A QUIEN LE INTERESE

En este rincón apartado he decidido publicar. La hipocresía que se vive en la página de TR (Todo Relatos) me obligó a abandonarla. Disfruto escribiendo y aún siendo consciente de que mis fantasías son minoritarias me parece injusto que aquellos que me seguían en TR se queden sin poder disfrutar de mis relatos.



No pretendo ser pretencioso. No quiero decir que mis escritos sean buenos, soy consciente de que no es así, pero aún lo soy más de que en este mundo retorcido de nuestras íntimas fantasías muchos buscamos algo que echarnos a los ojos que se acerque a nuestros fetiches, tabúes y quimeras eróticas.



Mi propósito es dejar al lector interesado y que se pueda identificar con mis inofensivos delirios una muestra de mi producción literaria dedicada al mundo de la sumisión, dominación, esclavitud y relaciones de poder. Fabulaciones en suma con las que más de uno sueña en secreto y que yo me dedico a poner negro sobre blanco con mayor o menor acierto.

Como que esta es una página abierta, he creado un grupo de admisión restringida en Yahoo (ver enlace) donde he puesto aquellos relatos que considero más fuertes, no sea que un alma sensible de esas que van por ahí salvando al mundo de la gente mala como yo se topase con uno de esos relatos y le salieran sarpullidos en el hipotálamo.



En este grupo sólo aceptaré miembros bajo petición expresa y siempre que me convenzan de su buena fe. Los relatos están en formato docx. y pueden ser descargados directamente.



Los relatos de ADELA también están en este grupo.



Aquí tenéis un enlace directo al grupo, pero recordad: miembros SOLO bajo admisión.



http://es.groups.yahoo.com/group/relatosdeluk



miércoles, 14 de julio de 2010

CATHERINE SCARLETT

MI VERSION DE «LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ»


Catherine Scarlett.-

Nunca antes había pegado a una esclava, es más, cuando Ellen, su madre, administraba las correcciones a las negras y negritos de Tara solía dar alguna excusa para escaparse a montar a «Snow», su yegua blanca, porque no soportaba ver a los esclavos retorcerse de dolor bajo los latigazos con que de manera implacable los azotaban. Sus hermanas por el contrario parecían disfrutar con los llantos de las negras. Incluso Carreen, su hermana más pequeña, en ocasiones le pedía a su mamá que le dejara manejar la vara de bambú con la que se castigaba a los más pequeños.

―Pero no te dan pena...? – le preguntaba a Carreen cuando la veía devolver la vara a Mammie y una de las negritas de la casa salía llorando con el culo en carne viva y las manos hinchadas por los golpes.

―Claro que me dan pena... pero es necesario castigarlos, los negros son como animalitos y hay que domesticarlos... eso dice mamá – le contestaba Carreen a su hermana mayor.

Catherine Scarlett levantó el brazo y le soltó a Prissy una bofetada que la arrojó al suelo.

―¡Eres una negra embustera y estúpida! – le gritó a la aturdida Prissy que comenzó a gritar como una histérica.

Catherine Scarlett no tuvo tiempo de sorprenderse por lo que acababa de hacer. Tenía a Melissa en el piso de arriba llorando y quejándose por los dolores del inminente parto, los soldados a punto de entrar en la ciudad, el ruido del constante cañoneo, el polvo que se le metía por todos los poros y le resecaba la garganta y el calor, un calor asfixiante que la hacía sudar como una esponja empapada. No. No estaba para sorprenderse.

―¡Deja de gritar como una loca, no te he hecho nada, y levanta de una vez. Pon agua a calentar y la subes con toallas limpias! ¡Rápido o te juro que te vendo como negra de campo!

―No señorita Scarlett, no me venda... no me venda señorita Scarlett...

―¡Deja de lloriquear y muévete, estúpida! – le gritó al tiempo que le daba una patada en el trasero y la obligaba a obedecerla.

La zapatilla acababa de salir disparada tras lanzar la patada en el culo de la negra. Se quedó con el pie en el aire y se apoyó en el respaldo de una silla para no perder el equilibrio.

―¡Tráeme la zapatilla antes de nada! – le gritó a Prissy que tras haberle dado una bofetada y una patada parecía que empezaba a espabilar.

Prissy cogió la zapatilla de su dueña y se le acercó temerosa de que volviera a pegarle.

―¡Rápido idiota, pónmela! – le gritó.

Catherine Scarlett temía subir al piso de arriba y enfrentarse con lo que le esperaba. Se sentó en la silla en cuyo respaldo se había agarrado. Estaba sudorosa y tenía miedo.

Nunca antes había tenido que enfrentarse a un problema, siempre estaban papá o mamá o incluso Mammie, esa vieja esclava que tanto la quería y que siempre había cuidado de ella.

Tampoco nunca antes había tenido que trabajar, que hacer las cosas por sí misma, para eso tenía una legión de esclavas que se ocupaban de hacer por ella lo que a ella no le apeteciese hacer. Pero ahora no tenía más remedio que actuar, que hacer cosas que nunca antes había hecho. Sólo tenía a la estúpida negra que se había llevado con ella de Tara y ahora se daba cuenta de que no servía para nada.

A pesar de que nunca había maltratado a ningún esclavo, si en estos momentos estuviese en Tara la haría azotar de lo lindo, pero no estaban en Tara y tenía que resolver un problema urgente que no sabía ni cómo afrontar. No podía perder el tiempo lisiando a aquella imbécil.

Le entraron ganas de ponerse a llorar. Esperaría a subir a la habitación cuando la inútil de Prissy subiera el agua caliente y las toallas.

Porqué se había marchado de Tara? Allí lo tenía todo. Allí era cuidada y mimada. Sus únicas preocupaciones eran acrecentar su enorme colección de zapatos, botas y sandalias, y aumentar el fondo de su armario con nuevos vestidos traídos de los barcos ingleses que atracaban en Savannah.

Se miró los pies y vio las viejas zapatillas que calzaba. Incluso le había parecido vergonzoso que Prissy le calzara una zapatilla que consideraba vieja e indigna de estar en sus hermosos pies.

Recordó con añoranza su vida tres años antes sin ir más lejos, antes de abandonar Tara para seguir a Charles, su esposo y hermano de Melissa, con la intención de intentar arrebatarle a ésta el amor de su vida, Leslie. Tenía sólo 16 años recién cumplidos y se había casado por despecho con Charles, al que no quería, y ahora la había dejado viuda y con una niña de casi tres años.

Antes de cometer aquella locura tenía en Tara dos negritos que la única misión que tenían era seguirla llevando cada uno un par de zapatos por si le apetecía cambiarse de calzado... y vaya si le apetecía, no había muchacha en todo el condado que sintiera tanto amor por los zapatos como ella.

Los pequeños gemelos, Tin y Tina, estaban siempre a su lado, dispuestos a cambiarle los zapatos. Cuando se sentaba los negritos lo hacían también a sus pies. Ella sólo tenía que tocar con el pie la cabecita de uno de los dos y el ungido por su bello pie le sonreía mostrando aquella hilera de dientecitos blancos que contrastaba con la negritud de su rostro. Los gemelos se sentían orgullosos de ser los portadores de los zapatos de la señorita Catherinne Scarlett.

Antes de calzarle los zapatos siempre le daban un beso en los pies y Scarlett les daba un azucarillo como se da a los animales. ¡Qué vida aquella, sin preocupaciones, sin sobresaltos, todo estaba controlado, todo estaba organizado, tenían docenas de esclavos en la casa y cada uno tenía un cometido dirigido a hacer la vida más fácil a los miembros de la familia!

Y ahora Melissa esperaba que ella afrontara un problema que podía representar incluso la pérdida de su vida. ¿Porqué estaba siendo tan injusta la vida con ella? Y todo por culpa de la maldita guerra.

Vio a Prissy cargando con la cacerola llena de agua caliente. Si al menos estuviera allí su madre, ella sabría qué hacer. Prissy la miró con miedo. Hacía cuatro años que la tenía y nunca le había pegado hasta ahora. Scarlett la fulminó con la mirada y la niña subió las escaleras.

Fue horrible. Melissa era estrecha de caderas y ella no sabía qué hacer. La muy estúpida de Prissy le había dicho que ella sí sabía lo que había que hacer en un parto y cuando Scarlett la llamó porque había llegado la hora la muy burra se había puesto a sollozar diciéndole que era mentira, que no sabía porque lo había hecho pero que era mentira.

El polvo se metía entre las rendijas de las ventanas y el calor infernal junto con el ensordecedor estruendo de los cañones convertían la habitación en un auténtico infierno.

El parto duró ocho horas. Finalmente, viendo que la cabecita del niño asomaba pero no avanzaba había cogido una navaja y había cortado la carne de la vulva de Melissa por los extremos sin que la pobre y odiosa muchacha profiriese un solo lamento.

Con las manos manchadas de sangre sostuvo al bebé, una niña. Se lo dio a Prissy para que lo aguantara mientras ella cortaba con hilo de seda el cordón umbilical y luego comenzaba a coser los dos tajos que le había producido en la entrepierna. Si sobrevivía sería un milagro.

En la media noche las tropas que defendían la ciudad comenzaron a abandonarla. Los soldados enemigos estaban entrando. Catherine Scarlett aún no se había repuesto de aquella horrible tarde que tuvo que tomar una decisión: había que abandonar la casa.

No había otro remedio. Los soldados rebeldes entrarían a fuego y sangre en la ciudad. Durante los tres meses de asedio el mayor problema había sido la falta de alimentos pero la población se sentía protegida. Ahora, con los soldados en retirada el pánico se adueñó de todo el mundo.

En la ciudad prácticamente sólo quedaban ancianos, mujeres y niños porque los hombres estaban en el frente. En los corrillos de comadres, en las reuniones sociales, en cualquier charla entre damas sólo se hacían comentarios sobre las atrocidades que cometían los rebeldes contra la población civil cuando tomaban una ciudad. Violaciones, mutilaciones, crueles asesinatos, incendios... las mujeres se horrorizaban sólo de pensarlo, pero hasta el momento aquello no había sido más que una amenaza posible, ahora iba a convertirse en una trágica realidad.

También se comentaba que en las filas rebeldes se habían alistado muchos de los esclavos negros que aquellos liberaban cuando entraban en las plantaciones del sur y se contaba que aquellos desagradecidos eran con mucho los que se mostraban más implacables a la hora de hacer sufrir a las indefensas mujeres y niños sobre los que caían.

Scarlett pensaba en sus negros, en los esclavos de Tara. Ellos nunca se rebelarian contra sus amos, pensaba, pero sabía que ese pensamiento correspondía más a un deseo que a una realidad. Se le antojaba monstruoso que los negros se mostraran desleales pero no podía obviar que, aunque ella nunca había maltratado a ningún esclavo, en Tara, como en el resto de plantaciones, era moneda corriente.

Su padre, su madre y hasta sus hermanas no siempre se habían mostrado justas con los negros. Scarlett tenía claro que los amos tenían el derecho divino de vida y muerte sobre los negros porque eran sus propiedades pero a veces se preguntaba si era justo que se les tratara con tanta crueldad. En cualquier caso el peligro estaba ahí, acechando y tenía que hacer algo.

Comenzó a dar órdenes a Prissy, no había ninguna otra esclava y la que tenía era una inútil.

―¡Envuelve al bebé en toallas limpias, recoge mi ropa y la de la señorita Melissa y ponlo todo en una bolsa! – le ordenó.

―A dónde vamos, señorita? – preguntó con voz de atontada la esclava.

―¡Calla y obedece si no quieres que te pegue! – le chilló porque ni ella misma sabía a donde se dirigirían, en su mente sólo estaba escapar.

Mientras encargaba la recogida a la inútil de la esclava ella se fue al corral. Enganchó el caballo al carro y lo sacó a la entrada de la casa. No había hecho nunca aquello pero lo había visto hacer a los esclavos en Tara por lo que no le pareció excesivamente difícil.

Luego subió hasta el piso superior. Prissy estaba cargada con la bolsa en una mano y la pequeño de Melissa en el otro brazo. Ella agarró a Melissa por debajo de las axilas e intentó levantarla. No pudo. Estaba agotada y sudaba como un pollo remojado. Su pequeña hija, Sarah, dormía en el piso de arriba. La cogería cuando hubiera cargado a Melissa en la calesa.

―Haz un esfuerzo querida – le dijo a punto de llorar por la tensión – hemos de salir de aquí cuanto antes... venga, yo te ayudo. El carro está listo y esperándonos abajo.

Melissa, medio inconsciente, facilitó cuanto pudo las cosas a Scarlett. Bajaron a tientas por las escaleras porque no había ninguna luz encendida ni que pudiera encenderse y con gran esfuerzo llegaron al porche.

―¡Prissy, pon al niño y la bolsa en la calesa y ve a buscar el pequeño colchón de plumas para la señorita Melissa – ordenó pensando en que ésta necesitaría un mínimo de comodidad para afrontar el viaje después de un parto tan duro – y coge a la señorita Sarah – dijo en referencia a su hija – procura que no se despierte...

―Pero señorita, me da mucho miedo... no hay luz en...

―¡Muévete ahora mismo o te juro que te arranco la piel de la espalda a latigazos cuando lleguemos a Tara!

¡Tara! ¡Claro! ¡Volvería a Tara! ¿Cómo no se le había ocurrido? Eran veinticinco millas. Sólo tenía que llegar a Morgan Chapel y desde allí conocía el camino. Dejó a Melissa sentada en el balancín del porche y salió disparada.

Tenía un pequeño plano antiguo. Tenía que encontrarlo. Rebuscó a oscuras por su habitación hasta dar con él. Bajó corriendo y a la luz de la luna y de la pequeña tea del porche lo estudió. Prissy ya había puesto el pequeño colchón de plumas en la parte posterior de la calesa y acomodado al bebé de Melissa y la pequeña Sarah que seguía durmiendo.

―¡Ven aquí idiota, ayúdame a llevar a la señorita Melissa! – le gritó a la asustada Prissy.

Le costó Dios y ayuda acomodar a Melissa. La pobre había sufrido tanto y perdido tanta sangre que se encontraba demasiado débil.

Era probable que no resistiese el viaje pero no había alternativa, los yanquies estaban llegando y todos sabían que incendiarían la ciudad que tantos meses se les había resistido.

Cuando azotó el lomo del esquelético animal y comenzó a avanzar las primeras llamas se hicieron ver al sur de Atlanta. Los soldados habían entrado. Avanzaron por calles oscuras que más o menos conocía. La gente huía en desbandada. Algunos pretendían subirse a la calesa y Scarlett los apartaba a latigazos. Finalmente abandonaron la ciudad.

El pequeño mapa le había servido de mucho. A las cuatro de la mañana estaban a quince millas de Tara. El pobre jamelgo se negó a dar un paso más. Scarlett le azotó el lomo con furia, con crueldad, pero resultó inútil. Al final dejó de azotar al animal y saltó al suelo. Un dolor intenso estuvo a punto de hacerla gritar: acababa de pisar una afilada piedra.

La zapatilla que calzaba se le salió del pie. Scarlett lanzó una maldición y tras frotarse el pie dolorido tanteó en la oscuridad hasta que localizó la zapatilla. Se la puso y notó que se había roto. Lo que le faltaba. ¿Porqué no se había puesto unos zapatos antes de huír? pensó enfadada consigo misma y con las circunstancias.

Examinó el terreno. Parecía que estaban en la entrada de una plantación que parecía abandonada. No se oía nada ni a nadie. En la calesa Melissa, Sarah, Prissy y la niña recién nacida de aquélla dormían. Se acercó al carro y sacudió a Prissy con rabia.

Le molestaba que su torpe esclava durmiese cuando ella estaba despierta. Nunca había sido así. En Tara Prissy no podía estirarse en el suelo a dormir hasta que se cercioraba que Scarlett dormía profundamente en su amplia y cómoda cama, rodeada de sedas y sobre un delicado y confortable colchón de plumas.

―¿Qué pasa... señorita? – se quejó Prissy asustada al ser bruscamente despertada.

―¡Levanta, idiota... has de mover al caballo para apartar la calesa del camino!

―¡Pero señorita Scarlett... me dan miedo los caballos... puede cocearme...! – se quejó.

Ya le había pegado una vez, la primera en su vida que maltratara a un esclavo y ya había abierto la caja de los truenos. No había tenido remordimientos porque la tensión del momento se lo había impedido y ahora no iba a tenerlos. Alargó el brazo y pellizcó con crueldad el pezón de Prissy hasta que ésta iba a lanzar un agudo chillido que impidió dándole una fuerte bofetada al tiempo que la ordenaba callar.

―¡Baja ahora mismo o te juro que cuando lleguemos a Tara te ataré al cepo y te daré de latigazos hasta que se te vean las costillas! – la amenazó después de golpearla.

Prissy enmudeció. Le dolía el pecho del terrible pellizco que su ama le había dado. Saltó de la calesa y se puso a la poco grata, para ella, tarea de hacer que el agotado caballo la obedeciera y se moviera retirando así la calesa del paso del camino.

Scarlett seguía atenta las evoluciones de su esclava con el jamelgo. La luz de la luna iluminaba el sendero. Prissy era incapaz. Scarlett se arremangó la falda y sumó sus esfuerzos a los de la necia negra.

El agotado animal finalmente cedió y se movió en la dirección hacia la que lo presionaban. Cuando el carro quedó escondido bajo las frondosas ramas de un roble mandó a Prissy que fuera a por agua.

―Pero adonde voy a ir, señorita, está muy oscuro...

―Métete dentro de la plantación. Parece abandonada pero seguro que hay un pozo cerca. Trae agua para mí, para la señorita Melissa y las pequeñas y lo que sobre para el jamelgo. Si queremos que nos lleve hemos de darle al menos agua.

Prissy marchó temerosa. Le asustaba la oscuridad pero más le asustaba la señorita Catherine Scarlett a quien desconocía desde la mañana del día anterior cuando le había pegado por primera vez.

Siempre, en los cuatro años que hacía que era su esclava, la había tratado con indolencia y altivez pero nunca la había pegado. Prissy se sentía orgullosa de que su ama no la pegara nunca, al contrario de lo que sucedía con las esclavas de las señoritas Carreen y Suzanne, que parecían buscar un motivo para castigar a las suyas. Pero la señorita Scarlett había cambiado y ahora le daba miedo, más que la oscuridad.

Regresó media hora después cargada con un gran balde de agua fresca que iba perdiendo por el camino. Scarlett estaba sedienta y se arrojó prácticamente sobre el cubo de agua. Metiendo la cabeza en él bebió con glotonería hasta que sació su sed.

―¡Señorita... que no quedará agua para mí...! – se quejó Prissy.

Scarlett levantó la cara mojada, goteando por los labios y la nariz y le dio una nueva bofetada a su negra.

―¡Tú beberás lo que deje el caballo! – le dijo con rabia y Prissy pudo ver el fulgor de sus relampagueantes ojos verdes en la noche – ¡Ve a dar de beber a las demás y luego al caballo... si sobra algo te lo bebes y si no sobra nada y quieres beber te vuelves a ir al pozo...!

Cuando todos hubieron aplacado su sed, Scarlett comenzó a sentir punzadas de hambre. Rebuscó por el suelo y encontró una manzana. Se la comió como si se tratara de un manjar. Prissy la miró con cara de cordero degollado. Seguro que también estaba hambrienta.

Prissy se había alimentado siempre de las sobras de su ama, primero de las escasas sobras que le dejaba su primera amita, la señorita Honey Wilkinson, la hermana pequeña de la señorita Melissa de quien era antes esclava y que además la pegaba mucho, y luego de las de su actual amita, la señorita Catherine Scarlett.

Scarlett la miró cuando sólo quedaba el corazón de la manzana. Melissa y las pequeñas dormían. Menos mal pensó, sólo me faltaría tener que buscar ahora comida para todas. Pero estaba Prissy y no iba a dejar que se muriese de hambre aunque con lo que la había hecho enfadar estaba tentada de dejarla sin sobras. Finalmente le arrojó el mordido corazón de la manzana al suelo.

―Puedes comerte esto... y métete debajo del carro a dormir un rato. Cuando amanezca partiremos.

Durmieron unas cuantas horas. Hacía ya rato que había salido el sol cuando Scarlett se despertó. Había dormido en el suelo, sobre la hierba. Prissy lo había hecho a su lado. Qué ironía, pensó Scarlett al abrir los ojos y ver a su esclava durmiendo a su lado, qué baja he caído para tener que dormir en el suelo con una esclava.

