esclava?

―Pues que Samuel tiene razón. No está hecha para trabajar en el campo. Esa muchacha, cuando era libre estudiaba en un liceo y cuando fue deportada la compró Julia McDonald como doncella. No puede trabajar en el campo. Tiene la espalda destrozada, no aguanta la dureza del trabajo... y los tobillos, los tiene en carne viva, no puedes hacerla ir con esas enormes cadenas...

―Todas las esclavas del campo tienen que vivir encadenadas permanentemente – dijo muy seria Scarlett.

―Mamá, tendrías que sacarla de los campos. Una esclava blanca en el servicio doméstico nos daría mucho prestigio.

―Vaya, vaya, vaya... qué interés tan repentino tienes tú por la salud de una esclava a la que hiciste azotar el primer día que la viste porque no cargaba lo suficiente según tú.

―¡Mamá... no es interés... es de justicia...! ¡Mejor aún, rentabilidad! Esa chica morirá sin que podamos sacarle rendimiento. Hazme este favor... sácala del campo y ponla a servir en la casa... venga, mami... – comenzó Sarah a pedirle a su madre haciendo mimos y carantoñas y poniendo vocecilla de niña buena.

Scarlett estudió a su hija con la mirada torva. ¿Qué le pasaba a su hijita con aquella esclava? Seguro que no era una cuestión de rentabilidad y mucho menos de justicia lo que la movía a hacerle aquella petición.

Scarlett sabía que los últimos diez o doce días su hija había ido a diario a ver las esclavas del campo. Samuel le había contado que cada día mandaba que le trajeran a Rosita, para que la sirviera... abanicarla, limpiarle las botas... servirle agua fresca... un masaje en los pies... el caso es que en la hora u hora y media que estaban juntas hablaban y hablaban.

Scarlett tenía su teoría al respecto: su querida hija sentía por aquella dulce muchacha blanca un afecto muy especial. Sería su hija lesbiana? Posiblemente sí.

―Bueno, me lo pensaré.

Sarah le dio las gracias abrazándola y besándola. Inmediatamente pasó de nuevo al ataque con el otro punto de su plan.

―Tiene una hermana... deportada como ella... es la esclava de Marcia McDonald.

―Es cierto... quise comprarla pero la señorita Marcia no quiso desprenderse de su esclava.

―Quiero que la compres, mami... será un regalo muy hermoso...

―Ya... y para qué quieres tú a la esclava esa? Tenemos más esclavas domésticas de las que necesitamos, puedes pedirme la que quieras, mejor dicho, las que quieras... porqué ha de ser esa?

―Venga... mami... por fa... dime que sí... – comenzó a hacerle pequeñas carnatoñas.

―Bueno, mañana tengo que ir a Jonesboro... estaré unos días... puedo volver a pedir precio...

―¿De verdad mami? ¿Eso harás por mí... por tu nenita querida? – le dijo arrojándose a sus brazos – ¿Puedo acompañarte? Me gustaría pasar unos días en Jonesboro. Me puedo llevar a Nelly. Tengo tantas compras que me gustaría hacer...

Scarlett aceptó. No sabía negarle ningún capricho a su hija. Meditó sobre el asunto y según las informaciones de que disponía, llegó a la conclusión de que su hija se había enamorado de la esclava blanca, la misma a la que el primer día hizo azotar.

Scarlett habló también con Babsy. La esclava le confirmó las sospechas haciéndola partícipe de las suyas, y aunque sin tener nombres propios concretos se asemejaban a las de ella.

Dos días después partieron en la calesa, Scarlett, Sarah, Marnie y Nelly. Las amas sentadas cómodamente en el landó y las esclavas caminando junto a la calesa, cada una junto a su ama, sosteniendo en alto una sombrilla para privarlas del ardiente sol.

―¡Nelly...! estás atontada, o qué? Camina más deprisa... que no ves que no me alcanzas con la sombrilla y me da el sol? Quieres hacerme enfadar y que te azote?

―No mi ama, perdóneme mi ama... es que me duelen mucho los pies... pero hago todo lo que puedo... no volverá a pasar mi ama... perdóneme mi ama... no me azote mi ama... – suplicó sin resuello Nelly que casi tenía que correr para seguir el paso de la carroza y mantener la sombrilla en alto protegiendo a su ama.

―No hables tanto y corre más – le contestó Sarah que sacando un brazo fuera y agarrando por una oreja a Nelly la obligó a acercarse más al landó entre grititos de dolor de la esclava.

Una hora más tarde llegaban a Jonesboro y tanto Nelly como Marnie parecían estar agotadas. Además Sarah había encontrado divertido lo de acercar a su esclava a la calesa tirando de su oreja y ahora Nelly tenía la parte inferior del lóbulo de la oreja desgarrada y le sangraba.

Sarah, nada más llegar al hotel, quiso un baño. Nelly pensó que no soportaría ponerse ahora a subir escaleras cargada con baldes y más baldes de agua, pero cuando vio a una cuadrilla de negros del hotel que hacían ese trabajo pensó que ojalá su ama se quedara a vivir siempre en aquel sitio.

Mientras los esclavos del hotel llenaban la bañera, Nelly desnudó a su ama. Luego mientras la bañaba, Sarah le hizo una confidencia.

―Recuerdas que un día te pregunté si sabías que teníamos esclavas blancas?

―Sí ama... lo recuerdo.

―Bien, pues tenemos una en los campos... y creo que me he enamorado de ella.

―Ya...

―¡Cómo que «ya»! ¿Qué quieres decir?

―Bueno... que ya lo sabía... todo el mundo lo comenta en Tara, ama...

Sarah se quedó perpleja. Ella que estaba convencida de que nadie sabía nada y resultaba que toda la plantación iba llena de ese rumor.

―¡Todas las malditas negras sois un atajo de ponzoñosas y embusteras estúpidas! – le escupió con rabia levantándose de la bañera y mojando todo el suelo de la habitación con el desplazamiento de agua que había provocado su súbita reacción.

Nelly se quedó de rodillas, asustada. Su ama había salido de la bañera, aún a medio aclarar y andaba desnuda por la habitación, dejando pisadas de agua por el suelo. Y parecía indignada.

―¿Qué se comenta de mí? ¡Dímelo ahora mismo o te pego con el tacón de la zapatilla! – le gritó cogiendo del suelo una de sus zapatillas y enarbolándola amenazante.

Nelly tragó saliva. Estaba asustada.

―Dicen que está mucho por una esclava blanca llamada Rosita, no dicen nada más señorita, que va usted a verla todos los días y que la libra de trabajar mientras está usted con ella.

Los ojos chipeantes de Sarah parecieron calmarse un poco. Nelly la contemplaba temerosa pero a la vez se decía que estaba hermosa, desnuda, húmeda, con el cabello mojado cayéndole por la espalda, los ojos relampagueantes y armada con la zapatilla... estaba preciosa, parecía una diosa encolerizada.

Sarah arrojó la zapatilla al suelo y se sentó desnuda y mojada sobre su cama.

―¡Tráeme una toalla y friega el suelo... recoge toda el agua! – le ordenó.

Mientras Nelly recogía de rodillas el agua que su ama había esparcido por la gran habitación, Sarah meditaba. Si las esclavas domésticas sabían o intuían que le gustaba la esclava blanca quería decir que su madre también lo sabía.

Pasaron varios días en Jonesboro. Por las mañanas, mientras Scarlett se dedicaba a resolver asuntos de la hacienda, Sarah y Nelly salían a pasear por la pequeña ciudad. Sobre todo entraban en las mejores tiendas, en las que Sarah se probaba todo lo que le gustaba, que era casi todo.

Se vio obligada a pedirle a su madre que comprara sandalias baratas para las esclavas pues al ir descalzas dejaban los suelos de las tiendas perdidos de suciedad y cada vez que se daba cuenta tenía que mandar a Nelly que se pusiera a limpiar los suelos que manchaba, con lo feo que quedaba eso.

Nelly, cuando se vio con aquellas sandalias sencillas en sus pies se puso a llorar de alegría. Sarah se sintió conmovida. En el tiempo que le compró las feas sandalias a Nelly ella se compró cinco pares de zapatos, entre botas, sandalias, zapatillas y escarpines. Cuando vio el rostro de Nelly henchido de felicidad, la acarició la mejilla.

―Eres feliz con esas horribles sandalias que te he comprado?

―Sí ama, no puede usted ni imaginárselo – le contestó Nelly que estaba arrodillada al lado de su dueña que estaba sentada en una silla mientras una esclava de la tienda le calzaba un nuevo par de botas – soy la esclava más feliz del mundo... porque tengo la mejor ama del mundo... – le dijo y le besó con devoción la mano con que la acariciaba.

Sarah se sintió contenta. Se pensaba que era el colmo de la generosidad por haber comprado aquellas feas alpargatas de las que tan dichosa se sentía Nelly, aunque el único motivo no había sido el de hacerla feliz, sino el de no tener que pasar más por la bochornosa situación de tener que mandar a su esclava a limpiar los suelos de las tiendas que ensuciaba con sus pies descalzos.

«Qué simples son las pobrecillas – pensaba Sarah mientras Nelly le mostraba su gratitud besándole las manos con devoción – les compras un par de horrendas alpargatas y te veneran... ¡Por Dios, qué haría Nelly si un día le comprara unas botas como éstas que me están probando!»

Después de aquellas botas vinieron elegantes escarpines y hermosas sandalias, que tras probárselas pasaron a ser de su propiedad. Lo último que se compró Sarah ese día fueron unas zapatillas de dos simples tirillas que abrazaban su pie partiendo de una sola tirilla corta que se unía a la suela y que se colocaba entre el dedo gordo y el de al lado.

Tenía unas suelas delgadas pero duras, de cuero, y un pequeñísimo y triangular taconcito de un centímetro de alto. Tanto las dos tirillas como la suela en que apoyaba sus pies estaban decoradas por florecillas verdes y amarillas.

Aquellas zapatillas, que igual podía usar en casa como para pasear, la enamoraron al instante.

Cuando al mediodía se encontraban con Scarlett iban a comer al hotel o a alguno de los mejores restaurantes de la ciudad. Nelly y Marnie alucinaban. Las hacían meterse bajo la mesa de sus amas y les dejaban que se comieran las sobras, escasas por cierto, de sus platos.

Scarlett volvió a pedir ser recibida por la madre de Marcia y por la muchacha en cuestión. Sarah asistió a la cita.

―Porqué no sales al porche y estás un rato con mi hija? Podéis estar ambas charlando un rato mientras tu madre y yo hablamos de negocios – le dijo la señora McDonald a Sarah cuando entraron en su lujosa mansión.

Una esclava acompañó a Sarah, a quien Nelly seguía temerosa, hasta la parte posterior de la casa, donde había un pórtico que daba a un extenso jardín arbolado y exhuberante de todo tipo de plantas y flores. Marcia descansaba en una angarilla, una especie de hamaca hecha con cuerdecilla muy bien trenzada, colgada de dos columnas por varias cuerdas, que quedaba a menos de un metro del suelo y en la que la joven muchacha holgaba con indolencia.

Marcia la invitó a tomar asiento en otra hamaca de las mismas características. Sarah aceptó su invitación. Ambas muchachas se escrutaron mutuamente.

Sarah reconoció enseguida a Manuelita, la hermana pequeña de Rosita. Era la esclava blanca que estaba arrodillada ante su ama. Marcia extendió una pierna y otra esclava, ésta negra, tomó su pie y con las manos comenzó a embadurnarle los dedos del pie, concretamente bajo el pie, en las yemas y entre los dedos y algo en el pulpejo de la planta del pie, con una pasta cremosa.

Marcia miraba a Sarah en silencio y ésta miraba la extraña operación que se realizaba ante sus ojos. Cuando los deditos del pie de Marcia estuvieron cubiertos de esa crema, la joven ama levantó un poco la pierna y acercó el pie a la cara de su esclava. Manuelita lo sujetó con cuidado por el talón y comenzó a lamer la crema del pie de su ama.

―Qué haces? – rompió el hielo Sarah interesándose por lo que veía.

―Le doy de comer a mi esclava. Es queso en crema. Dejo que se lo coma lamiéndolo de mis pies, concretamente de mis dedos.

Manuelita lamía con fruición. En poco rato la planta del pie de Marcia estaba limpia y sólo quedaba queso cremoso en las yemas y en las uñas de los dedos de su pie. Manuelita se puso a chupar los dedos de los pies de su joven dueña. Marcia, que debía tener un año menos que Sarah sonreía ante la humillación a la que sometía a su esclava.

―Hoy le doy queso... – dijo con indolencia Marcia – ...pero hay días que sólo le dejo que me lama el sudor de mis plantas y el que se acumula entre los dedos de los pies – se rió la joven.

Sarah calzaba las zapatillas que acababa de comprarse y que tanto le gustaban. Como los pies no le llegaban al suelo le colgaban pendiendo de sus deditos y al mover los pies se balanceaban rítmicamente.

Sarah se fijó que la espalda de Manuelita estaba llena de cicatrices. También vio que le faltaba una oreja y cuando dejó de lamer los dedos de los pies de su dueña y pudo verle la cara vio que tenía los labios muy hinchados, tanto que daba grima verlos. Así y todo hubo de reconocer que se parecía bastante a Rosita.

―Así que estás interesada en comprarme a esta estúpida perra blanca?

―Así es. Tengo a su hermana... y me gustaría tener a Manuelita.

Cuando Manuelita escuchó las palabras de Sarah se volvió con los ojos llenos de alegría y miró a la muchacha que quería comprarla para devolverla junto a su amada hermana.

―Porqué tiene los labios así?

―Porque le pegó – se rió Marcia – me gusta pegarle en los labios... así después, cuando me besa los pies los encuentro calientes y mullidos por la hinchazón. ¡Manuelita! – dijo Marcia – dame la sandalia – le ordenó.

Marcia demudó el rostro y comenzó a lloriquear.

―¡Venga idiota, espabila, que no tengo todo el día, dame la sandalia y acerca la cara, no querrás que tenga que moverme para pegarte...! – le dijo Marcia.

―Ama, se lo suplico... acaba de pegarme hace muy poco... por favor...