Se levantó y se sintió sucia. Cuando fue a dar un paso sintió una terrible punzada en el pie. La noche antes se había herido con una piedra al saltar del carro y ahora le dolía una barbaridad. Se miró el pie y vio la zapatilla que estaba rota. La afilada piedra la había reventado por uno de los costados. Le duraría poco antes de que acabara de romperse.

Cojeando ligeramente se acercó al cuerpo durmiente de Prissy y le metió el pie sano bajo la cara. La niña se estremeció al notar el tafilete lleno de barro y polvo que le rascaba la mejilla. Lanzó un gemido y apartó de su cara con la mano el intruso que la molestaba.

Scarlett se sonrió. La situación no daba para echarse unas risas pero la divirtió los aspavientos que hacía dormida su esclava. Recordó cuando, en algunas escasas ocasiones, se había despertado en Tara y Prissy seguía durmiendo en el suelo, sobre la pequeña alfombra de cama.

En más de una ocasión se había divertido sentándose con las piernas fuera de la cama y tocando ligeramente la cara de su dormida esclava con las plantas de sus pies, hasta que se despertaba y entonces se tronchaba de risa al ver la cara de miedo que ponía la muy tonta. En Tara estaba prohibido que una esclava permaneciera durmiendo cuando su ama ya se había despertado.

Cuando Prissy se despertaba y veía las plantas de los pies de su señorita jugueteando con su cara se asustaba, no, mejor dicho, se aterrorizaba, porque pensaba que la iba a castigar.

Sabía que las hermanas de su ama no toleraban que sus esclavas durmieran si ellas se habían despertado. Por ese motivo una vez la señorita Suzanne hizo azotar a su esclava con veinte latigazos.

Prissy volvió a apartar el pie que ahora le pisaba ligeramente la nariz pero ahora Scarlett ya no reía.

―¡Arriba, perezosa... venga... arriba!

La tonta de Prissy se levantó asustada. Dio un salto hacia atrás y se golpeó la cabeza contra uno de los radios de madera de la rueda del carro. Se puso a llorar, más que por el golpe por el miedo que le producía ahora la señorita. Pero no pasó nada. Scarlett empezó a indagar el lugar ahora que tenían luz del sol.

―¡Ve a por agua... y busca por ahí si encuentras algo que comer! – le ordenó.

Scarlett no se fiaba de que Prissy encontrara nada para comer así que ella misma se adentró en la plantación. Sólo había algunas manzanas maduras caídas, nada más. Recogió las que pudo y las metió en el hueco que había improvisado con su falda.

Cuando regresó al carro la pequeña de Melissa lloraba. Tenía hambre y Melissa, acodada intentaba darle el pecho. Scarlett la miró con pena. No sabía bien porqué pero intuía que la tonta de Melissa no tenía ni una gota de leche en sus pechos.

Melissa la miró angustiada. Parecía que estuviera esperando que ella encontrara la solución. Aquello irritó a Scarlett. ¿Porqué tenía ella que resolver los problemas de los demás? Ella nunca había tenido que resolver problemas, siempre había tenido quien se los resolviese, ya fuera su madre, su padre, Mammie o cualquier esclavo.

Ella no tenía problemas, ella exponía el problema y alguien se lo solucionaba. Pero ahora estaba rodeada de dos criaturas, de una muchacha débil que sus pechos no producían leche y de una pequeña esclava estúpida. ¡Menudas esperanzas para que le resolvieran los problemas! Sólo podía confiar en ella misma.

Entonces, para acabarlo de arreglar escuchó el llanto de su hijita. Se olvidó de Melissa y su hijita. Volcó las manzanas medio podridas en el interior de la calesa y cogió la que le pareció más madura. Con las uñas la partió y la troceó en varias partes. Le dio a la pequeña un trozo que parecía el más jugoso. Sarah lo cogió con su manita y se lo llevó de inmediato a la boca. Debió gustarle porque la pequeña calló de inmediato.

Scarlett miró a Melissa que estaba angustiada. Tenía el rostro demacrado. Los ojos hundidos por el sufrimiento. Miró hacia todos lados pero no había allí nada que sirviera para aplacar el hambre del bebé de Melissa.

―¡Señorita Scarlett... señorita Scarlett...! – era la voz de la tonta de Prissy que venía por el sendero cargando el cubo con agua – ¡He visto una cabra, señorita Scarlett!

―¡Dios mío! ¿Y puede saberse porqué no la has traído?

―¡No podía señorita... el cubo pesa mucho...! – comenzó a lloriquear la negrita.

―¡Deja el cubo... ya me encargaré yo de él... tú vete a por la cabra...!

―¡Pero señorita, eso es trabajo de los esclavos de campo... yo soy una esclava doméstica! – se quejó Prissy.

A Scarlett se le incendiaron las pupilas, avanzó renqueante dos pasos, se plantó frente a la negrita que acababa de dejar el cubo lleno de agua en el suelo y le pegó una fuerte bofetada.

Prissy salió disparada en busca de la cabra. Scarlett levantó el cubo y se dio cuenta de lo mucho que pesaba. Tuvo que hacer fuerza con todos los músculos de la espalda y de los brazos para levantarlo y desplazarlo. Cuando lo soltó se miró las manos. Sus blancas y delicadas manos estaban llenas de llagas y ampollas. Le entraron ganas de llorar.

―¿Pesa mucho? – preguntó con la vocecita apagada Melissa que parecía sufrir al no poder ayudar.

―¡Sí, mucho! – respondió secamente Scarlett.

Sus recuerdos la llevaron a los dulces y felices días en que vivía en Tara. Cuando querían bañarse sólo tenían que ordenar a las negras que les llenaran la bañera. Era simple, sencillo.

Cuando la bañera estaba llena ellas se bañaban, pero para eso había sido necesario que una o dos esclavas acarrearan pesados baldes, como el que ella acababa de mover, llenos de agua que tenían que transportar desde el pozo y subir hasta las habitaciones que estaban en el piso superior y eran necesarios varios viajes para llenar una sola de las bañeras.

Nunca se le había ocurrido pensar en lo mucho que pesaban aquellos cubos que tenían que cargar sus esclavas para que ella y sus hermanas se dieran un placentero baño. Y luego había que vaciar la bañera de la misma manera.

Se paró un momento a pensar si eso que hacía a las esclavas, el que tuvieran que deslomarse como burras para atender sus caprichos no sería una forma de maltrato que justificara una acción desleal. Apartó esos pensamientos de su mente y se puso a distribuír agua para todos.

El bebé de Melissa, al que aún no había puesto nombre su madre, seguía llorando. Apareció Prissy con el rostro constreñido intentando hacer que la cabra la siguiese. Scarlett, que la vio, cogió una cuerda de la calesa y se acercó a Prissy. Lazó a la cabra por el cuello y al instante el animal obedeció.

Scarlett miró bajo el animal y suspiró. Era una hembra y posiblemente podrían obtener leche de ella.

―¡Ordéñala, Prissy! – le ordenó a su negra.

La esclava la miró como si se hubiera vuelto loca. No era posible que le ordenara aquello. Ella nunca lo había hecho. Ya se lo había dicho a la señorita, ella no era una esclava de campo, ni de corral, ella era una doméstica.

―¡No sé como se hace, señorita! – rompió a llorar Prissy.

―¡Cállate! ¡No sirves para nada, te juro que te venderé! – le grió Scarlett enojada.

Cogió la cuerda e hizo que el animal la siguiera. Ella tampoco había ordeñado nunca ningún animal. Pero había que obtener leche de aquella cabra, como fuese.

Una hora después, tras la que los balidos del animal casi las hace enfermar, Scarlett mostraba orgullosa dos dedos de leche en el fondo del cazo con que repartía el agua.

Mientras Scarlett conseguía ir sacando pequeños dedales de leche con gran esfuerzo y una deplorable técnica, Prissy, por miedo a que su ama se lo hiciera hacer a ella se distrajo por los huertos de la plantación en que se hallaban. Si tenía suerte a lo mejor encontraba algo de comer. Si así ocurría primero comería ella y después, si sobraba algo lo llevaría para que comiesen las amas.

Scarlett paró de ordeñar. Las niñas habían conseguido tomar suficiente leche de momento y no era cuestión de dejar las ubres de la pobre cabra inflamadas de tanto apretar sin saber cómo ni donde apretar. Se pasó el dorso de la mano por la frente y miró buscando a Prissy.

―¡Jodida negra! – se dijo – ¿dónde se habrá metido?

Iba a chillar su nombre seguido de una espantosa sarta de amenazas de crueles castigos cuando se escuchó un grito agudo e intenso. Melissa levantó la cabeza y miró asustada. Scarlett se levantó como un resorte. A pesar de que le dolían las rodillas y las pantorrillas por haber estado mucho rato en cuclillas, se puso a caminar a un lado y a otro por si veía algo.

―¡Priiiiissyyyyyyyy...! – gritó.

La negrita llegó corriendo. A pesar de lo oscuro de su piel parecía que hubiese palidecido. Jadeaba y se arrojó en brazos de Scarlett que por poco no da con su trasero en el suelo debido a la embestida.

―¡Qué te pasa... cálmate... cálmate y dime qué ha pasado...! – le dijo Scarlett intentando calmarla y apartándosela de encima.

Scarlett pensó en qué pensaría su madre si la viera con su esclava abrazada a ella. Antes nunca la había pegado pero de seguro que si entonces Prissy hubiese osado arrojarse en sus brazos no habría tenido empacho alguno en ordenar cualquiera de los castigos que solían ordenar sus hermanas pequeñas y seguro que no hubiese sentido remordimiento alguno. Pero eso seguro que, en tiempo de paz, no hubiese ocurrido jamás. Ahora, en tiempo de guerra todo se alteraba, incluso el hecho de que una esclava no supiera comportarse como debía ante su ama.

―¡Venga Prissy, deja de llorar y gritar... cálmate o te doy una zurra con la vara ahora mismo!

Prissy se separó de la señorita y se secó las lágrimas.

―Estaba buscando comida y me he metido por detrás del huerto y... y... – Prissy volvió a romper a llorar. Scarlett la zarandeó con violencia y le dio una bofetada con ánimo de calmarle la histeria. – He visto un cadáver, señorita... espantoso...

Melissa soltó un gemido y Scarlett, por miedo a que la desbordante imaginación de Prissy provocara excesiva alarma en su débil cuñada le tapó la boca y se la llevó de allí agarrándola con fuerza por el brazo.

―Ahora vas a enseñarme ese cadáver y pobre de ti que se trate de otra de tus mentiras porque entonces te juro que te vas a arrepentir – le dijo apretando los dientes y arrastrando las palabras – y no esperaré a llegar a Tara para desollarte.

Prissy gimió porque le estaba haciendo daño en el brazo. La blanca mano de Scarlett se lo estrujaba con tanta fuerza que le había cortado la circulación.

Cuando Prissy señaló un bulto tras un matorral, Scarlett soltó a la niña y se acercó. A punto estuvo ella también de chillar. Se llevó ambas manos a la cara y la boca y ahogó un alarido.

Era terrible. No podía ser cierto. Una muchacha, de más o menos la edad de su hermana Carren yacía desnuda, con un machete clavado en la vulva ensangrentada.

Los pechos estaban cortados y se los habían colocado uno en cada mano. Su blanco cuerpo estaba lleno de mataduras, cardenales y hematomas.

De haber tenido algo en el estómago lo habría vomitado. Se giró con el rostro congestionado de ira. Vio a Prissy que volvía a llorar, ahora en silencio y pensó que aquella terrible atrocidad bien la podían haber cometido los propios esclavos de aquella muchacha. Se estremeció de miedo y de odio. Le soltó un terrible bofetón a Prissy que la mandó de culo al suelo.

―¡Busca una pala en el cobertizo y cava un agujero para enterrar a esta señorita! – le gritó con odio.

No tenía ninguna prueba de que aquella atrocidad la hubieran cometido esclavos o soldados rebeldes pero ahora que había visto con sus propios ojos lo que antes eran habladurías de salón pensó que tanto daba quien lo hubiese hecho, para ella eran lo mismo los soldados rebeldes como los esclavos traidores a sus amos.

Prissy no se quejó. No sabía porqué su ama le había pegado pero vio tanta furia en sus ojos que se quedó muda. Buscó la pala, cavó hasta deslomarse y metió el cuerpo sin vida de aquella joven ama. Luego lo cubrió con la misma tierra que había sacado y Scarlett fabricó una cruz con dos maderas y rezó una oración.

―No se te ocurra decir nada de esto a la señorita Melissa o te arranco la lengua. Entendido?

―Sí señorita Scarlett – respondió muerta de miedo la pobre negra.

Tres horas después se ponían en marcha. El sol estaba alto y abrasaba. Scarlett intentó protegerse del sol con el sombrero que llevaba pero le daba la impresión de que tenía la cabeza ardiendo. Ella que nunca salía a pasear sin una negrita que le llevara la sombrilla y ahora se encontraba despellejándose las manos con las riendas de la calesa y achicharrándose bajo el terrible sol meriodional. Seguro que le saldrían miles de pecas, con lo que ella odiaba de pequeña que le saliesen pecas.

Avanzaron lentamente. Scarlett azotaba el lomo del cansino jamelgo con todas sus fuerzas pero ya le dolía el brazo de repetir tantas veces el movimiento. El pie le dolía, sentía la herida que se había hecho la noche anterior. Las manos las tenía llagadas y sucias, y le hacían rechinar los dientes cuando el cuero de las riendas le abrasaba las delicadas palmas llenas de ampollas. Sudaba. Se sentía sucia. Tenía hambre. Pero todo ello no significaba nada para ella en aquel momento. Solo tenía una meta. Llegar a Tara.



***



Habían recorrido casi todo el trecho que las saparaba de Tara pero el animal se negó a seguir. Estaba famélico y su lomo estaba despellejado de la cantidad de veces que Scarlett se lo había azotado con la vara de abedul que usaba como fusta.

―Al suelo, Prissy, carga con la señorita Sarah y la bolsa. La señorita Melissa y el bebé seguirán en el carro. Voy a hacer andar a este animal aunque sea lo último que haga o moriré en el intento – dijo desesperada Scarlett mientras saltaba al suelo.

Cogió al animal por los correajes del cuello y tiró de él. Prissy caminaba a su lado cargada con Sarah y la pesada bolsa que casi arrastraba por el suelo. Scarlett estaba dolorida pero una fuerza en su interior la obligaba a despreciar su dolor, una fuerza que se llamaba Tara. No podían faltar más de tres o cuatro millas. Estaban llegando y aquel animal no podía dejarlas ahora tiradas. Melissa no podía andar por lo que el caballo era imprescindible.

De no ser por Melissa, Scarlett hubiese abandonado al jamelgo y hubiese hecho el resto del camino a pie. Pero Melissa estaba muy débil. ¡Dios, con lo que ella odiaba a aquella estúpida muchacha, y ahora estaba allí, sufriendo por ella! La promesa que le hizo a Leslie antes de marchar a la guerra, de que siempre la protegería si él llegaba a faltar, la tenía ahora atada contra su voluntad.

Se había casado despechada con Charles, el hermano de Melissa, sólo para poder estar cerca de Leslie, el amor de su vida. El único hombre que había resistido a sus encantos. Leslie la quería como a una hermana y se había casado con la estúpida de Melissa.

Scarlett estaba convencida de que Leslie la amaba a ella y que por una cuestión de falta de valor a romper el compromiso que los padres de ambos habían concertado se había casado con la débil Melissa, pero Scarlett sabía que él la amaba.

El día en que le hizo prometer que cuidaría de Melissa si él faltaba la había besado y en sus dulces labios había sabido leer que la amba apasionadamente aunque en secreto.

Ahora estaban las dos viudas, con un hijo cada una y juntas porque la ataba la promesa que le había hecho a Leslie, hacía ahora un año, de cuidar de Melissa si algún día faltaba él. Y ahora faltaba.

El dolor del pie la hacía sufrir tanto como el de las manos, y el hambre y la suciedad también la mortificaban, pero tenía que andar esas cuatro millas y llegar a Tara. Toda la terquedad de la que era capaz se encontraba ahora concentrada en cumplir su objetivo.

Andaban muy lentamente pero al menos había conseguido que el animal, aligerado con buena parte de la carga, tirase ahora del carro donde seguía Melissa.

Scarlett miró hacia atrás y vio que su odiosa cuñada se encontraba francamente mal. Llegó a compadecerse de ella. No le era simpática, de hecho la odiaba por haberle robado su único amor, pero había de reconocer que era valiente. No se había quejado ni un solo instante, y eso que tenía motivos para hacerlo.

La noche se les echaba encima y el hambre y las llagas de pies y manos ― hacía millas que andaba descalza porque el fino tafilete de sus zapatillas no había resistido la dureza del camino y tenía las plantas de los pies destrozadas ― la atormentaban pero se obligaba a dar un paso más. Tara esperaba ya a menos de una milla. Habían entrado ya en la avenida de robles que antaño cruzara velozmente con su alada jaca.

Faltaba la ligera cuesta y ya divisarían la vetusta y sólida construcción del edificio principal, el que construyeran sus abuelos, donde había vivido siempre en un sueño hasta que el corazón hizo enloquecer su cabecita de niña mimada y se dejó arrastrar por el despecho.

Ahora lo lamentaba profundamente pero en el alma de aquella caprichosa mujercita de apenas dieciocho años se había producido una profunda transformación. El brío y el nervio que sacara antes para reprender a una esclava porque sus zapatos no estaban listos le servía ahora para encarar las dificultadas más monstruosas que jamás hubiese imaginado que habría de enfrentar.

Pero la ligera cuesta de la avenida que su jaca cruzaba a velocidad de vértigo fue demasiado para el pobre animal que tiraba del carro con la liviana carga de Melissa y su bebita.

El flaco caballo se paró y ante los ojos atónitos de Scarlett dobló las patas delanteras y ya no se movió. Scarlett desesperó en aquel momento. No debían faltar ni quinientas yardas y los dejaba ahora tirados.

Cogió la vara de abedul y comenzó a azotar el lomo del desgraciado animal que ni se estremeció. La vara caía con fuerza movida por el frenético brazo de Scarlett. Como caía en el mismo sitio pronto comenzó a abrirse la dura piel y comenzó a encharcarse de sangre.

Por los belfos del jaco caía una espesa baba de color parduzco y ladeando ligeramente contempló con ojos vidriosos, sin apenas vida en ellos, a la enloquecida muchacha que lo estaba matando a golpes.

―¡Scarlett... Scarlett...! – sonó la voz débil de Melissa – ¡Déjalo, por favor... lo vas a matar!

―¡Y qué me importa si se muere o lo mato! ¡Nos ha dejado tiradas! – gritó con voz ronca Scarlett que finalmente dejó caer el brazo agotado y la vara ensangrentada a su lado – que Dios me perdone por lo que he hecho – musitó Scarlett.

―Qué curioso – se escuchó la chillona voz de Prissy – cuando azotan a los negros nunca piden perdón a Dios... será que el caballo es mejor que los negros.

A Prissy se le había escapado aquel comentario, a todas luces justo, porque se había sorprendido que su ama pidiera perdón a Dios por azotar al animal y jamás la hubiese escuchado un comentario de piedad cuando uno de los esclavos era azotado, pero no tenía intención de que la escuchase nadie, aunque su voz aguda había diseminado las palabras con claridad en el silencio de la noche.

Scarlett la miró con los ojos chispeantes. Por un momento pensó en coger la vara y emprenderla a golpes en la espalda de Prissy pero se contuvo. Ahora la necesitaba. Ya le arreglaría las cuentas a aquella insolente.

―¡Espérate a llegar a Tara, maldita negra insolente y estúpida – le gritó Scarlett hecha una furia – ¡Te juro que te azotaré... y no pediré perdón a Dios ni a nadie!

Prissy se quedó helada. Se maldijo por haber hablado en voz alta. Se encogió ante la figura imponente de Scarlett que seguía mirándola con odio.

―¡Ya estamos cerca... caminaré el trozo que falta... no te preocupes por mí! – intervino Melissa para romper la tensión que la estúpida de la esclava acababa de generar con su insolente comentario.

―¡No... no puedes... es que te quieres morir? Estás perdiendo sangre... mírate el camisón... lo tienes manchado de sangre...!

Melissa estaba de pie en la calesa y la luna que ya había salido iluminaba su blanco camisión sucio con el que había salido de su casa para emprender la huída. Una sombra oscura debía ser la sangre que decía Scarlett que perdía.

Con decisión férrea, Melissa descendió de la calesa. Agarró a la pequeña que volvia a llorar y se puso a caminar al lado de Scarlett. Dejaron al animal enganchado a la calesa y Scarlett cogió del trémulo brazo de Prissy a su hija Sarah. Al hacerlo se le acercó lo bastante para darle un pisotón con el pie sano. Prissy no se atrevió ni a gritar.

Avanzaron penosamente las tres con sus cargas, estimuladas por la cercanía de la casa.

Tardaron casi una hora en recorrer la menos de media milla que les separaba de Tara. Scarlett sintió una inmensa alegría al ver bañada por la luz de la luna la rotunda figura de la mansión que la había visto nacer, pero al mismo tiempo una fuerte opresión en su pecho.

De camino habían pasado por las plantaciones vecinas y muchas de ellas estaban arrasadas, quemadas. Otras parecían abandonadas. Tara seguía en pie, no había sido pasto de las llamas pero el silencio espectral y la ausencia de la más mínima luz en la siempre iluminada fachada la sobrecogió.

Todos los temores acudieron a su cabeza. Estaban en guerra y el condado había sido objeto de la invasión de las tropas enemigas. Vivirían sus padres? Y sus hermanas? Sabía que muchas plantaciones habían perdido a sus esclavos, liberados por el enemigo. Qué habría sucedido en Tara?

Llegaron al patio central frente a la mansión. Scarlett no podía con su alma. No se veía ningún movimiento, ninguna voz, ninguna luz. Miró hacia donde sabía que se alzaban las cuadras y más a lo lejos los primeros pabellones de los esclavos y las cabañas de los que tenían ese privilegio. Nada. Ni voces, ni ruido alguno, ni movimiento alguno.

En Tara siempre había grupos de esclavos haciendo vigilancia. Recorrían en pequeños grupos los campos de algodón, los huertos. Vigilaban los corrales, las caballerizas, y apostados frente al pórtico de la gran casa había al menos cuatro de los más fuertes negros de la plantación. Nada. No se veía ni un alma.

Subieron pesadamente las escaleras del pórtico y entonces Scarlett adivinó un pesado arrastrar de pies. La puerta se abrió con un lento chirriar que no había escuchado nunca antes y vio los blancos y asustados pero reconocibles ojos de Mammie.

―¡Oh, santo Dios, Mamita, Mammie...! – casi no pudo contener un sollozo Scarlett al reconocer el rostro de su vieja Mamita.

―¡Señorita Scarlett... señorita Scarlett... por fin a regresado... alabado sea Dios...! – la negra sí que no pudo contener las lágrimas y estalló en un impresionante sollozo mientras Catherine Scarlett la abrazaba con un brazo mientras con el otro sostenía a Sarita.

―¡Pero quien es esta preciosidad de niña! – exclamó la negra cuando a la luz de la luna vio la dulce carita de Sarah.

―¡Es tu nueva amita, Mammie... la señorita Sarah...! – exclamó orgullosa Scarlett mostrándole a su pequeña.

La niña tenía hambre y sueño y al ver el rostro negro de la esclava que se le acercaba se puso a llorar.

―Déjemela señorita, déjemela... es igualita que usted cuando era pequeña... – dijo la vieja negra sin dejar de llorar de alegría por volver a ver a su ama que ahora venía además con una nueva amita a la que ella intentaría cuidar como había cuidado de la señora Ellen y de las hijas de ésta, las amitas Catherine Scarlett, Suzanne y Carren.

Scarlett se desprendió de Sarita entregándosela a Mammie e inmediatamente se puso a organizarlo todo.

―Dónde están los esclavos de la casa, Mammie? Necesito a todos los disponibles. Tienen que subir a la señorita Melissa, que está muy enferma a una habitación. Necesito una negra de leche para su criatura... ¡Prissy, sube a mi habitación y prepárame un baño con agua caliente... y que preparen otro para la señorita Melissa! ¡Rápido! ¡Y quiero luz... mucha luz! qué pasa en esta casa que no hay luz? ¿Dónde está mamá..., y padre? ¿Y mis hermanas?

Mamita entró casi empujada por la increíble energía de Scarlett que a pesar de estar al borde del colapso parecía fresca como una rosa.

Un negro adulto, Pops, encendió una lámpara y luego otra. El salón se iluminó y dejó ver a Scarlett, con horror, el deprimente estado en que se encontraba. Poco a poco fueron apareciendo caras negras asustadas, caras de sueño y de miedo.

En total una docena más o menos: tres adultos, dos hembras y un macho, una de ellas, Babsy la madre de Prissy, con un bebé en brazos, Tesia, y una niña de unos tres años, Nelly, de la mano; la otra hembra adulta era María, la cocinera; el negro adulto era Tom, el marido de Babsy; cuatro niñas de entre los diez y los trece años que eran las hijas de Mammie y Pops, Marnie, Popsy, Tiddy y Flaty. Todos vestidos con retales desgastados y sucios. A esos había que sumar Mammie y Pops, que era algo así como el marido de Mammie.

Scarlett se quedó parada mirando aquella deprimente tropa.

―Qué es esto, Mammie? – preguntó a la vieja esclava.

―Todos los esclavos de la casa... como usted ha ordenado, mi ama – contestó con pesadumbre y con la cabeza humillada.

Scarlett no podía creer lo que veían sus ojos. No podía asimilar ver el gran salón en aquel deplorable estado y menos aún que el servicio doméstico de Tara fuera aquella patética cuadrilla de esclavas famélicas, sucias, desarrapadas, temerosas y somnolientas.

―Y los esclavos del campo? Queda alguno? – preguntó temiendo la respuesta.

―Dos, mi ama.

Scarlett notó que le fallaban las piernas. No podía ser. Cuando había visto Tara en pie su corazón se había henchido de orgullo pero había temido lo que ahora veían sus ojos. Tara ya no era la de antes. Antaño, y de eso no hacía mucho, el plantel de domésticos de Tara era la envidia del resto de plantaciones del condado.

Ellen se sentía orgullosa cuando todas las esclavas la recibían dispuestas en dos filas desde la entrada del pórtico y lo más alto de la gran escalera de mármol que llevaba a las habitaciones superiores. Hasta cincuenta negras de diferentes edades, todas con sus vestiditos de doncella, con sus cofias, con sus delantales blancos, todas sonrientes ante la gran señora y sus hijas, inclinándo sumisamente la cabeza a su paso.

Y ahora quedaba aquella miserable representación de esqueléticas y andrajosas negras, la mayoría niñas a las que habría que azotar para que pudieran aprender a moverse con gracia.

Y los esclavos de campo: más de cien negros que trabajaban sin descanso de sol a sol. La mayoría en el algodón y el resto en otros trabajos duros de la finca, y quedaban dos. Scarlett sufrió una súbita bajada de tensión, fruto del agotamiento y de la desagradable sorpresa que acababa de llevarse. Se tuvo que coger al alto respaldo de una de las polvorientas sillas del salón comedor.

―Y mamá?

―Señorita Scarlett... – la voz de Mamita se estremeció. Hacía rato que pensaba cómo iba a darle la noticia.

―Habla Mammie, dónde están papá y mamá?

―Murieron. Primero la señora, hace cosa de tres semanas. El tifus. El amo se volvió loco de dolor. No probó bocado en diez días y una mañana lo encontramos muerto en su cama.

―Y mis hermanas? Dónde están? Qué les ha pasado? – Scarlett estaba chillando sin darse cuenta.

Melissa se había sentado en una silla, no podía más y Prissy tenía al bebé de ésta en sus brazos. La pobre negrita también estaba agotada. Ambas miraban ahora a Scarlett con miedo.

―Están enfermas, señorita Scarlett... – carraspeó la negra –. Están arriba, en una habitación las dos. Yo las cuido noche y día.

Scarlett se dejó caer en la silla en la que se había apoyado. Se pasó el dorso de la mano por la frente. Estaba ardiendo. No podía ser que lo que estaba viviendo fuese realidad.

Esperaba despertarse de un momento a otro y ver el salón con los tapices, con los muebles brillantes, con la pintura fresca en las paredes, con docenas de esclavas uniformadas sirviendo con diligencia. Esperaba oír la firme pero dulce voz de madre dando órdenes a las criadas, y ver a padre dormitar la siesta.

Scarlett suspiró. Todo su mundo había cambiado y encima ella era ahora la responsable de la casa y la familia. Por su mente pasó velozmente la ingente cantidad de problemas a los que tendría que enfrentarse mañana y se sintió sola. Pensó en sus hermanas. Aunque estuviesen sanas no serían de ninguna ayuda. De repente se levantó.

―¿Qué tienen las amitas, Mammie? – le preguntó a la negra al darse cuenta que no se lo había dicho.

Mammie miró al suelo. Carraspeó. Levantó la vista, entornó los ojos y volvió a mirar al suelo.

―Mamita...?

Mammie repitió el mismo proceso: Miró al suelo. Carraspeó. Levantó la vista, entornó los ojos y volvió a mirar al suelo.

―Recuerdas la última vez que te hizo azotar mamá? – le preguntó a la esclava.

Mammie levantó los ojos y Scarlett vio que estaba llorando. ¿Se habría pasado con la amenaza, porque estaba claro que acababa de amenazarla con el látigo? A pesar de que Mammie era algo más que una esclava, que había cuidado siendo apenas una niña de su madre y había cuidado de todas sus hijas, Ellen no había dudado en azotarla más de una vez y Scarlett aún recordaba la última vez que eso ocurrió.

Mammie estuvo llorando una semana entera y no fue por las cicatrices por que su madre dio órdenes expresas de que los latigazos no fuesen dados con excesiva fuerza, lloró por la inmensa humillación que supuso para Mammie, a su edad y después de los grandes servicios y desvelos por toda la familia, el ser azotada como una vulgar esclava. Ella no se sentía esclava, ella amaba a Ellen como amaba a las amitas y aunque la obligasen a huir no lo haría. Ella pertenecía a su madre y ahora a ella. Ella pertenecía a Tara, era como una institución.

Mammie gimió y sollozó. Scarlett se le acercó y le pasó un brazo por el hombro. La esclava era más bajita que ella y rechoncha, y eso que Scarlett era de estatura normal, más bien bajita.

―¿Quieres explicármelo a solas? – le susurró al oído.

Mammie asintió y Scarlett la llevó hacia el despachito que solía utilizar Ellen y desde el cual dirigía la plantación con mano de hierro. Cerró la puerta tras ellas y obligó a Mammie a mirarla.

―¿Qué tienen?

―Fueron violadas, señorita Scarlett – logró decir antes de echarse a llorar y abrazarse a su ama.

Scarlett pensó que últimamente debía atraer a las negras porque en pocas horas era la segunda vez que una esclava se echaba en sus brazos. A Mammie no la repelió como había hecho con Prissy, sinó que la rodeó con sus brazos y le palmeó cariñosamente la espalda.

Mammie le contó cómo hacía cosa de un mes vinieron los soldados rebeldes con intención de quemar Tara. El amo y el ama les hicieron frente con valentía. Tuvieron suerte, lo más normal es que les hubiesen disparado y después quemado la casa pero la señora vio entre las tropas rebeldes unas cuantas caras conocidas.

―«¡Stuart McCoy, Jason Burr, Colin Douglas... no os escondáis que os he visto. Si hoy podéis estar aquí es porque cuando vuestros padres necesitaron daros de comer nosotros les dimos comida... así es como pagáis vuestras deudas?» - tronó la voz de la señora, dijo Mammie haciendo un relato épico de lo sucedido.

»Luego los muchachos, cabizbajos y avergonzados salieron de las filas y hablaron con el que comandaba aquella cuadrilla. El resultado es que no quemaron Tara, pero sí liberaron a cuantos negros quisieron unirse a ellos para engrosar las filas de los rebeldes con el objetivo, les decían, de acabar con la esclavitud. Sólo fueron fieles Sansón y Samuel, que ahora ocupan ambos uno de los pabellones vacíos de esclavos. Del personal doméstico se fueron todas menos mis hijas; María y Babsy, la madre de Prissy, con su bebita Tesia y su pequeña Nelly, y su marido Tom y lógicamente Pops y una servidora. Antes de que los rebeldes se marcharan con todos los negros hubo una especie de conciliábulo entre los rebeldes y los esclavos liberados. Más de veinte negros y soldados irrumpieron en el pórtico tirando al suelo al señor y a la señora y se fueron, guiados por algunas esclavas domésticas que estaban entre las desertoras, a las habitaciones superiores dónde estas últimas sabían que se encontraban las amitas.

»Las señoritas Carren y Suzanne estaban en la habitación de ésta última, escondidas y temerosas. Iban a por ellas. Entraron y las violaron... – la voz de Mammie parecía monótona, como si lo que relatara fuera algo que nunca había ocurrido, como si se tratara de la lectura de una triste fábula – ...repetidas veces. Yo intenté entrar a salvar a mis niñas pero varios de los esclavos de campo me retuvieron y me obligaron a mirar. Las violaron varios hombres, entre negros y blancos, entre esclavos y soldados. Las golpearon con saña y las penetraron una y otra vez. Finalmente se fueron.

»La señora sufrió una crisis nerviosa y a la semana enfermaba de tifus. Yo tuve que cuidar de mi ama y de las amitas. La señora murió, el señor murió y yo sigo cuidando a las señoritas. Ahora están más o menos recuperadas pero tienen miedo. Cada vez que se oyen cascos de caballo se ponen a gritar. Fue espantoso señorita... de lo único que me alegré es que usted no estuviera aquí – terminó Mammie el trágico relato secándose los ojos con el sucio delantal.

Scarlett se quedó como muerta. Pensó en la muchacha que había visto aquella mañana y a la que había dado sepultura y pensó que al menos sus hermanas seguían vivas. Mancilladas pero vivas. Entonces, olvidándose por un momento de sus hermanas le vino algo a la mente y preguntó a Mammie:

―Y mis gemelos... Tin y Tina?

―Huyeron con los rebeldes... pero he de decir en su favor que ellos no querían pero su madre los obligó.

―Ya... – dijo lacónicamente Scarlett – Voy a subir a ver a mis hermanas – dijo de repente decidida Scarlett.

―No, señorita... ahora duermen. Les cuesta mucho dormir. Espere a mañana, usted descanse, lo necesita. Mañana será otro día. El primer día de nuestras vidas teniéndola a usted de ama, dueña y señora de Tara. Usted volverá a hacer de Tara lo que fue.

Scarlett se estremeció ante la carga que Mammie acababa de endosarle, aunque ella sabía en su interior que eso era precisamente lo que le correspondía hacer: hacerse con las riendas de Tara y volver a hacer de aquella plantación lo que fue. Sonrió a la vieja nurse y abrió la puerta del despachito. Salieron las dos y ella cojeando se acercó a todos los reunidos en el salón.

―¡Mañana será otro día! – dijo y empezó a caminar hacia su habitación – ¡Encárgate de Melissa, Mammie – le dijo girándose un momento.

Mammie y el viejo Pops ayudaron a Melissa. Babsy, la negra adulta que tenía una negrita en brazos se ocupó de la bebita de Melissa. Tenía leche para las dos criaturas, y de sobras. Luego Mammie encargó a varias de sus hijas que cargaran baldes de agua para calentar y subir a las habitaciones de las amas.

Prissy puso en una camita a Sarah y se entregó en cuerpo y alma a cuidar de su ama.

Desvistió a Scarlett y ayudó a llenar la bañera. Luego ayudó a su ama a levantarse de la cama en la que se había estirado para que la desnudara y la llevó hasta la dorada tina con patas de león que estaba en el cuartito anexo.

Scarlett sintió verdadero dolor cuando su pie herido entró en contacto con el agua caliente. Se hundió en el agua y estiró las piernas para apoyar los pies fuera de la bañera.

Prissy la enjabonó con mucho cuidado. Desde que se habían precipitado los acontecimientos de eso hacía dos días, que temía a su ama.

―Ve con cuidado con este pie – le dijo Scarlett dándole una suave patada en la cara con la planta del otro pie – tengo una herida.

―Sí mi ama, perdóneme...

Ahora estaban en Tara y en la cabecita de Prissy sólo se oía la voz histérica de Scarlett cuando la había amenazado, durante la travesía, con azotarla en cuanto llegaran a Tara y ahora tenía miedo, mucho miedo. Hacía muchos años que no era azotada, desde que su primera amita, la señorita Honey la vendiera.

―Señorita Scarlett – musitó Prissy que estaba limpiando con cuidado la herida del pie de su ama.

―¡Mmm...!

―Me va a azotar? – preguntó temerosa.

―Esta noche no... estoy muy cansada – le contestó – acaba de una vez con mis pies... tengo sueño.

Tras el baño reparador, Scarlett, una vez que Prissy la hubo secado, se estiró en la cama y se quedó dormida al instante. Ni el hambre atroz había podido con el agotamiento, tanto físico como emocional que había acumulado en aquellos dos días.

Prissy se estiró en el suelo, en el duro suelo, entre la camita de la niña y la cama de su dueña. También quedó profundamente dormida.



***



Al día siguiente se despertó más o menos pronto. Prissy y su hija seguían durmiendo. Al principio creyó estar de nuevo en Tara, como antes de la guerra, como antes de abandonarla precipitadamente por su loca cabeza, pero enseguida todas las desgracias de los últimos días desfilaron por su mente y se dio cuenta de que ahora toda la plantación, o lo que quedaba de ella, con los pocos negros que tenía, con Melissa y con las pequeñas... todo dependía de ella.

Sintió una gran opresión en el pecho y se sentó en la cama jadeando. Sacó las piernas fuera de la cama y se miró la herida del pie. El baño de la noche anterior le había ido bien pero la herida seguía supurando y le dolía. Sólo le faltaba eso. Cruzó la pierna sobre la rodilla de la otra y cogiéndose el pie se lo giró para poder ver el aspecto de la herida. Tenía un tajo en la planta, justo en el pulpejo al lado del dedo gordo.

Miró a Prissy dormir y le entraron ganas de despertarla a zapatillazos en la cara. Se rió sólo de pensar el susto que se llevaría la muy estúpida si se decidía a hacerlo. En ese momento llamaron a la puerta.

Scarlett se volvió y esperó. Las esclavas sabían que si no obtenían respuesta quería decir que se podía pasar pues de lo contrario el ama en cuestión se encargaba de negar la entrada. Scarlett esperaba ver la cara de Mamita pero en su lugar vio el cariacontecido rostro de Babsy. Cargaba con dos bebés, el suyo y el de Melissa. La cara de Babsy era de estar muy asustada.

―Mi ama... el bebé del ama Melissa, no quiere comer. Yo tengo leche de sobras pero le pongo el pezón y aparta la carita. No quiere comer.

Scarlett se mesó el alborotado cabello. Estuvo a punto de lanzar una maldición. Aún no se había levantado y ya tenía un problema más en ciernes. Le entraron ganas de llorar.

Porqué no estaría Ellen con ella? Ellen sí sabría qué había que hacer en estos casos. Igual que podía hacer azotar a un negro hasta que se le vieran las costillas o pelar el culo de uno de los negritos con su paleta agujereada, si un negro se ponía enfermo ella iba a ver qué le pasaba y las sanadoras le consultaban lo que era mejor hacer y no hacían nada si ella no lo autorizaba. Y si veía que aquellas ignorantes aprendizas de hechizera iban desorientadas mandaba que fuesen a buscar al veterinario de Jonesboro. Ellen era una roca.

Su padre rebautizó el nombre de la plantación con el de «Tara», que en gaélico quiere decir «Roca», o eso decía él, en honor a Ellen. Scarlett miró a Babsy y luego a la hija de ésta que seguía durmiendo en el suelo abrazada a sus zapatillas.

―Mandaré a alguien que vaya a Jonesboro... para que traiga a un médico.

―Disculpe señorita, pero será inútil. No tenemos caballos, se los llevaron los negros que huyeron y en Jonesboro no hay médico, ni siquiera veterinario. Están todos los hombres disponibles en el frente.

―¡Pero alguien debe haber que sepa qué hay que hacer en estos casos...! que me estás sugiriendo... que deje morir a la amita? – gritó Scarlett fuera de sí lo que despertó tanto a Sarah como a Prissy.

Prissy, al darse cuenta de que su ama y su madre estaban hablando se puso de inmediato de rodillas y cogió las zapatillas de Scarlett dispuesta a calzárselas cuando ésta se lo indicara.

―No, señorita Scarlett... cómo iba yo a sugerir semejante atrocidad... – intentó justificarse Babsy.