―¡Y qué... te pego lo que me da la gana, cuando me da la gana y las veces que me da la gana...! ¡Venga, dame la sandalia de una vez!

Manuelita le entregó la sandalia. Sarah se fijó que era el mismo modelo que las que se había comprado y que ahora llevaba puestas, solo que las florecillas eran verdes y rosas en lugar de verdes y amarillas. En la tienda tenían ambos modelos pero a Sarah le habían gustado más verdes y amarillas porque eran los mismos colores del pañuelo que Rosita llevaba en la cabeza.

Marcia se golpeó con la suela de la sandalia en la palma de una mano y el estrépito del ruido hizo poner la piel de gallina a Nelly, que permanecía quieta a los pies de su ama.

¡PLAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFF!

¡PLAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFF!

¡PLAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFF!

¡PLAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFFF!

Los cuatro terribles golpes los dio Marcia con gran brutalidad y mayor velocidad. Los alaridos que brotaron de la garganta de Manuelita encogieron el corazón de Sarah y más aún el de Nelly.

―Lo ves? Fácil, no? Me he fijado que son las mismas sandalias que llevas tú. Te aseguro que para pegar en la cara a las esclavas son las mejores que he tenido nunca. Si te gusta castigarlas así has hecho una magnífica compra.

Sarah pensó que Marcia tenía razón. No era dada a castigar por placer como veía que lo hacía la joven muchacha, pero de alguna manera en algún momento determinado podría usarlas para castigar a Nelly o a alguna otra esclava, si lo merecían. Incluso, porqué no, podría verse obligada a tener que castigar a Rosita, Dios no lo quisiera pero...

―Si no te importa... abajo están negociando tu madre y la mía... eso quiere decir que tú has dado tu consentimiento, por tanto, te rogaría que no le hagas un daño irreversible – dijo en clara relación a las mutilaciones que lucía la niña.

―No te preocupes... lo bueno de los zapatillazos es que duelen muchísimo pero no producen lesiones irreversibles ni les impiden el normal desarrollo de su trabajo diario, sólo que les causa un dolor brutal e intenso que durá mucho rato.

Nelly descalzó a su ama las sandalias porque estaban a punto de caer al suelo. Cuando las tuvo en sus manos las sopesó y vio que lo que decía la joven ama tenía que ser verdad. Además, el sonido de los golpes en la cara de Manuelita evidenciaban que las suelas eran muy duras y por tanto habían sido dolorosísimos. Miró por un momento furtivamente a su ama con las sandalias aún en sus manos. Sarah le sonrió. Nelly no sabía qué quería decir aquella sonrisa. Se estremeció pensando que un día podía usarlas en su cara o en sus labios como acababa de ver hacer a la señorita Marcia.

Al cabo de media hora una esclava vino a llamar a las señoritas y comunicarles que sus mamás las esperaban en el salón.

Marcia se levantó. Manuelita le calzó las sandalias y antes de echar a andar le pisó los deditos de una de sus manitas con gran crueldad, triturándoselos con el taconcito.

―Bueno... es mi despedida para el caso de que te venda – le dijo a la esclava pero mirando con una sonrisa a Sarah.

―Por cierto... qué condena tiene Manuelita? – preguntó Sarah.

―Vino con tres años y ha cumplido uno... pero ya le he puesto tres años más por negligente – se rió Marcia – por tanto le quedan todavía cinco años por cumplir. Puedes estarme agradecida – dijo Marcia y lanzó otra de sus alegres carcajadas.

El trato se cerró. Scarlett le dijo a Sarah que Manuelita era suya desde ese instante. La pequeña esclava, antes de ir a arrodillarse ante su nueva ama, se postró ante Marcia y le besó los pies.

«Dios mío, esta niña tiene totalmente rota su voluntad y su dignidad – pensó Sarah cuando vio que le besaba los pies para despedirse de su ama»

Luego Manuelita se arrodilló frente a Sarah e hizo lo mismo: le besó los pies para darle la bienvenida a su nueva dueña y demostrarle que se llevaba una esclava sumisa y entregada.

Sarah notó los bulbosos labios hinchados de la esclava en sus dedos y empeines y sintió una extraña sensación.

«No, si aún va a tener razón Marcia» pensó ante la agradable sensación que aquellos labios inflamados y a punto de reventar producían en sus pies.

Doce días después de partir de Tara, Sarah regresaba a la plantación con una nueva esclava. Había comprado a Manuelita para atender las súplicas de Rosita.



***



―¡Babsy, quiero que despejes el cuartito anexo y lo habilites como cuarto de esclavas... no podéis dormir todas desparramadas por el suelo de mi habitación. Con una o dos tengo bastante...!

Sarah estaba exultante. Acababa de regresar con su nueva esclava, la pequeña hermana de Rosita, quien seguía en el campo trabajando. Pero Sarah contaba con que su madre acabaría dándosela y entonces tendría a Nelly, a Babsy, a Manuelita y a Rosita.

Estaría perfectamente servida, en todos los aspectos. Babsy sería la experiencia y la sabiduría así como la lealtad, Nelly, su querida Nelly sería su esclava para todo, Nelly la adoraba y no le importaría quedar relegada por Rosita. Ésta ocuparía el lugar de esclava íntima y Manuelita... bueno, con esa no sabía que haría, pobrecilla, esa niña estaba rota. Alguna utilidad le encontraría.

A la mañana siguiente Sarah se dirigió a caballo hacia el campo de trabajo de las esclavas. Se fue directamente al chamizo y tras desmontar como siempre sobre las fornidas espaldas de Sansón, Sarah le ordenó que le trajera a Rosita, como siempre.

La esclava blanca apenas podía andar. A pesar de llevar protecciones en los tobillos, la laceración de la carne era de tal magnitud que el simple hecho de caminar le suponía una tortura brutal. Sarah vio a su querida esclava muy desmejorada. Como siempre le mandó que le limpiara las botas.

―Voy a decirle a mamá que te saque de aquí. Tú no puedes seguir con este ritmo. No estás hecha para esto. Vendrás a servir a casa – le dijo ocultándole que tenía a su hermana en su poder, como esclava personal suya.

Rosita se emocionó al oír las palabras de la joven señorita. Se estremeció y se echó a llorar. Se postró y comenzó a besarle las botas que le estaba lustrando.

Aquella misma noche habló con su madre. Habían cenado ya y estaban recostadas en las hamacas del porche, gozando de la fresca brisa noctuna bajo la luz de luna y estrellas.

―Mami... es necesario que saques a Rosita del trabajo de campo.

―¿Quieres que la ponga de servicio en casa?

―No. Quiero que me la des.

Scarlett miró a su hija. Su teoría de que se había enamorado, o al menos encaprichado de la esclava blanca se confirmaba por momentos. Primero la petición de que la sacara del campo, depués de que comprara a su hermana y ahora que le regalara a Rosita.

―Porqué tienes tanto interés en esta esclava, Sarah?

―Porque nunca he tenido una esclava blanca... creo que me dará mucho prestigio entre mis amigas...

―Ya tienes una esclava blanca... su hermana – le recordó Scarlett.

―Bueno... sí... pero imagínate lo que será tener dos. Venga mami... no le vas a negar este caprichito a tu nenita... – le dijo haciendo morritos y poniendo voz de niña mimada.

―Dime una cosa, Sarah... has hecho ya que Nelly te dé placer con la lengua? – le preguntó Scarlett a bocajarro.

Sarah no esperaba aquella pregunta. Se puso roja como un tomate y comenzó a balbucear palabras incoherentes.

―Si lo has hecho no te dé vergüenza contármelo... es muy normal. Todas las chicas de tu edad suelen usar a sus esclavas para esto, al menos las primeras veces... muchas incluso, después de casadas siguen sirviéndose de alguna de sus doncellas para aliviarse... no es nada indecoroso... no tienes que sentir vergüenza.

―Tú lo hiciste de joven, mamá? – preguntó Sarah que había demudado el rostro por lo embarazoso de la situación.

―¡Claro que lo he hecho! – se rió Scarlett golpeando el muslo de su hija en una muestra de camaradería, para que se sintiera más suelta – ¡y no sólo lo he hecho si no que las sigo utilizando!

―Ah sí...? y a quien utilizas...?

―A Marnie... pero no se lo digas a Mamita... seguramente se sentiría humillada... aunque creo que ya lo sabe – le confesó bajando la voz, con absoluta discreción, a su hija.

Marnie y Nelly estaban arrodilladas cerca de sus amas. Mientras esperaban a que sus amas decidieran acostarse les limpiaban las botas de las que las habían descalzado.

Marnie escuchó perfectamente lo que madre e hija se decían. Sarah no pudo evitar dirigirle una mirada y Marnie agachó la cabeza, humillada.

―Y Nelly? Qué tal lo hace? – le preguntó Scarlett a su hija, aprovechando que el ambiente que se había generado entre ambas propiciaba las confidencias que no solían darse entre madres e hijas.

En esta tierra las costumbres sexuales eran relajadas pero siempre que quedaran en el más estricto ámbito de la privacidad. No estaban mal vistas las relaciones sexuales de las jóvenes, y no tan jóvenes, con esclavos y esclavas, pero se procuraba esconderlas. La discreción en este aspecto era socialmente deseable.

―Es fantástica – le confesó Sarah tapándose el rostro con las manos y ahogando unas risitas a las que su madre se sumó.

―Seguramente Babsy debe saberlo ya... primero porque es una esclava lista, a la que no se le escapa nada y segundo porque Nelly se lo habrá contado. Para las esclavas jovenes es un honor que su ama las reclame para alivarse sexualmente – comentó Scarlett ignorando la cercana presencia de Nelly.

―Que si lo sabe? – dijo Sarah poniendo cara de asombro – ¡Claro que lo sabe! ¡Hago que me alivie estando ella delante! – le respondió Sarah quien también ignoró completamente a su esclava que oía perfectamente que hablaban de ella.

―¡Por Dios, Sarah... podrías ser un poco más considerada con la pobre Babsy! – se quejó Scarlett.

―¿Porqué? ¡No voy a las reuniones sociales haciéndome lamer por Nelly en presencia de mis amistades! ¡Lo hago delante de otra esclava! ¿Qué problema hay?

―¡Pues que Babsy es su madre...! ¡No la humilles así! Si yo hiciera lo mismo con Marnie delante de Mamita a la pobre se le retorcerían las tripas – se rió Scarlett imaginando a la vieja esclava – aunque sé que en el fondo se siente orgullosa de que utilice a una de sus hijas para que me dé placer, pero las negras, a cierta edad, parece que adoptan nuestras hipócritas costumbres y viven una doble moral.

―No sé, no sé... yo creo que a Babsy no le molesta. Nunca la he visto poner mala cara cuando está presente y Nelly me come la cosita.

―Es que Babsy es como una efigie, no deja traslucir sus sentimientos.

―¡Venga ya mami... pero si es una negra... las negras no tienen eso!

―Eso es lo que nos decimos nosotras, porque nos va bien pensar que son como los perros, pero yo estoy segura de que sí los tienen.

―Bueno, dejemos eso... vas a regalarme a Rosita? – terció Sarah.

Scarlett la miró con ternura y cariño. Nada podía negarle a la niña de su vida.

―Claro que te la regalo. Mañana mismo haré los papeles.

―¡Oh mami, mami, cuanto te quiero... cuanto te adoro... – le dijo abalanzándose sobre ella y cubriéndola de besos.

Scarlett había tomado la decisión porque tenía muy claro que Sarah se había enamorado, o al menos encaprichado, de una mocita esclava. Mejor sería que la tuviese a su disposición en sus aposentos a que tuviera que irla persiguiendo por el campo y dando que hablar al resto de las esclavas, que luego todo salía fuera de la plantación.

―Por cierto mami... a Manuelita le quedan cinco años de condena, vino con tres, ha cumplido uno pero Marcia se la ha incrementado en tres años más durante este tiempo por lo que le quedan cinco. A Rosita le quedan tres. Le quedaban dos pero Julia, antes de dejarla le añadió un año más de condena. No sé qué debo hacer. Crees que sería justo que le alargara a Rosita la condena un par de años más para que tenga la misma que su hermana? Parece que están tan unidas las pobrecillas...

Scarlett se sonrió. Se dijo a si misma que a Rosita le iban a caer más de dos años de alargamiento de condena. Si en realidad deseaba a aquella esclava porque se había encaprichado de ella seguro que haría por retenerla en su poder cuantos más años mejor. Si se cansaba de ella siempre podía venderla.

―No sé, querida... mañana será tuya y tú decidirás sobre su condena... aunque si la amas lo lógico sería que quisieras que quedase libre lo más pronto posible para poder vivir con ella siendo libre... el amor tiene sentido entre personas libres... no crees?

Sarah se horrorizó al escuchar las palabras de su madre. «¡Dejarla libre! ¡No por Dios... y que la abandonara! ¡Aunque mientras tuviera a su hermana en su poder...! – pensó Sarah – pero eso ya lo decidiré en su momento»

―¡Nelly! ¿Tienes aquí mis zapatillas nuevas? – dijo cambiando de tema.

―Sí mi ama – contestó la esclava señalando con la cabeza, pues las manos las tenía ocupadas lustrándole las botas – aquí las tengo.

―Pues pónmelas que nos iremos a dormir.

Scarlett se sonrió al ver que su hija dejaba el espinoso tema de lado. «Si de verdad la amaba no añadiría un solo día a su condena y esperaría con ansia el momento de poder darle la libertad. Seguro que no es más que un capricho, un juguete nuevo. Pobre Rosita» se dijo Scarlett.

Nelly se acercó a su ama, se arrodilló y le calzó las zapatillas nuevas que se había comprado en Jonesboro. Sarah, a quien aquellas sandalias entusiasmaban, levantó una pierna y acercó el pie hacia su madre.

―Te gustan mami? Me las compré en Jonesboro... no sé si te las había enseñado.

―No me las habías enseñado, pero sí las he visto, Nelly se ha pasado la tarde llevándotelas de aquí para allá. Son preciosas.

―Toca la suela. Verás que dura.

Scarlett pasó las yemas de los dedos por la suela de cuero de la sandalia y silbó de admiración.

―No son como esas zapatillas que tienen la suela blanda. Con éstas puedes pegar a las esclavas de maravilla. Marcia, mientras tú negociabas con su madre la compra de Manuelita, me enseñó lo que hace ella. Es bestial. Manuelita aún tiene los labios hinchados de los golpes que le dio estando yo presente – comentó entusiasmada Sarah.

Scarlett asintió y sonrió a su hija. Para Scarlett su hija era un torbellino en formación. No sabía aún como clasificarla. No la consideraba cruel como sus hermanas que disfrutaban causando humillación y dolor a las esclavas, pero tampoco era una santa.

Sarah no solía cometer atrocidades con las esclavas pero no dudaba en mandar cualquier castigo si su humor no era el más adecuado. Aunque no fuese una diversión para ella, era perfectamente capaz de presenciar un castigo cruel pero no parecía dispuesta a ejecutarlo ella misma.

«Es igual que la mayoría de muchachas de su edad: caprichosa, indolente, mimada, frívola, compulsiva y a veces cruel. Son tan jovenes y tienen tanto poder que son incapaces de usarlo con mesura. Están acostumbradas a tener cuanto se les antoja y si no pueden tenerlo entonces son peligrosas» pensó Scarlett.

Sarah tenía asumido que las esclavas estaban allí para servirla y obedecerla. Mientras cumplieran sus órdenes todo iba más o menos bien pero si no cumplían a su plena satisfacción no dudaba en castigarlas. Consideraba a las negras como seres que Dios había creado para servir a sus amos y las estimaba totalmente inferiores, más aún que los animales. De hecho pensaba que eran como animales domésticos que además tenían que obedecerla.

―Aún no has terminado de limpiarme las botas, Nelly? – le dijo a su esclava cuando se levantó para retirarse y vio que sólo le había abrillantado una.

―¡Ay señorita, perdóneme... perdóneme mi ama... es que... es que...!

―¡Es que qué...! ¡Seguro que has estado todo el rato distraída escuchando la conversación de las amas! – la riñó – ¡Mira... ahora probarás mis nuevas sandalias! ¡Pasa para arriba... ya te voy yo a espabilar... perezosa... entrometida...!

Nelly se levantó, cogió las botas de su ama y se dispuso a seguirla compungida.

―¡No seas muy dura con Nelly! – le sugirió Scarlett a quien Nelly le caía muy bien – recuerda que la tienes desde que tenías tres o cuatro años... ha sido más tu compañera que tu esclava...

―Eso fue antes... cuando éramos pequeñas... ahora es sólo mi esclava y de vez en cuando hay que rcordarle que no es más que una esclava y que no puede hacer lo que le dé la gana.

Sarah marchó escaleras arriba seguida por una cariacontecida Nelly llevando sus botas. Scarlett escuchó el ruido de las suelas y los taconcitos de las nuevas sandalias de Sarah resonar por el mármol hasta que se fue apagando a medida que se alejaba.

Al llegar a la habitacion Sarah cumplió su promesa y le hizo probar a Nelly la suela de sus zapatillas nuevas. Babsy contempló el castigo de su hija sin pestañear. La señorita Sarah no era como su madre, la señora Scarlett, pero era su hija y le debía lealtad.

Nelly lloró mucho cuando Sarah le pegó tres o cuatro terribles bofetadas con la suela en las mejillas. Se le hincharon rápidamente y le ardían como si se las hubiesen quemado.

Sarah, que le había pegado estando sentada en el borde de su cama mientras Nelly permanecía de rodillas con las manos a la espalda, se dio cuenta de que aquellas sandalias constituían un auténtico y demoledor instrumento de castigo.

Arrojó la zapatilla al suelo después de pegarle con ella y se quedó mirando cómo se le hinchaban las mejillas a su Nelly. Le pasó la mano suavemente por la cara y, aparte de las lágrimas que se la mojaron, notó que las mejillas le ardían.

―A que pego duro con ellas? – le preguntó jovial Sarah después de acariciarle la mejilla – Te he hecho mucho daño, Nelly? – ahora el tono de voz era más compasivo y lastimero, como si se hubiese dado cuenta de que en realidad le habia hecho mucho daño de manera injusta.

―Sí señorita, mucho... – sollozó entre hipidos Nelly.

Sarah se sintió un poco incómoda. Le pasaba a menudo con Nelly. Su esclava la adoraba y ella también la quería, pero de vez en cuando sentía una necesidad irrefrenable de hacerle daño, como si fuese para que no olvidase que era su esclava, como si la pobre Nelly fuese a olvidarlo alguna vez en su vida. Entonces, tras castigarla sentía remordimientos y trataba de ser buena con ella.

―Me perdona, señorita? – le pidió aún entre hipidos y lágrimas a su ama.

―Bueno... te perdono... y para que veas que no soy tan mala te regalaré unas de mis sandalias viejas para cuando volvamos a ir a la ciudad y así tiras las horribles sandalias que te compré. Estás contenta? – le dijo y le acarició los labios cariñosamente.

―¡Oh ama, mi ama... qué bondadosa que es usted mi ama...! – rompió a llorar Nelly y arrojándose a sus pies se puso a besarlos con devoción.

―¡Venga, venga... ahora dale las botas a Manuelita para que acabe de limpiarlas y tú me aventas hasta que me duerma... luego te puedes echar a dormir a mis pies! – concedió magnánima Sarah para paliar un poco el sentimiento de culpa que le entraba cada vez que castigaba a Nelly.

Babsy, con el rostro hierático como de costumbre presenció la escena sin mostrar ningún sentimiento. Sabía que su hija adoraba a su dueña y por tanto ahora, aunque tuviera las mejillas ardiendo, hinchadas y doloridas era la esclava más feliz del mundo.



***



A la mañana siguiente Sarah cabalgó hasta el valle donde las esclavas trabajaban en los campos. Se acomodó en la silla que parecía que esperase su llegada a diario y mandó a Sansón que le trajera a Rosita.

El gigante negro preparó un trozo de tela que entregó a la esclava blanca porque sabía que la haría limpiarle las botas, como cada vez que venía a verla, porque a ningún esclavo ni esclava escapaba que las visitas diarias de la señorita Sarah a los campos tenían como única finalidad ver y estar con Rosita.

La esclava blanca avanzó penosamente con los pies engrillados y se arrodilló ante la joven señorita.

―Buenos días Rosita – le dijo Sarah dirigiéndole una sonrisa a la postrada esclava.

―Buenos días, señora... quiere que le limpie las botas?

―Sí hazlo... tu hermana me las limpió anoche antes de ir a dormir pero tengo la impresión de que en este aspecto es un poco torpe... tal vez sea porque la señorita Marcia le pisó una mano antes de vendérmela y creo que le fracturó un par de dedos... pobrecilla – le dijo Sarah.

Rosita levantó la cara y se quedó boquiabierta y abrió tanto los ojos que Sarah pensó que se le iban a salir de las órbitas.

―S-se... s-señorita... s-señorita... eso quiere... quiere decir que... – comenzó a tartamudear y a balbucear Rosita.

―Eso mismo es lo que quiere decir – la interrumpió Sarah que se sentía dichosa de traerle la buena noticia a la dulce esclava de la que estaba prendada – ayer regresé de Jonesboro con Manuelita atada a mi calesa. Es mi esclava.

―¡Oh señorita Sarah... qué buena es usted... me la ha traído... Dios mío, señorita Sarah... nunca podré pagarle lo que ha hecho usted... es tan buena... ordéneme lo que quiera, que yo lo cumpliré... moriré por usted si es necesario... ordéneme que me tire por un barranco y lo haré sin dudar – habló Rosita y esta vez sin atascarse, con fluidez.

Sarah se sonrió. Se sentía feliz de ver feliz a su caprichito.

―Y eso no es todo... hoy mismo te sacaré de aquí. Ya no volverás a trabajar en el campo... no tendrás que cargar con esas abominables y pesadas cestas de mimbre cargadas al máximo, ni recibirás latigazos porque no puedes caminar deprisa... y te quitarán esas odiosas cadenas de los tobillos que tanto daño te causan. No Rosita, este trabajo es para las esclavas negras. Tú estás hecha para otros trabajos más suaves. Más delicados. Más sugestivos y sugerentes. Tú has nacido para servirme a mí. Desde este mismo momento eres mi esclava personal. Dime, qué te parece? Estás contenta?

Desde luego que lo estaba. Estaba muy contenta. Se acababa aquel agónico sufrimiento que se renovaba cada día antes de salir el sol. Se reencontraría a su hermana querida y sería la doncella de aquella joven que aún pareciendo como todas las señoritas de aquellas tierras, indolente, altiva y cruel, con ella se mostraba tan extrañamente amable.

―Sí mi ama... no sé cómo podré nunca agradecerle lo que ha hecho, lo que está haciendo por mí. No sé porqué lo hace, no creo merecerlo más que cualquiera de las pobres esclavas que aquí nos hallamos, blancas o negras, todas somos desdichadas. Yo sólo puedo estarle agradecida por sacarme del sufrimiento y por hacer que recupere a mi hermana – le dijo Rosita que se dobló sobre sí misma para besarle los pies.

Sarah se quedó un poco decepcionada. Ella esperaba que cuando le comunicara todas aquellas novedades que concienzudamente había preparado para convertirlas en realidad, la esclava saltaría de alegría y se le echaría en brazos y la besaría y le diría que la amaba. Pero nada de todo eso había sucedido. Sí es cierto que le daba las gracias, pero más parecía que se las daba por poner fin a su angustia y su dolor que por el hecho de saber que sería su doncella más íntima.

«Bueno... debe ser que aún tiene que digerir la noticia. Seguro que pronto se dará cuenta de que es una privilegiada y querrá declararme su amor eterno. Pobrecilla, ahora debe hallarse bajo estado de shock... tendré que darle un poco de tiempo para que digiera tantas buenas nuevas. Aunque también es probable que no se atreva a manifestarme su amor, en definitiva es una esclava y ella no sabe que me gusta. Claro que podría intuírlo. Pero también he de reconocer que para ella es arriesgado expresar sus sentimientos porque podría malinterpretar mi generosidad y luego podría yo reaccionar castigándola por su atrevimiento... ¡en fin... habrá que darle tiempo» pensó Sarah mientras contemplaba como Rosita besaba sus botas.

Esta vez Rosita no hizo uso de la tela que Sansón había cortado para que pudiera limpiarle las botas a Sarah, la esclava usó su lengua en señal de agradecimiento y deudora sumisión.

«Eso está bien pequeña... esta muestra de sumisión y sometimiento dice mucho en tu favor... vas por el buen camino» pensó Sarah contenta de la reacción de su esclava.

―¡Sansón...! – gritó Sarah – ¡Quítale los grilletes a Rosita! ¡Me la llevo a casa ahora mismo...! ¡Bueno... cuando termine de limpiarme las botas! – se rió Sarah.

Cuando las enormes manos de Sansón retiraron los pesados grillos de hierro de alrededor de los tobillos de Rosita, la pobre esclava pensó que acababa de despertar de una pesadilla. Habían sido dos meses sin quitárselos, llevándolos noche y día.

Sarah se estremeció al ver las purulentas llagas que circundaban sus bonitas extremidades. Rosita se puso de pie pero al ir a andar le dio la impresión de que aún llevaba las argollas. Tenía la carne de los tobillos tan macerada y ulcerada que a pesar de quedar libre de los hierros aún sentía un dolor espantoso en la zona tumefacta. Dio dos pasos vacilantes y miró hacia su ama que la contemplaba con ojos amorosos.

―Qué...! ¿Contenta?

―Sí ama... muy feliz... gracias ama por todo lo que está haciendo por mí...

Sarah no le dio importancia a las sangrantes llagas y utilizando la espalda de Sansón montó sobre su corcel.

―Venga... vamos... – le dijo a Rosita.

Sarah puso a su animal al paso y la esclava hizo un esfuerzo importante por seguirla. A pesar de que el caballo iba despacio a Rosita le costaba seguir su ritmo.

―Vas bien? – le preguntó Sarah.

―Sí ama – mintió Rosita que temía que si decía que no podía andar se verían esfumadas sus esperanzas de abandonar aquella pesadilla.

Tardaron mucho más de lo normal en subir a la pequeña colina desde la que se divisaba el valle. Luego vino una suave pendiente de bajada en la que el caballo aumentó un poco su velocidad pero Rosita no podía seguirlo y en pocos minutos se encontró alejada de su ama. Sarah detuvo al animal y se giró.

―¡Venga... espabila...! o es que quieres quedarte en el valle? – le increpó medio en broma Sarah.

―Perdone ama... hago lo que puedo... pero las heridas me duelen mucho... cada vez más.

Sarah se impacientó un poco pero decidió no mostrarse grosera con la esclava. La veía tan indefensa, tan dócil, tan sumisa que la hacía sentirse aún más enamorada. La esperó a que llegara a su lado.

―¡Cógete a mi bota... así te ayudarás para andar! – le ordenó.

Rosita rodeó la bota de Sarah con una mano y se agarró con fuerza, procurando evitar la afilada espuela. Su rostro quedaba prácticamente a la altura del empeine de la bota que sobresalía del estribo.

―¡Vigila! ¡No vayas a clavarte la espuela! ¡Una vez una esclava perdió un ojo porque andaba pegada a mi bota, como vas tú ahora, y se despistó... se clavó la espuela en el ojo – se rió Sarah y puso de nuevo a la yegua al paso.

Avanzaron un buen trecho. A mitad de camino Rosita tenía serios problemas para seguir andando, sobretodo porque Sarah había aumentado ligeramente el ritmo de marcha, ansiosa como estaba por llegar a casa.

―Señora... por favor... no puedo más... necesito descansar... – oyó Sarah que le suplicaba su esclava con aquella dulce vocecilla que tanto le gustaba oír.

De tratarse de cualquier otra esclava, por haber osado decirle que no podía más la hubiese azotado allí mismo, sin embargo su corazón se enterneció y detuvo la montura.

―Está bien... pararemos un momento... pero te advierto que estoy ansiosa por llegar a casa.

―Gracias ama, muchas gracias...

Sarah no le dio ni dos minutos. Estaba impaciente.