―A lo mejor lo que ocurre es que eres tú quien no quiere alimentar a la amita... sí, eso debe pasar... – la acusó Scarlett recordando que en tiempos Babsy había sido esclava en casa de Melly y que podía estar intentando vengarse.

―No señorita Scarlett, le juro que es la niña que rechaza mi pecho. He alimentado a muchos niños blancos porque tengo buenas ubres. Yo quiero a los niños, sean negros o blancos, se lo juro... incluso cuando criaba a Prissy en más de una ocasión la había dejado sin comer porque la amita a la que había dado primero de mamar me había secado lo pechos... no me diga eso, señorita... se lo ruego... no me diga que no quiero alimentar a la hermosa criatura de la señorita Melissa.

―No... claro... perdona... es que estoy un poco nerviosa – se excusó Scarlett que se dio cuenta de que había ido demasiado lejos a causa de los nervios y de la pesada carga que se le venía encima –. Dime una cosa Babsy... alguna vez te has encontrado con un caso parecido?

―No mi ama, nunca... por eso me he permitido molestarla.

―No me has molestado. Has hecho lo que tenías que hacer. Baja a ver a Mammie, a lo mejor ella sabe qué es lo mejor en estos casos. Yo bajaré enseguida... si tu hija está ya lo bastante despierta como para calzarme y vestirme – dijo estas últimas palabras mirando a Prissy que se sintió empequeñecer de terror.

Babsy abandonó la habitación de Scarlett. Prissy comenzó una letanía de disculpas en su peculiar tono de negra estúpida. Scarlett pensó si realmente hablaba de aquella manera como parte de una estrategia estudiada o sencillamente es que era imbécil. Llegó a la conclusión que debía tratarse de lo segundo.

Prissy la calzó, la ayudó a lavarse, la peinó y la vistió en menos tiempo del que de normal hubiera utilizado. El miedo la hacía ir deprisa.

―Vigila a la amita Sarah. Voy a bajar. Cuando vuelva quiero mi habitación arreglada y la amita también, lavada, peinada y vestida.

―Sí, señorita Scarlett.

Cuando llegó a la cocina se encontró a Mammie, que tenía en brazos a la pequeña amita, la hija de Melissa, y a Babsy que miraba apenada. Scarlett pensó que había sido muy dura con la pobre esclava. Prácticamente la había acusado de querer matar a la niña cuando Babsy se había portado bien porque no había huído habiendo tenido la oportunidad de hacerlo.

―¿Qué opinas Mamita? – le preguntó Scarlett – ¿Habías visto algo así antes?

―No señorita Scarlett... nunca he visto a un bebé blanco que no quiera la buena teta de una negra.

A Scarlett le pareció una insolencia lo que acababa de decir Mammie. A pesar de que Mamita tenía una especie de bula por haber sido la nurse de varias generaciones de amitas de la familia, Scarlett pensó que no debía tolerarle esa manera de hablar de sus amos.

Teniendo sólo un año más que Ellen la había cuidado y protegido desde que comenzara a caminar. Luego había amamantado a todas sus hijas y sólo después de que Carren destetara Ellen la puso a preñar y parió cuatro niñas, a razón de una por año. A pesar de todo Scarlett quiso dejar claro desde el principio su autoridad.

―Procura ser un poco más respetuosa cuando hables de una señorita blanca, Mammie, ahora soy yo quien lleva la plantación y aunque os esté agradecida por no haber huído no debéis olvidar que seguís siendo esclavos. Azotaré yo misma a quien no me obedezca o quien se muestre insolente. Queda claro?

―Sí señorita Scarlett, perdone señorita Scarlett – dijo Mammie muy afectada por haber sido reconvenida delante de Babsy.

Scarlett sabía que Mammie y Babsy eran las fuerzas vivas de los esclavos que habían quedado en Tara, por lo que aquel pequeño incidente le había venido bien para poner las cosas en su sitio ante las que podían tener influencia sobre el resto de esclavos.

Los dos machos domésticos harían lo que sus mujeres, Mamita y Babsy, dijeran. Los dos esclavos de campo no eran tampoco ninguna amenaza para Scarlett pues ambos eran tan fuertes y corpulentos como sumisos e imbéciles mentales y el resto eran las hijas de esas dos esclavas.

―¿Qué opinas que hagamos, Mamita? – le dijo Scarlett con amabilidad para que viera que no estaba enfadada y que lo que acababa de decir había sido sólo un tema de orden doméstico, de relación, de dejar las cosas claras desde el principio.

Los blancos dientes de Mammie brillaron tras su sonrisa de agradecimiento por volver a restablecer su autoestima consultándole antes que a Babsy.

―Podría probar con una infusión de cáñamo, señorita... – sugirió Mammie.

Scarlett dejó que Mammie llevara la iniciativa en aquel problema ya que a ella no se le ocurría nada. Babsy y Mammie prepararon la infusión y mojaron el chupete de tetilla de ternera de la amita. Fueron dándole de esta manera una buena dosis e inicialmente pareció funcionar pero al cabo de poco rato de haberse abrazado al jugoso pezón de Babsy la pequeña lo volvió a rechazar.

―Tengo hambre, Mamita... qué hay para desayunar? – preguntó Scarlett que comenzaba a estar harta de la atención que las dos negras prestaban a la pequeña amita.

Mammie la miró entornando los ojos y luego llamó a Marnie, su hija mayor.

―¡Marnie... Marnie! – gritó y al poco se presentó una flacucha negrita de 13 años que al ver a Scarlett sentada en la mesa de la cocina por poco se desmaya.

La noche antes la había visto cuando Scarlett y Melissa llegaron a Tara en la anochecida pero había sido poco rato. Además ella estaba somnolienta y Scarlett parecía un ser de ultratumba, pero esa mañana a Marnie le pareció que la señorita Scarlett no era la misma que la noche anterior. Estaba más fresca, más guapa.

La recordaba porque cuando la señorita marchó de Tara al casarse, ella tenía 10 años. Lógicamente había cambiado, ahora la señorita se la veía más mujer pero seguía siendo la más hermosa con mucha diferencia, no sólo la más hermosa de Tara sino la más hermosa de todo el condado, Jonesboro incluído.

―S-se-señorita... – balbuceó nerviosa Marnie que bajó la mirada al suelo al instante.

―¡Dios mío... cómo ha crecido esta criatura – comentó Scarlett más a Mammie que a la niña – al menos ha crecido palmo y medio de cuando la recuerdo...!

Mammie se ufanó por el reconocimiento elogioso de la señorita sobre su primogénita y lo demostró volviendo a enseñar su perfectamente alineada hilera de blancos dientes cuando sus gruesos labios se abrieron en una sonrisa de orgullo que parecía que le hubiesen dado un premio a la mejor madre.

―¡Marnie, tonta...! esas son maneras de dirigirse a la señorita Scarlett? ¡Ahora ella es el ama de todos, así que muéstrale tus respetos...!

Marnie hizo una profunda reverencia y Scarlett se rió. Le acercó la mano para acariciarle la cara y Marnie hincó una rodilla en el suelo, se la tomó entre sus manos y se la besó.

―Ve a buscar unos ñames para que la señorita Scarlett desayune... dáselos a María para que los cueza y le dices que son para la señorita Scarlett, que les ponga un poco de salsa de arándanos que tenemos escondida – le ordenó a su hija.

―¿Queeeé... ñameeeeees...? ¡Pero qué demonios...! ¿Esto es lo que vais a darme para desayunar? ¡Esto es comida de esclavos! ¡Yo quiero huevos, y salchichas... y tortitas con mantequilla y tocino... y café... me muero de hambre...!

Mamita transfiguró el rostro. Ahora no se veían sus dientes blancos. Parecía a punto de llorar.

―Apenas podemos comer ñames, nabos, guisantes secos y algunas alubias aunque esto lo guardo para comer. No hay comida en Tara, señorita...

―Entonces... qué comen mis hermanas? Qué han estado comiendo?

―Todos comemos lo mismo, señorita Scarlett... amos y esclavos... sencillamente lo que hay.

―Quieres decir que mis hermanas sólo comen comida de esclavos?

―Mírelo de otra manera, señorita Scarlett. Ya no hay comida para hacer diferencias entre la comida de los amos y la de los esclavos. Ya no hay gallinas, ni patos, ni faisanes, ni cerdos, ni terneras... sólo tenemos unas vacas que nos permiten sacar leche. Todo se lo llevaron los rebeldes y los malditos negros traidores – dijo con desprecio al hablar de los de su misma raza – si lo prefiere piense usted que los negros de la casa comemos las sobras de las señoritas.

Scarlett había pasado hambre en los últimos seis meses de asedio en Fayetteville. De hecho en esa época reciente soñaba con estar en Tara donde siempre se había comido en abundancia. En la mesa no podían faltar verduras, purés, asados, aves, pescados, frutas, pasteles... todo bien elaborado y condimentado con ricas salsas y regado con buenos vinos.

Cuando de camino de regreso a Tara había tenido que pasar con un par de manzanas medio podridas su mente procesaba los recuerdos de aquellas comidas y aquellas cenas dignas de los emperadores romanos y estaba convencida, al ver que Tara seguía en pie, que todo iba a seguir como antes. Pero Scarlett no era una estúpida y sabía que Mammie decía la verdad.

―Está bien... – suspiró resignada – comeremos ñames...

Scarlett se dedicó a contemplar a las dos negras que procuraban por todos los medios incitar a la pequeña amita a abrazarse al pezón de Babsy hasta que llegó su desayuno que María se lo sirvió con gran lujo de menage aunque en el plato no había más que unos sosos ñames cocidos a los que había añadido una cucharadita de salsa de arándanos.

―Dime Mammie... esta mañana has estado ya con mis hermanas?

―Claro señorita Scarlett – le contestó ofendida por lo que le parecía una muestra de desconfianza – es lo primero que he hecho. Las suelo despertar más o menos a esta hora.

―Iré yo. Dime... qué me encontraré?

Mammie miró a Babsy y luego a Scarlett, como dando a entender que no era propio que se hablara de un tema delicado delante de otra esclava que no tuviera la consideración de ella. Scarlett le hizo una seña para que se olvidara de Babsy y hablara.

―Están ya bastante recuperadas, pero están un poco flacas.

―Todas estamos un poco flacas – comentó para sí mientras pensaba que ahora dependían todos de ella y no quería seguir comiendo nabos hervidos y ñames cocidos el resto de sus días.

Una vez hubo terminado su desayuno Scarlett decidió dejar a las dos negras con el bebé y se dirigió hacia la habitación donde dormían sus hermanas.

No llamó. Entró en la habitación. Eran las diez de la mañana y sus hermanas estaban despiertas pero en la cama. Las dos gritaron a la vez, histéricas. Eran gritos de sorpresa primero y de inmensa alegría después. Las dos se levantaron y se pusieron de pie encima de la cama y comenzaron a saltar, con tanta fuerza que Scarlett, que también se había contagiado de los saltos y los grititos de sus hermanas, pensó que se iba a romper el somier si seguían saltando.

Se acercó a ellas y las dos saltaron sobre ella. Scarlett perdió el equilibrio y cayó de culo al suelo con las dos muchachas encima. Las tres reían ahora como locas mientras se abrazaban y se besaban.

Carren y Suzanne se habían llevado más o menos bien entre ellas, pero con Scarlett nunca habían tenido una relación buena. Ella las despreciaba porque las consideraba tontas y engreídas, eran las pequeñas, y ellas la odiaban porque Scarlett era guapa, muy guapa y cuando un pretendiente las rondaba siempre aparecía ella para tontear con él. Lo hacía sólo para fastidiarlas, para demostrarles que si alguna vez se casaban sería porque ella, generosamente, no se interpondría entre ellas y los posibles pretendientes, pero les dejaba bien claro que podría manejar a sus posibles admiradores cómo y cuando a ella le diera la gana.

Scarlett además consideraba que sus hermanas pequeñas eran crueles y estaba convencida de que lo eran porque de esta manera hacían algo que ella no les podía impedir.

Carren y Suzanne eran unas chicas que no podían ser consideradas bellezas pero bien arregladas causaban su impresión pues tampoco eran feas y siendo ricas podían adecentarse de manera que resultaran aparentes. En cambio Scarlett era hermosa. Hasta vestida con percales deslucidos y remendados brillaba con luz propia, como una estrella del firmamento.

Ahora las hermanas de Scarlett, sin sus preciosos y caros vestidos, sin arreglar, pálidas y delgadas, ofrecían un aspecto mucho más penoso que Scarlett, pero a ésta en estos momentos no se le ocurrió pensar en ellas en términos de belleza, de rivalidad, como lo hiciera antes de la guerra. Ahora estaban de nuevo las tres reunidas y si antes no se habían querido especialmente ahora no tenían más remedio que afrontar juntas su incierto futuro.

Se levantaron y se sentaron en la cama liberando a Scarlett de su abrazo impulsivo y emotivo. De repente cesaron las risitas y los grititos. Pareció como si ambas recordaran el triste y humillante episodio de su violación.

―Lo sé todo – se adelantó Scarlett que decidió ir al grano y matar el asunto cuanto antes – cómo estáis?

―Que cómo estamos? Yo te diré como estamos, hermanita – fue Suzanne quien le respondió – estamos jodidas. Nos golpearon, nos humillaron y nos violaron una pandilla de esclavos. Esclavos que antes tenían que agachar la cabeza y besarnos los pies nos magrearon, nos ensuciaron, nos penetraron. Sólo pensamos en el día que podamos vengarnos, hermanita. Ahora vivimos aquí, encerradas, prisioneras. No tenemos nada. Papá y mamá murieron y nosotras estábamos destrozadas. Mammie dice que no hay comida y nos da lo mismo que comen los esclavos... ¡a nosotras, Scarlett, a nosotras... la misma comida que los esclavos! ¡Oh, Scarlett... tú nos rescatarás de la miseria! Pops dice que estamos arruinados, pero yo pienso que eso es imposible, es mentira. Pienso que se aprovechan de que somos dos débiles criaturas y nos tienen aquí encerradas. Ya no tenemos a nuestras esclavas personales, sólo Mamita entra a servirnos, nos tienen encerradas, secuestradas. No nos atrevemos a salir de la habitación por miedo a encontrarnos con los que nos violaron, pero ahora se acabó, ahora les daremos su merecido. Verdad hermanita?

Scarlett negó con la cabeza.

―No os tienen encerradas. Mammie se ha dedicado a cuidaros. Estuvisteis muy mal y ella os cuidó, como siempre ha hecho. No quedan esclavos, niñas, huyeron casi todos, y vuestras esclavas personales las primeras. De los ciento cincuenta que teníamos entre domésticos y peones ahora tenemos a dos de estos y a una docena de domésticos, de los cuales la mayoría son niñas. No hay peligro de que os encontréis con los que os violaron.... sencillamente huyeron. Los negros y los rebeldes se llevaron casi todos los animales. No hermanitas. Mammie no os miente, ni os miente Pops, al contrario, ellos se han quedado aquí para cuidaros, por que nos son fieles. Ahora hemos de ser fuertes y estar unidas, estamos casi arruinados y ahora hay que ver el modo de salir de ésta.

Suzanne y Carren no daban crédito a lo que su hermana mayor les contaba. No podía ser. Ellas, guapas y ricas, hijas de ricos plantadores propietarios de más de cien esclavos, estaban solas y arruinadas. Las dos se echaron a llorar como niñas desprotegidas, como lo que eran. Scarlett se arrodilló junto a ellas y las abrazó.

―¡Eah... no lloréis... veréis como todo se arregla... confiad en vuestra hermana! – les dijo para infundirles unos ánimos que ella no tenía.



***



Scarlett mandó a Mammie a la habitación de sus hermanas con órdenes de bañarlas, arreglarlas, ponerlas guapas, vestirlas y sacarlas de aquella habitación. Pensó que la única medicina que necesitaban era sol y aire fresco, afrontar la vida, por dura que fuera.

El resto de ese día Scarlett lo dedicó a inventariar, seguida de Pops, todas las pertenencias y existencias de la plantación. Revisó las cuentas, las despensas, las bodegas, los establos, los corrales, el ahumadero, los dos pabellones de los esclavos, las cabañas, ahora vacías, del barrio de esclavos, sus huertos, el huerto de la parte posterior y los campos de algodón.

Al final del día el balance era desolador. En total había logrado juntar media docena de gallinas, una cerda y cinco crías, una vaca y un ternero, grano almacenado para un mes, conservas y salazones para dos, veinte balas de algodón, un par de arrobas en total entre guisantes y alubias y casi nada de verduras y frutas.

Los huertos estaban destrozados, el algodón de los campos a punto de echarse a perder y sólo tenía cuatro esclavos macho si contaba a Pops y a Tom que el trabajo más duro que habían hecho en su vida había sido enlustrar botas o guiar una calesa.

Scarlett había tenido que ponerse ella misma a inventariar y a buscar por todos lados para dar con las reservas que los rebeldes y los esclavos fugados no habían sabido encontrar.

Estaba convencida de que desde la muerte de sus padres los esclavos se habían estado alimentando de ñames, puerros y nabos hervidos por que eran incapaces de hacer las cosas sin tener una mano férrea que los gobernara.

¡Y los rebedes pensaban darles la libertad... qué estupidez... los negros eran menos que animales – al menos estos se buscan la vida cuando tienen hambre – y necesitaban constantemente de una mano dura y severa combinada con algunas muestras de cariño para sacarles el máximo rendimiento! pensó Scarlett.

Ahora que ella era la cabeza de familia entendía a su madre. Scarlett le había reprochado muchas veces que impusiera castigos tan duros a los esclavos, que casi nunca los perdonara. Ellen le decía que lo hacía por el bien de los esclavos y por el bien de todos.

«La disciplina es fundamental para dirigir a los esclavos. No es fácil gobernar una plantación con más de ciento cincuenta esclavos. Son una mezcla de niño y de animal. Necesitan látigo y azúcar. Has de ser dura y dulce a la vez. Hazme caso, algún día tú llevarás la plantación y si haces como yo los tendrás siempre pendientes de tus ordenes, por caprichosas que éstas sean. No debes mostrarte cruel por capricho pero tienes que ser valiente y a veces tendrás que ordenar castigos que te dolerán tanto a ti como a ellos, pero si los esclavos ven en ti un ama justa y después de hacerlos sangrar te preocupas por ellos y les dedicas una palabra amable, besarán el suelo que pises» le dijo en una ocasión que Ellen había mandado azotar a una muchacha que había sido sorprendida robando una pieza de fruta de la ensaladera que hacía de elemento decorativo de la gran mesa del salón.

Los esclavos tenían prohibido coger comida de los amos, ni siquiera de la que tiraban por exceso tras una gran comilona. Los esclavos sólo podían comer lo que Ellen disponía. Después de ser azotada, Ellen le dio un azucarillo y se interesó por su estado.

La chiquilla besó los pies de Ellen y le juró que nunca más volvería a portarse mal. Ellen miró a Scarlett, que le había reprochado la crueldad del castigo, y ésta agachó la mirada en reconocimiento de la sabiduría de su madre.

En un principio Scarlett había pensado en azotar a Mamita y Pops. Eran unos inútiles. Habían estado dando de comer a sus hermanas ñames cocidos y batatas hervidas cuando en realidad sí había comida, sólo que habían sido incapaces de dar con ella, pero después pensó en la escena de la niña a la que azotó su madre por coger una pieza del frutero del salón y casi los entendió.

Los pobres esclavos estaban acostumbrados a que su comida era siempre fruto de la generosidad del ama que seguramente no habían intentado buscarla por miedo a faltar a una de las normas básicas. Eran tan simples, pobrecillos, pensó Scarlett que sintió un poco de lástima de ellos y aparcó la idea de azotar a Mamita y a Pops. Ni siquiera los reñiría por ello.

A partir de hoy, al menos, ella, Melisa y sus hermanas comerían un poco más decentemente.

Por la noche, mientras estaba encerrada en el despachito de su madre terminando el inventario y después de haber dado instrucciones a Mammie, la encargada de los esclavos, y a María, la cocinera, sobre los alimentos rescatados, dejándoles bien claro que éstos eran para uso exclusivo de las amas y que los esclavos seguirían comiendo racies y bulbos hervidos, se le acercó Babsy con la pequeñita de Melissa.

―Has conseguido que coma, Babsy? – le preguntó Scarlett sin mirarla.

―No señorita Scarlett. Me da muy mala espina.

―Como está la señorita Melissa? Hoy no la he visto.