―Venga... vamos... ya falta poco... cuando lleguemos te haré examinar por las sanadoras. Hasta mañana no esperamos la visita de la viuda Rosse que se encarga de examinar a nuestras domésticas.

―Sí ama... gracias ama.

La pobre Rosita apretó dientes y puños y tragándose el dolor hizo un enorme esfuerzo para poder seguir andando.

Alison, la negra que hacía las veces de curandera puso todos sus conocimientos al servicio de Sarah para mitigar las inflamaciones y el dolor de aquellas úlceras de horrible aspecto. Dos horas más tarde Rosita salía del chamizo de Alison con unos cataplasmas alrededor de sus tobillos y una notable mejoría de su dolor constante.

―¡Vaya... veo que ya tienes a tu esclava...! – le dijo Scarlett a su hija cuando la vio aparecer en el porche seguida de Rosita.

Sarah dirigió a su madre una mirada asesina, sobre todo por el tono que había empleado.

―Rosita – saluda a la señora de Tara – le dijo de malos modos.

Rosita había pasado un año como esclava de Julia McDonald y sabía que cuando le decían que saludara a una señora, a otra ama, debía arrodillarse y besarle los pies. La primera vez que se lo ordenaron no lo hizo por desconocimiento y le costó una buena tanda de azotes con una fina caña de bambú en la espalda que la tuvo llorando de dolor durante horas.

―Señora... – dijo Rosita al tiempo que se arrodillaba y besaba los pies de Scarlett.

Scarlett se sonrió por el azoramiento de su hija.

―Estás contenta de servir a la señorita Sarah? – le preguntó Scarlett a la esclava.

―Sí ama... contenta y agradecida, ama...

―Vamos Rosita, si mamá empieza a hacerte preguntas estaremos aquí hasta mañana.

Rosita se levantó, hizo una profunda reverencia como le había enseñado Julia que tenía que hacer y siguió a su nueva y joven ama.

Se quedó embobada contemplando el lujo del interior de la mansión. Ella había vivido en la casa que las McDonald tenían en Jonesboro y siendo lujosa no podía compararse con aquella mansión.

Scarlett estaba muy orgullosa de la casa pues había puesto todo su empeño en reconstruírla durante los difíciles años del final de la guerra y los primeros tiempos de la posguerra. Ahora Tara, varios años después de estar a punto de ser destruida, volvía a ser lo que fue.

Cuando Sarah entró en sus aposentos y dejó pasar a Rosita asistió a una de las escenas más enternecedoras que jamás hubiera visto. Manuelita y Rosita se echaron una en brazos de otra, se abrazaron, besaron y lloraron con frenesí, hasta la extenuación.

Sarah contempló la escena apoyada en la pared y sonriendo al ver la felicidad que causaba en su esclava. Al final, las dos esclavas blancas, por iniciativa de Rosita, agradecieron a su nueva dueña el que las hubiera reunido de nuevo, y lo hicieron arrodillándose a sus pies y besando sus botas con verdadera devoción.



***



Sarah no acababa de estar satisfecha. Había repartido las tareas entre sus esclavas pero era evidente de que eran demasiadas esclavas para atender exclusivamente sus necesidades. Nelly y Manuelita se quedaron casi con todo el trabajo, Babsy, que sabía coser muy bien se encargó de su vestuario, de tenerlo a punto y a Rosita le encargó su cuidado íntimo y personal.

Pasaban los días y Sarah no veía en Rosita ningún arrebato de amor por ella. Era muy dócil y obediente, incluso solícita, pero Sarah esperaba que le declarara su amor y eso no sucedía. Si ella se había enamorado de Rosita no entendía porqué la esclava no le mostraba su amor.

Sarah no entendía que Rosita no pudiese amarla: la había sacado del duro trabajo en el campo, la había hecho curar las terribles heridas, había hecho que su madre le comprara a Manuelita para que se encontrara con su hermana... además ella era guapa y se mostraba agradable con Rosita... por fuerza tenía que quererla, más aún, debería adorarla.

La idea de Sarah era que desde el primer momento en que estuvieran solas se abrazarían y se besarían y se prometerían amor eterno. Pero nada de eso había sucedido.

«Soy un poco tonta – se dijo Sarah – la pobre tiene miedo a mostrar sus emociones y se comporta como una esclava debe comportarse. No puedo esperar que ella me declare su amor. Debo ser yo quien le dé confianza para que lo haga. Tal vez lo mejor sería que yo le hablara sinceramente y le dijese que la amo»

Sarah estaba echa un lío. Hasta el día siguiente de haberla sacado del campo, Sarah no pudo estar a solas con Rosita. Había sido por la mañana. Mandó a todas sus esclavas fuera de la habitación, las cargó con un montón de órdenes y se quedó con Rosita.

La esclava se quedó de rodillas en un rincón mientras Sarah estaba sentada en su sillón, contemplándola y esperando a que le dijera algo.

Pero Rosita nada decía. Se limitó a permanecer de rodillas con la cabeza inclinada.

―No tienes lengua? – le preguntó al cabo de un rato de silencio.

―No ama, sí tengo lengua... bien lo sabe.

―Entonces? Porqué no dices nada?

―Espero que mi ama me pregunte algo. Así me enseñó la señorita Julia.

«Claro, qué tonta soy. A veces me olvido que es una esclava. Al parecer Julia la adiestró muy bien. Tampoco creo que le costara mucho porque Rosita parece muy dócil. No debo forzarla. Debo esperar a que me tome confianza. Seguro que cuando vea que Nelly me habla sin haberme pedido permiso y no le pasa nada ella también se irá animando a mostrarse más familiar»

―Eso está muy bien... veo que eres una esclava bien enseñada. Tienes mi permiso para hablarme... dime lo que quieras, cuéntame cosas... de ti, de tu vida... lo que quieras.

Rosita se ruborizó. No sabía qué quería exactamente aquella muchacha a la que ahora debía obediencia. La desconcertaba. Rosita veía que la trataba con mucho cariño pero el primer día la hizo azotar, lo cual la hizo tenerle miedo y desconfianza.

También recordó el día que hizo azotar a dos negras que al parecer estaban más preocupadas por escuchar la conversación que mantenía con ella que en trabajar. Y fue muy dura con ellas.

No sabía qué pensar ni a qué atenerse. Julia había sido un ama dura al principio pero después, poco a poco se fue mostrando menos estricta con ella y Rosita sabía que había sido consecuencia de su constante entrega y devoción mostradas.

Cuando Julia le comunicó que se casaba se lo dijo como quien se lo cuenta a una amiga... claro que después y como «regalo» de despedida le aumentó la condena en un gesto cruel, propio de aquellas muchachas frívolas y poderosas.

Rosita pensó que si quería sobrevivir con su nueva ama debía mostrarse sumisa y obediente, nada más.

Qué lejos estaba la pobre muchacha de lo que su ama esperaba de ella en realidad.

―No sé qué decirle, ama... pregúnteme qué quiere saber...

―Era guapa tu ama Julia?

―Sí ama... era muy hermosa.

―Más que yo?

Rosita volvió a enrojecer. «¡Dios mío, pero qué rara es esta chica. Debe ser muy vanidosa! – se dijo para sí»

―Pues... – Rosita dudó un instante porque ambas le parecían guapas pero consideró que sería bueno halagar la vanidad de su nueva propietaria – ...creo que usted es mucho más bonita, mi ama... si no le molesta que se lo diga.

Sarah se sonrió. «Qué me va a molestar, tonta – pensó»

Sarah siguió haciéndole preguntas durante un buen rato, pero notaba que la muchacha se andaba con tiento en sus respuestas. Finalmente decidió no continuar. Le faltaba aún coger confianza. Ya la cogería.

Un par de noches después, cuando Babsy tuvo el cuartito de las esclavas acondicionado para que pudieran dormir en él de cualquier manera, Sarah decidió que era el momento de empezar a estar a solas con su esclava. Mandó a todas sus esclavas a dormir al cuarto de las esclavas menos Rosita. Su esclava dormiría con ella, aunque de momento lo haría en el suelo, junto a su cama. No quería metérsela en la cama a las primeras de cambio para no asustarla, porque la muchacha parecía muy asustada.

―Desnúdame, Rosita – le ordenó con suavidad cuando el resto de esclavas se hubo retirado al cuartito anexo que Babsy había acondicionado.

Rosita obedeció en silencio. Realmente Sarah tenía un cuerpo hermoso y Rosita lo apreció, aunque no le provocó ninguna excitación porque el brutal sufrimiento que había padecido en el último año de su vida había anulado su líbido.

Rosita nunca se había preocupado del sexo. Cuando era libre y estudiaba en el internado veía a compañeras suyas encelarse con los muchachos, e incluso alguna con las chicas, pero ella pasaba del sexo, se decía que ahora tocaba estudiar y que eso vendría después, solo, sin necesidad de buscarlo y preocuparse.

Siempre había sido muy tímida y ni siquiera había llegado a plantearse su orientación sexual, se mostraba indiferente igual ante un chico que ante una chica. Reconocía que podían ser bellos o hermosas pero no se sentía especialmente atraída por nadie.

El brutal cambio que supuso en ella la esclavitud sólo hizo que su líbido se ocultara aún más y la humillación constante que Julia le hizo padecer obligándola a que la lamiera entre las piernas no hizo otra cosa que provocarle rechazo por cualquier cosa que le recordara el sexo.

Julia la hizo sentirse sucia, un mero objeto sexual, un instrumento que debía darle placer, le gustase o no le gustase. El hecho de que Sarah se le mostrase impúdica y lascivamente le provocaba cierta angustia.

―Antes de dormir Nelly me hace siempre un masaje en los pies. Me relaja y me ayuda a dormirme. Ahora no está Nelly, te importaría hacérmelo tú?

―Claro que no me importa, mi ama... soy su esclava, para eso estoy y para lo que mi señora guste mandarme – contestó aliviada porque al principio había temido que la obligaría a darle satisfacción con la lengua entre sus piernas.

A Sarah le gustó aquella respuesta, aunque ella entendió más de lo que en realidad había dicho Rosita. Sarah no concebía no gustarle a la esclava. Ella era muy hermosa y daba por hecho que Rosita tendría que caer rendida a sus pies ante su hermosura.

Rosita se arrodilló ante Sarah que, desnuda, se había sentado en el borde lateral de su cama. Le cogió los pies que Sarah le acercó y comenzó a acariciárselos con suavidad.

―Lo haces muy bien... también tenías que masajaerle los pies a tu antigua ama?

―Sí señorita... muy a menudo. Le encantaba que le hiciera friegas y caricias en los pies. Al principio me pegaba mucho porque no lo hacía a su gusto, pero me esforcé en aprender y dejó de golpearme.

―Debo estarle agredecida a tu antigua ama que te adiestrara tan bien, porque así me evito tener que pegarte yo – se rió Sarah de su propia broma. – Nelly me lo hace muy bien. Será que es mi esclava desde que teníamos tres años, pero el caso es que lo hace perfecto... y otras cosas también – añadió con tono enigmático.

Rosita imaginó a qué se refería y le entró una cierta desazón. Julia le exigía constantemente que la aliviara sexualmente y lo cierto es que le producía mucho asco. Siempre le olían mal el culo y su vulva, aparte del olor que despedía, era una gruta llena de secreciones y flujos desagradables.

Las primeras veces que había tenido que meter la lengua en aquel agujero que despedía fuerte olor y viscosos humores había tenido arcadas y Julia la había pegado con brutalidad, con un cinturón de cuero que le había dejado marcada toda la espalda.

Rosita suspiró cuando Sarah se recostó en la cama. Ella siguió acariciándole los pies hasta que vio que dormía. Entonces la acunó, apagó la luz y se acostó en el suelo.

Le costó mucho dormirse, no porque no estuviera acostumbrada a dormir en el suelo pues con su ama Julia dormía, si es que no la tenía toda la noche velándola, siempre en el suelo, o en los dos meses que pasó trabajando en el campo, encadenada día y noche y durmiendo también sobre el suelo del barracón de los esclavos, no, no se trataba de eso, al contrario, allí, en la habitación de su nueva ama se sentía cómoda. El problema era que su mente estaba desconcertada. No era normal que aquella muchacha la tratara tan bien. Era su ama, podía hacer con ella lo que le diera la gana, de hecho la había visto comportarse cruelmente con otras esclavas, entonces ¿porqué ella tenía la suerte de que fuese tan bondadosa y agradable con ella? No lo entendía.

«Seguro que me exigirá algo a cambio de portarse tan bien conmigo – pensó Rosita sin poder dormir – pero... porqué molestarse en tratarme bien cuando puede ordenarme lo que le dé la gana y yo no me puedo negar y si me niego tiene todo el poder y los medios necesarios para obligarme. No lo entiendo. La he visto portarse con crueldad, como todas las de su clase... incluso a mí me azotó el primer día que me vio... eso quiere decir que algo sucede que hace que ahora me trate tan bien. Además, compró a mi hermana después de que yo le contara nuestra desgracia. No tenía ninguna necesidad de hacerlo. De hecho no le ha prestado la menor atención desde que he llegado. No me creo que la comprara porque sabía que yo lo deseaba, no tiene sentido, no es lógico. Lo habrá hecho para tenerme atrapada? Pero porqué motivo? Ella no necesita tener a mi hermana de rehen, sabe que yo no tengo más remedio que hacer lo que ella quiera.»

Rosita se durmió sin llegar a obtener ninguna respuesta satisfactoria a sus preguntas. Sólo llegó a un acuerdo consigo misma: se portaría muy bien, la obedecería en todo con diligencia y se mostraría siempre dulce, sobre todo porque tenía la impresión de que Manuelita podía sufrir si ella no sabía llevar la relación con su nueva dueña. No sabía el porqué, sólo lo intuía.



***



Sarah pasó dos meses en los que esperó pacientemente que Rosita se echara en sus brazos. El dulce y entregado comportamiento de Rosita la hizo llegar al convencimiento de que la esclava la amaba y pensó que sólo sería cuestión de tiempo que se lo manifestara. Pero eso no sucedía.

Rosita seguía mostrándose dulce, solícita, eficiente, obediente y sumisa pero nada más. Sarah comenzaba a impacientarse. ¿Qué era lo que fallaba? Entonces se le ocurrió que podía ser que estuviese equivocada y que Rosita no la amase, sencillamente se trataba de una esclava dócil que quería seguir viviendo con el menor sufrimiento posible, pero esa posibilidad no la aceptó Sarah y la desechó.

El deseo sexual de Sarah se hallaba al máximo. En esos dos meses no se había hecho aliviar por Nelly pensando que sería la propia Rosita la que querría ofrecerse para satisfacerla sexualmente.

Se hacía bañar por Rosita, incluso a ella le encargaba su higiene íntima y en ningún momento vio Sarah en su esclava el menor atisbo de deseo. Lo que veía era nerviosismo en la pobre esclava y Sarah lo confundió con la represión del deseo sexual por parte de Rosita.

Cuando Sarah se hacía lavar las zonas íntimas, Rosita se mostraba nerviosa pero en cualquier caso realizaba su labor con eficiencia. Sarah sentía crecer su deseo sexual cuando las dulces manitas de Rosita la acariciaban su sexo y su culo al lavarlos pero entonces era ella la que se reprimía para no mostrar su brutal lascivia.

Quería que fuese Rosita la que le dijera cositas mientras la tocaba y no ser ella la que dejara ver su necesidad. Pero nada ocurría. Le hacía la higiene sin que en su rostro se viese el más mínimo indicio de apetito sexual.

«¡Pero si la pobrecilla ni siquiera sabe que a mí me gusta que me laman! – se justificó Sarah – ¡Tendré que hacer que vea cómo Nelly me lame y así seguro que me pedirá ser ella la que me alivie!»

Un día, se encerró en su habitación con Rosita y con Nelly. Se hizo desnudar y se sentó en su sillón cabalgando sus piernas sobre los brazos de la butaca y exponiendo obscenamente su sexo a la vista de las dos esclavas. Nelly se sonrió. Hacía mucho tiempo que su ama no la mandaba que la aliviara e intuía que aquel día iba a ordenárselo de nuevo. Así fue.

―¡Las dos... de rodillas! ¡Nelly... ya sabes lo que quiero! – le dijo a la negra.

Rosita miraba a Nelly y a la entrepierna de Sarah, sin decir nada aunque estaba temblando como una hoja expuesta a un huracán. Sarah se sonrió mirando a la esclava blanca. Nelly enterró la cabeza entre las piernas de su ama y comenzó a lamer.

―Bien Nelly... muy bien pequeña... así me gusta... con suavidad – le fue diciendo entre susurros Sarah a la vez que le acariciaba los rizados bucles negros de su ensortijado pelo.

Rosita no miraba a Sarah, no se atrevía. Sabía que si la hacía estar allí era porque quería que viera lo que pronto tendría que hacer ella. Sarah comenzó a jadear y a gemir. Nelly parecía implicarse a fondo en su tarea. Rosita supo que a la esclava negra le gustaba lo que estaba haciendo y ponía todo su empeño en hacer gozar a su ama.

«Pero porqué estaba ella allí si no era para que aprendiera? Pero porqué querría que se lo hiciera ella cuando tenía una esclava que parecía disfrutar haciendo aquella cochinada y por los jadeos del ama lo estaba haciendo muy bien… – pensó angustiada Rosita»

―¡Sigue...! ¡sigue ahora... no pares... más adentro... más adentro... más...! ¡méteme la lengua en las entrañas...! ¡el culo... no olvides el culo...! ¡más... más...! ¡joder, joder...! ¡más...! ¡jodeeeeeeeeeeeeeeeeeerrrr...!

Sarah comenzó a gritar. Sus dedos se habían crispado en los bucles de Nelly y con sus piernas la había atrapado rodeándola por el cuello para tenerla, como quien dice, en su interior, y le daba patadas en la espalda con los talones mientras gritaba y decía palabras obscenas.

Rosita se asustó. Había tenido que hacer algo similar con su ama Julia y era algo que la molestaba mucho. Durante dos meses de estar con Sarah se le había insinuado en muchas ocasiones, sobretodo cuando tenía que bañarla o hacerle la higiene íntima, pero nunca, gracias a Dios, le había ordenado que hiciera lo que ahora veía hacer a Nelly.

Rosita tenía la impresión de que pronto sería ella la que se encontraría pegada a la entrepierna de Sarah y sería su espalda la que recibiría las patadas frenéticas que acompañaban el punto culminante de su éxtasis sexual.

Nelly dejó de lamer cuando sintió aflojarse alrededor de su cuello la presión de los muslos de su ama. La negra, libre del asfixiante abrazo, se quedó con la mejilla apoyada en el monte de venus de su ama. Sarah había dejado sus piernas fláccidas y ahora tenía los ojos cerrados. Estaba muy sudada y respiraba agitadamente.

Cuando Sarah abrió los ojos se encontró con la mirada extraviada de Rosita quien rápidamente apartó los ojos dirigiéndolos al suelo. Estaba francamente asustada. Sarah se sonrió.

―Muy bien Nelly, lo has hecho muy bien – le dijo Sarah... luego te daré un azucarillo y una tortita de miel de las que van a hacer para mí esta tarde... te lo has ganado.

«¡Dios mío, como un perro... como un animal...! Así es como debería sentirse esta pobre negra, y sin embargo... mírala... parece sumamente feliz de recibir esa insultante recompensa – pensó Rosita cuando vio que Nelly sonreía como una niña a la que acaban de regalar una muñeca y se puso a besar las manos del ama»

―¡Rosita! – le dijo Sarah – te has fijado en lo que ha hecho Nelly... y sobretodo en cómo lo ha hecho?

―Sí ama... me he fijado – contestó Rosita con una hilo de voz.

―Perfecto... dime una cosa... la señorita Julia nunca te pidió que le hicieras lo que Nelly acaba de hacerme? – preguntó Sarah.

Enrojecida de vergüenza, la pobre esclava asintió musitando una apenas audible respuesta.

―Sí mi ama.

―Y...? Julia gritaba tanto como he gritado yo?

Asintió de nuevo.

―¡Nelly...! ¿Te ha gustado lamerme?

Sarah suponía que Nelly contestaría que sí y entonces le preguntaría a Rosita si le gustaría sustituir a Nelly en esa tarea. Por fin se había decidido a romper aquel estado ambiguo de cosas en las que se movían sus relaciones con la esclava blanca.

―¡Sí mi ama... claro que me ha gustado... ya sabe mi ama que me gusta darle placer con la lengua! – contestó la negra que miraba a su dueña con veneración.

―Y a ti, Rosita... te gustaba lamer a la señorita Julia?

Rosita no contestó. Permaneció con la mirada baja.

―Te he hecho una pregunta, Rosita... vas a contestarme?

―Tengo otra opción que hacerlo, mi ama? – respondió la esclava blanca.

Sarah se sorprendió de la respuesta.

―¡Claro que no tienes otra opción que contestarme... soy tu ama y debes obedecerme! – repuso Sarah que comenzaba a perder la paciencia – ¡Contesta!

―No mi ama... no me gustaba. Al principio me llevé muchos castigos porque me entraban ganas de vomitar. Al final logré acostumbrarme, pero no me gustaba.

Sarah se quedó perpleja. No podía entender a aquella muchacha. ¿Cómo que no le gustaba?

―Podría mentirle, ama... pero eso sería ser desleal – siguió Rosita que había percibido la decepción de su ama, quien ahora comenzaba a parecer enojada –. Yo le estoy muy agradecida por todo lo que ha hecho por mí y por Manuelita, y no quiero mentir. No me gustaba lamer a la señorita Julia y supongo que lamerla a usted será algo parecido. Si me lo ordena obedeceré sin rechistar, pero dudo que me guste.

Sarah se quedó mirando a Rosita sin entenderla. Ninguna negra hubiera osado dar aquella respuesta y sin embargo aquella dócil e indefensa muchacha se había atrevido a decirle la verdad sin tapujos. La cólera la iba invadiendo por momentos.

Nelly estaba asustada. Para la negra aquella muchacha se había atrevido a insultar al ama. Estaba loca. Si Sarah le hubiese hecho aquella pregunta a ella no habría tenido necesidad de mentir porque realmente la hacía feliz lamerla pero de lo contrario, en el hipotético caso de que le produjera asco servirla de aquella manera no habría dudado en mentir. Las esclavas, todas, personales, domésticas o del campo, todas las esclavas sabían que una de las reglas de oro para subsistir era halagar siempre la vanidad de las amas. Para disimular el nerviosismo que le estaba generando la tensión que se había instalado en la habitación ante la sincera respuesta de Rosita, Nelly optó por calzar las zapatillas a su ama.

―Me estás diciendo que no te gusto? – preguntó Sarah sin mirar a la negra que le estaba poniendo las zapatillas.

―No ama, no he dicho eso... he dicho que no me gusta hacer esas cosas que mi ama Julia me obligaba a hacer y que con tanto desvelo le ha hecho Nelly. Usted me ha preguntado.

―Es cierto, yo te he preguntado y me doy cuenta de que no tenía que haberlo hecho. Tú eres mi esclava y harás lo que yo te ordene. Cuando te lo diga me lamerás como lo ha hecho Nelly y además me dirás que te gusta, que te place, que te excita comerme el coño – dijo Sarah visiblemente alterada.

―Sí ama, soy su esclava y haré cuanto me ordene – contestó Rosita humillando la cabeza.

De repente la decepción había dado paso a la ira.

―¡Entonces dime... si te gusto porqué no te apetece hacerme gozar!

Rosita no sabía qué contestar. Comenzó a lloriquear.

―¡Nelly me quiere y es feliz haciéndome gozar! ¿Porqué me dices que te produce asco? – preguntó Sarah que no podía entender que una esclava le hubiera dicho a la cara que lamer a su ama en la entrepierna le producía arcadas.

Rosita pasó del lloriqueo al sollozo. Seguía sin contestar. Sólo lloraba. Discretamente, pero lloraba.

Sarah se había excitado de nuevo. Terminaba de gozar en la boca de Nelly pero hacía tanto tiempo que se había privado de aquellos placeres que volvía a estar a punto.

Además aquella situación en que la esclava blanca la estaba retando le había vuelto a despertar la líbido.

―¡Ven aquí! – le ordenó – ¡Lame!

Rosita no dudó. A pesar de seguir llorando metió la cabeza entre los muslos separados de Sarah y comenzó a pasar la lengua por su, de nuevo, encharcada gruta.

Los fluidos vaginales de Sarah volvieron a aumentar y llenaron de líquidos la boca de Rosita. A la esclava le sobrevino una potente arcada. Le daba asco. Era lo mismo que sentía cuando la señorita Julia la obligaba a darle placer, sólo que Sarah producía aún más viscosos jugos y el olor que emanaba de su gruta era aún más penetrantemente ofensivo.

―¡No dejes de lamer! – le gritó al tiempo que le pegaba un manotazo en la cabeza – ¡me lamerás hasta que digas que te gusta! – Sarah, una vez la verdad se había destapado ante sus ojos, se había despojado de todas sus buenas intenciones – ¡Nelly! – casi gritó – ¡Trae a Manuelita!

La negra se levantó como movida por un resorte y regresó llevando de la mano a la hermana de Rosita.

―¡Lame... y quiero que parezca que disfrutas, de lo contrario haré que a tu hermana le cosan los labios! – le dijo al tiempo que volvía a golpearle tras la cabeza.

Sarah era frívola y caprichosa. Había actuado hasta aquel momento movida por las mejores intenciones. Había querido que la esclava la amase por sí misma, la había ayudado, no se había mostrado cruel con ella, no la había castigado ni aúnque hiciera algo merecedor de ser castigado, la había complacido en todos sus deseos... pero todo había sido inútil.

Aquella mosquita muerta se atrevía a insultarla diciéndole que le daba asco lamerla. Pues se habían acabado las contemplaciones. Ahora veía las cosas de otra manera: la obligaría a quererla, si era necesario la rompería para volver a reconstruírla a su gusto. Terminaría suplicándole que la dejara hacerla feliz.

Rosita se esforzó al máximo en su desagradable labor. Superó las arcadas y el asco que le producían lamer la gruta encharcada de aquella muchacha por miedo a lo que pudiera hacerle a Manuelita.

Sarah comenzó a jadear. Aunque no era Nelly, que se entregaba con ardor, la esclava blanca tenía lengua y sabía moverla. «Seguro que Julia la ha enseñado» se dijo Sarah.

Cuando empezaron a aflorar los primeros síntomas del orgasmo que se acercaba, Sarah atrapó la cabeza de la esclava entre sus muslos y se sujetó a su pelo. Por un segundo vio sus blancas manos entre los rubios cabellos de la esclava. Acostumbrada a cogerse al negro cabello de Nelly, aquel nuevo contraste que veía le agradó.

Comenzó a dar grititos y a golpear con los talones la espalda de Rosita. Con las pataditas las hermosas sandalias que le había calzado Nelly se desprendieron y cayeron al suelo entre el estrépito de sus propios gritos y jadeos.

Finalmente, y tras crisparse tanto que casi ahoga a Rosita entre sus muslos, se relajó. Suspirando entre jadeos levantó las piernas y apoyando las plantas de los pies en los hombros de la esclava la empujó para apartarla y Rosita fue a dar con sus huesos en el suelo.

Sarah abrió los ojos y esbozó una sonrisa amarga. Ella era el ama y lógicamente había triunfado porque la esclava había hecho lo que ella quería que hiciera, pero no había sido como lo había visto en sueños. Había tenido que hacer uso de su poder.

«Si eso es lo que quiere eso habrá – pensó Sarah – se acabaron las contemplaciones, ahora sabrá que conmigo no se juega»

―¡Mis sandalias! – ordenó aún con la voz ronca.

Nelly ya las tenía en las manos y se arrodilló a los pies de Sarah para calzárselas. Sarah se levantó del sillón. Avanzó hacia Manuelita, que estaba de pie en un rincón, temerosa, miedosa. Sarah le dio una fuerte bofetada.

―¡Al suelo... de rodillas... cuando estés ante mí te quiero de rodillas! – le gritó a la asustada esclava – ¡Pon las manos en el suelo! – le ordenó.