―Ha estado descansando. Está muy débil.

―Llévale a la niña. Cuéntale lo que pasa. A lo mejor a ella se le ocurre algo.

―No me parece buena idea – objetó Babsy que antes de ser comprada por Ellen había sido esclava en casa de los Wilkinson y temía a la señorita Melly – si me permite...

―¡Obedece! – le gritó Scarlett contrariada por el hecho de que una esclava osara poner en cuestión sus órdenes – ¡y no vuelvas a contradecirme nunca más si aprecias en algo tu espalda! ¡Cuando yo doy una orden hay que cumplirla inmediatamente!

―Sí mi ama... perdóneme mi ama – contestó Babsy sin soltar a la pequeña blanquita y agachando humildemente la mirada.

Babsy marchó. Scarlett suspiró hondo. Todas las responsabilidades recaían sobre sus hombros y ella no estaba acostumbrada a aquella presión. Siempre había habido alguien que asumiera por ella las decisiones y soportara el peso de las responsabilidades, pero ahora todos venían a ella. Claro que no había nadie más.

Ella misma se había erigido en dueña y señora de la miseria que le tocaba administrar, entre otras cosas porque era la mayor. Melissa era un año mayor que ella pero además de ser más débil y de estar físicamente más débil no pertenecía a la familia por vínculo de sangre. Era su cuñada y ahora estaba allí con ella por culpa de una promesa que se sentía incapaz de romper, pero Melissa ni podía ni debía soportar el peso de la responsabilidad, eso le correspondía a ella, Catherine Scarlett Riordan.

Al poco de salir Babsy, que aunque Scarlett no se hubiese dado cuenta llevaba una cara que le llegaba al suelo, atenazada por el miedo de enfrentarse a la señorita Melissa para darle la noticia de que su hija no quería comer, entró en el despachito Mammie.

Scarlett casi se asustó al verla porque no la había oído entrar. A veces se preguntaba cómo era capaz de, a pesar de su gran peso, desplazarse, cuando le convenía con el sigilo de un gato.

―¿Qué haces aquí? Me has asustado – rezongó Scarlett mirando a la negra.

―Estoy preocupada, mi niña – cuando no había oídos indiscretos cerca se permitía la familiaridad de llamarla así y Scarlett no se ofendía.

―¿Tú... preocupada? ¡Yo sí tengo preocupaciones! – le dijo con aspereza volviendo la mirada a los libros de cuentas para intentar descifrar si podía haber algo de dinero efectivo en alguna parte.

Al momento se arrepintió Scarlett de haberle hablado así a Mammie. Si hoy tenían una docena de esclavos de los ciento cincuenta que había antes seguro que Mammie tenía mucho que ver.

―¿Qué te pasa, Mamita? – le preguntó dulcificando la voz y dejando la pluma en el escritorio, volviéndose hacia la masa de negra humanidad que permanecía de pie con la mirada sumisa en el suelo, ofendida por el tono que su niña, su amita preferida, acababa de emplear con ella.

―¡Oh, mi niña... es Babsy...!

―¿Qué le pasa a Babsy?

―No tenía que haberla mandado a ella sola con la niña a comunicarle a la amita Melissa lo de su niña...

―Y porqué... si es que puede saberse...? – preguntó irritada Scarlett que por segunda vez en menos de cinco minutos veía como otra esclava ponía sus órdenes en tela de juicio – que hay de malo que la haya enviado a ese recado? Qué esperabas, que fuese yo?

―Pues ya que lo dice usted misma... sí amita.

―Qué sabes tú que yo no sé... cuéntamelo... – le apremió golpeando el pie con la suela de su bota que estaba llena de barro y suciedad.

―Babsy fue, hasta hace tres años, esclava en casa de los Wilkinson. Usted sabe que la señora Ellen la compró a ella y a sus dos hijas porque Tom, que era su marido, llevaba años suplicándoselo...

―Sí que lo sé... sí... y de haber estado en mi mano no habría comprado a Prissy ahora que sé lo tonta e inútil que es... menudo despilfarro – comentó Scarlett cortando a Mammie que esperó a que su ama terminara de hacer el comentario para seguir.

―Su madre aceptó porque ella podía ser muy dura con nosotros pero era una mujer justa. Tom recibió permiso para casarse con una esclava de otra plantación como es frecuente. Lo que no es tan frecuente es que después los amos se pongan de acuerdo en vender al resto de la familia con el objeto de reagruparlos. Su madre decía que la familia era sagrada y que aunque se tratase de esclavos quería que las familias permanecieran unidas bajo un mismo amo ya que las separaciones sólo que traían fugas temporales para poder ver a la esposa e hijos que estaban en otra plantación y eso incidía en el rendimiento de los esclavos.

»La señora Ellen tardó ocho años en convencer a la señora Wilkinson para que le vendiera a Babsy, Prissy y Nelly pero al final lo consiguió. Yo no sé qué pasaría en la plantación de los Wilkinson pero me temo que Babsy sufrió mucho porque ella presionaba a la señora para que la vendiera a Tara y la señora se negaba una y otra vez. Estoy segura de que cuando Babsy le ha dicho que no era buena idea que ella fuese a comunicarle a la señorita Melly lo de su hijita sus buenas razones tendría. No olvide que la señorita Melly también era su ama... – y Mammie dejó la frase en suspenso suponiendo que la señorita Scarlett entendería qué quería decir.

Pero Scarlett no entendió nada.

―De acuerdo, antes era su ama... y resulta que ahora vuelve a serlo de alguna manera... y qué?

Mammie no se atrevía a decir lo que pensaba. Creía que la señorita Scarlett entendería que podían existir viejas rencillas, odios y rencores antiguos y ahora la mandaba a verla con una responsabilidad que excedía la propia de Babsy. Además el tema era delicado, la señorita Melly no estaba bien y aquella noticia podía afectarla más de lo que para Babsy podía ser prudente.

Entonces Scarlett recordó que ella misma, a quien en realidad importaba poco la niña de Melly, había reaccionado culpándola de querer dejar morir de hambre a la criatura. Mamita tenía razón, seguramente Melisa hiciera una interpretación similar.

Pero Scarlett no iba a darle la razón a una esclava y admitir que se había equivocado.

―Bueno, ahora déjame en paz... tengo problemas más importantes y urgentes que atender. Lárgate – la despidió con un gesto brusco de la mano.

Mamita abandonó con pesar y abatida el despachito se retiró a sus dominios, las dependencias de los esclavos. Cuando Scarlett se hubo cerciorado de que Mammie se había ido se levantó sin hacer ruido se encaminó en silencio hacia el piso superior.

Avanzó intentando que sus botas no hicieran ruido. Pasó por su habitación, luego por la de sus hermanas y finalmente llegó ante la puerta de la de Melly. Pegó la oreja a la puerta y pudo oír con claridad.

―¡Eres una puta negra vengativa y rencorosa. Te estás vengando de cuando eras nuestra esclava... quieres dejar morir de hambre a mi hija... pero ahora resulta que también tienes que servirme y obedecerme... vuelves a ser mi esclava y vas a pagar tu mala fe... tu perversa maldad...!

La voz de Melly sonaba extraña. Parecía poseída. Estaba aún débil y no podía razonar. Llamó con los nudillos al tiempo que abría la puerta sin esperar respuesta.

Babsy estaba de rodillas y Melly, con su hijita en una brazo estaba abofeteando el rostro de la negra.

―¡Melly, querida... espera... – le dijo acercándose a ella y al ver que ésta dejaba de golpear a la negra le ordenó a ésta –: ¡Babsy, sal... espérame fuera!

Babsy miró con agradecimiento a su nueva ama y salió con rapidez al pasillo cerrando la puerta tras de sí.

―Esa maldita zorra negra quiere matar a mi pequeña... no lo consentiré, Scarlett, tienes que castigarla... un castigo ejemplar... mi madre la haría hervir si pudiese, Scarlett... ahora tienes que ser tú quien imponga sentido. Esa negra ha atentado contra la vida de su amita... debe tener una muerte espantosa... – gritaba totalmente histérica Melly.

Scarlett la abrazó con dulzura, apretando con suavidad para no dañar a la pequeña que cada vez abultaba menos y ya ni lloraba.

―No es culpa de Babsy, cielo... – le dijo intentando mostrarse lo más cariñosa posible con su cuñada – ella está muy preocupada. Ha venido a decirmelo varias veces – mintió relativamente Scarlett – y, junto a Mamita le han preparado todo tipo de pócimas para que le entren ganas de comer, pero es inútil, Melly, tu bebé rechaza todo alimento. Es como si no quisiera formar parte de un destino que no está hecho para ella. Dame a la niña – le ordenó finalmente Scarlett.

Cogió a la pequeña con poca gracia y con la mano libre se desabrochó el vestido y sacó al aire uno de sus pechos. Lo apretó con la mano y se dio cuenta de que desde que comenzara el sitio hasta ahora había adelgazado mucho. Sabía que no tenía leche pero si la niña embocaba su pezón llamaría a gritos a la negra que estaba esperando fuera. Fue en vano. A pesar de que con la mano guiaba la carita del bebé hasta su pecho, la criatura lo rechazó vehementemente apartándose con las escasas fuerzas que le quedaban.

Scarlett miró apenada a Melly que se negaba a aceptar la evidencia de la dramática situación. Melissa se puso a llorar y Scarlet la volvió a calmar acariciándola ahora en sus flacas mejillas. Todas se estaban quedando delgadas.

―Yo me ocuparé de la niña – le dijo Scarlett levantándose con ella en brazos – no te preocupes Melly. Te mandaré a una de las hijas de Mamita para que te vele esta noche. Y te subirá un poco de caldo... tienes que comer.

Melissa se la quedó mirando con ojos desvaídos. En esos momentos confiaba ciegamente en Scarlett, ella era la única fuerte, la única capaz de resolver cualquier problema.

Scarlett abandonó la habitación de Melissa con la sensación de llevar sobre sus espaldas un peso que sería incapaz de sobrellevar. Todas confiaban en ella para que resolviera cualquier problema y ella no se veía con fuerzas, aunque paradójicamente esa necesidad que las demás tenían de que ella fuese la luz y la referencia a seguir le daba fuerzas de donde creía que no había posibilidad de extraer más: de su propio corazón.

Babsy la miró con miedo. La pobre esclava tenía las mejillas hinchadas tanto por los golpes como por el llanto que había vertido mientras esperaba fuera.

―Ven... vamos... acompáñame – le dijo Scarlett que le dio a la pequeña.

Babsy tomó a la pequeña en sus brazos y la estrechó contra su pecho. Scarlett vio el gesto de la esclava y se enterneció. No sabía si de la relación de ama y esclava de antaño quedaban rencores en Babsy hacia Melly, su hermana Honey o la madre de ambas Teodora, pero lo que sí tenía claro que la pobre mujer sufría viendo a la pequeña amita desvanecerse, consumirse en sus brazos.

―Mi ama...

―Dime...?

―Mi pequeña... Tesia... tengo que darle de comer...

Pobre Babsy, había desatendido a su hijita por cuidar de la hija de Melly. Cómo se le había ocurrido pensar que Babsy podía desear ningún mal a la pequeña.

―Voy a sentarme un rato en el porche... trae a tu pequeña aquí y le das de mamar... me harás compañía... y de paso mira si encuentras a alguna de las hijas de Mammie... necesito una esclava con urgencia y Prissy está con la señorita Sarah.

―Sí ama – respondió Babsy que partió con la pequeña de Melissa en brazos en busca de su hijita.

Cuando regresó lo hizo con Dothy, la hija pequeña de Mammie que tenía 10 años. La niña venía tras la falda de Babsy, miedosa y vergonzosa.

―Anda... el ama te necesita – le dijo Babsy empujándola con dificultad porque cargaba con los dos bebés, el suyo y el de Melissa.

Dothy se acercó temerosa hacia Scarlett que estaba sentada en un balancín. La niña carraspeó y atrajo la atención de su ama.

―Vaya... y tú quien eres? – preguntó Scarlett a la niña – no... espera... no me lo digas... tú tienes que ser la pequeña de Mamita... Dothy, no?

―Sí señorita Scarlett – respondió con un hilo de voz, totalmente atemorizada.

―Anda... acércate... descálzame que necesito un masaje en los pies... estoy molida – le ordenó con dulzura.

La pequeña se arrodilló a los pies de Scarlett y ésta los levantó ligeramente para que pudiera sacarle las botas. La pobre Dothy estaba muy nerviosa y le costó sacárselas. Tiraba con fuerza pero sin habilidad.

―Ten cuidado, estúpida... aún tengo el corte que me hice en el pie y me haces daño – le dijo con aspereza.

Dothy pensó que el mundo se hundía a su alrededor. Mammie las había educado en la más absoluta sumisión a las amas. Sus hijas habían mamado el servilismo y la devoción a sus dueñas junto a la leche que las alimentaba.

―Perdóneme señorita – comenzó a lloriquear la niña – no me azote, señorita... me esforzaré señorita...

―No te voy a azotar por eso, tonta... venga... prueba de nuevo... pero con cuidado. Tienes que coger la bota del talón y de la punta y mover hacia delante y hacia atrás, con cuidado, con movimientos lentos – la instruyó Scarlett que se había quedado sorprendida de la reacción de la niña.

Esta vez sí consiguió su objetivo y miró orgullosa y sonriente a la señorita, mostrándole las botas en sus manos. Scarlett le apoyó los pies en los muslos y sintió la carne tibia de la esclava en sus plantas, lo que la reconfortó. Luego volvió a levantar las piernas y le acercó los pies a la cara.

―Venga... ahora hazme un masaje... pero vigila con el corte que tengo en la planta de este pie – le dijo agitándolo delante de su nariz.

Dothy cogió con manos temblorosas los pies de Scarlett y como no podía utilizar las manos, ocupadas en sostenerle las piernas por los tobillos, comenzó a acariciarlos y masajearlos con sus mejillas, frotándose la cara contra las ardientes y olorosas plantas de los pies de Scarlett, quien nada más notar las suaves embestidas del rostro de la esclava en sus pies suspiró de placer.

Tenía los pies molidos, no había parado quieta en todo el día, y la herida que aún le producía dolor. Movió los dedos hacia arriba y hacia abajo y los separó y los cerró. A la luz de la tea que iluminaba el porche se fijó que tenía las uñas desesmaltadas. Hacía tiempo que ninguna esclava cuidaba de sus pies como antes y además había caminado más en los últimos tres días, dos de ellos casi descalza, que en toda su vida.

Antes de la guerra o montaba a caballo o se hacía llevar por dos esclavos en su silla de manos. Ahora tenía, además de un molesto corte en la planta, algunas ampollas en los pies que le dolían y se los afeaban.

A Dothy, que tenía que acariciarle los pies con la cara, le llegó el olor a sudor mezclado con el que desprendían las botas y Scarlett no se preocupó de que ese olor pudiera ofender a la esclava. De hecho a Dothy no la ofendía especialmente pues, como todas las esclavas, estaba acostumbrada a él.

Babsy se había sentado en el suelo, cerca del balancín en el que descansaba Scarlett y su pequeña Tesia mamaba con fruición de su pecho lleno de leche. Scarlett ladeó la cabeza ligeramente y contempló la tierna estampa.

―Dime una cosa Babsy... cuando escaparon los esclavos... porqué no lo hiciste tú también? Porqué te quedaste?

―Por lealtad, señorita Scarlett... por lealtad.

―Lealtad? Que bonita palabra. Lealtad a qué... a quién...?

―Lealtad a la señora Ellen, señorita. Ella no paró hasta que nos compró a la señora Wilkinson. Ella hizo que mi hija y yo nos reuniéramos con mi esposo, como una familia de verdad. Usted no sabe qué es vivir ocho años separada del marido. Mi Tom se jugaba cada dos por tres ser azotado por arriesgarse a venir a verme a mí y a la niña... porque la señora lo hizo azotar varias veces, aunque lo importante fue que ella intentó comprarnos desde que nuestros amos autorizaron nuestra boda. Por eso nos quedamos, por lealtad a la señora. Por puro agradecimiento. Porque yo hubiese muerto por la señora... y ahora lo haría por usted, porque usted es su hija y la que ha tomado el mando en Tara.

Scarlett se sintió emocionada ante aquella manifestación de gratitud de la esclava.

―Ocho años dices que mamá tardó en compraros?

―Sí señorita, en ese tiempo la señora Wilkinson y sus hijas se negaron siempre a vendernos.

―Porqué?

Babsy se encogió de hombros porque no podía decir que las Wilkinson eran sencillamente crueles, con Teodora Wilkinson a la cabeza y sus hijas, Melisa y Honey siguiendo los pasos de su madre.

―No lo sé señorita. Yo solo sé que varias veces al año la señora Ellen venía a la plantación con el objetivo de comprarnos a mí y mi hija pero la señora Wilkinson se negaba siempre. Cada vez que la señora Ellen abandonaba la plantación habiendo fracasado la señora Wilkinson me hacía azotar. Decía que era yo la que presionaba a la señora Ellen a través de Tom para que nos comprara... como si nosotros pudiésemos presionar de algún modo, señorita Scarlett – se lamentó Babsy – y lo que era peor, la señorita Honey y la señorita Melissa azotaban a Prissy. Ya sé que mi Prissy es tonta, es una esclava inútil, pero es mi hija, señorita, y no puede imaginarse el dolor que sentía viendo a las jóvenes señoritas azotarla hasta sangrar. Después de cada intento de la señora Ellen de comprarnos mi Prissy y yo vivíamos varios meses de infierno. Nos pegaban por nada, nos humillaban continuamente. Un día la señorita Honey defecó en el suelo de la cocina y mandó a Prissy que limpiara las cacas con la lengua. Mi Prissy se negó y la señorita Honey y la señorita Melissa la estuvieron pegando patadas hasta que la niña limpió el suelo con la lengua. Perdóneme señorita Scarlett por contarle estas cosas, pero son la verdad. Y por no faltar a la señorita Melissa que ahora vuelve a ser mi ama no le contaré más detalles, que los hay, de nuestra vida en casa de las Wilkinson.

Scarlett no daba crédito a lo que le contaba Babsy. ¡Melissa! ¡La dulce Melly! ¡Era increíble! Pero creyó a Babsy y agradeció que no siguiera contándole escabrosos detalles de lo que las habían hecho sufrir.

Dothy seguía acariciándole los pies con sus mejillas y eso hacía que se encontrara en la gloria. Tesia, la pequeña de Babsy, había dejado de mamar y ahora ocupaba su lugar en el pecho la hija de Melissa, aunque la pequeña no se agarraba al pezón. Babsy se limitaba a sostenerla cerca de él, a acercárselo y esperar a que se produjera el milagro.

―A Nelly y a Tesia las tuviste siendo ya esclava nuestra, verdad?

―Sí señorita Scarlett, ellas han tenido suerte, no como la pobre Prissy. Ya sé que a usted la saca de las casillas porque es tonta y torpe, pero ha sufrido mucho señorita Scarlett. Perdónela si a veces se comporta como una tonta. Yo sé que usted nunca la ha hecho azotar y quería agradecérselo, señorita.

―Bueno, alguna bofetada sí le he pegado últimamente...

―Las que usted considere, señorita, es usted el ama... como si quiere matarla a latigazos. Me dolerá porque soy su madre, pero lo entenderé porque usted es su dueña.

Scarlett se sonrió de escuchar la propuesta de Babsy de moler a palos a Prissy, algo que hacía ya días que tentaba a Scarlett.

―Cuantos añitos tiene tu Nelly, Babsy?

―Tiene tres años, y va para cuatro, señorita Scarlett.

―Igual que la señorita Sarah. He estado pensando que mi hija no tiene esclavas de su edad para jugar salvo tu hija. Que pensarías de que le regalara Nelly a mi hija? Ahora le serviría de distracción y cuando fuese más mayorcita a eso de los seis años podría empezar a servirla como doncella... al menos en cosas sencillas. Qué me dices?

Babsy no respondió. Sintió una punzada en su corazón. Ya había pasado antes por esto con Prissy al nacer, cuando la señora Teodora Wilkinson se la regaló a la señorita Honey. La señorita Honey debía tener en aquel momento un par de añitos y cuando Prissy fue destetada tuvo que separarse de ella para entregársela a su amita. Al principio todo fue bien pero a partir de que la señorita Honey cumplió los seis años comenzó el infierno de Prissy que no finalizó hasta que la señora Ellen las compró, a ella y a su hija.