Sarah avanzó un poco y pisó las manos de la niña. Se quedó de pie sobre sus manitas.

―¡Bésame los pies!

Manuelita, que ya experimentaba un dolor terrible pues las suelas de las sandalias de Sarah le tenían pilladas las uñas, inclinó la cabeza y besó los deditos de los pies de su ama.

Rosita se sintió desfallecer. Recordó el año pasado al servicio de Julia y de Marcia. Julia era dura con ella pero Marcia era sencillamente cruel con Manuelita. Presenció con ojos llorosos cómo Sarah estuvo un buen rato triturándole los dedos de ambas manos.

¡Cómo la había engañado aquella muchacha que la había tratado tan bien. Al parecer sólo lo había hecho para atraerla pero al no aceptar de buen grado lo que ella pretendía, que no era otra cosa que se entregara a ella por propia iniciativa, se había mostrado tal y como era, como eran todas. Si quería salvar la piel y sobretodo la de su hermana tendría que aprender a fingir. De hecho ya llevaba un año fingiendo pero ahora había pensado que Sarah era buena, que la trataba bien porque la apreciaba... pero ya se había dado cuenta que Sarah era capaz de castigar a cualquier esclavo con crueldad y que si a ella la había respetado había sido sólo porque se había encaprichado de ella y al no corresponderla se había despojado de su máscara de bondad. Tendría que hacer lo que fuese, aunque fuese duro para ella.



***



Pasaron los días. Sarah se mostraba errática en su comportamiento con ella. Daba la impresión de que su actitud aquel día con Manuelita, pisándole las manos para mortificar a Rosita, para lanzarle un mensaje, la había afectado. Sentía ciertos remordimientos cuando veía a las dos hermanas. Se veía claramente que Rosita intentaba proteger a su pequeña hermana, que la quería con locura y de alguna manera Sarah se sintió ruín por utilizar a la pequeña Manuelita para que Rosita se le entregara.

«Es eso lo que quiero realmente? Tener a Rosita a toda costa? O en realidad quiero que sea ella por convencimiento y propia voluntad que se me entregue? Pero, y si no le gusto? Y si no le gustan las hembras? Si hago azotar a Manuelita estoy convencida de que Rosita vendrá a suplicarme y entregárseme con tal de que deje en paz a su hermana. Me sentiré satisfecha si obtengo de esta manera su entrega?» ― meditaba Sarah que desde aquel día no había vuelto a tentar a Rosita.

―Qué le sucede a la niña de mis ojos? – le preguntó Scarlett viendo a su hija melancólica y triste.

―No lo sé mamá... estoy un poco triste...

―Es por culpa de una esclava blanca que no responde a tus llamados? Acaso esa muchacha no te desea como tú te habías imaginado?

Sarah miró a su madre sorprendida. «Tiene poderes de bruja, mi madre? – se preguntó»

―Sí – respondió un poco mustia – cómo sabes eso?

―Te conozco mi querida pequeña... no olvides que te he parido... llevas tus dudas y tu pesar escritos en la cara – le dijo Scarlett acariciándole la mejilla.

Sarah, que tenía una negrita bajo sus pies, se acurrucó un poco en su sillón, enternecida y agradecida por los mimos de su madre.

―Qué debo hacer mami? Es mi esclava y puedo ordenarle que me dé placer pero no puedo conseguir que me ame. A base de castigar a su hermana estoy segura de poder conseguir que finja amarme, pero no es eso lo que quiero.

―Ya... comprendo lo que te sucede. Podemos mandar en sus cuerpos pero no en sus corazones. Has de decidir qué quieres, si su cuerpo o su corazón.

―Las dos cosas, mami... – contestó Sarah que con la planta del pie acarició la carita de la negrilla que tenía bajo sus pies.

La negrilla se sintió contenta de aquel gesto cariñoso de la señorita y sacó la lengua para lamerle el pie. Sarah ni la miró.

―Lo primero que yo haría en tu lugar es añadir años a su condena.

―¿Quéeeeeeee...? ¡Entonces me odiará aún más! – dijo Sarah.

―Al principio sí... pero ahora ella piensa en pasar como sea los años que le quedan de esclavitud y luego será libre. Si sabe que su futuro está encadenado a ti, con paciencia podrás conseguir lo que quieres de ella. Cuando vea que tú te muestras buena con ella se agarrará a tu amor como única tabla de salvación para no enloquecer. Al principio, tras aumentar considerablemente su condena, muéstrate cruel, después le curas las heridas y al final tendrás un perro agradecido...

A Sarah le pareció monstruoso lo que su madre le proponía pero tras meditarlo largo y tendido lo encontró juicioso.

Varios días después llamó a Rosita. La muchacha, que desde el día en que vio el verdadero rostro de su ama castigando por despecho a Manuelita, porque ella no se había avenido a sus deseos, esperaba alguna desgracia. Se presentó temerosa ante su dueña. Sarah estaba descansando en su hamaca del porche. Rosita se arrodilló a sus pies. Manuelita estaba presente pues era la encargada de abanicar a la señorita Sarah.

―¿Cuántos años de condena te quedan, esclava? – le preguntó directamente y empleando el término «esclava» expresamente para que viese que no se trataba de una conversación con ánimo distinto al que pueda regir entre ama y esclava.

―Tres, mi ama – respondió con un hilo de voz.

―Y a tu hermana?

―Cinco, mi ama...

―Que sepas que mañana mismo haré para que tu condena quede incrementada en otros dos años... así te quedarán cinco como a tu hermana...

―Sí mi ama... qué he hecho mal para se castigada con dos años más de condena, mi ama, si puedo preguntárselo... – intervino Rosita totalmente compungida.

―No... no puedes preguntármelo... – le contestó agriamente Sarah.

―Es por lo del otro día?

―¡Cállate! – prepara tus cosas... vuelves a trabajar en el campo.

―Sí mi ama.

Sarah se sentía ruín, mala, cruel, pero estaba siguiendo la estrategia que su propia madre le había diseñado.

Pasó una semana. Sarah se moría de ganas de ir a ver a Rosita al campo. Había dado instrucciones de que fuese tratada con dureza. Sarah sufría. Sabía que la constitución física de Rosita era débil y que estaría sufriendo. Casi deseó que Sansón y Samuel no la obedecieran al pie de la letra y procurasen salvarguar un poco a la esclava blanca.

A la segunda semana Sarah ya no pudo aguantar más. Mandó a Nelly que le calzara las botas y se dirigió al campo de trabajo. Se encontraban desbrozando terrenos pantanosos para prepararlos para próximos cultivos. Sarah llegó montada en su yegua y se paseó por entre las esclavas buscando con la mirada a Rosita.

Sansón se le acercó. Hincó una rodilla en tierra delante de la montura de su ama.

―Hola Sansón... dónde está Rosita?

―En las marismas, mi ama... está dragando las aguas pantanosas. Es una tarea muy dura, mi ama, muy dura – le dijo el negro con voz apenada.

A Sansón le caía bien Rosita y le costaba mandarle los trabajos más duros pero las órdenes, provinientes del ama Sarah, habían sido muy precisas: que trabaje duro y en lo más duro.

―¡Llévame hasta ella! – ordenó Sarah.

El negro acompañó a Sarah, llevando las riendas, hasta la zona de marismas. Hacía allí un calor insalubre. Sarah descubrió la desmejorada figura de Rosita. Estaba con las piernas metidas en el agua estancada, hasta las rodillas, y cargaba un pesado fardo.

La muchacha levantó un momento la mirada y vio ante ella, a poca distancia, la figura de su ama, soberbia, montada en su yegua, mirándola.

―¡Sansón... sácala de ahí... llévala al valle, al chamizo. Estaré esperándola!

Diez minutos después Rosita avanzaba penosamente, arrastrando los pies encadenados. Sarah se había sentado en la silla. La esclava se desplomó a sus pies, estaba rendida.

―¡Tengo las botas sucias... esclava... límpiamelas! – le ordenó Sarah.

Rosita obedeció. Una pequeña sonrisa asomó a su rostro demacrado. Le recordaba cuando trabajaba en los campos y casi a diario la señorita la rescataba de su trabajo y para ello le ordenaba que le abrillantara las botas.

La esclava se inclinó sobre los pies de Sarah y con la lengua comenzó a limpiarle las botas en una silenciosa y reverencial petición de clemencia.

―Te veo más delgada... no te dan de comer? – le preguntó Sarah.

―Sí ama... ya sabe mi ama cual es la comida de los esclavos de campo... y el trabajo que hacemos...

―¡Uy, uy, uy...! parece que te estás quejando?

―No mi ama... sólo digo la verdad...

―Eso te pierde, Rosita... tu predisposición a decir siempre lo que piensas y sientes...

―Supongo que por eso estoy de nuevo trabajando aquí, verdad, ama?

―¡No seas insolente y haz tu trabajo... te he mandado abrillantarme las botas y si hablas no puedes hacerlo, así que lame y calla...!

Sarah estaba dolida. Rosita parecía una muchacha débil, sin embargo era más fuerte de carácter que la más fuerte de sus esclavas. Cuando Rosita le hubo abrillantado las botas llamó a Sansón.

―¡Que vuelva al trabajo inmediatamente. Esta noche que no cene y como que ha perdido mucho tiempo hablando conmigo, si no logra producir lo previsto la azotas... diez latigazos. Yo misma comprobaré la producción de esta esclava! – dijo Sarah poniéndose en pie.

Rosita se puso a llorar. Era imposible recuperar el tiempo perdido. Miró a Sarah por unos instantes con cara de abatimiento. Sarah le devolvió la mirada y se marchó.

Esa noche Sarah controló la producción de Rosita. Faltaba muy poquito para que hubiera cumplido, pero no había llegado.

―Ya sabes Sansón, diez latigazos... y sin cenar.

Sarah visitó los campos cada día y cada día la misma situación. Hacía llamar a Rosita y pasaba con ella media hora en la que invariablemente le limpiaba las botas. Como que Sarah consideró que Rosita ya no se mostraba orgullosa decidió no cebarse y no volvió mandar que fuera azotada.

La veía cada día más desmejorada. El trabajo la mataba. Uno de esos días, mientras la pobre Rosita descansaba del duro trabajo del campo limpiando las botas de su ama, Sarah aprovechó para dar una vuelta de tuerca más a su proceso de destrucción de la esclava.

―Esta mañana he hecho coser los labios a Manuelita...

Rosita, que estaba lamiéndole las botas dejó de hacerlo y la miró fijamente. En sus ojos no había insolencia, sólo derrota.

―Y a que no sabes porqué lo he hecho? No? Verás, tu hermana cada día está más torpe. Ayer la tuve todo el día sin comer por que es lenta. Luego, por la noche, me hice lamer por ella. Sabes? Le dio asco... Tú verás, qué tenía que hacer? Pues la hice hacerme una vigilia toda la noche... con mis botas... esas mismas que estás lamiendo, colgando de sus dientes... pobrecita... toda la noche de rodillas. Nelly no ha podido dormir para vigilarla, y Nelly que sí me es fiel, la ha obligado a permanecer despierta toda la noche... ¿Tuviste que hacerle a la señorita Julia alguna vez una vigilia? ¡Dios, yo no lo he hecho nunca, desde luego, pero debe ser espantoso!

Rosita lloraba en silencio sin dejar de pasar la lengua por las botas de su ama. Estaba destrozada.

―¡Uy, perdona, aún no te he dicho porqué le he hecho coser los labios! Verás... por la mañana tu hermana no servía ni para calzarme las zapatillas. Tenías que haberla visto... estaba destrozada. Me he visto obligada a pisarle los dedos de la mano... sí, con estas mismas botas... por cierto, no dejes de limpiarme las suelas – le dijo levantando un poco las botas sin dejar de mantener los tacones apoyados en el suelo – pues como te decía, varias uñas se le han caído de las manos. ¡Cómo chillaba la pobrecilla! – Sarah hizo una pequeña pausa dramática para ver cómo afectaban sus crueles palabras en el ánimo de Rosita – ¡Por cierto, Rosita... lame bien las suelas... no me gustaría que quedasen restos de sangre de tu hermana en mis botas...! Como te decía, tenías que haber visto cómo chillaba, seguramente sus manos quedarán inservibles... bueno, la cuestión es que eran tan agudos sus gritos que al final no he tenido más remedio que mandar que le cosieran los labios porque no lo soportaba más. Antes de venir a verte he ordenado que hoy tampoco coma nada... total, teniendo los labios cosidos...

Rosita lloraba. A su estado físico paupérrimo, al hecho de haber visto aumentada en dos años su condena, ahora se añadía el sufrimiento de su hermana. Y estaba claro que la señorita la hacía sufrir para hundirla a ella.

―Bueno, creo que es hora de regresar. Creo que hoy la cocinera ha hecho mi comida preferida... asado de faisán con puré de castañas... ¡Mmmm... ya me estoy relamiendo sólo de pensarlo! ¡Sansón, llévate a la esclava de vuelta al trabajo! – ordenó Sarah levantándose de la silla. – ¡Ah, por cierto, esta noche que no le den de comer!

Sarah miró a Rosita que se había quedado en el suelo, llorando, hundida. Sarah montó en su corcel y picó espuelas. Se sentía ruín pero confiaba en los consejos de su madre. Tenía que destruir la voluntad de la esclava para luego reconstruirla amorosamente. Sólo así se la ganaría.

Rosita llevaba ya más de un mes de duros trabajos. Sarah venía casi a diario a verla. Se sentaba en el chamizo, mandaba a buscarla, la esclava le limpiaba las botas y mientras tanto le hablaba.

―Tu hermana te hecha de menos, Rosita. No entiende que prefieras trabajar en el campo que sirviéndome a mí. Hace ya unos días que no tiene arcadas cuando me lame. Me pregunta cuando volverás y yo no sé qué contestarle. Esta mañana he vuelto a enfadarme con ella. La verdad es que no recuerdo qué es lo que ha hecho, pero el caso es que he mandado que le cortasen la oreja que le queda. ¡Dios, qué fea está ahora sin orejas tu hermana! Para que se le vean bien las mochaduras he hecho que le quemen el pelo... ja, ja, ja... parece un conejo asustado – le explicó Sarah.

Rosita estaba cada día más abatida. Sarah veía que faltaba poco para que terminara por derrumbarse.

―¡Sansón! – llamó al negro guardián – porqué Rosita lleva protecciones en los tobillos? – preguntó al esclavo cuando se dio cuenta que unas vueltas de cuero la protegían los tobillos del laceramiento constante de los hierros de las argollas.

―Perdón ama, pero como la otra vez... – comenzó a justificarse el negro que había mandado que le protegiesen los tobillos porque en la primera etapa de trabajo en los campos Sarah así lo ordenó.

―¿Quién te ha dado permiso, negro estúpido? ¡Quítale las protecciones! ¡Esta esclava es una más! ¡Ahora que vuelva al trabajo... y esta noche que reciba veinte latigazos... y mañana que cargue con la cesta llena de piedras, todo el día!

Rosita quería morirse. Tras casi dos meses sólo pensaba en la muerte como liberación. Intentaba pensar en positivo, pensar en que un día sería libre y todo aquello terminaría, pero cuando sentía el dolor por todo su cuerpo se decía que no sería capaz de aguantar otros tres años como esos dos últimos meses.

Sarah volvió a verla unos días más tarde.

―Te comunico que a tu hermana acabo de aumentarle la condena en cinco años... – le dijo a Rosita que se quedó como vacía, mirándola con ojos extraviados – y como sé que la quieres mucho he decidido ampliártela también a ti. Desde mañana os quedarán diez años para cumplir vuestra condena.

Un grito desgarrador de Rosita atronó por todo el campo de trabajo. Las esclavas dejaron por un momento su pesado y monótono laborar y hasta los chasquidos de los látigos enmudecieron. Sarah contempló a Rosita en el suelo, llorar con total desconsuelo.

―La perspectiva de pasarse diez años como ahora... ciertamente, no es nada halagüeña... porque he pensado que desde mañana te dupliquen la producción. Y si no llegas al final del día con la cuota señalada... ya sabes... latigazos... ahora tengo que decidir cuantos latigazos haré que te den por día en que no llegues a la cuota – le dijo Sarah tocándole la mejilla con la bota suavemente. – Con la vida tan regalada que podrías tener... y tu hermana también... con una actitud más positiva por tu parte. Yo podría hacer que esos tres meses que llevas sufriendo quedasen en un triste recuerdo. Sólo tendrías que pedírmelo... de una manera convincente... claro.

―Ama, se lo suplico... sáqueme de aquí... perdóneme si he sido desconsiderada, si he sido orgullosa. Yo pensaba que hacía bien mostrándome sincera porque creía que así era leal, pero estaba equivocada. No soy nada, sólo una esclava y una esclava que está dispuesta a agradar a su ama... sáqueme de aquí ama, le juro que tendrá en mí la más abnegada esclava – le suplicó Rosita totalmente tirada en el suelo y agarrada a sus pies, besándole las botas una y otra vez, con desesperación.

Sarah esbozó una sonrisa de triunfo. Mandó a Sansón que le quitara los hierros de los tobillos. Luego montó en su caballo e hizo que anudaran una cuerda al cuello de su esclava. La llevó tras la montura. Quería terminar su victoria de manera aplastante.

Cuando llevaban más de media hora a paso lento, Rosita cayó al suelo. Sarah se sentía culpable de lo mucho que había hecho sufrir a la esclava. Ella no era cruel por naturaleza, sencillamente se estaba comportando de manera muy cruel siguiendo una estrategia que ahora terminaba en la parte más dura.

Miró a Rosita desde lo alto de su montura. En su mano la cuerda que la unía a ella estaba tensa. La esclava se hallaba en el suelo. Parecía haber llegado al límite de sus fuerzas.

―¡Levanta, Rosita, haz un esfuerzo! – le dijo con suavidad.

La esclava no podía. Sarah desmontó de su jaca con agilidad, demostrando que no necesitaba para nada que un esclavo pusiera su espalda para montar y desmontar y se arrodilló junto al cuerpo inherte de Rosita. La acarició con dulzura.

―He tenido que portarme cruelmente para que te dieras cuenta de que te conviene ser una esclava fiel, dócil, entregada, leal y sumisa. Te prometo que a poco que te entregues tu vida será a partir de ahora mucho más placentera. Venga, haz un esfuerzo y levanta.

Rosita se levantó. Miró a su ama y se dejó caer de rodillas para besarle los pies. Estaba llorando. Luego continuaron el camino con la misma lentitud de antes, hasta llegar a la Casa Grande.

Scarlett las vio llegar y esbozó una sonrisa.

Sarah llevó a Rosita directamente a las sanadoras y estuvo casi una semana bajo sus atentos cuidados, recibiendo atenciones, curas y comida. Cuando Sarah fue a buscarla para reincorporarla a su servicio la encontró más hermosa que antes.



***



Rosita ya caminaba con cierta gracia una vez curadas las horribles heridas de los hierros. La buena y regular comida y el descanso obraron un milagro y su cuerpo pareció retomar la vida que antes la abandonara.

Cuando Rosita se encontró con Manuelita y vio que ni le faltaba la oreja, ni había señales de que le hubieran cosido los labios y que tenía las manitas y las uñas en perfecto estado miró a su ama.

Al principio la mirada era de extrañeza. Le había estado contando todos los tormentos a los que la había sometido y ahora podía constatar que todo había sido una burda mentira para minar su moral.

Sarah se sonrió y esperó la reacción que aún no se había producido en la esclava. Manuelita no entendía qué le pasaba, porqué su hermana le tocaba la oreja, y los labios, y las manitas... de repente Rosita se arrojó a los pies de Sarah y comenzó a besarle las botas con fervor mientra musitaba «gracias ama, gracias ama, gracias ama...»

Aquella estrategia también había partido de Scarlett. En una charla con su hija sobre el estado en que se encontraba su «amor», le sugirió que mintiera respecto a algunas atrocidades cometidas sobre Manuelita con el fin de romper aún más las defensas de Rosita.

El efecto vendría cuando la esclava viese que nada de todo aquello había sucedido. De alguna manera, aunque fuese inconscientemente agradecería a Sarah que todo hubiese sido un engaño y le agradecería que no le hubiera hecho nada, lo cual no dejaba de ser un subliminal mensaje que decía que todo eso y mucho más podría hacerle Sarah a su hermanita si ella no colaboraba.

Esa misma tarde Sarah montó su yegua y se hizo acompañar por Rosita, Nelly y Manolita. Irían al río, a la glorieta que estaba en el remanso donde solía ir a bañarse en muchas ocasiones.

Hacía calor y emprendieron el paso lentamente. Rosita iba cargada con la merienda de la señorita, y entre Manuelita y Nelly llevaban la sombrilla, el aventador y todos los demás elementos imprescindibles para que la excursión resultara agradable a la señorita. En cosa de media hora llegaron al sitio. Sarah desmontó sin necesidad de usar la espalda de ninguna esclava.

―Me instalaré allí – señaló Sarah, con el índice extendido, una zona cubierta de fresca hierba e innumerables flores silvestres, junto al remanso de agua.

Las esclavas adecuaron el lugar. Extendieron una suave lona, dispusieron la cesta de la merienda, llenaron un odre con agua fresca... y finalmente Sarah se sentó sobre la lona. Nelly tomó la sombrilla y Manuelita el abanico grande y se pusieron a su cometido al instante. Sarah hizo una seña con el dedo índice a Rosita para que se acercara.

―Descálzame, Rosita – le ordenó Sarah, pero en su voz no había el desprecio y la altanería de los días anteriores. Ahora su voz parecía ordenar suavemente, parecía invitar en lugar de mandar.

Sarah quería ver cómo respondía Rosita. Deseaba fervientemente no tener que volver a emplear métodos crueles que la molestaban.

Su madre, Scarlett, le había vaticinado que Rosita no era más que un capricho pasajero y que sólo podían pasar dos cosas, una, que no lograra romper su dignidad para poder reconstruirla a su gusto con lo cual se cansaría de aquel juego y se limitaría a obtener de la muchacha el placer físico que se había propuesto obtener y que no consiguiendo que se le entregara acabaría por sencillamente destruirla, o dos, que aún logrando que la esclava terminara entregada totalmente a ella, tratándose de un mero capricho cuando la tuviese rendida a sus pies la aplastaría como a un gusano porque ya habría conseguido su capricho.

Sarah seguía estando firmemente enamorada de la muchacha blanca. Haberla hecho pasar un calvario durante aquellos tres meses le había costado mucho porque a pesar de su enojo al no conseguir lo que ella creía que debía suceder, había sufrido mucho mostrándose cruel con Rosita.

Ahora, tres meses después, Sarah deseaba que Rosita se le entregara, lo deseaba con toda su alma, pero si la esclava aún tenía vestigios de su antigua fortaleza no dudaría en volver a enviarla a los campos y en continuar haciéndola sufrir, aunque rezaba para que eso no fuese necesario.

Rosita se arrodilló sobre la lona y tomó el pie que Sarah le ofrecía. Con dificultad le sacó la bota. La segunda aún le costó más y por efecto de la fuerza que tuvo que hacer, cuando logró sacarla cayó de espaldas, provocando la risa de Sarah, a la que se unió las de Manuelita y Nelly al comprobar que la señorita se reía.

Rosita se quedó con la bota de Sarah en la mano, al principio confundida pero viendo la hilaridad que había despertado su caída también rió.

―Quiere la señorita que le limpie las botas? – preguntó Rosita cuando se extinguieron las risas.

―No, ya me las limpiarás luego... hemos de regresar y volverán a ensuciarse. En casa me las abrillantarás... ahora quiero otra cosa... – dijo Sarah dejando la frase a medias.

Sarah miró a Rosita, que aún tenía su bota en las manos, con ojos lascivos y tiernos a la vez. De alguna manera le suplicaba que no la defraudase, que no la obligase a recurrir de nuevo a métodos crueles de los que no se sentía orgullosa.

Sarah estaba sentada en el suelo, con las manos apoyadas detrás, para mantener la espalda erguida. Tenía las piernas ligeramente separadas y las rodillas levantadas, con lo que Rosita pudo ver sus muslos y el oscuro final de su entrepierna desnuda.

Rosita se acercó un poco más a su ama. Dejó la bota que tenía en las manos junto a la otra. Tomó una pierna de Sarah cogiéndola por el tobillo y la levantó hasta que la planta del pie quedó a la altura de su rostro. Luego tomó la otra pierna y la levantó a la misma altura. Sarah se tuvo que afianzar con fuerza con los brazos estirados hacia atrás para mantenerse recta.

―Recuéstate sobre el suelo, mi ama – dijo con dulzura Rosita poniendo cara de pícara al tiempo que besaba con delicadeza las yemas de los dedos de los pies que tenía ante su cara.

Los ojos de Sarah se abrieron como platos. «¡Acaba de tutearme...!» se dijo «¡...y el tono de su voz, así como la expresión de su rostro me parecen sinceramente entregados...! ¡Ay Dios mío... qué feliz soy! Puede que ahora finja, pero por ahí se empieza. Ya me encargaré yo de que acabe deseándome de verdad»

Sarah se dejó caer lentamente aflojando la fuerza de sus brazos y doblándolos lentamente por los codos hasta que su espalda se recostó en el suave y mullido suelo.

Nelly desplazó la sombrilla para que el sol de la tarde no le reflejara en la cara y Manolita siguió aventándola para que estuviese a gusto.

Rosita mantenía ahora las piernas de Sarah en alto. Acercó su cara a las plantas sonrosadas que tenía a escasas pulgadas del rostro y las besó con extrema delicadeza.

Un beso en el pulpejo, otro en la parte de debajo de los deditos, donde nacen. Luego los separó metiendo la lengua despacito. Sarah sonreía. Agitó ligeramente los dedos para separarlos y facilitar que Rosita pasara la lengua entre ellos.

Rosita restregó tanto los labios como las mejillas sobre las ardientes plantas de los pies de su señora. Sintió la morbidez en su rostro y el olor a sudor fermentado en la nariz. Lamió las plantas desde los talones hasta los dedos, luego las besó y volvió a lamerlas. Volvió a restregarse con ardor. La gruta de entre las piernas de Sarah se llenó de jugos. Aquella muchacha la estaba excitando con su entrega.

―Tienes los pies más hermosos que jamás haya besado, mi ama – le dijo con voz sugerente mientras no dejaba de pasar los labios por sus deditos.

―Lo dices en serio? De verdad? No es por miedo a que te vuelva a mandar a los campos de trabajo?

―Lo digo de verdad, mi ama, me he dado cuenta de que eres un ser maravilloso. Yo estaba equivocada, mi dueña. Ahora sé que te pertenezco pero también sé que tú eres buena.

―Eso no es cierto – repuso Sarah que se encontraba plenamente excitada.

Sarah deseaba ahora con toda su alma sentir el rostro, los labios y la lengua de Rosita en su gruta mojada, pero no quería ordenárselo, quería ver qué iba a hacer la esclava. Estaba plenamente convencida de que esta vez sí había conseguido lo que perseguía.

―No es cierto – insistió Sarah ante el silencio de Rosita que no dejaba de dar dulces besos en sus pies – no soy un ser maravilloso, al contrario, me siento ruín y cruel...

―No digas esas cosas, mi dueña... la esclavitud es cruel en sí misma, tú sólo te aprovechas de tu situación.

Sarah no estaba para discutir la filosofía de la esclavitud, necesitaba de manera inmediata sentir sus entrañas poseídas por la dulce entrega de Rosita, que tan bien hacía ahora su papel. Le importaba un comino si fingía o no. Le daba igual. Ahora sólo valía el cambio de actitud de la esclava.

―Rosita... Rosita... no hables más, por favor... necesito tus labios en mi cosita... mi jardincito anhela tu lengua... riégamelo con tu saliva... te lo suplico – dijo jadeando Sarah.

Rosita miró a su ama con un brillo luminoso en sus ojos. Le separó ligeramente las piernas y mientras se las mantenía en alto con ambas manos introdujo su cabeza entre ellas en dirección a su entrepierna. Luego, con un hábil movimiento, se cabalgó las piernas de Sarah sobre su espalda, rodeándole el cuello.