Scarlett, viendo que Babsy no contestaba la miró y la vio como transtornada. Seguía sentada en el suelo, con el bebé de Melissa entre sus brazos y se balanceaba hacia delante y hacia atrás. A la luz de la luna y de la tea encendida, Scarlett, se fijó en el rostro aterrorizado de la esclava.

―Babsy...? Has oído lo que he dicho?

La esclava asintió pero siguió meciéndose sin hablar.

―Se diría que no te entusiasma la idea... pero a mí sí. Ya te comunicaré mi decisión en cuanto la tome... ahora tengo otros problemas en la cabeza y éste es uno más, aunque de menor relevancia que los otros.

Scarlett calló. Entendía el temor de la esclava pero eso a ella la traía sin cuidado. Era una consecuencia lógica que tomara aquella decisión. Seguramente, de tratarse de los buenos tiempos donde había montones de negritas recién nacidas o de la misma edad que su hija, dejaría en paz a Babsy.

Conociendo los antecedentes de su historia con sus antiguas amas, Scarlett, lo más probable es que decidiera coger a cualquier otra, pero no había más esclavas con el perfil adecuado para regalar a su hija por tanto Nelly tenía ya su futuro más que sellado.

Babsy, viendo que su ama aparcaba momentáneamente su decisión sobre su hijita se fue calmando y lentamente dejó de mecerse. Se estaba bien. La noche era serena y se escuchaban los grillos. Permanecieron un buen rato en silencio, mientras Dothy, a quien le dolían ya los brazos y los rodillas, seguía acariciando con su carita los pies de Scarlett.

Entonces, cuando Scarlett estaba a punto de retirarse, sobre todo porque veía que Dothy estaba muy cerca de sucumbir al esfuerzo que llevaba haciendo durante más de una hora, arrodillada en el duro suelo y sosteniendo sus piernas con las manos, tuvo lugar un hecho que llenó de alegría e ilusión tanto a Scarlet como a Babsy.

―¡Señorita... señorita...! – dijo en un susurro Babsy pero denotando gran excitación en la voz – ¡Mire... mire señorita...! – le dijo señalando con un movimiento de cabeza a la pequeña niña de Melisa.

Scarlett miró en la dirección señalada por la esclava y vio a la bebita arrimada al pecho de Babsy y succionando con extraordinaria energía.

―¡Está mamando señorita... la niña está mamando... y cómo mama la condenada... me va a arrancar el pezón! – dijo Babsy excitada.

―¡Esto es fantástico, Babsy... parece un milagro! – repuso Scarlett que pasó por alto el insolente comentario de la esclava a la hora de definir la manera de mamar de la niña, porque era evidente que lo había dicho como una muestra de alegría en el lenguaje propio de una esclava.

―¡Uy... perdone señora... no quería decir lo que he dicho... yo... yo me...!

―¡Está bien Babsy... haré como que no he oído el grosero comentario! ¡Estoy demasiado feliz como para castigarte... además quiero pensar que ha sido fruto de tu alegría, lo cual te honra...! – la tranquilizó Sacarlett que, para alivio de Dothy y al objeto de poder presenciar bien el evento, había bajado los pies al suelo y ahora miraba con ternura la linda estampa de la pequeña mancha blanca bombeando sin compasión el pecho de la negra esclava.

Scarlett decidió no retirarse a dormir. Tenía que ver si aquella reacción positiva de la pequeña de Melly iba a tener continuidad. Si así era se salvaría pero no quería decirle nada a su cuñada hasta cerciorarse de que la recuperación de su hija era ya un hecho incuestionable. Tampoco convenía que Babsy se moviera de donde estaba. Tenía que seguir en el sitio procurando no distraer el apetito de la amita.

Scarlett se quedó como estaba, sentada en la mecedora con los pies desnudos sobre el suelo. Babsy esgrimía una sonrisa enorme que escondía la tensión que había pasado hasta aquel momento y estaba rezando en silencio para que la pequeña amita siguiera comiendo. Tenía muy claro que si la pequeña se negaba a comer y moría, la señorita Melissa la culparía por ello.

Habían pasado cinco minutos. La bebita parecía que iba a saciar el hambre atrasada. Babsy se mecía ahora ligerísimamente, con el fin de ayudar a la pequeña tranquilizándola con el suave vaivén de su cuerpo, al menos siempre lo había hecho así.

Scarlett, que al principio no había notado nada debido a la excitación del momento, sintió frío en los pies. Miró a Dothy que también se había quedado observando a la pequeña amita y además parecía aliviada porque sus manos y sus brazos comenzaban a recuperar el tono muscular perdido después de pasarse más de una hora aguantando a pulso las piernas de Scarlett.

―¡Estírate, Dothy! – le ordenó suavemente.

La niña la miró sin entender la orden.

―¡Que te estires en el suelo! – le dijo ahora en un tono menos amigable al tiempo que le daba un cachete en la mejilla, sin demasiada fuerza.

Dothy entendió y se estiró en el suelo. Scarlett se sonrió y levantando las piernas le puso los pies en el vientre. La calidez del cuerpo de la negrita pronto alivió el frío acumulado en las plantas de sus pies y de esta manera Scarlett se dispuso a seguir las evoluciones de la pequeña de Melissa.

Finalmente la niñita, totalmente saciada, soltó el pezón de Babsy y con los ojos cerrados emitió una especie de sonrisa que hizo reír a ama y esclava.

Babsy se la colocó sobre el hombro, le golpeó ligeramente la espalda y tras unos golpecitos suaves la niña soltó un ruidosa eructo que volvió a provocar la carcajada de Scarlett y la sonrisa de alivio de Babsy.

―Hoy dormirás con la niña y con tu Tesia en mis aposentos. No quiero que esté Melissa cerca, en su estado sería contraproducente. Cuando crees que, si todo va bien, volverá a reclamar tu pecho?

―En unas cuatro o cinco horas, señorita Scarlett.

―Bien, pues vamos a dormir, aprovecharemos este tiempo para descansar. Quiero que cuando la amita te pida más comida me despiertes. Entendido?

―Sí ama – respondió ilusionada Babsy que en la vida había visto a nadie, salvo las madres esclavas, preocuparse tanto por un bebé, máximo cuando no era el suyo.

Dothy le llevó las botas hasta la habitación y Scarlett caminó descalza seguida de Babsy con sus pequeñas, la amita y su propia hija, una en cada brazo, dormiditas las dos.

―Dale mis botas a Prissy para que me las limpie – le dijo a Dothy – y puedes marcharte. ¡Babsy... coloca a la amita en la cuna que encontrarás en el cuartito acomódate con tu pequeña en el suelo, donde puedas. Aprovecha para dormir. ¡Prissy... mis botas... las quiero como espejos! – ordenó Scarlett mientras ella misma se desnudaba y se metía en la cama.

Prissy, que se había quedado dormida a los pies de la camita de la amita Sarah, que dormía felizmente, se desveló sacudiendo la cabeza y tomando las botas que le entregó Dothy se fue a sentar en un rincón para comenzar a lustrarlas. Estaban totalmente cubiertas de polvo y barro y le esperaba un duro trabajo.

Exactamente cuatro horas después Babsy despertaba con sumo cuidado a Scarlett.

―Señorita, perdóneme señorita... pero me dijo que la despertara si...

―Sí Babsy... ¿te pide más?

―Sí señorita... hace cinco minutos la oí lloriquear inquieta. La he cogido en brazos y se ha lanzado con la boquita abierta contra mi pecho. Tiene hambre.

Babsy se sentó en el suelo, justo al lado de donde dormía Prissy. Scarlett se sentó en la cama con las piernas fueras. Notó que hacía un poco de frío. Alargó una pierna y con la planta del pie pisó suavemente la cara de Prissy. La esclava se removió dormida y se zafó de la inesperada y desconocida presión que sentía sobre su mejilla. Scarlett insistió y esta vez le golpeó la chata nariz, presionándosela con la yema del dedo gordo hasta que Prissy abrió los ojos.

Babsy había encendido una débil luz y a su reflejo vio Prisy el pie de su ama que la pisaba. Se asustó y se incorporó de golpe. Puso en marcha su torpe cerebro para intentar averiguar qué ocurría, qué había hecho mal ¿Se había quedado dormida y ya era hora de despertar a su ama? No podía ser. Miró hacia el ventanal y vio que aún era de noche. Miró hacia la camita de la amita Sarah y la vio durmiendo plácidamente. Luego vio a su madre al lado. No entendía nada.

―¡Ponme un chal sobre los hombros... hace frío... y las zapatillas... pónmelas! – le dijo Scarlett sin darle ninguna explicación de lo que estaba sucediendo.

Prissy obedeció frotándose los ojos para despegarlos y bostezando porque estaba aún medio dormida. Cubrió los bonitos hombros de su ama y luego le puso las zapatillas.

Nadie le decía de qué iba todo aquello, así que se sentó en el suelo y se acurrucó en silencio mientras se frotaba los brazos y las piernas para hacerse pasar el frío que se estaba apoderando de sus músculos y sus huesos.

La pequeña de Melly volvió a saciarse con gran apetito, provocando la felicidad de Scarlett y el alivio de Babsy.

―Señorita... se ha dado cuenta de que la amita aún no tiene nombre? – comentó Babsy mientras la niña apuraba los últimos chupetones de leche y comenzaba a hacerle daño.

―Es verdad. Salimos con lo puesto para venir aquí y la señorita Melly acababa de tenerla. Imagino que la señorita Melly debe tener pensado un bonito nombre para ella. Lo cierto es que pensaba que no iba a hacer falta más que para su pequeña lápida, pero si todo sigue como esta noche tendremos que bautizarla – comentó llena de gozo Scarlett.

Antes de comunicarle a Melissa el milagro, Scarlett dejó que pasaran dos días más en los que la recuperación de la pequeña era ya evidente. Dada la debilidad de Melly y sobre todo su excitación ante el temor de perder a su hijita, Scarleet dio órdenes de que la sedaran y pasó los dos días prácticamente durmiendo.



***



Scarlett siguió trabajando en la finca, poniendo orden en aquel caos, sin descuidar la evolución de su sobrinita. Hizo que Marnie, la hija mayor de Mamita, la tuviera al corriente de cada una de las tomas. Cada vez que Babsy se sacaba el pecho y daba de mamar a la pequeña amita, Marnie tenía que correr y buscar a Scarlett por donde fuera para comunicarle la noticia.

Durante esos dos días, Scarlett comenzó a organizar a los negros. Puso a Samuel, a Sansón, a Pops y a Tom a recoger todo el algodón antes de que se echara a perder en las ramas. Tuvo que enfadarse y mucho con Pops y Tom, hasta llegó a amenazarlos con azotarlos ella misma. Para Tom y para Pops representaba una terrible humillación hacer trabajo de campo.

―¡Somos esclavos domésticos, ama... usted no puede hacernos trabajar como si fuéramos vulgares esclavos de campo...! – se quejó amargamente Pops cuando Scarlett se los llevó al campo de algodón para que trabajaran codo con codo con Samuel y Sansón.

―¡Cómo que no puedo haceros trabajar... pero qué te has pensado! ¡Yo soy el ama y si digo que trabajaréis recogiendo algodón es que trabajaréis recogiendo algodón! – contestó enfurecida Scarlett cuando ya estaban en medio del campo.

Sansón y Samuel tuvieron que contener y disimular la risa. Entre los esclavos del campo y los domésticos existían profundas diferencias. Los últimos se consideraban superiores a los primeros porque estaban cerca de los amos y aún cuando en muchas ocasiones sufrían más castigos que los que trabajaban en el campo ellos preferían mantener lo que pensaban era una posición más elevada.

Los esclavos domésticos alardeaban ante los del campo que en ocasiones los amos les dejaban comer de sus sobras y aquello era para ellos la diferencia más evidente de su posición junto con el hecho de que podían vestir mejores ropas.

―¡La señora Ellen nunca nos habría rebajado de esta manera, señorita Scarlett! – insistió Pops al que la perspectiva de verse rebajado a negro de campo le producía verdadero horror.

―¡La señora Ellen ya no está. Ahora la señora Scarlett es la que manda – le contestó Scarlett conteniéndose para no abofetear con su fusta el rostro de aquel atrevido – además, si la señora Ellen se encontrara en las circunstancias en que yo me hallo seguro que haría lo mismo que yo! ¡Además... no hay alternativa! ¿Qué quieres, que ponga a tus hijas a hacer el trabajo que te toca hacer a ti como macho?

―No, claro que no, señora Scarlett... pero seguro que Sansón y...

―¡Basta... a callar! – chilló Scarlett fuera de sí y levantando el brazo armado con la fusta – ¡si vuelves a abrir esa bocaza de negro llorón te azoto yo misma! – los preciosos ojos de Scarlett echaban chispas y estaba haciendo verdaderos esfuerzos por no golpearle con toda su alma en esa cara bobalicona – ¡Ahora no quiero oír una sola palabra! ¡A trabajar los cuatro! ¡Y al que vea que descansa un solo segundo le dejaré la espalda en carne viva a latigazos! – dijo cogiendo el látigo que usaban los mayorales para azotar a los negros y que se encontraba enrollado en el interior del carro.

Los cuatro negros se pusieron al trabajo al instante. Scarlett se sentó en el pescante del carro con el largo y terrible látigo desenrollado, dispuesta a vigilarlos y a cumplir su terrible amenaza.

Scarlett, cuando vio que los cuatro esclavos se metían de lleno en el trabajo condujo el carro hasta la sombra de una encina para protegerse de los inclementes rayos del sol. En el carro llevaba varios odres con agua que ella misma racionaría a los esclavos.

Aquello era un suplicio para Scarlett. A pesar de no trabajar, el hecho de tener que estar vigilando a los esclavos la ponía de mal humor. En la vida se había tenido que preocupar por si los esclavos trabajaban o no, ya había otros esclavos o capataces que se encargaban. A ella lo único que le interesaba eran sus vestidos, sus zapatos, sus fiestas, sus excursiones, sus reuniones con amigas, sus coqueteos con los hijos de los plantadores que la cercaban constantemente, cosa que a ella le agradaba.

Su única preocupación con los esclavos era que le tuvieran sus vestidos lavados y planchados, que le tuvieran sus botas y sus zapatos brillantes y relucientes, que su yegua estuviese perfectamente atendida y a punto para cuando la reclamara, que sus porteadores la esperasen en lugar de esperarlos ella a ellos, que las doncellas no tardaran nada en cumplir sus órdenes.

Además, no había tenido nunca necesidad de castigar a sus esclavas y esclavos. Alguna bofetada, reñirlos y amenazarlos con atroces castigos le habían bastado para imponer su capricho.

Y ahora ahí estaba, protegida del sol, con un látigo en la mano, tan grande que se veía incapaz de azotar a nadie sin hacerse daño ella misma en caso de que se viera obligada a usarlo, vigilando a cuatro negros estúpidos para que recogieran una cosecha que no podía permitirse el lujo de perder.

Cuando se cansó de permanecer allí como una vulgar capataz decidió que los esclavos trabajasen solos. Se le antojó un buen sistema para tenerlos motivados y temerosos.

―¡Venid aquí... acercaros...! – los llamó – ¡Sansón...! dónde se guardan los grillos de los esclavos?

―En la cabaña del capataz, señorita ama – respondió el enorme negro.

―Pues acércate y trae grilletes para cuatro – le ordenó.

El enorme negro asintió con una reverencia – los negros del campo no estaban acostumbrados a la cercanía de los amos y menos de una señorita ama. Corrió con toda la potencia de sus enormes piernas y en menos de dos minutos regresaba con cuatro pesado juegos de cadenas y grillos que manejó como si fuesen de papel en lugar de pesado hierro.

―¡Engrilla a tus compañeros y luego hiérrate tu mismo!

Tom y Pops se miraron aterrados. Aquello era el colmo de la infamia y la humillación para un esclavo doméstico. Scarlet los miró y tuvo que contenerse las ganas de reír para no aumentar el escarnio de los pobrecillos negros.

―¡Dame la llave Sansón!

El gigantón le tendió la gruesa y pesada llave de hierro que abría los candados que cerraban los grilletes y ella la arrojó al fondo de la carreta. Luego les dio agua de los odres y finalmente les habló con claridad haciéndoles la siguiente advertencia... mejor dicho la siguiente amenaza:

―¡Os dejaré solos... sin vigilancia. Por eso os he hecho engrillar. No tengo un capataz que os vigile y yo no puedo perder el tiempo en vigilaros. Sé que no escaparéis porque lleváis pesados herrajes pero además alguno tiene a su familia en la casa grande, verdad Pops? – le dijo en tono amenazante – pero no puedo estar aquí haciendo que recojáis el algodón, por eso al anochecer regresaréis y me mostrará cada uno su cosecha. Este campo da para cien balas de algodón. Si traéis al menos para doce balas no pasará nada pero si traéis menos azotaré al que haya cosechado menos!

Los dos negros domésticos se estremecieron. No sabían si serían capaces de cumplir con lo exigido por la señorita. Scarlett marchó contenta por su decisión y porque sabía que podía estar tranquila.

Los dos gigantones no escaparían porque no sabrían a donde ir. Habían nacido en la plantación y de pequeños habían vivido casi a los pies de Ellen hasta que ésta, cuando crecieron y vio su formidable estatura decidió que estarían más aprovechados en el campo que cortando leña o transportando las literas de manos de sus hijas.

A Pops y Tom los sabía fieles pero por si acaso les había recordado que si se les ocurría escaparse dejaban a sus familias a su merced. De lo que no estaba demasiado segura era de su exigencia de la cosecha que debían presentar.

Antes, teniendo a más de cien negros recogiendo algodón se tardaba un día entero en cosecharlo saliendo más o menos a una bala de algodón recogida por esclavo.

Ahora eran cuatro y con la misma exigencia tardarían una eternidad en terminar con el consiguiente peligro de que buena parte de la cosecha se perdiera en las ramas, así que había triplicado la exigencia de cosecha. No tenía ni idea si los esclavos podrían cumplir con ella. A la noche lo vería.

Scarlett tenía que estar en todos los sitios. Ahora el trabajo en el campo de algodón no iba a requerir su presencia por lo que podría dedicarse a otros problemas.

Sus hermanas se habían convertido de repente en un problema. Desde que decidiera que la mejor medicina era el sol y el aire libre, unido a que desde que tomara las riendas de la plantación podían comer con cierta decencia, lo cierto es que en pocos días se habían recuperado mucho, su aspecto era cada día más saludable.

Bajó del carro y entró en la casa. En el salón se enfrentó al primer problema. Suzanne y Carren tenían a todas las esclavas de la casa reunidas en el salón y al parecer se estaban enfrentando con Mamita.

―La señorita Scarlett es ahora el ama de todo y me ha dicho por la mañana que todas las esclavas domésticas tenían que trabajar para arreglar la casa... Señorita Suzanne, sea usted comprensiva...

―¡Necesitamos tener una esclava cada una... me importa un bledo lo que te haya dicho Scarlett, haz el favor de decirles a dos de tus hijas que vengan con nosotras! – oyó Scarlett que decía su hermana.

Mamita vio entrar a Scarlett y corrió hacia ella moviendo los brazos y lanzando patéticos gemidos.

―¡Ay señorita Scarlett... dígaselo usted señorita, las amitas no me creen...!

―¡Vaya, veo que por fin te dignas aparecer! – le dijo Suzanne en su habitual y sarcástico tono, recuperado tras su milagrosa convalecencia – ¡Esta maldita negra parece que se le han subido los humos. Parece que sólo va a obedecerte a ti. Si no me encontrara tan débil yo misma la hubiese azotado, espero que sepas ponerla en su sitio... y haz el favor de disponer que dos de las hijas de Mammie nos sirvan. Hemos perdido a nuestras esclavas personales y necesitamos tener al menos una cada una!

―Lo siento Suzanne... nos hemos quedado sin prácticamente esclavos y la casa, toda la plantación está medio en ruinas. Los rebeldes y los negros que con ellos huyeron arrancaron cercas, destruyeron pastos, nos robaron casi todo el ganado y destrozaron la casa. Hay que dejar la casa, los jardines, los establos, las cuadras... todo... como estaba antes y necesitamos todas las manos, todas las esclavas.

―¿Y no hay esclavos macho para hacer estas cosas? – intervino afectada Carreen.