Sarah se aferró con sus piernas al cuerpo de la esclava y ésta, mientras le besaba la cara interna de piernas, rodillas y muslos fue avanzando lentamente hacia su objetivo: la gruta del placer de Sarah.

Apercibió el olor característico que antes tanto la molestara. Desde luego que no le gustaba, pero en su mente, en su alma, se había obrado un cambio sustancial. Había entendido lo que su ama esperaba de ella e iba a dárselo porque sabía que era la manera de sobrevivir.

Pero no todo era fingimiento en Rosita. El recuerdo del sufrimiento de aquellos meses, la angustia de pensar que su hermana era masacrada viva, la desazón de ver cada vez más lejos el momento de ser libre... todo aquello había modificado, no sólo su mente que había prepardo para fingir si no su alma y su corazón.

Tal y como había previsto Scarlett, Rosita ahora necesitaba de su verdugo. Al poner fin a su espantoso tormento en todos los sentidos, la víctima agradecía a su torturadora el cese del sufrimiento y le correspondía con todo su ser.

La lengua de Rosita entró en contacto con los pliegues viscosos de la vulva de su ama. Sarah se estremeció e instintivamente apretó el cuerpo de la esclava, prisionero de sus piernas. Rosita se entregó con suma dulzura pero con energía a dar placer a su dueña.

Ya no le molestaba el olor, ya no le producía angustia la textura viscosa de sus inacabables fluidos en su boca, ya no sentía arcadas en su estómago. Ahora lo hacía no sólo porque sabía que era la única salida para vivir y sobrevivir, si no porque quería dar las gracias a Sarah por haber puesto fin a su tormento y sobretodo porque a pesar de que había podido acabar lentamente con Manuelita para presionarla a ella no lo había hecho.

La había engañado haciéndola creer que la torturaba a diario pero cuando vio el cuerpo sin heridas de su hermanita una intensa corriente de amoroso agradecimiento le nació en las entrañas y se juró amar a aquella muchacha el resto de su vida.

Rosita lamió y besó y mordisqueó y volvió a lamer y a besar el jardín, el chochito de Sarah. Su dueña pronto comenzó a gemir, y los gemidos dieron paso a los jadeos.

El sudor comenzaba a inundar su cuerpo a pesar de los denodados esfuerzos de Manuelita por mantenerlo fresco. Luego comenzaron los grititos y finalmente llegó el éxtasis que se manifestó en poderosos y liberados gritos de placer.

Las poderosas piernas de Sarah aprisionaron el cuerpo de su esclava y a punto estuvo de ahogarla en su frenesí. Cuando el final de una larga sucesión de prolongados orgasmos convulsionaron el cuerpo de Sarah, la joven ama quedó derrengada en el suelo, con los brazos extendidos, agotada y exhausta.

Lentamente aflojó la presión de sus piernas y eso permitió a Rosita que pudiera respirar. La esclava jadeaba por el esfuerzo pero parecía feliz del resultado del mismo.

―Te he hecho feliz, mi dueña? – preguntó Rosita sin despegar apenas sus labios del velludo y rubio monte de venus de Sarah.

―No te lo puedes ni imaginar, Rosita.

La esclava le dedicó una sonrisa y le dio un beso en el ahora cerrado y sensual jardín de vello y carne trémula de su ama.

―Abanicadme... todas... abanicadme... estoy sudando – reclamó Sarah.

Manolita se puso a aventar como una posesa. Nelly utilizó la sombrilla y Rosita la falda de su sayón de algodón. Entre las tres, sonrientes, aliviaron el calor de Sarah.

―Desnúdate, Rosita – le ordenó Sarah – no tengas miedo... vas a venir a bañarte conmigo. Verás que bien nos lo pasamos en las cristalinas aguas de este remanso.

Instantes después Sarah, desnuda, cogía la mano de Rosita, también desnuda, y ambas se introducían en las frescas aguas. Sarah hundió el cuerpo en el agua hasta cubrirse la cabeza. Luego, cuando emergió, mojó con sus manos el cuerpo de Rosita. Estuvieron un buen rato riendo mientras Manuelita y Nelly las contemplaban desde la orilla.

Sarah rodeó con sus brazos la espalda de Rosita, que era algo más baja que ella, y acercó su rostro al suyo. Sus labios húmedos se encontraron y se besaron con pasión.

―Te amo esclava... te juro que te amo. Me enamoré de ti nada más verte. Odio lo que te he hecho, pero si te me das de corazón te haré feliz. No notarás la esclavitud, te lo prometo. Se qué ahora sólo has fingido para no tener que regresar al tormento, pero también sé que terminarás por quererme y no sólo porque te conviene... si no porque me amarás – le dijo sin dejar de darle ligeros pero jugosos besos en los labios.

Rosita la miraba a los ojos con un brillo especial.

―Estoy segura de que te amaré tanto que te pediré que no me des nunca la libertad, pero aunque ahora creas que finjo por conveniencia quiero que sepas que no es cierto. Quiero que sepas que ya te amo, sólo que sé que te amaré como a mi propia vida.

―De verdad crees que me pedirás que aumente tu condena para que sigas siendo mía?

―Ya te lo estoy pidiendo, mi ama. Quiero ser tuya, pertenecerte en cuerpo, corazón y alma.

―Eso ya lo arreglaremos... pero dime una cosa... a qué se debe este cambio?

―A que a pesar de tu fachada cruel me has demostrado que tienes un corazón inmenso y sé que serás muy dulce conmigo. Cuando vi a Manuelita y vi que me habías mentido y que no le habías hecho nada de lo que me dijiste te amé. Podrás hacer de mí lo que quieras. Ya sé que antes también podías pero antes sólo tenías mi cuerpo, ahora lo tienes todo, mi cuerpo, mi alma y mi corazón.

Salieron del agua cogidas de la mano. Nelly esperaba con una toalla con la que secó a su ama. Sarah se sentó sobre la lona y siguió desnuda. Rosita se arrodilló también sobre la lona, desnuda, y cogiendo su sayón de algodón se puso a limpiar las botas de Sarah.

―Serás mi princesita esclava – le dijo Sarah con una sonrisa, haciendo aparecer dos coquetos hoyuelos en sus mejillas.



***



Sarah le contó a su madre el gran cambio experimentado por su esclava. Scarlett se sentía dichosa viendo a su hija feliz. «Tara» había vuelto a tener el esplendor de antaño. Ya no estaba su madre que había sido en vida su referente pero ella había sabido conducir la plantación desde su casi ruina a su prosperidad actual.

Había parido una hija que ahora era su orgullo, había matado por proteger su hacienda y a los suyos, había tenido que mostrarse cruel para ser respetada, había pasado hambre y miseria, había tenido que trabajar, había tenido que... en fin, se sentía orgullosa de sí misma y ahora veía a su pequeña Sarah, hecha ya una mujercita, enamorada y encaprichada de una esclava.

No le importaba que amase a otra mujer y tampoco le importaba que ésta fuese una esclava. Al menos nunca tendría problemas con ella. Siendo su ama siempre podría recurrir al látigo para arreglar cualquier desavenencia.

Carreen y Suzanne seguían imponiendo el reinado de terror que Scarlett, siguiendo sabios consejos, impulsara en la plantación. Ya apenas había negros machos. Su propiedad estaba compuesta de hembras y sus crías. Las hembras destinadas al campo suplieron perfectamente a los machos. Los campos florecían y a cada cosecha «Tara» se enriquecía más y más. Además instauró un sistema para que todas sus hembras le dieran críos de esta manera aumentaba su capital y las tenía a todas secuestradas.

Le dolía en el alma castigar a cualquiera de aquellas hermosas criaturitas pero no dudaba en dejar a Carreen y a Suzanne cometer atrocidades de vez en cuando para escarmentar al resto de esclavas.

Carreen quiso que Sarah la ayudara en su labor de disciplinar a las esclavas y a sus crías. Al principio Sarah se negó pero todos le hicieron ver que ella acabaría siendo la gran señora de «Tara» y era necesario que la temieran.

―Sé que no es agradable. De hecho no te resultó agradable atormentar a Rosita pero lo hiciste y conseguiste lo que te proponías – le dijo un día Catherine Scarlett a su hija Sarah –. Yo no he podido nunca hacer lo que hacen mis hermanas pero las tenía a ellas para que lo hicieran por mí. Yo fui quien, en contra de mis sentimientos, impulsó el reinado de terror, pero nunca he sido capaz de dar más que unos latigazos a una esclava. Es necesario que las esclavas te teman. Si sabes ser justa te temerán pero también te adorarán, como te adora tu esclavita blanca.

Sarah, que iba acompañada a todas partes de su amante esclava, se inició en la dura tarea de aplicar rigurosos castigos a hembras y niños cuando la situación lo merecía.

Cada vez que tenía que castigar a alguna de ellas, a continuación sentía una gran culpa y necesitaba que Rosita le dijera que la amaba y que lo que había hecho era necesario.

Nelly siguió adorando a Sarah y ésta la correspondió siendo justa con ella. A pesar de que le tocaban las trabajos más duros y humillantes, Nelly seguía amando a su ama.

Sarah, que sabía que Nelly sentía celos de Rosita, le agradeció a su esclava de toda la vida que nunca los manifestara y que por tanto no la obligara a escarmentarla.

Babsy se erigió en la consejera de Sarah y siguiendo su consejo le ofreció a Manuelita darle la libertad.

Ya había alargado la condena de Rosita a perpetuidad pero no así la de su hermana. Rosita se sintió agradecida a su ama por el gesto tan bondadoso de liberar a su hermanita, pero Manuelita pidió seguir siendo su esclava el resto de sus días, como su hermana.

Sarah le dijo a Rosita que incluso era mejor que su hermana siguiera con ella. Le juró que nunca la usaría contra ella, que no la castigaría para conseguir algo de Rosita, incluso si llegaba el día que Rosita le decía que ya no la amaba.

De igual modo le prometió a Rosita que el día que ésta dejara de amarla le daría la libertad. Rosita siguió siendo la esclava y amante de Sarah por el resto de sus largos días.

Sarah sintió, con los años, la llamada de la maternidad y se hizo preñar por un muchacho blanco de Jonesboro muy bien parecido aunque pobre de solemnidad.

Le pagó un dinero para que nunca reclamara nada a la par que le hacía firmar documentos de renuncia de cualquier derecho sobre la niña que nació.

Rosita, que amaba a Sarah con todo su ser le pidió a ésta que la preñara un esclavo para darle a su vez una esclava a la pequeña Dulce María, y Rosalinda, la hija que tuvo Rosita se convirtió en la mulatilla de su joven amita Dulce María.

Hoy en día, una vez muerta la gran señora de «Tara», Catherine Scarlett, reina sobre esta floreciente plantación su hija y heredera, Sarah, a quien siempre se ve acompañada de su fiel Rosita. Juntas, una sentada en su sillón en el porche y la otra sentada a sus pies, contemplan a la pequeña Dulce María jugar con su esclava mulata.

De vez en cuando se escucha un llanto y se ve a Dulce María que acaba de azotar a su amiga y esclava porque le ha molestado que no la dejara ganar en una carrera alrededor del patíbulo donde cuelga una negra que ha sido sorprendida robando comida del ama y que está siendo lenta y cruelmente empalada.

―¡Mamá! – se escucha la queja de Dulce María – ¡dile a Rosalinda que me tiene que dejar ganar!

Sarah se sonrie y mira a Rosita que le está besando los pies que le reposa sobre los hombros.

―Qué prefieres, azotarla tú o que azote yo a Rosalinda? – le pregunta Sarah.

―Creo, mi ama, que lo mejor es que sea la amita Dulce María la que castigue a su esclava – le responde Rosita llevándose los dedos de un pie de su ama a los labios y besándolos con fervor.

―Tienes razón – suspira Sarah – es la ley de la esclavitud.

FIN

Lukasses

Inicio: 26.05.2007

Final: 18.06.2007



PERSONAJES:

-Catherine Scarlett Riordan: Ama. Hija mayor de Ellen. Dueña de «Tara» (19) (33)

-Suzanne Riordan: Ama. Hermana de Caty Scarlett (17) (31)

-Carren Riordan: Ama. Hermana de Caty Scarlett (15) (29)

-Sarah: Ama. Hija de Catherine Scarlett (4) (15)

-Dulce María: Ama. Hija de Sarah.

-Melissa Wilkinson: Ama. Cuñada de Caty Scarlett (20) (34)

-Honey Wilkinson: Ama. Hermana de Melissa (18) (32)

-Julia McDonald: Ama. Antigua ama de Gabrille (16)

-Marcia McDonald: Ama. Hermana de Julia y ama de Manuelita. (14)

-Mammie: Esclava. Nurse de las hermanas Riordan. (37) (46)

-Pops: Esclavo. Marido de Mammie. (40) (49)

-Marnie: Esclava. Hija de Mammie. Esclava de Scarlett. (13) (22)

-Popsy: Esclava. Hija de Mammie. Esclava de Melissa. (12) (21)

-Tiddy: Esclava. Hija de Mammie. Esclava de Suzanne. (11) (20)

-Dothy: Esclava. Hija de Mammie. Esclava de Carreen. (10) (19)

-Babsy: Esclava. Madre de Prissy. (30) (39)

-Tom: Esclavo. Marido de Babsy. (30) (39)

-Prissy: Esclava. Hija de Babsy. (13) (22)

-Nelly: Esclava. Hija de Babsy. Esclava de la señorita Sarah. (4) (15)

-Rosita: Esclava blanca. Esclava de la señorita Sarah. (15)

-Manuelita: Esclava blanca. Hermana de Rosita y esclava de la señorita Marcia (13)

-Tin y Tina: Esclavo y esclava de Cathy Scarlett. Gemelos. (7)

-Lissi: Esclava fugada y recuperada. Esclava de Carreen. (15)

-Perrita: Esclava. Hija de Lissi y esclava de la señorita Carreen (4)

-Tina: Esclava fugada y recuperada. Esclava de Suzanne. (17)

-Benita: Esclava. Hija de Tina y esclava de la señorita Suzanne. (4)

-Rosalinda: Mulata. Esclava de Dulce María. Hija de Rosita.