―¡Cuatro. Sólo hay cuatro y dos son Tom y Pops, y los tengo engrillados recogiendo el algodón para que no se heche a perder y poder venderlo para sacar algo de dinero! Estamos al borde de la ruina, mis niñas, y ahora tendremos que prescindir de algunos lujos. Ya llegarán tiempos en que volveréis a tener a vuestras esclavas para vosotras y podréis holgar, pasear, leer, montar a caballo o hacer lo que os dé la gana... pero ahora no. Ahora es tiempo de ayudar. Había pensado que vosotras dos podríais colaborar en la recuperación del jardín y de la casa...

―¿Cómo? ¿Qué insinúas? ¿Trabajar nosotras?

Scarlett sabía que sus hermanas no se dejarían convencer. ¡Al menos que no molesten!, pensó.

―¡Bueno... no he querido decir que tengáis que trabajar... podríais encargaros de hacer trabajar a un grupo de esclavas cada una! ¡Cuando se terminen los trabajos, al caer el sol os prometo que cada una tendrá una esclava para ella solita, que la servirá hasta el día siguiente después del desayuno! ¿Qué os parece el trato?

Carren y Suzanne no eran tan tontas como se lo hacían ver a Scarlett. Hicieron algunos ascos y algunos aspavientos y simularon aceptar con resignación para que se viera su buena voluntad.

Scarlett puso a María, la cocinera, y a Marnie y a Popsy, las hijas mayores de Mamita, bajo la vigilancia y control de Suzanne y a la propia Mamie y a sus hijas Tiddy y Dothy bajo la de Carren. A Suzanne le asignó la casa y la cocina y a Carreen el jardín.

―¡Quéeeee...! ¿sólo tres esclavas?

―¡Pero qué os pensáis! ¡Babsy tiene que amamantar a dos criaturas y encargarse de Melly que está aún convalenciente, Prissy cuida de Sarita y los machos los tengo en el campo. No hay nadie más! Sé que son pocas manos para tanto trabajo por eso vuestra misión es muy importante – les dijo para halagar su vanidad – consiste en hacer que trabajen hasta perder el resuello para poder recuperar más pronto que tarde el esplendor que antaño tenía Tara.

―Y tú... qué harás tú mientras tanto? – la interrogó Carreen.

―Controlarlo todo... incluso a vosotras – dijo enojada – y buscar la manera de encontrar dinero. Teníamos almacenados 150.000 dólares en algodón que los malditos negros traidores quemaron antes de escapar. Tenemos provisiones para un par de meses, hemos de comprar semillas... necesitamos dinero... mucho dinero para pagar los impuestos y la reconstrucción de Tara y hemos de conseguir alimentos para un año y poder subsistir hasta que la nueva cosecha de su fruto. Quieres ocuparte tú de mi parte de trabajo y yo me encargo de la tuya? Te juro que te la cambio ahora mismo. Te aseguro que preferiría pasarme el día con un látigo en la mano haciendo trabajar a tres estúpidas negras antes que enfrentarme a las responsabilidades que me esperan.

Carreen no replicó. Era evidente que ella no quería cambiar su responsabilidad por la de su hermana mayor. Suzanne tampoco rechistó.

Catherine Scarlett reunió a las seis esclavas que quedaban disponibles y les comunicó que a partir de aquel momento quedaban repartidas bajo el mando de sus hermanas.

Mamita fue la única que protestó. ¡Cómo podía ser que una negra de confianza como ella cuya misión debía ser permanecer al lado de Scarlett, dirigiendo a otras esclavas, se viera bajo el control de una muchacha caprichosa, armada de látigo, ordenándole sus trabajos! ¡Qué había de saber aquella mocita de qué había que hacer para reconstruír la hacienda si hasta aquel día su máxima y única preocupación en esta vida había sido holgar bien y comer mejor!

―Pero señorita Scarlett, yo debería estar a su lado...

―¡Cállate Mamita! ¡No me lo pongas más difícil, por favor! ¡Obedece a la señorita Carren en todo lo que te mande y todo irá bien! ¡Ahora esperad fuera, tengo que acabar de hablar con las señoritas!

Carreen y Suzanne miraron con arrogancia a las esclavas que se habían quedado petrificadas después de oír las órdenes y disposiciones de Scarlett, sobre todo María y Mammie, aunque esta última era la que había mostrado abiertamente su gran decepción.

―Escuchadme bien... por favor – comenzó Scarlett intentando evitar herir la vanidad de sus hermanas – no tenemos más que estas esclavas más los cuatro machos del campo. Hay mucho trabajo por hacer, muchísimo, y van a hacerlo ellas...

―Naturalmente que sí... no vamos a trabajar nosotras – la interrumpió Suzanne.

―Precisamente por eso. Si queremos que ellas puedan hacer todo el trabajo por nosotras debemos evitar darles azotes si no es rigurosamente imprescindible. Lo ideal sería que el látigo que llevéis no sea más que un instrumento intimidatorio y no de castigo.

―Pues yo sólo conozco una manera para hacer que las perezosas negras trabajen, y es a base de latigazos – fue Carreen quien habló y Suzanne asintió enérgicamente con un repetido movimiento afirmativo de cabeza para dar apoyo a lo dicho por su hermana.

―Lo sé, y tendríais razón si estuviéramos como antes de la guerra, pero ahora dependemos de dos negras cansadas y cuatro débiles niñas, si las moléis a latigazos no nos serán de gran ayuda. Amenazadlas, si es necesario golpeadlas con el látigo pero procurad no hacerles profundos cortes, sólo algún golpe estimulante... si es que no queréis poneros vosotras a hacer su trabajo...

Suzanne y Carreen parecieron entender el sentido de los consejos de su hermana mayor en quien comenzaban a confiar porque les demostraba que tenía las ideas claras.

―Y otra cosa... te lo digo a ti especialmente, Carreen... Mamita... ya la conoces, ella no se siente una esclava. Procura no humillarla... sería capaz de agredirte y me vería obligada a matarla... y no podemos permitirnos el lujo de prescindir de ella. Mamita, si la sabes llevar es un verdadero mulo de carga.

―Está bien... pero tú procura encontrar dinero... necesitamos urgentemente más esclavos – le contestó Suzanne en nombre de las dos.

―Ya os he dicho que mi misión es conseguir dinero. Los rebeldes han hecho mucho daño en las plantaciones del sur, como la nuestra. El bloqueo no permite que lleguen barcos cargados con nuevos esclavos por lo que los pocos que hay no están en venta y si lo están lo son a precios desorbitados. Aunque ahora consiguiera dinero, que por otra parte no sé cómo, me resultaría difícil conseguir nuevos esclavos, por tanto hemos de apañarnos con los que se han quedado voluntariamente. Hagamos que nos duren y una manera es evitarles penosos castigos, sobre todo si estos son impuestos por capricho.

Carren y Suzanne no replicaron. Estaba muy claro que aquel sermón iba claramente dirigido a ellas, que antes de la guerra solían comportarse con las esclavas de manera caprichosa y cruel.

Carreen y Suzanne se retiraron a sus habitaciones y minutos después regresaban con sus látigos y llevando en la mano sus botas de montar. Salieron al pórtico, se sentaron en las escaleras principales y llamaron a dos de las hijas de Mammie para que les calzaran las botas.

Scarlett las contempló desde el salón, mientras rezaba a no se sabe bien qué Dios suplicándole que sus hermanas hubieran entendido bien lo precaria que era su situación y supieran comportarse con responsabilidad.

Una vez en marcha las dos cuadrillas de esclavas bajo las órdenes de sus hermanas, Scarlett subió a sus aposentos. Allí estaba Prissy que distraía a las dos pequeñas, Sarah y Nelly y Babsy que volvía dar de comer a la hija de Melissa.

―Sigue comiendo la pequeña amita, Babsy?

―Sí mi señora... parece un milagro. Y cada vez come con más apetito.

Ya llevaba tres días de comidas regulares y en el frágil aspecto de la niña se notaba mucho aquel cambio. Scarlett se sentó en el borde de su cama.

―Estoy organizando el trabajo de todo el mundo, Babsy y he tomado ya una decisión respecto a ti y tus hijas. Sé que no te va a gustar pero es mi decisión... y es inapelable. Seguirás como ama de cría de la amita... que por cierto aún no tiene nombre... y serás la esclava personal de la señorita Melly. El tiempo que te quede podrás dedicarlo a criar a la pequeña Tesia, que además será el regalo de bautizo de la amita.

»También voy a quitarte a Nelly. Sólo sería un estorbo. Desde este momento tu hija pasa a ser esclava de mi hija, la señorita Sarah. La semana que viene es su cuarto cumpleaños y creo que tu hija será un buen regalo. Lógicamente ahora sólo será algo así como un animal de compañía. Más adelante será su doncella. Prissy, que es mayor, se ocupará mientras tanto de servir a mi hija y también vigilará a la tuya, no en vano es su hermana. Como es un poco corta le doy un trabajo fácil. Para no agobiarla yo me cogeré a Marnie, la hija mayor de Mamita... – Scarlett vio que Babsy estaba a punto de llorar y decidió hacer un poco más liviana su carga – ...y a la señorita Melly, y para que tú puedas dedicarte más a las pequeñas, le daré a Popsy, aunque Marnie y Popsy sólo podrán hacer de doncellas por la noche pues necesito todas las manos disponibles en Tara para llevar a cabo su reconstrucción. Te ha quedado claro, Babsy?

―Sí señora ama.

―Pues coge a Tesia y a la señorita y vamos a ver a mi cuñada.

Scarlett entró en la habitación de Melissa y ésta estaba despierta. Vio a Babsy con su hijita detrás de Scarlett y frunció los labios, temerosa de que se la trajeran muerta. A pesar de haber pasado dos días en estado de semi inconsciencia, la mente y el alma de Melissa no habían dejado de torturarse pensando en que su pequeña iba a morir.

―¡Melly, querida... tenemos una gran sorpresa que te va a llenar de alegría. Mira a tu hijita – le dijo apartándose un poco tras sentarse a su lado en la cama para que pudiera ver a la niña que estaba dormidita en los brazos de la negra – lleva ya tres días comiendo... y lo ha conseguido Babsy. Se ha dedicado en cuerpo y alma a hacer que tu niñita aceptara la leche que al principio rechazaba.

Melissa abrió los ojos y una enorme sonrisa iluminó su demacrado rostro. Con gran esfuerzo se incorporó un poco y con los brazos abiertos pidió tener a su niña. Scarlett le hizo una seña a Babsy y ésta se acercó para depositar el durmiente cuerpecito del bebé en los brazos de la que volvía a ser su ama.

A pesar de que Scarlett no era devota de su cuñada, la tierna escena la conmovió tanto que a punto estuvo de verter una lagrimita.

―¡Bueno...! – intervino Scarlett – has pensado ya en un nombre para esta hermosa criatura?

―¡Sí, la llamaré Catherine... en tu honor! ¡Cathy... Cathy... Cathy... – repitió el nombre varias veces mientras acercaba sus labios a la dormida carita de su hija!

―Fantástico. No sé si podremos hacer una ceremonia de bautizo como es debido, pero yo, que soy su madrina voy a hacerle a Catherine Wilkinson su primer regalo. ¡Babsy! – ordenó secamente Scarlett.

Babsy, con todo el dolor de su corazón depositó a Tesia, que estaba despierta, sobre la cama de Melissa.

―Es Tesia... la hija de Babsy... ella es el regalo para Cathy, ¿no es perfecto? Tendrá su propia esclava de nacimiento.

Melissa miró con los ojos bañados en lágrimas a su cuñada. Luego miró a su hijita, miró a la pequeña e inmóvil Tesia y luego a Babsy. La negra lloraba en silencio y aquello aún reconfortó más a Melly.



***



Pasaron los días, las semanas. Tara se iba reconstruyendo muy lentamente. Scarlett se sintió aliviada cuando vio que no iba a ser necesario azotar a ninguno de los negros que recogían el algodón.

Estaba convencida de que Sansón y Samuel habían hecho la mayor parte del trabajo, pero quien lo hiciera en aquel momento la tenía sin cuidado. Lo importante era que el algodón estaba recogido y almacenado en balas a cubierto en uno de los vacíos pabellones de los esclavos.

Pops y Tom habían quedado heridos en su orgullo de esclavos dométicos pero respiraron aliviados cuando Scarlett comprobó las cosechas y les dijo que no iba a azotar a nadie.

Como que aún faltaba tiempo para plantar las semillas de las que aún no disponía puso a los cuatro negros a limpiar el campo de malas hierbas y después a ayudar a las cuadrillas que dirigían sus hermanas a reparar los cercados, los ahumaderos, los establos y el jardín.

Scarlett se pasaba el día controlándolo todo. Estaba en el campo, estaba en los ahumaderos, en el jardín, en el huerto, en la casa, en la cocina. Mandaba remendar cortinas, reparar muebles, pulir suelos. Controlaba la despensa. Visitaba a Melly que cada día se encontraba más recuperada. También dedicaba el tiempo que sus ocupaciones le permitían a estar con Sarita.

No paraba un momento en todo el día, a todo eso había que añadir la preocupación que le generaba la falta de dinero y la merma diaria de la despensa.

Tuvo varios encontronazos con Carreen y Suzanne por su extrema facilidad en descargar el látigo en las espaldas de las esclavas de sus cuadrillas. No quería desautorizar a sus hermanas delante de las esclavas por lo que esperaba a estar a solas con ellas para reprenderlas.

Normalmente no las veía azotar a las esclavas porque lo hacían cuando ella no estaba presente pero después era fácil adivinar lo que habían hecho viendo las cicatrices sangrantes de las esclavas.

Solía obtener el compromiso de sus hermanas de comedirse en el uso del látigo pero raro era el día en que no viese a alguna esclava andar con dificultad, síntoma evidente de que le habían dejado profundas señales de látigo en la espalda.

Tuvo que soportar las amargas quejas de Mamita porque Carreen no la respetaba. Incluso en más de una ocasión la había golpeado.

―¡Trabaja más rápido, negra perezosa... holgazana! – le decía Carreen y a Mamita aquello la humillaba en lo más profundo de su corazón!

―¡Carreen... por favor... Mamita ha sido tu ama de cría... ella te ha dado el alimento de su pecho mientras eras pequeña... no puedes tratarla así! – le había dicho en más de una ocasión.

―¡Es una esclava como las demás y debe obedecerme! – le había respondido Carreen altiva y arrogante.

―¡Pero no se azota a quien te ha dado el pecho! ¿Es que no puedes respetar eso? – zanjaba Scarlett la discusión.

Uno de los problemas más acuciantes que se le presentó a Scarlett y la llevó a tomar decisiones impensables en tiempos de abundancia y que provocó la ira y el enojo de sus hermanas, incluso de Melly, fue el tema de la comida.

Los esclavos seguían alimentándose de raíces y bulbos hervidos mezclados con batata en el mejor de los casos y ella, sus hermanas y Melissa comían alimentos sólidos. No podía compararse la mesa de ahora con la de antes de la guerra en que había gran abundancia de deliciosos manjares, pero las señoritas podían comer pollo, cerdo, huevos, alubias, pan y algunas frutas.

Las pobres esclavas trabajaban como burras, como animales de carga bajo la despótica vigilancia de Carreen y Suzanne durante todo el día y a la hora de las tres comidas se tenían que lavar, ponerse sus raídos uniformes de criada y servir a la mesa a las amas.

Si antes de la guerra las esclavas que servían a los amos en la mesa destilaban envidia y deseo viendo los deliciosos manjares que tenían que servirles y que sólo cataban si alguno de ellos se dignaba dejarles las sobras de sus platos, ahora lo que Scarlett leía en los rostros de las famélicas y agotadas esclavas no era ya envidia o deseo, ahora veía desesperación, porque además ahora en los platos que retiraban al final de las comidas no había ni siquiera las migas.

A Scarlett no la movía la compasión. Las negras eran sus esclavas y comían comida de esclavas. Ellas eran las amas y comían lo mejor. Ya está. No había tema de discusión, ni siquiera le suponía un mero problema de conciencia. Lo que a Scarlett le asustaba era que en cualquier momento, las escasas esclavas de que disponían enfermaran de debilidad y desnutrición.

En realidad ocho esclavos, dos hembras adultas, cuatro niñas débiles y cuatro machos adultos hacían el trabajo que antes hacían casi ciento cincuenta esclavos. Ahora la cuota de trabajo por esclavo superaba con creces la capacidad humana de resistencia, máxime cuando su alimentación era deficitaria en todo.

Además, las hijas de Mamita, después de una agotadora jornada de trabajo en la que habían trabajado en todo lo que se les había ordenado y habían hecho de doncellas en las comidas, tenían que dedicarse a atender a sus respectivas amas.

Scarlett sólo exigía de Marnie, su esclava, que la bañara, la desnudara, le hiciera un masaje en sus cansados pies y que le tuviera las botas abrillantadas para el día siguiente, pero sus hermanas seguían viviendo ancladas en el pasado. Para ellas la guerra no era más que un molesto paréntesis que las privaba de algunos lujos y en cualquier caso las traía sin cuidado que sus esclavas reventaran a causa de sus caprichos.

En los noches muy calurosas Carreen tenía por costumbre que Dothy pasara horas y horas abanicándola cuando se metía en la cama. Si se despertaba a media noche y veía que Dothy se había tirado al suelo, agotada, derrengada, para dormir unas pocas horas antes de volver a levantarse y comenzar una nueva y agotadora jornada, Carren no dudaba en despertarla tirándole sus zapatillas a la cara y le ordenaba que siguiera aventándola, y si ya no hacía calor le ordenaba que le acariciara los pies hasta que volviera a dormirse.

Además Carreen hacía que su esclava se levantara al alba para remendarle sus vestidos o abrillantarle sus botas y sus zapatos. Suzanne hacía algo parecido con Tiddy con el agravante que la buena de Tiddy tenía el don de sacar a Suzanne de sus casillas y ésta no dudaba en castigarla toda la noche a permanecer arrodillada haciéndole una vigilia, castigo muy común y habitual antes de la guerra que llevaba a las esclavas que lo padecían a una auténtica crisis nerviosa que las destrozaba totalmente.

El resultado era evidente. Dothy y Tiddy había muchos días que parecían muertos vivientes por lo que luego sufrían los estimulantes latigazos de sus amas durante la dura jornada diaria de trabajo en la casa o en el jardín.

Scarlett contemplaba con preocupación como sus fuerzas de trabajo, las únicas con que contaba iban desmejorando cada día que pasaba y temió que finalmente cayeran agotadas y entonces preferirían morir, aunque fuese a latigazos, que seguir viviendo de aquella horrible manera.

Scarlett entonces tomó una decisión que le granjeó el enojo de sus hermanas y hasta de Melly: decidió que las esclavas y los esclavos comieran, en menor medida, también de los alimentos que se reservaban para ellas.

―¡Esto es inaudito! – bramó Suzanne cuando Scarlett les contó la decisión que acababa de tomar y que, según les avanzó, era irrevocable por meditada – ¡Las esclavas comiéndose nuestros alimentos, comiendo lo mismo que nosotras! ¡Pero a dónde vamos a llegar!

El coro se extendió al instante como un reguero de pólvora. Carreen y Melly apoyaron las quejas de Suzanne y ante la atónita mirada de las esclavas, Scarlett dio un puñetazo en la mesa.

―¡Basta! ¡He dicho que los esclavos comerán lo mismo que nosotras y no quiero oír ni una sola queja! ¡Ahora yo dirijo Tara, y si alguien no está de acuerdo es libre de marcharse!

Aunque las caras de sus hermanas y de Melly indicaban a todas luces que abominaban de aquella irracional decisión, la aceptaron porque sabían que sin Scarlett se morirían de hambre.

Todos los esclavos y esclavas de Tara que quedaban elevaron a Scarlett al altar de una diosa venerada. Gracias a la decisión de Scarlett los esclavos pudieron sobrevivir y pudo aumentar más su ritmo, ya de por sí infernal, de trabajo.

Sólo había un problema. Si antes la despensa tenía alimentos para un mes ahora, con la participación de diez bocas más se reduciría a una semana.

Scarlett tenía que hacer algo y no sabía qué. La reconstrucción iba viento en popa pero no tenían dinero. Necesitaban comida y más esclavos y eso, además de ser difícil de conseguir, valia mucho dinero, un dinero que no tenían.

Pero Dios demostró estar de parte de Scarlett. Iba a premiar su tesón y su lucha en forma de divina providencia.

Una tarde en que Scarlett había mandado a Carreen y Suzanne con las seis negras a las marismas a buscar dos cochinillos que se habían escapado y que sabían estaban en aquella zona, ocurrió un hecho que a punto estuvo de acabar con la vida de Scarlett pero que a la postre supuso la definitiva salvación de Tara.

Scarlett se encontraba sóla en su habitación. Las niñas, Sarita y su esclava, estaban jugando distraídas en el suelo de la habitación. Prissy se limitaba a vigilarlas, sentada en un rincón y Scarlett se había sentado en su sillón para descansar y estar cerca de Sarah.

―Te aburres, verdad Prissy? – le preguntó a la muchacha.

―Oh, no... no ama... estoy muy atenta a las niñas... que no tomen daño... – dijo temerosa de que le pusiera trabajo, como así fue.

―¡Ya...! ¡Pues sácame las botas y me las lustras mientras vigilas a tu amita!

―Claro ama, desde luego – contestó aliviada pues el trabajo la permitiría seguir sentada en el rincón.

Prissy se acercó a Scarlett y la descalzó las botas, no sin grandes esfuerzos porque Scarlett había pasado muchas horas de pie y andando de aquí para allá y se le habían hinchado un poco los pies. Cuando los pies de Scarlett recibieron el aire cálido se sintió aliviada. Mandó a Prissy que le pusiera un almohadón en el suelo para estirar las piernas y tener los pies apoyados.

Scarlett recordó los buenos tiempos, cuando si quería descansar los pies se hacía poner a uno de los numerosos chiquillos de la plantación estirado en el suelo. Ahora tenía que usar un almohadón, señal de que eran malos tiempos.

Prissy se volvió a su rincón y se puso a limpiarle las botas, en tanto que Scarlett cerró los ojos e intentó descansar mientras daba vueltas a su principal preocupación: encontrar dinero.

El sonido de los cascos de un podenco pisando la enarenada entrada del patio principal la despertó de sus pensamientos. Se levantó descalza y se acercó a la ventana. ¡Dios mío... un rebelde! Miró hacia la avenida esperando ver una nube de polvo levantándose correspondiente al resto de jinetes que debían seguir a aquel soldado. Pero no vio nada.

Volvió a mirar al soldado rebelde que ahora había desmontado del jaco y avanzaba lentamente hacia el pórtico de entrada. Scarlett sufrió un ataque de miedo repentino cuando se dio cuenta de que en la casa sólo estaban ella y Melly para hacer frente a una incursión. Incluso un solo soldado era un gran peligro para dos mujeres solas.

Caminó descalza, sin hacer ruido y abrio la puerta. Se giró hacia Prissy y le susurró que si se movía de donde estaba le cortaría las orejas. No quiso darle más información porque la muy boba se asustaría y podría echarlo todo a perder.

Pasó por delante de la habitación de Melissa y no escuchó ningún ruido. Debía estar haciendo la siesta. Se detuvo cuando escuchó el sonido de los pasos del soldado caminando por el salón. Escuchó cómo se alejaban, debía ir hacia la cocina, luego volvían a acercarse y de nuevo se alejaban. Estaba recorriendo las distintas estancias de la planta principal.

Scarlett sintió un escalofrío de terror recorrer su espalda. ¿Qué podía hacer? Se quedó paralizada, con la mente en blanco, sin saber cómo debía reaccionar. Entonces recordó que Melly conservaba los dos revólveres y el cinturón de balas de Leslie, que se lo habían entregado junto con su sable después de muerto.

Abrió la puerta de la habitación de Melly y entró sin hacer ruido. Encontró a Babsy arrodillada en el suelo, sollozando, a los pies de la cama donde dormitaba Melly. Posiblemente ésta la había castigado. Las niñitas dormían, Cathy en la cunita y Tesia en el suelo, a los pies de la cuna de su amita.

Scarlett le hizo señas a Babsy de que se le acercara. Babsy le hizo un gesto negativo con la cabeza e intentó transmitirle con los ojos la imposibilidad de obedecerla.

―¡Ven! – exclamó en un susurro tenso Scarlett.

La esclava dudó un momento pero finalmente, con dificultad, se levantó y se acercó, frotándose las entumecidas rodillas.

―Señora Scarlett, el ama Melissa me ha castigado... si despierta y no me ve de rodillas me lo hará pagar – le dijo a modo de súplica.

―¿Dónde guarda tu ama las armas de su difunto marido? – le preguntó directamente Scarlett obviando los justificados temores de la esclava.

―En la mesilla de noche, mi señora.

―Anda... tráeme un revólver... sin hacer ruido.

Babsy obedeció. Se desplazó descalza, en silencio, abrió el cajón de la mesita y extrajo un revolver de gran calibre.

«Dios, necesito balas» pensó Scarlett. Cuando iba a pedírselas a Babsy ésta le entregó la pistola y con la otra mano le puso en la suya un puñado de proyectiles. Scarlett sabía manejar un arma porque era aficionada a la caza. Sonrió débilmente a Babsy y salió.

―Sigue con tu castigo – le dijo en un susurro antes de cerrar la puerta e intentando emular una sonrisa para calmar a la esclava.

Scarlett descendió por las escaleras, lentamente. Escuchó remover de cajones y nuevas pisadas. El soldado estaba buscando dinero, eso estaba claro, o joyas. Sólo conservaba las de su madre que se había negado a vender y que sólo vendería en caso de extrema necesidad. Entonces supuso que si había entrado en el despachito de Ellen ya debería tenerlas en su poder.

Scarlett siguió descendiendo escalones lentamente, mirando de poner firmemente sus pies descalzos en cada peldaño. Pero un inesperado crujido de la madera sonó de repente como un trueno en el salón.

―¿¡Quien anda ahí!? – gritó el soldado girándose de golpe y esgrimiendo un arma.

Estaba nervioso. Scarlett sabía que estaba ya descubierta y quizás perdida. Escondió la mano que sostenía el revólver tras la espalda y terminó de bajar unos cuanto peldaños. Entonces el soldado la vio. Aunque Scarlett había adelgazado bastante seguía siendo una mujer bella, muy bella, con unos increíbles ojos verdes y su largo cabello oscuro que le caía sobre la espalda formando ligeros rizos que contrastaban con el blanco de su piel y del camisón que llevaba puesto para estar más cómoda.

―¡Vaya, vaya... buenas tardes, señorita... ¿sola... verdad?

Scarlett lo miró firmemente. Tenía un miedo atroz pero algo en su interior le daba fuerzas. Con lo que había luchado por Tara no iba vender barata su defensa. La muerte la asustaba pero en aquellos momentos no sentía pánico. Miedo sí, pero no pánico. El miedo era bueno, te ayudaba a ser prudente, el pánico no te dejaba pensar. Así que pensó.

―Mis esclavos volverán de un momento a otro – optó por decir.

―Se refiere a esa cuadrilla de niñas que andan por las marismas, señorita?

¡Maldición... su visita no era casual, debía haber estado esperando que la casa quedara desprotegida! Porqué no estarían allí Sansón y Samuel? Ellos la adoraban y darían la vida por protegerla.

―Acérquese, señorita... por favor – le pidió esgrimiendo el revolver y moviéndolo en un gesto de fuera hacia adentro para señalarle dónde quería que fuese.

Scarlett obedeció. Se acercó lentamente. Entonces se fijó que sobre el mueble del salón donde estaba rebuscando el soldado cuando el crujir de la madera la había delatado, se encontraba la cajita de palo de rosa que Ellen utilizaba para guardar sus joyas. El muy cabrón ya la tenía en su poder. Scarlett sintió como un fuego nacer de sus entrañas. Entonces no se lo pensó dos veces. Sacó la mano de detrás de la espalda y encañonó al soldado.

―Tira la pistola – le ordenó secamente.

El rebelde parecía sorprendido. Lo había pillado por sorpresa, con el brazo bajado. Si intentaba levantarlo ella le pegaría un tiro. El soldado se agachó lentamente y depositó su arma en el suelo. Entonces el soldado se movió con rapidez y antes de que se diera cuenta se había abalanzado sobre ella, arremetiendo con su cabeza sobre el vientre de Scarlett. La muchacha se vio lanzada hacia atrás y antes de pensar qué ocurría se encontró en el suelo. El revolver de ella se disparó y la bala rozó el hombro del soldado.

Él estaba acostumbrado a la lucha y ella no. El soldado estaba a horcajadas sobre su cuerpo. Con rapidez le quitó la pistola y la abofeteó varias veces. Scarlett no gritó, no chilló, no lloró. Una fuerza interior la hacía mantenerse digna. Ahora ni tan siquiera sentía miedo. Sabía que su hora había llegado.

El soldado le encañonó a la cara y Scarlett pudo ver la negra boca del cañón a un palmo de su rostro. Miró más allá de la bocacha y vio que el rebelde se sonreía en una mueca que sólo podía decir una cosa: pensaba violarla antes de matarla.

El rebelde, sin dejar de encañonarla a la cara, con la mano libre comenzó a desabrocharse la bragueta. Momentos después su enorme pene estaba cortando el aire. Con la misma sucia mano le rasgó el camisón y los pechos de Scarlett, pequeños pero prietos y hermosos, quedaron al descubierto. Luego le levantó las faldas y le arrancó la bragas. Scarlett cerró los ojos.

De repente un estruendo, un estallido resonó en el ambiente. Scarlett abrió los ojos y vio un pequeño agujerito en medio de la frente del soldado que seguía erecto, a horcajadas sobre ella. Dos o tres larguísimos segundos después, el cuerpo del joven se ladeó y cayó como un saco de patatas de lado. Estaba muerto. Scarlett se puso en pie de una salto y buscó detrás de ella de dónde había provenido el disparo. Vio a Babsy, empuñando aún la humeante arma que acababa de dispara y con la que había dado muerte al rebelde salvando la vida, y algo más, de Scarlett.

Las miradas de ama y esclava se cruzaron intensas durante unos segundos. Babsy, como esclava no tenía permitido sostener la mirada de un ama, bajó los ojos. Scarlett miró de nuevo el cuerpo sin vida del soldado. Se agachó, recogió su revolver y le descerrajó dos tiros más, uno en cada ojo. Luego, con el arma humeante en la mano caminó hacia Babsy que parecía petrificada en el mismo sitio desde el que había disparado.

Scarlett subió los cinco peldaños de la escalera hasta llegar donde seguía Babsy. Le cogió con delicadeza el arma con la que le había salvado la vida y la dejó, junto a la que ella llevaba, en el suelo. Al incorporarse miró de nuevo a Babsy que ahora temblaba.

―Podías haber esperado a que me violara y me matara para dispararle. Coger las joyas de mamá y huír. Porqué no lo has hecho?

Babsy giró el rostro hacia Scarlett y la miró con ojos llorosos.

―Porque soy leal, mi señora... ya se lo dije un día. Le debía todo a su madre, a la señora Ellen y usted ha ocupado su lugar. Ahora le soy leal a usted.

―Aunque te haya separado de Nelly para dársela como esclava a mi hija y aunque te haya dado a ti y a Tesia a la señorita Melissa, a la que sé que odias?

―Aún así, mi señora. Siempre tendrá mi lealtad. Le seré fiel, mi ama.

―Gracias Babsy – le dijo Scarlett que era la primera vez en su vida que le daba las gracias a una esclava y la abrazó.

Ama y esclava se fundieron en un abrazo y las dos dieron rienda suelta a la tensión acumulada llorando a moco tendido.

―Ven, Babsy... ayúdame a registrar el cadáver – le dijo Scarlett cuando se hubieron desahogado las dos.

Ama y esclava corrieron descalzas hacia el cuerpo sin vida del soldado. Lo registraron y encontraron un saquito con monedas de oro de diez dólares. Había por lo menos cien repartidas por todos sus bolsillos, en el interior de sus botas, y en el interior de su cinturón. Scarlett cogió la cajita con las joyas de su madre y junto con las monedas de oro corrió a guardarlo todo en el despachito de Ellen.

―¡El caballo Babsy, deprisa! ¡Registremos sus alforjas!

Las dos salieron corriendo descalzas. Scarlett sintió las piedrecitas del patio clavarse en las finas plantas de sus pies. Localizaron al caballo cerca del establo. Babsy lo asió por las riendas que colgaban sueltas y Scarlett registró las alforjas.

―¡Dios mío, Babsy, Dios nos lo ha enviado... Dios nos lo ha enviado! – casi gritó de alegría Scarlett cuando sus manos entraron en contacto con más monedas de oro y joyas.

Descargaron las pesadas alforjas y metieron al animal en la cuadra. Ya tenían un caballo. Entre las dos entraron las bolsas de cuero gastado y las vaciaron en el salón. Allí debía haber como mínimo medio millón de dólares en oro. Convinieron que se trataba de un desertor que estaba recorriendo las grandes plantaciones para robar y conseguirse un exilio dorado.

Melissa apareció de repente, con su bata deslucida, el cabello revuelto y descalza, en el despachito de Ellen.

―¡Babsy! – le gritó encolerizada – ¿Por qué no estás de rodillas como te había ordenado? – pasa para mi habitación, te vas a enterar.

Babsy bajó los ojos e inició el camino de vuelta a su castigo. Al pasar por el lado de Melly, ésta le soltó una tremenda bofetada en la oreja.

―¡No... Melly... no... no la pegues... no la castigues...! – gritó Scarlett.

―¡Es mi esclava, Scarlett. La había castigado y me ha desobedecido!

―¡Es cierto, pero lo ha hecho para salvarme la vida! ¡No sólo eso Melly, me ha salvado de ser violada, me ha salvado la vida y ahora además somos ricas... muy ricas...! – le dijo poniéndose a reír como una loca.

Babsy, que tras el bofetón había corrido a arrodillarse, miraba ahora a la señorita Scarlett y a su ama abrazarse y saltar y gritar como dos niñas felices.

Cuando Carreen y Suzanne, seguidas de las esclavas, regresaron a la casa contentas porque habían capturado a los dos cochinillos, se encontraron a Scarlett y a Melissa aún abrazadas, llorando y riendo a la vez, a Babsy que seguía de rodillas, dos pistolas en la escalera y el cuerpo sin vida del rebelde, con una balazo en la frente y las cuencas vacias de sus ojos.

―¡Pero... pero...! ¿Qué es esto... qué ha pasado aquí? – preguntó Suzanne.

Scarlett corrió hacia sus hermanas y las abrazó. Se lo contó todo, sin olvidar la heroicidad de Babsy. Una inmensa y alocada alegría estalló de nuevo. Las cuatro jóvenes se abrazaron. Luego se cogieron de las manos y comenzaron a bailar en círculo, ante la desorbitada y extrañada mirada de las esclavas. Sólo Babsy seguía de rodillas. Las esclavas, Mamita la primera, fueron a abrazarse con Babsy, y la felicitaron por haber salvado a la señora Scarlett.

―¡Vamos Babsy! – le ordenó Melissa cuando la algarabía cesó – ¡Arriba está mi hija y yo quiero arreglarme! – le dijo a Scarlett.

―Vas a castigarla? – le preguntó a su cuñada – le debo la vida... y probablemente tú también, y nuestras hijas – le dijo Scarlett.

―¡Claro que la castigaré! La había castigado a permanecer todo el rato de rodillas, me despierto y no está y la encuentro disparando sobre un soldado. No tengo opción... pero te prometo que no seré muy dura con ella – añadió Melissa al oído de Scarlett que emitió una agradable sonrisa de satisfacción.

Scarlett se acercó a Babsy, que ya estaba de pie con la mirada humillada. Scarlett la cogió de las manos y se acercó a su oído.

―Me ha prometido que no será muy dura contigo – le susurró.

Babsy levantó la vista y miró los verdes ojos de Scarlett que irradiaban gratitud.

―Gracias mi señora, gracias...

Babsy recogió las pistolas del suelo y subió tras su ama. Scarlett suspiró. Estaba aún nerviosa por los recientes y peligrosos sucesos pero se sentía inmensamente feliz.

Le supo mal que Melly, a pesar de asegurarle que no sería muy dura con la esclava, no le hubiera perdonado el castigo. Pero así eran las cosas. Babsy era una esclava y había desobedecido a su ama, aunque el motivo fuese salvar la vida de Scarlett. Melly era su dueña y si ella no quería perdonarla no había nada que hacer.

Melissa no fue muy dura con Babsy. Se limitó a unos pocos latigazos en la espalda dados con la fusta de equitación, casi con desgana.



***



La guerra seguía pero ahora se luchaba lejos de Tara. Con la fortuna que el destino había puesto en sus manos, Scarlett, lo primero que hizo fue comprar alimentos, semillas y material necesario para la reconstrucción de Tara que cada día estaba más avanzada, además de invertir en animales.

Sus hermanas le pidieron que comprara esclavos, muchos esclavos, para poder disponer de sus propias sirvientas personales a tiempo completo.

―Lo siento, niñas... qué más quisiera yo que poder comprar esclavos, tantos como teníamos antes... pero el problema es que no hay. Los que están en venta tienen precios prohibitivos y a la mayoría, sus amos, no quieren venderlos – les dijo desilusionándolas – pero compraré comida, y animales, llenaremos los establos y las cuadras.

Quince días después el granero tenía sacos de semillas para ser plantadas, los corrales, establos y piaras se convertían de nuevo en lugares llenos de vida animal, cerdos, gallinas, patos, faisanes, terneras, vacas... y cuatro magníficos ejemplares de yegua llenaron las caballerizas y acompañaron al caballo del soldado rebelde que también se habían quedado. Botín de guerra, decía Mamy.

Scarlett tuvo que ir a hacer las compras muy lejos. No convenía hacerlas en Jonesboro para evitar suspicacias y comentarios sobre de donde había salido el dinero. Pronto lo sabrían todos los plantadores del valle pero tendrían que pasar muchas semanas antes de que todo el mundo lo supiera, lo que les daría tiempo a elaborar su estrategia para explicar la súbita aparición de aquel dinero. Dirían que acababan de heredar de una tía lejana.

De nuevo la mesa estaba surtida de manjares como antes. Scarlett sufrió un acoso pertinaz por parte de sus hermanas y de Melly para que las esclavas no comieran de aquellos lujosos alimentos y lógicamente lo consiguieron porque a Scarlett le pareció que ahora sí podía destinar una buena parte del dinero a acumular alimentos básicos para los esclavos.

Estableció, ayudada por Melissa, una dieta compuesta por pasta de trigo o de maíz, batatas, raíces bulbosas hervidas y salazón que todo bien triturado y revuelto se convertiría en una bazofia plenamente alimenticia y que constituiría la dieta, nutritiva aunque no sabrosa, de los esclavos. Sólo las hijas de Mamita, que hacían además de esclavas de las señoritas se podrían beneficiar en alguna ocasión con las sobras que quisieran sus amas dejarles.

La guerra parecía que pronto había de acabar. Las tropas rebeldes y los esclavos liberados iban perdiendo poco a poco las posiciones que en un principio habían ganado.

La sorpresa por la rapidez de la sublevación y el hecho de que los propietarios de esclavos nunca hubiesen creído que se pudiesen sublevar, había permitido a los rebeldes ganar muchas batallas en un principio pero a medida que los plantadores y el gobierno se rehicieron de la sorpresa inicial fueron recuperándolas poco a poco.

Ahora ya se daba por hecho que la guerra pronto iba a terminar y los que habían huído despavoridos ante el temor de ser asesinados por sus propios esclavos regresarían a sus diezmadas plantaciones.

Scarlett viajaba muy a menudo por las diferentes plantaciones vecinas en busca de esclavos que comprar pero se encontraba que todos se encontraban en situación parecida a la de ella o peor. Una vez por semana se acercaba a Jonesboro en busca de noticias ya que no había mercado de esclavos.

―La guerra parece que está punto de acabar – comentó Scarlett a sus hermanas durante la comida – las últimas noticias hablan de que el ejército rebelde está diezmado y acorralado al norte. En cuestión de semanas los habremos vencido.

―Y qué pasará con nuestros negros? – preguntó interesada Carreen – los recuperaremos?

―Aún no se sabe, en cualquier caso será lento y complicado. Hoy, en Jonesboro, me he enterado que una vez finalizada la guerra el gobierno reagrupará a todos los esclavos y los que estén marcados podrán ser reclamados por sus legítimos propietarios...

―¡Y los nuestros lo estaban... estaban todos marcados! – exclamó con un grito de alegría Suzanne y las demás se unieron a ella gritando de alegría.

La noticia del fin de la guerra llegó un mes después y con ella las primeras partidas de esclavos capturados. En Tara era todo excitación. Scarlett, sus hermanas y Melissa esperaban ansiosas las noticias de la reagrupación de esclavos que estaba haciendo el gobierno.


(Continúa...)

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SALUDOS.

LUK.